Rabino Sacks Bo 5776 – El niño espiritual

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

El niño espiritual

Bo – 14 de enero, 2016 / 6 Shevat 5776

Rabino Sacks Bo 5776 [PDF]

El escritor norteamericano Bruce Feiler recientemente publicó su libro, un best seller, titulado The Secrets of Happy Families.(1) Es un trabajo interesante basado en investigaciones hechas principalmente en áreas como la formación de equipos, la solución de problemas y resolución de conflictos. Muestra cómo las técnicas de management pueden ser utilizadas en el hogar para ayudar a formar unidades de cohesión familiar que posibiliten el crecimiento personal.

Sobre el final, sin embargo, desarrolla un tema impactante e inesperado: “La cosa fundamental que puedes hacer para tu familia puede ser la más simple de todas: desarrollar una fuerte narrativa familiar.” Cita un estudio de la Universidad de Emory en la cual cuanto más saben los niños de su historia familiar, “más fuerte será la sensación de control sobre sus vidas, mayor su autoestima, más creerán en el funcionamiento exitoso de la familia.”(2).

Una narrativa familiar conecta a los niños con algo más grande que ellos mismos. Los ayuda a dar sentido a su inserción en el mundo que existía antes de su nacimiento. Les da el punto de partida de una identidad. Eso a su vez se transforma en la base para la confianza. Permite a los niños decir: éste soy yo. Esta es la historia de la cual yo formo parte. Estas son las personas que vinieron antes de mí y de las cuales soy el descendiente. Estas son las raíces de las cuales soy el tallo que se proyecta hacia el sol.

En ningún otro lado fue expresado este punto más dramáticamente que por Moshé en la parashá de esta semana. Está por producirse la décima plaga y Moshé sabe que será la última. El Faraón no solo dejará ir  al pueblo, sino que va a urgirlo a que se vaya. Por lo tanto, por orden de Dios, Moshé prepara al pueblo para la libertad. Pero lo hace de una manera singular. No habla de la libertad, ni sobre la rotura de las cadenas del cautiverio. Tampoco menciona la ardua travesía que los espera, ni trata de generar entusiasmo mostrando una imagen fugaz del destino final, La Tierra Prometida que Dios juró a Abraham, Itzjak y Yaakov, la tierra de leche y miel.

Habla de los niños. Tres veces, en el transcurso de la parashá vuelve sobre el tema:

Y cuando los niños te pregunten, “qué significa este rito?” les contestarás…(Ex.12: 26-27)

Y le explicarás a tu hijo en ese día, “Es por lo que Dios hizo por mí cuando me liberó de Egipto” (Ex. 13: 8)

Y cuando, llegado el tiempo, tu hijo te pregunte, diciendo ”Qué significa esto?” le dirás a él… (Ex.13: 14)

Esto es manifiestamente contrario a lo que uno podría suponer.  No habla del mañana sino del futuro lejano. No quiere celebrar el momento de la liberación sino que quiere asegurarse de que formará parte de la memoria colectiva del pueblo hasta el fin del tiempo. Quiere que cada generación transmita la narrativa a la siguiente. Quiere que los padres judíos sean educadores, y que los niños judíos sean guardianes del pasado para el bien del futuro. Inspirado por Dios, Moshé le enseñó al pueblo de Israel la lección que los chinos habían traído por una ruta distinta: Si proyectas para un año, planta arroz. Si planeas para una década, planta un árbol. Si tu plan es para un siglo, educa a un niño.

Los judíos se hicieron famosos a través del tiempo por colocar a la educación en primer lugar. Donde otros construyeron castillos y palacios, los judíos construyeron escuelas y casas de estudio. De aquí fluyeron todos los logros conocidos que nos generan un orgullo colectivo: el hecho de que los judíos conocían sus textos aún en épocas de analfabetismo masivo; el récord del estudio e intelecto judíos; la impactante  representación de los judíos como formadores de la mente moderna; la reputación judía, a veces admirada, otra veces temida, a veces caricaturizada, de la velocidad mental para debatir, argumentar y para contemplar un desacuerdo desde todos los ángulos posibles.

Pero el tema de Moshé no era simplemente este. Dios nunca nos ordenó: Debes ganar un premio Nobel. Lo que quiso era enseñar a nuestros hijos una historia. Quería ayudar a nuestros niños a entender quiénes son, de dónde vinieron, qué les pasó a sus ancestros para que resultara un pueblo tan distintivo y cuáles fueron los momentos en su historia que forjaron sus vidas y sus sueños. Quería dar a nuestros hijos una identidad transformando a la historia en memoria y a la memoria en sí en un sentido de responsabilidad. Los judíos no fueron llamados a ser una nación de intelectuales. Fueron llamados a ser actores en un drama de redención, un pueblo invitado por Dios para traer bendiciones al mundo por la forma en que vivieron una vida santificada.

