Rabino Sacks Jaie Sara 5776 – Fe en el futuro

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

Fe en el futuro

Jaie Sara – 7 de noviembre, 2015 / 25 Jeshvan 5776

Rabino Sacks Jaie Sara 5776 [PDF]

Tenía 137 años. Le habían sucedido dos hechos traumáticos que involucraron a sus dos seres más queridos en el mundo. El primero era el hijo que había esperado toda su vida. Él y Sara ya habían perdido las esperanzas pero Dios les dijo que iban a tener un hijo, y que iba a ser el continuador del pacto. Los años pasaban y Sara no concebía. Ya había envejecido, y sin embargo Dios insistía con que tendrían un hijo.

Eventualmente se produjo, y hubo regocijo. Sara dijo: “Dios me ha causado risa, y todos los que escuchen esto reirán conmigo.” Después vino el momento terrible en que Dios le dijo a Abraham: “Toma a tu hijo, tu único hijo, al que amas,” y ofrécelo como sacrificio. Abraham no se negó, no protestó ni se demoró. Padre e hijo caminaron juntos, y sólo en el último momento llegó la orden de detener el sacrificio. Cómo hace un padre, y ni hablemos de un hijo, para sobrevivir a un trauma como éste?

Después de esto vino el duelo. Sara, la amada esposa de Abraham, murió. Había sido su compañera constante, compartiendo la travesía en la que dejaron atrás todo lo conocido: su tierra, lugar de nacimiento, familias. Dos veces ella le salvó la vida, pretendiendo ser su hermana.

Qué hace un hombre de 137 años – la Torá lo describe como “viejo, avanzado en años” – después de tal trauma y semejante dolor? No nos sorprendería que pasara el resto de sus días rememorando su pena. Había hecho lo que Dios le pidió, y sin embargo no puede decirse que Dios haya cumplido con lo prometido. Le aseguró siete veces la tierra de Canaán, y sin embargo cuando murió Sara, no tenía ni un centímetro cuadrado de esa tierra, ni un lugar donde enterrar a su esposa. Dios le había prometido muchos hijos, una gran nación, muchas naciones, tantos como los granos de arena de la costa del mar o las estrellas del firmamento. Sin embargo tenía un solo hijo del pacto, Isaac, al que casi pierde, y que a la edad de 37 años aún no se había desposado. Abraham tenía amplios motivos para afligirse.

Sin embargo no lo hizo. En una de las secuencias más extraordinarias de la Torá, su dolor está descripto en hebreo en sólo cinco palabras: “Abraham vino a lamentarse y a llorar por ella.” E inmediatamente leemos “Y Abraham se elevó de su dolor”. Después de lo cual desarrolló una intensa actividad con dos objetivos en vista: primero, conseguir una parcela para enterrar a Sara, y segundo, encontrar una esposa para su hijo. Observemos que estos corresponden a las dos bendiciones divinas: la de la tierra y la de la descendencia. Abraham no esperó que Dios actuara: comprendió que una de las verdades más profundas del judaísmo es que Dios está esperando que actuemos nosotros.

Cómo hizo Abraham para superar su trauma y su dolor? Como se hace para sobrevivir a la casi pérdida de un único hijo y a la pérdida real de la compañera de toda la vida, y tener la energía para continuar? Qué fue lo que le dio a Abraham esa resiliencia, esa capacidad para sobrevivir, ese espíritu intacto?

La respuesta la aprendí de las personas que resultaron ser mis mentores en coraje moral: los sobrevivientes de la Shoá, que tuve el privilegio de conocer. Yo me pregunté: cómo hicieron para seguir adelante, sabiendo lo que supieron, habiendo visto lo que vieron? Sabemos que los militares ingleses y norteamericanos nunca pudieron olvidar lo que vieron. Según la nueva biografía de Henry Kissinger escrita por Niall Ferguson, él ingresó en los campos como soldado norteamericano, y esa imagen le cambió la vida. Si esto es cierto de los que meramente vieron lo de Bergen-Belsen y otros campos, cuan infinitamente mayor debía ser para los que estuvieron y vieron a tantos morir allí. Y sin embargo, los que yo conocí tenían un apego tenaz a la vida, y yo quise entender cómo hicieron.

Eventualmente descubrí que la mayoría no quería hablar del pasado, ni a sus parejas ni a sus hijos. Se dedicaron a crear una nueva vida en un país nuevo. Aprendieron su lenguaje y sus costumbres. Consiguieron trabajo. Desarrollaron carreras. Se casaron y tuvieron hijos. Habiendo perdido a sus familias, los sobrevivientes constituyeron una familia extendida con una y otra. Miraron hacia adelante y no hacia atrás. Primero construyeron el futuro y después – a veces cuarenta o cincuenta años más tarde – decidieron hablar del pasado. Ahí fue cuando contaron su historia, primero a sus familias y después al mundo. Primero, construir un futuro, sólo después hacer el duelo por el pasado.

