Vayishlaj 5774 – Se tú mismo

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias

Vayishlaj 5774 – Se tú mismo

He argumentado en años pasados de Pacto y Conversación que el episodio en el que el pueblo judío adquiere su nombre – cuando Jacob lucha con un adversario sin nombre en la noche y recibe el nombre Israel – es esencial para un entendimiento de lo que es ser judío. Argumento aquí que es igualmente crítico para entender qué liderar.

Hay muchas teorías en cuanto a la identidad de “el hombre” que luchó con el patriarca esa noche. La Torah lo llama un hombre. El profeta Hosea lo llama un ángel (Hosea 12:4, 5). Los sabios dicen que era Samael, ángel guardián de Esaú y una fuerza maligna (Bereshith Rabbah 77; Rashi; Zohar).  Jacob mismo estaba convencido que era Dios. “Jacob llamó al lugar Peniel, diciendo “Es porque vi a Dios cara a cara, y sin embargo mi vida fue salvada” (Gen. 32: 31).

Mi argumento es que nosotros sólo podemos entender el pasaje contra el completo bagaje de la vida de Jacob. Jacob nació sosteniendo el talón de Esaú. El compró la primogenitura de Esaú. Él robó la bendición de Esaú. Cuando su padre ciego preguntó quién era él, respondió, “Soy Esaú tu primogénito”. Jacob fue el niño que quería ser Esaú.

¿Por qué? Porque Esaú era el mayor. Porque Esaú era fuerte, físicamente maduro, un cazador. Sobre todo porque Esaú era el favorito de su padre: “Isaac, quien tenía un gusto por el cazado, amaba a Esaú, pero Rebecca amaba a Jacob” (Gen. 25: 28). Jacob es el caso paradigma de lo que la teórica de la literatura y antropóloga francesa Rene Girard llamó deseo mimético, queriendo decir, nosotros queremos lo que alguien más quiere, porque nosotros queremos ser alguien más (1). El resultado es la tensión entre Jacob y Esaú que se eleva a una intensidad inaguantable cuando Esaú descubre que Jacob ha tomado la bendición que Isaac tenía reservada para él, y jura matarlo cuando Isaac haya muerto.

Jacob huye a Labán donde encuentra más conflicto y está camino a casa cuando el escucha que Esaú está viniendo a encontrarse con él con una fuerza de 400 hombres. En una inusual fuerte descripción de emoción la Torah nos dice que Jacob estaba “muy asustado y afligido”, asustado, sin duda, de que Esaú quisiera intentar matarlo,  y quizá afligido que la animosidad de su hermano no era sin causa.

Jacob sin duda lo había agraviado. Isaac dice a Esaú, “Tu hermano vino con engaños y tomó tu bendición”. Siglos después el profeta Hosea dijo “El Señor tiene una carga que traer contra Judá; castigará a Jacob de acuerdo a sus formas y pagará de acuerdo a sus deudas. En el vientre el tomó el talón de su hermano; como hombre el peleó con Dios” (Hos. 12: 3-4). Jeremías usa el nombre de Jacob para significar a alguien que practica el engaño: “Cuidado con tus amigos; no confíes en nadie de tu clan; pues cada uno de ellos es un engañador (akov Yaakov), y cada amigo un calumniador”. (Jer. 9: 3).

Mientras Jacob buscó ser Esaú hubo tensión, conflicto, rivalidad. Esaú se sentía engañado; Jacob sentía miedo. Aquella noche, a punto de encontrar a Esaú otra vez después de una ausencia de veintidós años Jacob lucha con él mismo y finalmente avienta la imagen de Esaú que él ha llevado consigo todos esos años como la persona que él quiere ser. Esto es un momento crítico en la vida de Jacob. Desde ahora él está contento consigo mismo. Y es sólo cuando dejamos de querer ser alguien más (en palabras de Shakespeare, “Y envidio el arte de éste, del otro la pujanza, Hastiado aun de aquello que me daba alegrías” (2)) es que nosotros podemos estar en paz con nosotros mismos y con el mundo.

Este es uno de los grandes retos del liderazgo. Es demasiado sencillo para un líder perseguir popularidad siendo lo que la gente quiere que sea él o ella, un liberal para los liberales, un conservador para los conservadores, tomando decisiones que ganen aclamación más que seguimiento a un principio o una convicción. El asesor presidencial David Gergen escribió sobre Bill Clinton que él “no está exactamente seguro de quién es y aún así trata de definirse a él mismo por lo que le parece bien a los otros. Eso lo lleva a toda clase de contradicciones, y es por la mirada de otros que él  parece una constante mezcla de fortalezas y debilidades” (3).

