Rabino Sacks Vayeshev 5776 – Cómo cambiar al mundo

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

Cómo cambiar al mundo

Vayeshev – 5 de diciembre, 2015 / 23 Kislev 5776

Rabino Sacks Vayeshev 5776 [PDF]

En sus Leyes de Arrepentimiento, Moisés Maimónides emitió uno de las aseveraciones más impactantes de la literatura rabínica. Habiendo explicado que nosotros y el mundo somos juzgados por la mayoría de nuestras acciones, continúa diciendo: “Por consiguiente, debemos vernos a lo largo del año como si nuestras acciones y las del mundo estuvieran colocadas en un equilibrio entre el bien y el mal, de tal forma que nuestra acción siguiente produzca el cambio de ese equilibrio en nuestras vidas y en las del mundo.”(1) Podemos generar una diferencia que es potencialmente inmensa, y esa debe ser nuestra premisa en todo momento.

Pocas afirmaciones van más a contramano de la forma en que, la mayoría de las veces, percibimos al mundo. Cada uno de nosotros sabe que somos únicos, y que en la actualidad hay siete mil millones de personas en la Tierra. Qué diferencia imaginamos que podemos hacer? No somos más que una ola en el océano, un grano de arena en la orilla del mar, una mota de polvo en la superficie del infinito. Es concebible que con una sola acción podamos cambiar la trayectoria de nuestra vida, y ni hablar de la humanidad en su totalidad? La parashá nos dice que sí, que es así.

En el desarrollo de la historia de los hijos de Yaacov, hay un aumento de la tensión entre ellos que amenaza desbordarse de manera violenta. Josef, el decimoprimero de los doce, es el favorito de los hijos de Yaacov. La Torá nos dice que era el hijo de la vejez de Yaacov. Más significativamente, era el primer hijo de su amada esposa Rajel. Yaacov “lo amaba más” que a sus otros hijos, cosa que ellos sabían y por lo cual estaban resentidos. Estaban celosos del amor de su padre, y  los sueños de grandeza de Josef les provocaban irritación. El solo ver la manta multicolor que le había regalado el padre como prueba de su amor les producía ira.

Entonces llegó el momento de la oportunidad: los hermanos estaban lejos del hogar cuidando el ganado cuando divisaron a Josef a la distancia, enviado por Yaacov para controlarlos. Su enojo e ira llegaron al punto de explosión, y resolvieron vengarse de manera violenta. “`Ahí viene el soñador´! Se dijeron unos a otros. ` Vamos a matarlo y a arrojarlo a uno de estos pozos, y diremos que lo devoró un animal salvaje. Ahí veremos qué pasa con sus sueños.´”

Solo uno de los hermanos estuvo en desacuerdo: Rubén. Él sabía que lo que estaban haciendo estaba muy mal, y protestó. En este punto la Torá hace una cosa extraordinaria: expresa algo que literalmente no puede ser cierto y que nosotros, al leerlo, nos damos cuenta de ello. “Y Rubén oyó y lo salvó (a Josef) de ellos.”

Sabemos que esto puede no ser cierto por lo que pasó a continuación: Rubén, al darse cuenta de que era él solo contra todos, ideó un plan. Propuso: no lo matemos, dejémoslo vivo dentro del pozo y que  muera; de esa forma no seremos culpables de haberlo asesinado. Su intención era retornar más tarde al pozo cuando los hermanos estuvieran en otro lado, y rescatarlo. Cuando la Torá dice “y Rubén oyó y lo salvó de ellos,” está utilizando el principio según el cual “Dios cuenta una buena intención como acción.”(2) Rubén planeaba salvar a Josef y pensaba hacerlo, pero en realidad, fracasó. Pasó el momento, y cuando actuó, ya era tarde. Al retornar al pozo vio que Josef ya no estaba, ya que lo habían vendido como esclavo.

Sobre este tema, dice el midrash: «Si Rubén hubiera sabido lo que el Santo, Bendito sea escribió `y Rubén oyó y lo rescató de ellos´ lo habría cargado físicamente sobre sus hombros y llevado de vuelta a su padre.»(3) Qué significa esto?

Analicemos qué habría pasado si Rubén hubiera actuado de esa forma en tal instancia. Josef no habría sido vendido como esclavo. No habría sido llevado a Egipto, ni trabajado en la casa de Potifar, ni habría atraído a la mujer de él. No lo habrían encarcelado bajo la acusación falsa. No habría interpretado los sueños del mayordomo y el panadero, ni habría hecho lo propio dos años más tarde con el Faraón. No habría sido nombrado virrey de Egipto ni habría traído a su familia para quedar allí.

