Rabino Sacks Metsorá 5776 – El poder de la vergüenza

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

El poder de la vergüenza

Metsorá – 16 de abril, 2016 / 8 Nissan 5776

Rabino Sacks Metsora 5776 [PDF] 

El 20 de diciembre de 2013, una mujer joven, Justine Sacco, esperaba en el aeropuerto de Heathrow antes de abordar un avión rumbo al África. Para pasar el tiempo, mandó un tweet de dudoso gusto respecto a los peligros de contagiarse de SIDA. Como no tuvo respuesta, subió al avión sin imaginar el escándalo que estaba por estallar. Once horas más tarde, al bajar del avión, descubrió que se había transformado en cause célèbre. Su tweet y las respuestas obtenidas se viralizaron, y a lo largo de once días subsiguientes se googlearon más de un millón de veces. Fue tildada de racista y echada del trabajo. De un día para otro se convirtió en paria.(1)

Las nuevas herramientas sociales han producido nuevamente un fenómeno antiguo, la condena social. Este tema está tratado en dos libros recientes: el de Jon Ronson So You Have Been Publicly Shamed, (Así que has sido avergonzado públicamente) y el de Jennifer Jacquet Is Shame Necessary? (Es necesasria la vergüenza?).(2)  Jacquet sostiene que es algo bueno. Como ejemplo, resulta ser una forma de obligar a las corporaciones a conducirse más responsablemente. Ronson señala los peligros. Una cosa es ser avergonzado por la comunidad de la cual se forma parte, y otra serlo de una red global de desconocidos que no conocen nada de la persona ni del contexto en que el acto se llevó a cabo. Se parece más a una turba de linchamiento que a un acto de busca de justicia.

De cualquier manera, esto nos facilita la comprensión del desconcertante fenómeno del tsaraat, la condición tratada extensamente en la parashá de la semana anterior y la actual. Ha sido traducida alternativamente como lepra, enfermedad de la piel o infección en placas, pero es sumamente problemático identificarlo con patologías conocidas. Primero, los síntomas no se corresponden con la enfermedad de Hansen, o sea, la lepra. Segundo, la descripción de la Torá afecta no solo a seres humanos sino también a las paredes de las casas, muebles y ropa, y no existe condición médica que tenga estas propiedades.

Además, la Torá es un libro sobre la santidad y la conducta correcta. No es un texto médico. Aun cuando lo fuera, como expone David Zvi Hoffman en su comentario, los procedimientos a llevar a cabo no corresponden a los que serían necesarios si la tsaraat fuera una enfermedad contagiosa. Por último, la tsaraat descripta en la Torá es una condición que lleva a la impureza, tumá, no enfermedad. Enfermedad e impureza son dos cosas completamente distintas.

Los sabios decodificaron el misterio relacionando la parashá con las instancias en la Torá en los que alguien era efectivamente atacado por la tsaraat. Ocurrió cuando Miriam habló en contra de su hermano Moshé. (Num. 12:1-15). Otro caso fue cuando Moshé, ante la zarza ardiente, dijo a Dios que los israelitas no le creerían. Su mano se volvió «blanca como la nieve» (Ex. 4:7). Los sabios veían a la tsaraat como castigo por lashon hará, maledicencia, referirse negativamente o denigrar a otra persona.

Esto los ayudó a explicar por qué motivo los síntomas de tsaraat (manchas, decoloración) podían afectar paredes, muebles, vestimenta y la piel humana. Era una secuencia de advertencias o castigos. Primeramente Dios advierte al sujeto enviándole una señal de deterioro a las paredes de su casa. Si el sujeto se arrepiente, la condición se detiene ahí. Si no lo hiciera, afectaría a los muebles, la vestimenta, y finalmente la piel.

Cómo comprender esto? Por qué «hablar mal de alguien» era visto como una trasgresión tan grave que lleva a la aparición de un fenómeno tan extraño? Y por qué castigar de esta forma y no de otra?

Fue la antropóloga Ruth Benedict en su libro sobre la cultura japonesa, The Chrysanthemum and the Sword (El crisantemo y la espada), la que explicó la diferencia entre los dos tipos de sociedades: la cultura de la culpa y de la vergüenza. La antigua Grecia, igual que Japón, eran culturas de deshonor. El judaísmo, y las religiones influenciadas por él, especialmente el calvinismo, eran culturas de culpa. Las diferencias entre ambas son substanciales.

En la cultura de la vergüenza, lo que importa es el juicio del otro. Actuar moralmente equivale a adaptarse a los roles públicos, sus reglas y sus expectativas. Haces lo que la otra gente espera que hagas. Te acomodas a las convenciones de la sociedad, de lo contrario, te castiga sometiéndote a la deshonra, ridículo, desaprobación, humillación y ostracismo. En la sociedad de la culpa, no importa lo que piensa otra gente sino lo que te dice la voz de la conciencia. Vivir moralmente equivale a vivir de acuerdo a los imperativos morales internalizados: «Lo harás» y «No lo harás». Lo que importa es lo que sabes que está bien y lo que está mal.

Los que pertenecen a la cultura de la vergüenza están conscientes del otro. Les importa saber cómo aparecen en los ojos del otro, o como diríamos en la actualidad, su «imagen». Los de la cultura de culpa son auto-conscientes. Les interesa lo que saben de sí mismos en los momentos de introspección absoluta. Aun si su imagen pública está intacta, saben si han hecho algo malo, y se sienten intranquilos por eso. Se despertarán a la noche, turbados. «Oh, cobarde consciencia, cómo me afliges!» dice Shakespeare en Ricardo III. «Mi consciencia posee mil lenguas/ Y cada lengua trae varios cuentos/Y cada cuento me condena por villano.» La deshonra es humillación pública, la culpa, tormento interno.

