Ki Tisa 5774 – Cómo fracasan los líderes

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias 

Ki Tisa 5774 – Cómo fracasan los líderes

Los líderes pueden fracasar por dos distintas razones. La primera es externa. El tiempo puede no ser correcto. Las condiciones pueden no ser favorables. Puede no haber nadie del otro lado para hablar. Cuando le preguntaron al Primer Ministro británico Harold Macmillan cuál era la más grande dificultad que había tenido que lidiar con el gobierno, el respondió, “Eventos, querido niño, eventos”. Maquiavelo llamaba a esto Fortuna: el poder de la mala suerte puede vencer incluso a los más grandes. Algunas veces a pesar de tus mejores esfuerzos, fracasas. Así es la vida.

La segunda es interna.  Un líder puede simplemente carecer del coraje de liderar. Algunas veces los líderes tienen que oponerse a la multitud. Tienen que decir No cuando todos los demás están gritando Si. Eso puede ser terrorífico. Las multitudes tienen una voluntad y un momentum propio. Decir No puede poner tu carrera e incluso tu vida en riesgo. Entonces es cuando se necesita coraje, y no demostrarlo puede constituir la peor forma de fracaso moral.

El ejemplo clásico es el Rey Saúl, que fracasó en llevar a cabo las instrucciones de Samuel en su batalla contra los amalecitas, le dijeron a Saúl que no perdonara a nadie ni nada. Esto es lo que pasó, como es contado en 1 Samuel 15:

Cuando Samuel lo alcanzó, Saúl dijo, “¡Dios te bendice! He llevado a cabo las instrucciones del Señor”

Pero Samuel respondió, “¿Entonces qué es ese balido de ovejas en mis oídos? ¿Qué es este mugido del ganado que escucho?”

Saúl respondió, “Los soldados se las quitaron a los amalecitas; perdonaron la vida de las mejores ovejas y del mejor ganado para sacrificarlo al Señor tu Dios, pero nosotros destruimos totalmente el resto”

– ¡Suficiente! – dijo Samuel a Saúl – Déjame decirte lo que Señor me dijo ayer de noche

– Dime – respondió Saúl

Samuel dijo, “Aunque tú puedes ser pequeño ante tus propios ojos, ¿acaso no eres la cabeza de las tribus de Israel? El Señor te ungió como rey de Israel. Y él te envió en una misión, diciendo ‘Ve destruye completamente aquellas perversas personas, los amalecitas: haz la guerra contra ellos hasta que los hallas borrado.’ ¿Por qué no obedeciste al Señor? ¿Por qué te precipitas al saqueo y haces mal en los ojos del Señor?”

–  Pero yo obedecí al Señor – dijo Saúl – Fui a la misión que el Señor me asignó. He destruido completamente a los amalecitas y traje a Agag su rey. Los soldados tomaron a las ovejas y al Ganado del saqueo, lo mejor de lo que fue dedicado a Dios, para sacrificarlas  al Señor tu Dios en Gilgal.

Saúl hace excusas. El fracaso no fue suyo; fue de sus soldados. Además de lo que, él y ellos tenían las mejores intenciones. Las ovejas y el ganado fueron tomados para ofrecerlos como sacrificio. Saúl no mató al Rey Agag pero lo trajo como prisionero. Samuel se encuentra indiferente. El dice, “Porque tú has rechazado la palabra del Señor, Él te ha rechazado a ti como rey”. Solo entonces Saúl admite, “He pecado”. Pero para entonces ya era muy tarde. Su carrera como líder estaba en el final.

Hay una cita apócrifa atribuida a varios políticos: “Claro que sigo al partido. Después de todo soy su líder”. Hay líderes quienes siguen en lugar de liderar. Rabbi Yisrael Salanter los comparaba un amo que saca a dar un paseo a su perro. El perro corre delante, pero sigue volteando la cabeza para ver si es que va en la dirección que su amo quiere que siga. El perro puede pensar que eso es liderar cuando en realidad esta siguiendo.

Eso, sobre una lectura plana del texto, fue el destino de Aarón en la parsha de esta semana. Moisés había estado en la montaña por cuarenta días. El pueblo estaba asustado. ¿Había muerto? ¿Dónde estaba? Sin Moisés se sentían despojados. Moisés era su punto de contacto con Dios. El había hecho los Milagros, dividido el Mar, les dio agua para beber comida para comer. Así es como la Torá describe lo que pasó después:

Cuando el pueblo vio que Moisés se tardaba tanto en bajar de la montaña, se reunieron alrededor de Aarón y dijeron, ‘Ven, haznos un dios cuya voluntad vaya delante de nosotros. Ya que a este hombre Moisés que nos sacó de Egipto, nosotros no sabemos qué le ha pasado’. Aarón les respondió, ‘Tomen el oro de las caravanas de sus esposas, las que estén usando sus hijos, sus hijas, y tráiganmelas’. Entonces todo el pueblo tomó sus caravanas y las llevó a Aarón. Él tomó lo que le habían dado y lo moldeó con una herramienta y fundió el oro en un becerro. Entonces el pueblo dijo, ‘Este es tu dios, Israel, quien te sacó de Egipto’. (Ex. 32: 1-4)

Dios se enojó.  Moisés rogó a Él que perdonara al pueblo. Moisés entonces descendió de las montañas, vio lo que había pasado, rompió las tablas de la ley que había traído con él, quemó al ídolo, lo hizo polvo, lo mezcló con agua e hizo que los israelitas la bebieran. Entonces encaró a Aarón su hermano y le dijo, “¿Qué has hecho?”.

