Rabino Sacks Vayakel 5776 – El animal social

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

El animal social

 Vayakel – 5 de marzo, 2016 / 25 Adar I 5776

Rabino Sacks Vayakel 5776 [PDF]

Al principio de Vayakel Moshé hace un tikkun, repara el pasado, especialmente el pecado del becerro de oro. La Torá lo señala al usar esencialmente el mismo término al principio de ambos episodios. Luego se habría de transformar en la palabra clave de la espiritualidad judía: k-h-l, “reunirse, congregarse, juntarse.” De allí provienen las palabras kahal y kehilá, o sea, comunidad. Lejos de ser meramente una preocupación antigua, permanece en el corazón de nuestra humanidad. Como veremos, la investigación científica reciente confirma el extraordinario poder que poseen las comunidades y redes sociales para modelar nuestras vidas.

Primero, la historia bíblica. El episodio del Becerro de Oro comienza con estas palabras: “Cuando el pueblo vio que Moshé tardaba tanto en bajar de la montaña, se juntaron (vayikahel) alrededor de Aaron…” (Ex. 32: 1) En el comienzo de la parashá de esta semana, habiendo obtenido el perdón de Dios y bajado la segunda serie de las Tablas, Moshé comenzó el trabajo de consagrar nuevamente a la gente: “Moshé juntó (vayakel) a toda la congregación de Israel…”(Ex. 35:1). Habían pecado como comunidad. Ahora estaban por ser reconstituidos como comunidad. La espiritualidad judía es primero y principal, espiritualidad comunitaria.

Vean además qué es lo que hace exactamente Moshé en la parashá de esta semana. Llama la atención del pueblo a los dos centros de  comunidad del judaísmo, una en el espacio, la otra en el tiempo. La del tiempo es el Shabat. La del espacio era el Mishkan, el tabernáculo que eventualmente condujo al Templo y luego a la sinagoga. Es aquí donde vive la kehilá más intensamente: en Shabat, donde dejamos de lado nuestros objetos y deseos privados y nos juntamos como comunidad, y la sinagoga, donde la comunidad tiene su hogar.

El judaísmo le asigna una significación inmensa al individuo. Cada vida es como un universo. Cada uno de nosotros, aunque siendo todos a la imagen de Dios, es diferente, y por lo tanto único e irremplazable. Sin embargo la primera vez que las palabras “no bueno” aparecen en la Torá es en la frase “no es bueno que el hombre esté solo” (Gen. 2: 18). Gran parte del judaísmo trata la forma y la estructura de estar juntos. Valora la individualidad pero no alienta el individualismo.

La nuestra es una religión de comunidad. Los rezos más sagrados solo pueden hacerse en presencia del minián, la definición mínima de la comunidad. Cuando rezamos, lo hacemos en comunidad. Martín Buber habló del Yo y el Tú, pero el judaísmo es más bien un tema de Nosotros y Tú. Por lo tanto, para expiar el pecado cometido por los israelitas como comunidad, Moshé buscó consagrar a la comunidad en tiempo y espacio.

Esto se ha transformado en una de las diferencias más significativas entre la tradición y la cultura contemporánea del Occidente. Lo podemos vislumbrar en los títulos de tres libros fundamentales sobre la sociedad norteamericana. En 1950 David Riesman, Nathan Glazer y Reuel Denney publicaron un libro introspectivo acerca del carácter cambiante de los norteamericanos llamado The Lonely Crowd (La multitud solitaria). En el año 2000 Robert Putnam de Harvard publicó Bowling Alone (Jugando solo al bowling) una descripción del incremento de norteamericanos dedicados a jugarlo pero ligado a la disminución de adherentes a clubes de bowling o ligas de ese deporte. En 2011, Sherry Turkle de MIT publicó un libro sobre el impacto producido por los smartphones y las redes de comunicación social llamado Alone Together (Solos Juntos).

Escuchen a esos títulos. Cada uno de ellos nos habla de la marea de avance de la soledad, etapas sucesivas del largo y extendido resquebrajamiento de la comunidad en la vida moderna. Robert Bellah lo expresó elocuentemente cuando escribió que “la ecología social está dañada no sólo por la guerra, el genocidio y la represión política. También está dañada por la destrucción de los lazos sutiles que ligan a los seres humanos uno con otro, dejándolos solos y asustados. (1)

Es por eso que los dos temas de Vayakel – el Shabat y el Mishkan, hoy la sinagoga, – resultan tan decididamente contemporáneos. Son los antídotos a la atenuación de la comunidad. Ayudan a restaurar “los lazos sutiles que ligan a los seres humanos unos con otros.” Nos reconectan con la comunidad.

