Rabino Sacks Ki Tisá 5776 – La cercanía de Dios

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

La cercanía de Dios

 Ki Tisá – 27 de febrero, 2016 / 18 Adar I 5776

Rabino Sacks Ki Tisa 5776 [PDF]

 

Cuanto más estudio la Torá, más conciencia tengo del inmenso misterio de Éxodo 32. Este es el capítulo que está puesto en el medio de la narrativa del Becerro de Oro, entre el capítulo 32 que describe el pecado y sus consecuencias, y el 34, el de la revelación a Moshé de los “Trece atributos de la misericordia”, la segunda serie de las Tablas y la renovación del pacto. Entiendo que es este misterio lo que enmarca la consistencia de la espiritualidad judía.

Lo más enigmático del capítulo 32 es, primero, que no está claro de qué se trata. Qué hacía Moshé? En el capítulo anterior ya había pedido dos veces que fuera perdonado el pueblo. En el 34 lo hace nuevamente. Entonces qué es lo que estaba tratando de lograr en el capítulo 33?

Segundo, los pedidos de Moshé son extraños. Dice, “Muéstrame ahora Tus caminos” y “Muéstrame ahora Tu gloria” (33:13, 33:18) Estos parecen ser más bien intentos de comprensión metafísica o de experiencia mística, que pedidos de perdón. Tenía más que ver con Moshé como individuo, que con el pueblo para el cual estaba rogando. Era un momento de crisis nacional. Dios estaba enojado, la gente traumatizada. Toda la nación estaba confundida, no era momento para que Moshé planteara un seminario de teología.

Tercero, en más de una oportunidad la narrativa parece retroceder en el tiempo. En el versículo 4, por ejemplo, dice “ningún se hombre puso su ornamento”, y en el siguiente Dios dice “Ahora, sáquense los ornamentos.” En el versículo 14 Dios dice “Mi presencia irá con ustedes”, y en el siguiente Moshé dice “Si Tu presencia no viene con nosotros, no nos hagas abandonar este lugar.” En ambos casos, los tiempos parecen invertidos: la segunda frase está contestada por la anterior. La Torá claramente nos está llamando la atención, pero a qué?

Agreguemos a esto el misterio del becerro de oro – era o no un ídolo? El texto señala que el pueblo dijo, “Esto, Israel, es tu Dios que nos sacó de Egipto” (32:4), pero también dicen que buscaron al becerro porque no sabían qué le había pasado a Moshé. Buscaban reemplazarlo a él o a Dios? Cuál fue su pecado?

Envolviéndolo todo está el misterio mayor de las secuencias precisas de los extensos pasajes del Mishkan, antes y después del becerro de oro. Cuál era la relación entre el santuario y el becerro?

En el corazón del misterio está lo raro y lo perturbante de los detalles de los versículos 7 – 11. Nos dicen que Moshé tomó su tienda y la alzó fuera del campamento. Qué tiene que ver esto con el tema en cuestión, o sea, la relación entre Dios y el pueblo después del becerro de oro? En todo caso, parecería lo peor que podía hacer Moshé en ese momento y en esas circunstancias. Dios había anunciado recién “Yo no estaré en medio de ustedes” (33: 3), con lo cual el pueblo estaba profundamente desconcertado. Se “pusieron de duelo” (33: 4). Que Moshé dejara el campamento debía ser doblemente desmoralizante. En tiempos de desconsuelo un líder debe estar cerca del pueblo, no distante.

Hay muchas formas de leer este texto críptico, pero a mí me parece que la interpretación más poderosa y simple es ésta. Moshé estaba haciendo un rezo más audaz, tan audaz que la Torá no lo especifica directa ni explícitamente. Debemos reconstruirla a partir de las anomalías y de las claves del texto mismo.

El capítulo anterior daba a entender que el pueblo entró en pánico por la ausencia de Moshé, su líder. Dios mismo lo insinúa cuando le dice a Moshé, “Baja, porque este pueblo tuyo, el que sacaste de Egipto, se ha  corrompido.” (32: 7). La sugerencia es que la ausencia o el distanciamiento de Moshé fueron los causantes del pecado. Tendría que haber estado cerca del pueblo. Moshé captó el mensaje. Bajó. Castigó a los culpables. Rogó a Dios que perdonara al pueblo. Ese era el tema del capítulo 32. Pero en el 33, habiendo puesto orden en el pueblo, Moshé comenzó con un enfoque totalmente distinto. Él efectivamente le estaba diciendo a Dios: lo que el pueblo necesita no es que yo esté cerca de ellos. Yo soy simplemente humano, hoy estoy, mañana no. Pero Tú eres eterno, Tú eres su Dios. Ellos necesitan que estés cerca de ellos.

Es como si Moshé estuviera diciendo: “Hasta ahora, ellos Te han vivido como una fuerza aterradora, de los elementos, enviando plaga tras plaga a los egipcios, poniendo de rodillas al imperio más grande del mundo, dividiendo el mar, dando vuelta el orden mismo de la naturaleza. En el Monte Sinaí, simplemente por escuchar Tu voz estaban tan sobrecogidos que dijeron que si continuaban escuchándola “moriremos” (Ex. 20:16). El pueblo necesitaba no la grandeza de Dios, sino la cercanía de Dios, no Dios escuchado en truenos y relámpagos arriba de la montaña, sino la Presencia perpetua abajo, en el valle.