– No te enojes, mi señor – respondió Aarón – Tú sabes que tan propenso al mal es este pueblo. Ellos me dijeron ‘Haznos un dios que vaya frente a nosotros. Que a este hombre Moisés que nos sacó de Egipto, no sabemos qué le ha pasado’. Entonces les dije, ‘Quien sea que tenga joyas de oro, quítenselas’. Entonces ellos me dieron el oro, y yo lo aventé al fuego, ¡y salió este becerro! (Ex. 32: 22-24)

Aarón culpó al pueblo. Había sido el pueblo quien hizo la ilegítima petición. El negó su responsabilidad en hacer el becerro. Solo sucedió. “Lo aventé al fuego, ¡y salió este becerro!” Es la misma negación de responsabilidad cuando recordamos la historia de Adán y Eva. El hombre dice, “Fue la mujer”. La mujer dice, “Fue la serpiente”. Sucedió. No fui yo. Yo fui la víctima no el perpetrador. En cualquiera tal evasión es fracaso moral; en un líder, aún más.

El extraño hecho es que Aarón no fue castigado inmediatamente. De acuerdo a la Torá el fue condenado por otro pecado cuando, años más tarde, él y Moisés hablan con enojo contra el pueblo que se queja porque no hay agua: “Aarón será reunido con su gente. Él no entrará a la tierra que le he dado a los israelitas, porque ambos se han rebelado contra mi mandamiento en las aguas de Meribah” (Num. 20:24)

Fue sólo después, en el último mes de la vida de Moisés, que Moisés le dijo al pueblo un hecho que se había reservado hasta ahora:

He temido el enfado y la ira del Señor, porque él se enojó lo suficiente con ustedes para destruirlos. Pero otra vez el Señor me escuchó. Y el Señor se enojó lo suficiente con Aarón para destruirlo, pero en ese momento también recé por Aarón. (Deut. 9: 19-20).

Dios, de acuerdo a Moisés estaba tan enojado con Aarón por el pecado del becerro de oro que Él estaba por matarlo, y lo habría hecho si no hubiera sido por la oración de Moisés.

Es sencillo ser crítico de personas que fracasan en la prueba de liderazgo cuando involucra oponerse a la multitud, desafiando el consenso, bloqueando el camino en el que la mayoría intenta tomar. La verdad es que es difícil oponerse a las masas. Pueden ignorarte, removerte, incluso asesinarte. Cuando una multitud sale de control no hay una solución elegante. Incluso Moisés estuvo indefenso enfrentando al pueblo en el posterior episodio de los espías (Num. 14: 5).

Tampoco fue sencillo para Moisés restaurar el orden. Lo hizo por la más dramática acción: aventando las tablas y moliendo al becerro hasta hacerlo polvo. Entonces él pidió apoyo y se lo dieron sus compañeros levitas. Ellos tomaron represalias contra la multitud, matando a tres mil personas ese día. La Historia juzga a Moisés como héroe pero él pudo también haber sido visto por sus contemporáneos como un brutal autócrata. Nosotros, gracias a la Torá, sabemos lo que pasó entre Dios y Moisés en ese momento. Los israelitas a los pies de la montaña no sabían nada de qué tan cerca habían estado de ser absolutamente destruidos.

La tradición lidia con Aarón de manera gentil.  Es retratado como un hombre de paz. Quizá por esa razón se convirtió en el Sumo Sacerdote. Hay más de una forma de liderazgo, y el sacerdocio incluye seguir reglas, no tomar postura y balancear multitudes. El hecho de que Aarón no fuera un líder en el mismo molde como Moisés no quiere decir que fuera un fracaso. Significa que el estaba hecho para otro tipo de rol. Hay momentos cuando tú necesitas a alguien con el coraje para tomar la postura contraria a la multitud, otros cuando necesitas un pacificador. Moisés y Aarón eran diferentes tipos. Aarón fracasó cuando estuvo llamado a ser un Moisés, pero se convirtió en un líder por derecho propio con una capacidad diferente. Aarón y Moisés se complementaban el uno al otro. Ninguna persona lo puede hacer todo.

La verdad es que cuando una multitud se sale de control, no hay una respuesta sencilla. Esa es la razón por la que todo el judaísmo es un seminario extendido en responsabilidad individual y colectiva. Los judíos no forman, o no deberían formar muchedumbres. Cuando lo hacen, se puede necesitar un Moisés para restablecer el orden. Pero puede necesitar un Aarón, en otros momentos, para mantener la paz.

 

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