Jukat 5775 – Control de la Ira

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias 

 

Jukat 5775 – Control de la Ira

Hay algunos, dice el Talmud, que adquieren su mundo en una hora y otras quienes lo pierden en una hora. No hay ejemplo de esto último más llamativo que el famoso episodio en la parsha de esta semana. El pueblo ha pedido agua. Dios le dice a Moisés que tome su báculo y hable a la roca y el agua aparecerá. Entonces sigue esto:

Él y Aarón reunieron a la asamblea frente a la roca y Moisés les dijo ‘Escuchen, ustedes rebeldes, ¿debemos sacar agua de esta roca?’ Entonces Moisés levantó su brazo y golpeó a la roca dos veces con su báculo. El agua salió a borbotones, y la comunidad y su ganado bebieron.

 Pero el Señor dijo a Moisés y Aarón, ‘Porque no confiaron en Mí lo suficiente para Honrarme como santo en la vista de los israelitas, ustedes no llevarán a esta comunidad hacia la tierra que les di a ellos’.

“¿Esta es la Torah y esta su recompensa?” estamos tentados a decir. ¿Cuál fue el pecado de Moisés que le mereció tal castigo? En años previos he expresado mi punto de vista que Moisés no pecó, ni fue castigado. Simplemente que cada generación necesita sus propios líderes. Moisés era el justo, sin duda el único, líder capaz de sacar a los israelitas de Egipto. Se necesitaba otro tipo de líder y un diferente estilo de liderazgo, para llevar a la siguiente generación hacia la Tierra Prometida.

Sin embargo, este año, mirando la ética de la Biblia, parece más apropiado mirar una explicación diferente, la que da Maimónides en Shemoneh Perakim, los “Ocho Capítulos” que forman el prefacio a su comentario a la Mishnah, tratado Avot, la Ética de nuestros Padres.

En el curso de estos capítulos, Maímonides expone una cuenta sorprendentemente contemporánea del judaísmo como una capacitación en “inteligencia emocional” (1). Las emociones sanas son esenciales para una vida buena y feliz, pero el temperamento no es algo que nosotros elijamos. Algunas personas solo resultan ser más pacientes o calmadas o de espíritu generoso u optimistas que otras. Las emociones fueron llamadas en alguna etapa las “pasiones”, una palabra que viene de la misma raíz que “pasivo” implicando que son sentimientos que nos pasan más que reacciones que elegimos tener. A pesar de esto, Maimónides creía que con capacitación suficiente, podríamos superar nuestras emociones destructivas y reconfigurar nuestra vida afectiva.

En general, Maimónides, como Aristóteles, creía que la inteligencia emocional consiste en lograr un balance entre exceso y deficiencia, demasiado y demasiado poco. Demasiado miedo me hace un cobarde, demasiado poco me hace imprudente y temerario, tomando riesgos innecesarios. El medio camino es el coraje. Hay, sin embargo, dos excepciones, dice Maimónides: orgullo e ira. Incluso un poquito de orgullo (algunos sabios sugieren “un octavo de un octavo) es demasiado. Igualmente un poquito de ira está mal.

Eso, dice Maimónides, es por lo que Moisés es castigado: porque perdió su temperamento con el pueblo cuando dijo, “Escuchen ustedes, rebeldes”. Para estar seguro, hubo otras ocasiones en las que perdió su temperamento – o al menos parecía que lo había hecho. Su reacción al pecado del Becerro de Oro, que incluyó romper las tablas, fue difícilmente conciliador o relajado. Pero el caso era diferente. Los israelitas habían cometido un pecado. Dios mismo estaba amenazando destruir al pueblo. Moisés tenía que actuar decisivamente y con suficiente fuerza para restaurar el orden a un pueblo salvajemente fuera de control.

Aquí, sin embargo, el pueblo no había pecado. Tenían sed. Necesitaban agua. Dios no estaba enojado con ellos. La reacción intempestiva de Moisés fue por tanto equivocada, dice Maimónides. Para estar seguro, la ira es algo a lo que todos somos propensos. Pero Moisés era un líder, y un líder debe ser un rol modelo. Por eso Moisés fue castigado tan duramente por una falla que pudo haber sido castigada más ligeramente en alguien menos exaltado.

Además, dice Maimónides, al perder su temperamento Moisés falló en respetar al pueblo y pudo haberlos desmoralizado. Sabiendo que Moisés era el emisario de Dios, el pueblo pudo haber concluido que si Moisés estaba enojado con ellos, entonces también lo estaba Dios. Aún así ellos no habían hecho más nada que pedir agua. Darle al pueblo la impresión que Dios estaba enojado con ellos fue una falla en santificar el nombre de Dios. Así un momento de ira fue suficiente para privar a Moisés de la recompensa más preciada para él, ver la culminación de su trabajo liderando al pueblo a través del Jordán hacia la Tierra Prometida.

Los sabios fueron abiertos en su crítica de la ira. Ellos hubieran aprobado completamente el moderno concepto de control de la ira. No les gustaba la ira del todo, y reservaban algo de su más agudo lenguaje para describirla.

“La vida de aquellos que no pueden controlar su ira no es vida”, dijeron (Pesahim 113b). Resh Lakish dijo, “Cuando una persona se convierte iracunda, si él es un sabio su sabiduría se va de él; si es un profeta su profecía se va de él” (Pesahim 66b). Maomónides dice que cuando alguien se convierte iracundo es como si se convirtiera en idólatra (Hilkhot Deot 2: 3).