     Dos personajes de la Torá miraron hacia atrás, uno explícitamente, el otro no. Noaj, el más justo de su generación, acabó su vida fabricando vino y emborrachándose. La Torá no dice por qué, pero lo podemos suponer. Había perdido a un mundo entero. Mientras él y su familia estaban a salvo dentro del arca, todos los demás – todos sus contemporáneos – se ahogaron. No es difícil imaginar que este hombre recto, abrumado por el dolor mientras recreaba en su mente todo lo ocurrido, se preguntara si podría haber hecho algo para salvar algunas vidas o para evitar la catástrofe.

La mujer de Lot, contrariando la instrucción de los ángeles, literalmente se dio vuelta para mirar cómo las ciudades de la llanura, por la ira de Dios, desaparecían bajo la lluvia de azufre y fuego. Inmediatamente se transformó en una estatua de sal, una descripción gráfica de la Torá de una mujer tan abrumada por la conmoción y el dolor que no pudo seguir adelante.

Es el trasfondo de estas historias lo que nos permite entender a Abraham después de la muerte de Sara. Él marcó el precedente: primero, construir el futuro, sólo después, lamentar el pasado. Si se invierte el orden, quedarán cautivos del pasado. Se convertirán en la esposa de Lot.

Algo de esta profunda verdad inspiró el trabajo de uno de los más destacados sobrevivientes de la Shoá, el psicoterapeuta Viktor Frankl. Frankl sobrevivió a Auschwitz, donde se dedicó a infundir en los otros prisioneros la voluntad de vivir. Cuenta su historia en varios libros, siendo el más famoso Man´s Search For Meaning (La Búsqueda del Sentido del Hombre). Él lo logró encontrando para cada uno de ellos una tarea, algo que no habían hecho pero que sólo ellos podían hacer. Lo que hizo fue darles un futuro. Eso les permitió sobrevivir en el presente y desviar sus mentes del pasado.

Frankl vivió acorde con sus enseñanzas. Después de su liberación de Auschwitz creó una escuela de psicoterapia que llamó Logoterapia, basado en la búsqueda del hombre del sentido de la vida. Era casi una inversión de la obra de Freud. El psicoanálisis freudiano indujo a rememorar el pasado lejano. Frankl enseñó a construir un futuro, o más precisamente a escuchar el llamado del futuro. Como Abraham, Frankl vivió una buena y larga vida, obtuvo el reconocimiento mundial y falleció a los 92 años.

Abraham oyó el llamado del futuro. Sara había muerto, Isaac era soltero. Abraham no tenía tierra ni descendencia. Pero no clamó a Dios con ira o angustia. En vez, escuchó una pequeña y suave voz que le decía: “”El próximo paso depende de ti. Debes crear un futuro que llenaré de Mi espíritu.” Fue así como Abraham superó el impacto y el dolor. Quiera Dios que no experimentemos nada parecido, pero si ocurriera, ésta es la manera de sobrevivir.

    Dios penetra en nuestras vidas como un llamado del futuro. Es como si lo estuviéramos escuchando desde el horizonte del tiempo, urgiéndonos a seguir por un camino y a asumir una tarea para la que, de una forma que no alcanzamos a comprender, fuimos creados. Ese es el significado de la palabra vocación, literalmente “un llamado,” una misión, una tarea a la cual hemos sido convocados.

No estamos accidentalmente aquí. Estamos aquí porque Dios así lo quiso, y porque hay una tarea que hemos sido destinados a cumplir. Descubrir cuál es no es fácil, muchas veces lleva años, y quizás con comienzos fallidos. Pero para cada uno de nosotros hay una tarea que Dios nos llama a hacer, un futuro aún no realizado que aguarda nuestra creación. Es la orientación al futuro la que define al judaísmo como fe, como explico en el último capítulo de mi libro Future Tense (Tiempo Futuro).

Mucho de la ira, del odio y del resentimiento de este mundo proviene de gente obsesionada por el pasado que, como la esposa de Lot, está imposibilitada de ir hacia adelante. No hay final feliz para este tipo de relato, sólo más tragedia y lágrimas. El camino de Abraham en Jaié Sará es distinto: primero se construye un futuro, sólo después se podrá lamentar el pasado.

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