Tomemos el Shabat. Michael Walzer, el filósofo político de Princeton, nos llama la atención sobre las festividades y las fiestas (o, como él lo expresa, entre el Shabat y las vacaciones).(2) La idea de las vacaciones como una fiesta privada es relativamente reciente. Waltzer lo ubica en la década de 1870. Su carácter es esencialmente individualista (o familiar). “Cada uno planea sus vacaciones, va donde quiere, hace lo que tiene ganas de hacer.” El Shabat, como contraste, es esencialmente colectivo: “tú, tu hijo y tu hija, tu sirviente masculino y femenino, tu buey, tu asno, tus otros animales, y el extranjero que habita dentro de tus puertas.” Es público, compartido, propiedad de todos. Las vacaciones son un objeto. Se compran. El Shabat no es algo que se adquiera. Está disponible para cada uno de nosotros en iguales términos: “ordenado para todos, disfrutado por todos.” Nos tomamos las vacaciones como individuos o familia. Celebramos el Shabat en comunidad.

Algo similar también es cierto acerca de la sinagoga – la institución judía, única en su tiempo, que eventualmente fue adoptada por el cristianismo y el islam en la forma de la iglesia y mezquita. Observamos anteriormente en el libro de Robert Putnam en Bowling Alone, que los norteamericanos están siendo cada vez más individualistas. Hubo una pérdida, dice, del “capital social” o sea, de los lazos que nos ligan en responsabilidad compartida para el bien común.

Una década más tarde, Putnam revisó su tesis. (3) El capital social, dice, aún existe y se puede encontrar en iglesias y sinagogas. La  concurrencia regular a un lugar de culto resultó – así muestra su investigación – en una mayor probabilidad de dar donaciones para obras de caridad, participar en trabajo voluntario, donar sangre, acompañar a personas con depresión, ofrecer el asiento a un desconocido, ayudar a encontrar trabajo, y muchas otras instancias de activismo filantrópico cívico y moral. Ellos tienen, dicho simplemente, más espíritu público que otros. La concurrencia regular a un lugar de culto es el indicador más preciso de altruismo, más que cualquier otro factor, ya sea género, educación, ingresos, raza, región, estado cívico, ideología o edad.

El aspecto más fascinante de sus hallazgos es que el factor clave es ser parte de una comunidad religiosa. Lo que resultó no ser relevante es la creencia. Los resultados de la investigación sugieren que un ateo que va regularmente a una casa de culto (quizá para acompañar a su esposa o hijo) es más probable que se ofrezca como voluntario a una olla común que un creyente ferviente que reza en soledad. La clave es, nuevamente, la comunidad.

Ésta bien puede ser una de las funciones más importantes de la religión en una era secular, principalmente, mantener viva la comunidad. La mayoría de nosotros necesita a la comunidad. Somos animales sociales. Los biólogos evolucionistas sugirieron recientemente que el enorme incremento de tamaño del cerebro humano del Homo Sapiens era específicamente para permitir redes sociales más extendidas. Es la capacidad humana de cooperar en grandes grupos – más que el poder de la razón – lo que nos diferencia de otros animales. Como dice la Torá, no es bueno estar solo.

La investigación reciente también nos muestra otra cosa. Con quién te asocias tiene un impacto fundamental en lo que haces o en qué te conviertes. En 2009 Nicolás Christakis y James Fowler hicieron un análisis estadístico de un grupo de 5,124 personas y de sus 53,228 amigos y compañeros de trabajo. Encontraron que si un amigo empieza a fumar, es significativamente más probable (en un 36 %) que comiences. Lo mismo se aplica a la bebida, al cuidado del cuerpo, la obesidad, y muchas otras señales de conducta. (4) Nos parecemos a la gente que tenemos cerca.

Un estudio hecho en el Dartmouth College en el año 2000  demostró que si compartes una habitación con alguien con buenos hábitos de estudio, probablemente mejore tu propio rendimiento. Otro estudio de Princeton de 2006 mostró que si uno de tus hermanos o hermanas tiene un hijo, es 15% más probable que el otro hermano o hermana lo tenga dentro de los dos años. Hay algo llamado “contagio social.” Estamos profundamente influenciados por nuestros amigos – como efectivamente Maimonides lo estableció en su código legal, Mishné Torá. (Leyes de rasgos de carácter, 6: 1)

Lo cual nos trae de vuelta a Moshé y Vayakel. Al colocar a la comunidad en el corazón de la vida religiosa y al darle un lugar en el tiempo y el espacio – la sinagoga y el Shabat – Moshé estaba demostrando el poder de la comunidad para el bien, así como el episodio del becerro de oro lo fue para el mal. La espiritualidad judía es en su mayor parte profundamente comunitaria. De ahí mi definición de la fe judía: la redención de nuestra soledad.

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(1) Robert Bella et al. Habits of the Heart: individualism and commitment in American life, Berkeley, University of California Press, 1985, 284.

(2) Michael Walzer, Spheres of Justice, Oxford, Blackwell. 1983, 190-196.

(3) Robert Putnam and David E. Campbell, American Grace: How Religion Divides and Unites Us, New York: Simon & Schuster, 2010.

(4) Nicholas Christakis and James H. Fowler, Connected: The Surprising Power of Our Social Networks and How They Shape Our Lives. New York: Little, Brown, 2009.

 

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