Lo que es peligroso sobre la ira es que nos causa perder el control. Activa la parte más primitiva del cerebro humano que desvía la circuitería neuronal que usamos cuando reflexionamos y elegimos sobre bases racionales. Mientras estamos en su control perdemos la habilidad de dar un paso hacia atrás y juzgar las posibles consecuencias de nuestras acciones. El resultado es que en un momento de irascibilidad podemos hacer o decir cosas de las que nos podemos arrepentir el resto de nuestras vidas.

Por esta razón, regla Maimónides (Hilkhot Deot 2: 3), no hay “medio camino” cuando se trata de ira. En su lugar debemos evadirla bajo cualquier circunstancia. Debemos irnos al extremo opuesto. Incluso cuando la ira esté justificada, debemos evitarla. Habrá veces cuando sea necesario verse como si estuviéramos iracundos. Eso es lo que Moisés hizo cuando vio a los israelitas alabar al Becerro de Oro, y rompió las tablas de piedra. Aún entonces, dice Maimónides, internamente tú debes estar calmado.

La Orchot Tzadikim (siglo XV) anota que la ira destruye relaciones personales. Las personas de temperamento corto espantan a otras, quienes por eso evaden acercarse a ellas. La ira aleja las emociones positivas – perdón, compasión, empatía y sensibilidad. El resultado es que las personas irascibles terminan solas, rehuidas y decepcionadas. Las personas de mal temperamento no alcanzan más que su mal temperamento (Kiddushin 40b). Pierden todo lo demás.

El rol modelo de paciencia en la cara de la provocación fue Hilel. El Talmud (Shabbat 31a) dice que dos personas alguna vez hicieron una apuesta entre ellos, diciendo “El que haga iracundo a Hilel recibirá cuatrocientos zuz”. Uno dijo, “iré y lo provocaré”.

Era Erev Shabbat e Hilel estaba lavando su cabello. El hombre se paró en la puerta de su casa y lo llamó:

– ¿Está Hilel aquí, está Hilel aquí? –  Hilel  se vistió y salió diciendo

– Hijo mío, ¿ qué es lo que buscas?

– Tengo una pregunta que hacer” – dijo.

– Pregunta hijo” – respondió Hilel.

Él dijo – ¿Por qué son redondas las cabezas de los babilonios?

– Hijo mío, preguntas una buena pregunta – dijo Hilel. – La razón es que ellos no tienen parteras cualificadas.

El hombre se fue, pausado, entonces regresó gritando.

– ¿Está Hilel aquí? ¿Está Hilel aquí? –  Otra vez, Hilel se vistió y salió diciendo – Hijo mío, ¿qué es lo que buscas?

–  Tengo otra pregunta.

– Pregunta hijo mío.

– ¿Por qué los palmirenos tienen los ojos lagañosos? –  Hilel respondió, – Hijo mío, preguntas una buena pregunta. La razón es que ellos viven en lugares arenosos.

El hombre se fue, esperó, entonces regresó una tercera vez gritando.

– ¿Está Hilel aquí? ¿Está Hilel aquí? –  Otra vez, Hilel se vistió y salió, diciendo – Hijo mío, ¿qué buscas?

–  Tengo otra pregunta.

–  Pregunta hijo mío.

–  ¿Por qué los pies de los africanos son tan anchos?

– Hijo mío, preguntas una buena pregunta. La razón es que ellos viven en pantanos acuosos.

– Tengo muchas preguntas que preguntar –  dijo el hombre – pero estoy preocupado que puedas enojarte.

Hilel entonces se vistió y se sentó y dijo – Pregunta todas las preguntas que tengas que preguntar.

– ¿Eres tú Hilel quien es llamado el nasi (líder, príncipe) de Israel?

–  Si – dijo Hilel.

– En ese caso, dijo el hombre, espero que no haya muchos como tú en Israel.

– ¿Por qué lo dices hijo mío? –  preguntó.

-¡Porque acabo de perder cuatrocientos zuz a causa tuya!

– Se cuidadoso con tus humores – dijo Hilel –  Puede ser que pierdas cuatrocientos zuz y aún más otros cuatrocientos zuz a través de Hilel, sin embargo Hilel no perderá su temperamento.

Fue esta calidad de paciencia bajo provocación que fue uno de los factores, de acuerdo al Talmud (Eruvin 13b), que llevó a los sabios a gobernar de acuerdo a la escuela de Hilel más que la escuela de Shammai.

La mejor manera de vencer a la ira es hacer una pausa, parar, reflexionar, refrenar, contar hasta diez, y respirar profundamente. Si es necesario, salir de la habitación, dar un paseo, meditar, o ventilar tus sentimientos tóxicos solo. Se dice sobre uno de los Rebbes de Lubavitch que cuando se sentía iracundo, el tomaría el Shuljan Aruj para ver qué se permitía hacer bajo las circunstancias. Para cuando había terminado de estudiar, su ira había desaparecido.

El veredicto del judaísmo es simple: Una de dos, vencemos a la ira, o la ira nos vencerá.

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(1). El término fue introducido por Peter Salovey y John Mayer, subsecuentemente popularizado por Daniel Goleman.

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