Es por eso que Moshé retiró su tienda y la alzó fuera del campamento, como diciéndole a Dios: no es mi presencia la que la gente necesita en su seno, es la Tuya. Es por eso que Moshé intentó hallar la verdadera naturaleza de Dios Mismo. Es posible que Dios esté cerca de donde está la gente? Puede la trascendencia tornarse en inmanencia? Puede el Dios que es más vasto que el universo vivir dentro de un universo en forma predecible, comprensible, no sólo mediante intervenciones milagrosas?

A esto Dios respondió en forma altamente estructurada. Primero dijo: no podrás comprender Mis caminos. “Daré gracia a quien daré gracia, y mostraré misericordia a quien mostraré misericordia” (33: 19). Hay un elemento de justicia divina que siempre debe eludir la comprensión humana. Si no podemos entrar en la mente de otro ser humano, mucho menos lo haremos en la mente del Creador mismo.

Segundo, “No podrás ver Mi rostro, pues ningún ser humano puede verme y sobrevivir” (33: 20). Los humanos pueden, como mucho, “ver Mi espalda.” Aun cuando Dios interviene en la historia, sólo lo podemos ver retrospectivamente, mirando hacia atrás. Steven Hawking se equivocó.(1)  Aunque decodifiquemos todos los misterios de la ciencia, igualmente no podremos conocer la mente de Dios.

Sin embargo, tercero, puedes ver Mi “gloria”. Eso fue lo que preguntó Moshé cuando se dio cuenta de que nunca iba a conocer Sus “caminos” ni ver Su “rostro”. Por eso Dios pasó mientras Moshé quedaba parado en la “hendidura de la roca” (33: 22). No sabemos, a esta altura, qué entender exactamente por la gloria de Dios, pero lo descubrimos al final del libro de Éxodo. Los capítulos 35-40 describen cómo los israelitas construyeron el Mishkan. Cuando estuvo terminado y armado leemos lo siguiente:

Luego la nube cubrió la tienda de reunión, y la gloria del Señor llenó el Mishkan. Moshé no pudo entrar a la tienda de reunión porque la nube se había instalado en ella, y la gloria del Señor llenó el Mishkan. (Ex. 40: 34-35).

Ahora comprendemos todo el drama puesto en marcha por haber hecho el becerro de oro. Moshé rogó a Dios que se acerque al pueblo, para que Lo pudieran encontrar no sólo en momentos de milagros irrepetibles sino en forma regular, diaria, y no por una fuerza que amenaza destruir todo lo que toca, sino como una Presencia que puede sentirse en el corazón del campamento.

Fue por eso que Dios le ordenó a Moshé construir el Mishkan. Es lo que quiso decir cuando Él exclamó: “Harán para Mí un santuario y yo viviré (ve-shajanti) en medio de ellos” (Ex. 25: 8). Es de este verbo que obtenemos la palabra Mishkan “tabernáculo” y la palabra post-bíblica Shejiná, que significa la Divina presencia. Un shajen es un vecino, el que vive al lado. Aplicado a Dios significa “la Presencia que está cerca”. Si esto es así – que es, por ejemplo como Yehuda Halevi interpretó el texto (2) – entonces toda la institución del Mishkan fue una respuesta Divina al pecado del becerro de oro, y la aceptación por parte de Dios del ruego de Moshé de que Él se acerque al pueblo. No podemos ver la cara de Dios; no podemos comprender Sus caminos;  pero podemos encontrar Su gloria en el sitio en que construyamos una casa, en la tierra, para Su presencia.

Ese es el milagro continuo de la espiritualidad judía. Nadie antes del nacimiento del judaísmo vislumbró a Dios de manera tan abstracta y alucinante: Dios es más distante que la estrella más lejana y más eterno que el tiempo mismo. Sin embargo ninguna religión Lo ha sentido más cerca. En el Tanaj los profetas discuten con Dios. En el libro de Salmos, el rey David habla con Él en un marco de suma intimidad. En el Talmud Dios escucha debates entre los sabios y acepta sus conclusiones aunque vayan en contra de la voz celestial. La relación de Dios con Israel, dicen los profetas, es como la del padre con su hijo, o entre marido y mujer. En el Cantar de los Cantares es como la de dos amantes apasionados. El Zohar, el texto clave de la mística judía, usa para esto el lenguaje de la pasión más audaz como el Yedid nefesh, el poema atribuido al cabalista de Tzfat del siglo XVI R. Eleazar Azikri.

Esa es una de las diferencias más marcadas entre las sinagogas y las catedrales de la Edad Media. En la catedral se siente lo vasto de Dios y la pequeñez de la humanidad. Pero en la Altneushul de Praga o en las sinagogas de Ari y R. Joseph Karo de Tzfat se siente la cercanía de Dios y la grandeza potencial de la humanidad. Muchas naciones veneran a Dios pero los judíos son los únicos que se cuentan como Sus parientes cercanos (“Mi hijo, Mi primogénito, Israel” Ex. 4: 22).

En la entrelínea de Éxodo 33, si escuchamos atentamente, sentiremos la aparición de una de las características más distintivas y paradójicas de la espiritualidad judía. Ninguna religión Lo ha tenido más alto, pero ninguna ha tenido a Dios más cerca. Eso fue lo que se propuso Moshé, y lo logró en Exodo 33, en su más audaz conversación con Dios.

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(1) Su famoso dicho al final de A Brief History of Time, que si pudiéramos llegar a la comprensión científica total del cosmos, podríamos “conocer la mente de Dios.”

(2) Yehuda Halevi, The Kuzari 1, 97

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