Enfrentamos una era de terror sin precedentes – Rabino Jonathan Sacks

Traducido del artículo en “The Telegraph”, 29 de marzo de 2016.

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

Enfrentamos una era de terror sin precedentes

por Jonathan Sacks

Estuve en Nueva York hace unos días dando una charla en el Museo del 11 de septiembre, erigido en el lugar en que estaban las Torres Gemelas. Es un lugar de conmemoración y duelo colectivo, donde se exhiben fragmentos retorcidos y restos de la destrucción de los edificios.

Lo más movilizante son las fuentes de la memoria que ocupan la planta baja de las torres originales. A un costado, grabados en bronce, figuran los nombres de las casi 3.000 víctimas. A diferencia de otras fuentes, en este caso el agua fluye hacia abajo, y en el centro desaparece en un agujero negro, un abismo. La intención es simbolizar las vidas perdidas que nunca serán recuperadas. Por más que fluya el agua, el vacío nunca se llena.

Luego de los últimos días y semanas, sin embargo, el memorial parece transmitir además otro mensaje. La violencia nunca cesa. La sangre inocente se sigue derramando. Día por medio hay más familias de duelo y aún más lágrimas.

Una historia que se va aclarando con el tiempo comienza a emerger. Asad Shah,  comerciante de 40 años de Glasgow, era una persona muy querida, que representaba todo lo bueno de su fe religiosa. Cometió el crimen de desearle felices pascuas a sus clientes y amigos. Quería expresar su gratitud a la nación cristiana que le dio a él y a su familia un hogar donde podía practicar su fe sin temor. Era un Amadiya, miembro de una secta islámica que algunos musulmanes consideran herética. Fue asesinado, aparentemente no sólo para silenciarlo sino para intimidar a otros que pudieran seguir su camino de tolerancia religiosa. No debemos olvidar que de los centenares de musulmanes que mueren diariamente, la mayoría lo hace por la mano de los mismos musulmanes.

Las bombas de Lahore, en Pakistán, son parte de un esquema en que los cristianos han sido aterrorizados a lo largo de una amplia franja de países del mundo.  Para mayor seguridad, el ataque se realizó, no en un lugar cristiano, sino en un parque abierto, con personas de cualquier religión. Pero los asesinos eligieron el día de pascua, sabiendo que en el lugar habría muchos cristianos que iban o volvían de sus lugares de oración.

Los cristianos están siendo perseguidos en unas cincuenta naciones, entre ellas Somalia, Corea del Norte, y Sudán. En 2003 había 1.3 millones de cristianos en Iraq, ahora quedan algunos miles. En Mosul, una de las comunidades cristianas más antiguas del mundo, tuvieron que huir en masa ante el avance del ISIS en el verano boreal de 2014. En Afganistán, la última iglesia que quedaba fue destruida en 2010. En Gaza, en 2007 después de la toma del poder por Hamas, la última librería cristiana que quedaba fue incendiada y su dueño, asesinado.  En Yemen, el Viernes Santo, el padre Tomás Uzhunnallil, católico de origen indio, fue crucificado por ISIS. La limpieza étnica de los cristianos de todo el Oriente Medio es uno de los crímenes de la humanidad de nuestro tiempo, y estoy apabullado por la poca protesta internacional frente a este hecho.

Pero el verdadero objetivo de estos grupos no es el cristianismo sino la libertad. Tampoco es una guerra. Las guerras se libran entre naciones, con ejércitos, y las víctimas son combatientes. Los terroristas no tienen uniforme, y las víctimas apuntadas son civiles inocentes. Nunca olvidaré el episodio de hace un par de semanas en la Costa de Marfil donde los terroristas abatieron a un niño de cinco años que rogaba por su vida.

Han habido épocas de terror en otros tiempos, pero nunca en esta escala y nunca con el nivel de tecnología que ha permitido a los yihadistas radicalizar a individuos de todas las naciones, algunos actuando como “lobos solitarios” y otros en pequeñas células, trabajando en grupos, frecuentemente integrantes de una misma familia, como los atacantes de Bruselas y París.

El objetivo de ISIS es político: restablecer el califato y transformar al islam una vez más en poder imperial. Pero hay otro propósito compartido por muchos grupos yihadistas: silenciar a cualquier ente o persona que amenace expresar una verdad diferente, otra fe, o una interpretación distinta frente a una diferencia religiosa. Es eso lo que estuvo detrás de los ataques a las publicaciones dinamarquesas; el discurso del Papa Benedicto XVI; el asesinato de Theo Van Gogh; y a los ataques de Charlie Hebdo. La táctica de los terroristas es que a la larga, Occidente se cansará de defender sus propias libertades. Están preparados para seguir cometiendo atrocidades aunque les lleve décadas en lograrlo.

Este tipo de movimiento no puede ser vencido sólo por la vía militar. El mundo necesita escuchar otra voz desde el islam, rememorando la apertura mental que hizo que los siglos VIII al XII de España fueran denominados “el adorno del mundo.”

Necesitamos que personas de todas las religiones expresen su oposición activa al terrorismo en nombre de Dios. Fue Maquiavelo y no Mahoma el que dijo que era mejor ser temido que querido. Y fue Niesztche, el ateo, el que vio a la vida como la voluntad de poder.

Ninguna religión genuina necesitó de la violencia para comprobar su belleza, ni del terror para establecer su verdad. Eso no es fe, es sacrilegio.

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