Tetzave 5774 – El Contrapunto del Liderazgo

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias

 

Tetzave 5774 – El Contrapunto del Liderazgo

Una de las más importantes contribuciones judías a nuestro entendimiento del liderazgo es su temprana insistencia de lo que, en el siglo XVIII, Montesquieu llamó “La separación de poderes”. Ninguna autoridad ni poder sería localizado en un solo individuo u oficina. En su lugar, el liderazgo se dividía entre diferentes tipos de roles.

Una de las más importantes de estas divisiones – anticipada por milenios la “separación de la iglesia y el estado” –  era entre el rey, la cabeza del estado, por un lado, y el sumo sacerdote, el oficio de más alto rango, por el otro.

Esto era revolucionario. Los reyes de las ciudades-estado de Mesopotamia y los faraones de Egipto eran considerados semidioses o jefes intermediarios con los dioses. Oficiaban en los supremos festivales religiosos. Eran vistos como los representantes del cielo sobre la tierra.

En el judaísmo, por rígido contraste, la monarquía tenía poca o nula función religiosa (otra más que el recital del rey del libro del pacto cada siete años en el ritual conocido como hakhel). Sin duda la gran objeción a los reyes asmoneos  por parte de los sabios era que rompían la antigua regla, algunos de ellos declarándose sumos sacerdotes también. El Talmud guarda la objeción: “Que la corona del reino sea suficiente para ti. Deja la corona del sacerdocio sobre los hijos de Aarón.” (1) El efecto de este principio fue secularizar el poder. (2)

No menos fundamental fue la división del liderazgo religioso en sí mismo en dos distintas funciones: la del profeta y la del sacerdote. Eso está dramatizado en la parsha de esta semana, enfocándose en lo que es el rol del sacerdote y en la exclusión de este rol del profeta. Tetzave es la primer parsha desde el inicio del libro del Éxodo en la que el nombre de Moisés no aparece. Es una parsha en la que el sacerdocio es supremo, opuesto a lo profético.

Sacerdotes y profetas son muy diferentes en sus roles, a pesar del hecho que algunos profetas, más famosamente Ezequiel, fueron también sacerdotes.

1 – El rol de sacerdote era dinámico, mientras que el del profeta era carismático. Los sacerdotes eran los hijos de Aarón. Ellos nacieron en ese rol. La paternidad no tenía parte en el rol del profeta. Los propios hijos de Moisés no eran profetas.

2 – El sacerdote llevaba túnicas de oficio. No había un uniforme especial para un profeta.

3 – El sacerdocio era exclusivamente masculino; no así la profecía. El Talmud enlista siete mujeres profetas: Sarah, Miriam, Deborah, Hannah, Abigail, Huldah y Esther.

4 – El rol del sacerdote no cambiaba con el tiempo. Había una línea del tiempo anual de sacrificios que no variaba de año a año. El profeta en contraste no podía saber cuál  sería su misión hasta que Dios se la revelara. La profecía nunca fue un tema de rutina.

5 –  Como resultado, el profeta y el sacerdote tenían diferente sentido del tiempo. El tiempo para los sacerdotes era lo que era para Platón: el “la imagen en movimiento de la eternidad”, un asunto de recurrencia y regreso eterno. El profeta vivía en el tiempo histórico. Su hoy no era el mismo que el ayer y mañana serían diferentes otra vez. Una forma de ponerlo es que el sacerdote escuchaba la palabra de Dios por todo el tiempo. El profeta escuchaba la palabra de Dios por este tiempo.

6 – El sacerdote era “santo” y por eso se apartaba del pueblo. Él tenía que comer su comida en un estado de pureza, y tenía que evadir contacto con los muertos. El profeta en contraste a menudo vivía entre el pueblo y hablaba un lenguaje que el pueblo entendía. Los profetas podían venir de cualquier clase social.

7 –  Las palabras claves para el sacerdote eran tahor, tamei, kodesh y jol: “puro, impuro, sagrado y secular”. Las palabras clave para los profetas eran tzedek, mishpat, jesed y rajamim; “virtud, justicia, amor y compasión”. No es solo que el profeta estuviera preocupado con la moralidad mientras que los sacerdotes no lo estaban. Algunas de las claves morales imperativas, tal como “Amarás a tu vecino como a ti mismo”, vienen de las sanciones sacerdotales de la Torá. Es más bien que los sacerdotes pensaban en términos de orden moral incrustado en la estructura de la realidad, algunas veces llamada “ontología sagrada”. (3) Los profetas tendían a pensar no en estas cosas o actos en ellos mismos pero en términos de relaciones entre personas o clases sociales.

8 –  La tarea del sacerdote es mantener los límites. Los verbos claves en el sacerdocio son le-havdil y le-horot, distinguir una cosa de la otra y aplicar las reglas apropiadas. Los sacerdotes tienen reglas, los profetas tienen advertencias.

9 –  No hay nada personal en el rol de un sacerdote. Si uno – incluso el sumo sacerdote –  era incapaz de oficiar en un servicio dado, otro lo podía sustituir. La profecía era esencialmente personal. Los sabios dijeron que “no hubo dos profetas que profetizaran en el mismo estilo” (Sanhedrin 89a). Hoseas no era Amos. Isaías no era Jeremías. Cada profeta tuvo una voz distintiva.

10 –  Los sacerdotes constituían un establecimiento religioso. Los profetas, al menos aquellos cuyos mensajes había sido eternizados en el Tanaj, no fueron un establecimiento sino un anti-establecimiento, críticos del poder-que-es.