Nosotros durante algún tiempo, y junto con muchos otros en el Occidente, hemos descuidado este elemento profundamente espiritual de la educación.  Esto es lo que hace que el libro reciente de Lisa Miller, The Spiritual Child (3) un importante recordatorio de esta verdad olvidada. La profesora Miller enseña psicología y educación en la Universidad de Columbia y es co-editora de la revista Spirituality in Clinical Practice.  Su libro no trata sobre judaísmo ni religión como tal, sino específicamente sobre cuán importante es que los padres alienten la espiritualidad del niño.

Los niños son naturalmente espirituales. Están fascinados por lo vasto del universo y por nuestro lugar en él. Tienen la misma sensación de asombro que encontramos en algunos de los grandes salmos. Aman los

cuentos, las canciones y rituales. Les gusta la forma y la estructura que le dan al tiempo, a las relaciones y a la vida moral. Ciertamente, los escépticos y ateos han ridiculizado a la religión pintándola como la realidad vista por un niño, pero eso sólo sirve para fortalecer el corolario, que es que la visión de la realidad de un niño es instintiva e intuitivamente religiosa. Deprivar al niño de esto, ridiculizando la fe, abandonando el ritual y en lugar de ello orientarlo a obtener logros académicos u otras formas de éxito, sólo logrará bloquear algunos de los elementos más importantes de su bienestar psicológico y emocional.

Como demostró la profesora Miller, la evidencia de la investigación es contundente.  Los niños educados en hogares donde la espiritualidad es parte de la atmósfera están menos sujetos a caer en una depresión, en la drogadicción, la agresión y comportamientos de alto riesgo, incluyendo el asumir riesgos elevados y “una sexualidad desprovista de intimidad emocional”.  La espiritualidad juega un papel en la resiliencia del niño, en la salud mental y física y en la curación. Es clave en la adolescencia en su intensa búsqueda de identidad y propósito. En esta edad,  la adolescencia frecuentemente toma la forma de una búsqueda. Y cuando hay un vínculo transgeneracional en la que hijos y padres comparten una conexión a algo más grande, nace una enorme fuerza interna. Esta relación padre-hijo, especialmente en el judaísmo, refleja la relación entre Dios y nosotros.

Es por eso que Moshé tan frecuentemente hace énfasis en el rol de la pregunta en el proceso educativo: “Cuando un niño te pregunta, diciendo…” – pregunta ritualizada en la mesa del Seder bajo la forma del Ma Nishtaná. El judaísmo es una fe de preguntas y argumentaciones, en la que aun los más grandes le hacen preguntas a Dios, y en la que los rabinos de la Mishná y el Midrash están en constante desacuerdo. La fe de una doctrina rígida que desalienta las preguntas llamando en su lugar a una obediencia ciega y a la sumisión, es psicológicamente lesiva y no ayuda a preparar al niño para lo complejo de la vida real. Es más, la Torá, en el primer párrafo de la Shemá, se cuida en decir “Amarás al Señor, tu Dios…” antes de decir “Enseñarás estas cosas cuidadosamente a tus hijos.” La enseñanza paterna funciona cuando los niños perciben que los padres aman lo que quieren que ellos aprendan.

El largo camino a la libertad – sugiere la parashá de esta semana – no es solo un tema de política e historia, y mucho menos de milagros. Tiene que ver con la relación entre padres e hijos. Trata sobre la narrativa y su transmisión a través de las generaciones. Trata sobre el sentido de la presencia de Dios en nuestras vidas. Trata sobre el hacer lugar para la trascendencia, la sorpresa, la gratitud, la humildad, la empatía, el amor, el perdón y la compasión, ornamentada por el ritual, la canción y la plegaria. Todo esto ayuda a dar al niño seguridad y esperanza junto con una sensación de identidad, pertenencia y confianza en el universo.

No se puede construir una sociedad sana con familias emocionalmente enfermas ni con niños agresivos y conflictuados. La fe comienza en la familia. La esperanza nace en el hogar.

SacksSignature

(1) Bruce Feiler, The Secrets of Happy Families, New York, William Morrow, 2013.

(2) Ibid. Feiler no cita a la fuente, pero ver Bohanek, Jennifer G. Kelly A. Marin, Robyn Fivush y Marshall p. Duke. “Family Narrative Interaction and Children´s Sense of Self.” Family Process1 (2006) 39-54.

(3) Miller, Lisa. The Spiritual Child: The New Science on Parenting for Health and Lifelong Thriving, New York, St. Martin´s Press, 2015

 

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