La aparición de la cultura de la culpa en el judaísmo nace de la comprensión de la relación entre Dios y los seres humanos. En el judaísmo, no somos actores puestos en un escenario con la sociedad como espectadora y crítica. Podemos engañar a la sociedad, pero no a Dios. Todo orgullo o pretensión, toda máscara o actuación, el cultivo cosmético de la imagen pública, son irrelevantes.” El Señor no observa las cosas que mira la gente. La gente capta la apariencia externa, el Señor mira al corazón.”(1 Sam. 16:7). La cultura de la vergüenza es colectiva y conformista. El judaísmo en cambio, es el arquetipo de cultura de la culpa, enfatizando lo individual y su relación con Dios. Lo que importa no es si nos adaptamos a la cultura de la época, sino que lo que hagamos esté bien, que sea justo y correcto.

Esto hace que la ley de tsaraat sea especialmente fascinante, porque de acuerdo a la interpretación de los sabios, constituye una de las raras instancias en la Torá en que se trata de un castigo por vergüenza y no por culpa. La aparición de manchas en las paredes de una casa era una señal pública de algo malo, una forma de decirles a todos los vecinos o visitantes que “En este lugar pasan cosas turbias.” De a poco esas señales se acercaban al sujeto, primero a una mesa o silla, luego a la vestimenta, y por último a la piel señalándolo como impuro.

Cuando una persona tiene una mancha de enfermedad que impurifica, debe rasgar su vestidura, no cortarse el pelo y cubrir la cara hasta los labios, gritando “Impuro!, impuro!”. Mientras tenga la mancha, permanecerá impuro, y por lo tanto aislado, en un lugar fuera del campamento. (Lev. 13: 45-46).

Estas son las expresiones más contundentes del deshonor. Primero el estigma: las marcas externas de la desgracia o vergüenza: vestimenta rota, cabello enmarañado, etc. Luego viene el ostracismo: la exclusión temporaria de los asuntos normales de la sociedad.  Esto no tiene nada que ver con una enfermedad, sino con el rechazo social. Es por eso que es difícil entender inicialmente la ley del tsaraat. Es uno de los casos raros de aparición de vergüenza pública en una cultura no de la vergüenza sino de culpa.(3) Ocurrió sin embargo, no porque la sociedad expresara su desaprobación, sino porque lo estaba indicando Dios.

Y por qué, específicamente lashon hará, el “discurso malicioso”? Porque el lenguaje es lo que mantiene unida a la sociedad. Los antropólogos sostienen que el lenguaje de los seres humanos evolucionó para que pudieran afianzar los lazos de unión y de esa forma asistirse en grupos más numerosos que los de cualquier otro animal. Lo que sostiene esta cooperación es la confianza, que permite y alienta a hacer sacrificios en bien del grupo, sabiendo que de los demás miembros se puede esperar lo mismo. Es precisamente por eso que lashon hará es tan destructiva. Mina la confianza. Hace que la gente sospeche del otro, debilitando los lazos que mantiene unidos a los integrantes del grupo. Si no se controla, lashon hará puede destruir cualquier grupo que ataca: familia, equipo, comunidad, hasta una nación. De ahí su carácter esencialmente malicioso: utiliza el poder del lenguaje para debilitar justamente aquello para lo que el lenguaje fue creado: la confianza que sostiene la cohesión social.

Es por eso que el castigo por lashon hará fue excluir a los culpables temporariamente de la sociedad mediante la exposición pública, (señales que aparecen en las paredes, muebles, ropa y piel), estigmatización y vergüenza (vestimenta rasgada, etc.) y ostracismo (forzarlos a vivir fuera del campamento). Es difícil, quizás imposible, castigar al chismoso malicioso mediante los instrumentos normales de la ley, las cortes y la declaración de culpabilidad. Esto se puede hacer en el caso de motsi shem ra, el libelo o la calumnia, porque estos son todos casos de falsa declaración. Lashon hará es más sutil. Se manifiesta por insinuación, no por falsedad. Hay muchas maneras de dañar la reputación de una persona sin incurrir en mentira. Un acusado de lashon hará puede decir tranquilamente: “Yo no lo dije, no lo quise decir, y aunque fuera así, no dije nada que no fuera verdad.” La mejor manera de tratar a las personas que envenenan las relaciones sin mentir, es nombrarlas, avergonzarlas y evitarlas.

Según comentan los sabios, eso fue lo que hizo la tsaraat en tiempos antiguos. Ya no existe en la forma que la describe la Torá. Pero el uso de internet y las redes de comunicación como instrumentos de vergüenza social ilustra tanto el poder como el peligro de la cultura de la vergüenza. La Torá la invoca muy raramente, y en el caso de la metsorá solo como un acto de Dios, no de la sociedad. Pero la metsorá moral persiste. El chisme malicioso, lashon hará, debilita las relaciones, erosiona el vínculo social y daña la confianza. Merece ser expuesta y castigada.

Nunca hables mal de otros, y aléjate de quienes se dedican a esa práctica.

SacksSignature

  1. Jon Ronson, So You’ve Been Publicly Shamed, London, Picador, 2015, 63-86.
  2. Jennifer Jacquet, Is Shame Necessary? New uses for an old tool. London, Allen Lane, 2015
  3. Según Rabban Yohanan ben Zakkai, otro ejemplo es la ceremonia en la cual un esclavo que rehusó ser libre después de los seis años de esclavitud, marcó su oreja con una puerta (Ex. 20: 6) Ver Rashi ad loc. y Kiddushin 22b.

 

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