Los roles de los sacerdotes y los profetas variaron con el tiempo. Los sacerdotes siempre oficiaron en el servicio de los sacrificios en el Templo. Pero también eran jueces. La Torá dice que si un caso era muy difícil de resolver con la corte local, entonces debías “Ir a los sacerdotes, los levitas, y a un juez que estuviera en oficio en ese momento. Inquirir con ellos y que ellos dieran su veredicto” (Deut. 17:9). Moisés bendijo a la tribu de Levi diciendo que “Enseñarán Tus ordenanzas a Jacob y tu Torá a Israel” (Deut. 33:10), sugiriendo que ellos tenían un rol como maestros también.

Malaquías, es un profeta del periodo del Segundo Templo, dice: “Para los labios de un sacerdote deberían preservar el conocimiento, porque él es el mensajero del Señor Todopoderoso y el pueblo busca instrucción de su boca” (Mal. 2:7). El sacerdote era el guardián del sagrado orden social de Israel. Sin embargo está claro a través del Tanaj que el sacerdocio era propenso a la corrupción. Hubo ocasiones en las que los sacerdotes tomaron sobornos, otros cuando comprometieron la fe de Israel e hicieron prácticas idólatras. Algunas veces se involucraban en política. Algunos se mantuvieron a sí mismos en una élite apartada de y desdeñando al pueblo como un todo.

En esos momentos el profeta se convertía en la voz de Dios y la consciencia de la sociedad, recordando al pueblo que su vocación espiritual y moral, llamándoles al regreso y al arrepentimiento, recordándole al pueblo de sus obligaciones con Dios y con sus compañeros humanos y advirtiendo de las consecuencias si no lo hacían.

El sacerdocio masivamente se politizó y corrompió durante la era helenística, especialmente bajo los seléucidas en el segundo siglo AC. Los sumos sacerdotes helenos como Jasón y Menelao introdujeron prácticas idólatras, incluso en una etapa una estatua de Zeus, estuvo dentro del Templo. Esto provocó una revuelta interna que llevó a los eventos que recordamos en el festival de Hanukkah.

Aun así y a pesar del hecho de que el iniciador de la revuelta, Mattiyahu, era él mismo un sacerdote virtuoso, la corrupción resurgió bajo los reyes asmoneos. La secta Qumran conocida por nosotros a través de los Rollos del Mar Muerto era particularmente crítica con el sacerdocio en Jerusalén. Es llamativo que los sabios trazaran sus ancestros espirituales a los profetas, no a los sacerdotes (Avot 1:1).

Los cohanim eran esenciales al Israel antiguo. Ellos dieron la estructura y continuidad a la vida religiosa, sus rituales y rutinas, sus festivales y celebraciones. Su tarea era asegurarse que Israel siguiera siendo un pueblo santo con Dios en su seno. Pero ellos fueron un establecimiento, y como cada establecimiento, lo mejor que fueron fue ser los guardianes de los valores nacionales más altos, pero lo peor que fueron fue que se volvieron corruptos, usando su posición para el poder y comprometerse en políticas internas para tener ventajas personales. Este es el destino de los establecimientos, especialmente aquellos cuya membresía es un asunto de nacimiento.

Por eso los profetas fueron esenciales. Ellos fueron los primeros críticos sociales del mundo, mandados por Dios a hablar la verdad al poder. Aún el día de hoy, para bien o para lo contrario, los establecimientos religiosos siempre se parecen al sacerdocio de Israel. ¿Quiénes son, en el tiempo presente, los profetas de Israel?

La lección esencial de la Torá es que el liderazgo nunca puede ser confiado a una sola clase o rol. Siempre debe ser distribuido y dividido. En el antiguo Israel, los reyes lidiaban con el poder, los sacerdotes con la santidad y los profetas con la integridad y fidelidad de la sociedad como un todo. En el judaísmo, el liderazgo es menos una función que un campo de tensiones entre diferentes roles, cada uno con su propia perspectiva y voz.

El liderazgo en el judaísmo es un contrapunto, una forma musical definida como “la técnica de combinar dos o más líneas melódicas en tal forma que establecen una relación armónica mientras retienen su línea individual”. Es esta complejidad interna la que le da al liderazgo judío su vigor, salvándole de la entropía, de la pérdida de energía en el tiempo.

El liderazgo debe ser siempre, creo yo, de esta forma. Cada equipo debe estar hecho de personas con diferentes roles, fortalezas, temperamentos y perspectivas. Deben estar siempre abiertos a la crítica y deben estar siempre en alerta contra el pensamiento de grupo. La gloria del judaísmo es su insistencia en que sólo en el cielo hay Una voz dominante. Aquí abajo sobre la tierra ningún individuo nunca puede tener el monopolio del liderazgo. Fuera del choque de perspectivas – rey, sacerdote y profeta – viene algo más grande que cualquier individuo o rol puede alcanzar.

 

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(1) Kiddushin 66a.

(2) En el poder del judaísmo, excepto el ejercido por Dios, no es santo.

(3)Sobre esta más bien idea difícil, ver Philip Rieff, My Life Among the Deathworks, University of Virginia Press, 2006. Rieff era un inusual y perspicaz crítico de la modernidad. Para una introducción de su trabajo, ver Antonius A.W. Zondervan, Sociology and the sacred : an introduction to Philip Rieff’s theory of culture, University of Toronto Press, 2005.

 

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