Algunas veces los líderes tratan de “mantener junto al equipo” diciendo diferentes cosas a gente diferente, pero eventualmente estas contradicciones se hacen manifiesto – especialmente en la total transparencia que los medios modernos imponen – y el resultado es que el o la líder parecerá carecer de integridad. La gente no confiará en sus observaciones. Habrá una pérdida de confianza y autoridad que tomará un largo tiempo restaurar. El líder puede encontrar que su posición se ha convertido en algo insostenible y puede verse forzado a renunciar. Pocas cosas hacen que un líder sea impopular que la propia persecución de popularidad.

Los grandes líderes tienen el coraje de vivir con impopularidad. Lincoln fue injuriado y ridiculizado durante su vida. En 1864 el New York Times escribió de él: “Él ha sido denunciado sin fin como un perjurador, un usurpador, un tirano, un destructor de la Constitución, un destructor de las libertades de su país, un temerario forajido, un frívolo descorazonado sobre las últimas agonías de una nación que está expirando” (4). Churchill, hasta que se convirtió en primer ministro durante la Segunda Guerra Mundial, había sido descrito como un fracaso. Después de la guerra él fue vencido en las elecciones generales de 1945. Él mismo dijo que “El éxito es tambalearse de fracaso a fracaso sin perder el entusiasmo. John F. Kennedy y Martin Luther King fueron asesinados. Cuando Margaret Thatcher murió,  algunas personas lo celebraron en las calles.

Jacob no fue un gran líder; no había nación para que él la liderara. Aún así la Torah va grandes distancias a darnos una visión de su lucha por la identidad, porque no fue solo su lucha. Nos pasa a casi todos (la palabra avot usada para describir a Abraham, Isaac y Jacob, significa no solo “padres, patriarcas” sino también “arquetipos”). No es fácil sobreponerse al deseo de ser alguien más, querer lo que ellos tienen, ser lo que ellos son.  Muchos de nosotros tenemos estos sentimientos cada tanto. Girard argumenta que esta es la fuente principal del conflicto a través de la historia. Puede tomar una vida entera de lucha antes de saber quiénes somos y renunciar al deseo de ser quienes no somos.

Más que ningún otro en el Génisis, Jacob está rodeado de conflicto: no sólo entre él mismo y Esaú, sino entre él mismo y Labán, entre él mismo y Rachel y Leah, y entre sus hijos, José y sus hermanos. Es como si la Torah nos dijera que mientras tengamos un conflicto con nosotros mismos, tendremos conflicto a nuestro alrededor. Nosotros tenemos que resolver la tensión con nosotros mismos antes de poder hacerlo con otros.  Tenemos que estar en paz con nosotros mismos antes de poder hacer paz con el mundo.

Esto sucede en la parsha de esta semana. Después de un encuentro de lucha con un extraño, Jacob sufre un cambio de personalidad. Le regresa a Easú la bendición que tomó de él. El día previo él le había regresado la bendición material al enviarle cientos de cabras, ovejas, carneros, vacas, toros y burros. Ahora él le regresa la bendición que decía: “Sé señor de tus hermanos, y puedan los hijos de tu madre inclinarse ante ti”. Jacob hace reverencia a Esaú siete veces. Llama a Esaú “Mi señor” y a él mismo “su sirviente”. El realmente usa la palabra “bendición”, aunque de hecho y muy seguido queda oscura en la traducción. Él dice “Por favor toma mi bendición que ha sido traída a ti” (Gen. 33:11). El resultado es que los dos hermanos se encuentran y parten en paz.

Las personas tienen conflictos. Tienen diferentes intereses, pasiones, deseos, temperamentos. Incluso si no tuvieran diferencias, igual tendrían conflictos, como todos los padres lo saben. Los hijos – y no sólo los niños – buscan atención, y no puedes atenderlos a todos igualmente todo el tiempo. Manejar los conflictos que le afectan a cada grupo humano es el trabajo de un líder; y si los líderes no están seguros y confían en su identidad, el conflicto persiste. Aunque el líder ve a sí mismo como un pacificador, todavía persisten los conflictos.

La única respuesta es “conocerse a sí mismo”, para luchar contigo mismo como Jacob lo hizo aquella noche fatídica, aventando la persona que quisieras ser pero que no eres, aceptando que algunas personas gustarán de ti y de lo que representas mientras que otras no lo harán. Esto puede implicar toda una vida de lucha, pero el resultado es una fuerza inmensa. Nadie es más fuerte que alguien que sabe quién y qué es.

SacksSignature

(1) Rene Girard, Violence and the Sacred, Athlone Press, 1988.

(2) Shakespiarre, Soneto 29

(3) David Gergen, Eyewitness to Power, Simon & Schuster, 2001, 328.

(4) John Kane, The Politics of Moral Capital, Cambridge University Press, 2001, 71.

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