Ciertamente, muchos años antes Dios ya había advertido a Abraham: «Ten la certeza de que durante cuatrocientos años tus descendientes serán extranjeros en un país que no será el propio, y allí serán esclavizados y maltratados.» (Gen. 15: 13) Los israelitas iban a ser esclavizados de cualquier manera. Pero por lo menos todo esto no habría ocurrido como producto de sus propias desavenencias familiares. Se habría podido evitar todo un capítulo de culpa y vergüenza judía.

Si al menos Rubén hubiera sabido lo que sabemos ahora. Si al menos hubiera podido leer el libro. Pero nunca podemos leer el libro que nos informa acerca de las consecuencias eventuales  de nuestros actos. Nunca sabemos qué efecto tenemos sobre la vida de los demás.

Hay un cuento que me resulta muy movilizante. Relata como en 1966 un niño afroamericano de once años se trasladó con su familia a un barrio de Washington hasta ese entonces exclusivamente de blancos. (4) Sentado en la escalinata de la puerta de su casa junto a sus hermanos y hermanas, esperaban ver cómo los iban a saludar. Pero eso no ocurrió. Los que caminaban frente a la casa pasaban de largo sin siquiera una sonrisa ni señal de reconocimiento. Todas las historias atemorizantes que había escuchado de cómo maltrataban los blancos a los negros parecían ser ciertas. Años más tarde, al escribir sobre esos primeros días en su casa nueva, expresó: «Sabía que no éramos bienvenidos allí. Yo sabía que no íbamos a ser queridos. Sabía que no íbamos a tener amigos y que no debimos mudarnos a ese lugar…»

Mientras esos pensamientos cruzaban por mi mente, pasó una mujer por la vereda opuesta, se volvió hacia los niños y con una amplia sonrisa les dijo “Bienvenidos!”, desapareciendo luego dentro de su casa. Al rato asomó con una bandeja llena de bebidas, tortas y masitas que les dio a los niños lo que los hizo sentir como en  casa. Ese momento – el joven escribió más adelante – cambió su vida. Le dio una sensación de pertenencia allí donde antes no había habido nada. Le permitió advertir, en una época en que las relaciones interraciales en Estados Unidos eran aun tensas, que una familia de raza negra podía estar a gusto en una zona de blancos y que podían establecerse relaciones sin diferencias. A través de los años, aprendió a admirar mucho a la vecina de enfrente, pero fue ese primer acto espontáneo de bienvenida lo que se le grabó en la memoria en forma definitiva. Rompió una barrera de separación y transformó a desconocidos en amigos.

El joven, Stephen Carter, luego fue nombrado profesor de derecho en Yale y escribió un libro sobre lo que aprendió ese día. Lo tituló Civility. El nombre de la mujer – cuenta – era Sara Kestenbaum, y murió muy joven. Agrega que no es casualidad que se tratara de una judía religiosa. “En la tradición judía esa actitud se llama hesed – el hacer actos de civilidad – que en realidad deriva del hecho de que los seres humanos están hechos a la imagen y semejanza de Dios.” La civilidad – agrega – “puede entenderse como parte de hesed: efectivamente requiere de un sentimiento de bondad hacia nuestros semejantes, incluso a  desconocidos, aun cuando esto resulte  difícil.” Al día de hoy, agrega, “cierro los ojos y siento en mi paladar  la dulce textura de la torta y de las masitas que devoré esa tarde de verano cuando descubrí que un simple acto de civilidad humilde y genuino puede cambiar el curso de una vida para siempre.”

Una sola vida, dice, la Mishná es como un universo (5). Cambia una vida, y comenzarás a cambiar al universo. Es así como se hace la diferencia: una vida a la vez, un día a la vez, un acto a la vez. Nunca sabemos con anticipación qué efecto puede llegar a tener un simple acto. A veces, ni siquiera nos enteramos. Sara Kestenbaum, así como Rubén, nunca tuvo la oportunidad de leer el libro que cuenta la historia de las consecuencias a largo plazo que tuvo su acción en ese momento. Pero actuó. No vaciló. Y tampoco, dice Maimónides, debemos vacilar nosotros. Nuestro próximo acto puede inclinar la balanza de la vida de otro y también de la nuestra.

Nada es sin consecuencias. Podemos hacer una diferencia en este mundo. Y cuando lo hacemos, nos transformamos en los socios de Dios en la tarea de la redención, llevando al mundo que es, un poco más cerca del mundo que debe ser.

 

SacksSignature

(1) Hiljot Teshuvá 3: 4

(2) Tosefta Peah 1:4

(3) Tanhuma, Vayeshev,13

(4) Stephen Carter, Civility, New York: Basic Books, 1999, 61-75

(5) Mishná, Sanhedrin 4: 5 texto manuscrito original

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