Rabino Sacks Vayera 5776 – Bendecir el espacio entre nosotros

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

Bendecir el espacio entre nosotros

Vayera – 31 de octubre, 2015 / 18 Jeshvan 5776

Rabino Sacks Vayera 5776 [PDF]

Hay un misterio en el corazón del relato bíblico de Abraham, y tiene inmensas implicancias para nuestra comprensión del judaísmo.

Quién era Abraham y por qué fue elegido? La respuesta no es nada obvia. En ningún lado se lo describe, como a Noaj, como “un hombre justo, virtuoso en su generación” . No tenemos ningún retrato de él, como el del joven Moshé, interviniendo físicamente en conflictos como protesta contra la injusticia. No era soldado como David ni visionario como Isaías. En un solo lugar, al comienzo de la parashá, la Torá explica por qué fue elegido:

Y el Señor dijo: Acaso he de ocultarle a Abraham lo que hago, ahora que Abraham ciertamente habrá de convertirse en una nación grande y poderosa, y todas las naciones de la tierra habrán de ser bendecidos por él? Pues lo he elegido, para que él les ordene a sus hijos y a su familia después de él, que sigan el camino de Dios haciendo lo correcto y lo justo, a fin de que Dios le confiera a Abraham aquello de lo que le había hablado respecto de él.”

Abraham fue elegido para ser padre. Efectivamente, su nombre original, Ab ram, significa “padre poderoso”, y su nombre ampliado Avraham quiere decir “padre de muchas naciones.”

Apenas nos percatamos de esto, recordamos que la primera persona en la historia en recibir un nombre propio fue Java, Eva, porque, dijo Adán, “ella es la madre de toda vida.” Debemos señalar que la Torá llama la atención sobre la maternidad mucho antes que la paternidad (para ser precisos, veinte generaciones: diez de Adán a Noaj y otras diez de Noaj a Abraham ). Esto se debe a que la maternidad es un fenómeno biológico, común a casi todas las formas de vida avanzadas. La paternidad, en cambio, es un fenómeno cultural. Hay muy poco sustento biológico que sostenga la unión de parejas, la monogamia, la fidelidad en el matrimonio y menos aún, la conexión entre los machos y sus descendientes. Es por eso que la paternidad siempre requiere de un refuerzo del código moral operativo de la sociedad. Sin él, las familias se fragmentan rápidamente, y la carga resultante recae inexorablemente sobre la madre abandonada.

El énfasis en la paternidad – maternidad en el caso de Eva, paternidad en el de Abraham – es absolutamente central a la espiritualidad judía, porque lo que el monoteísmo abrahámico trajo al mundo no fue solo la reducción matemática del número de dioses de muchos a uno. El Dios de Israel no es primariamente el Dios de los científicos que puso al universo en movimiento con el Big Bang. Tampoco el de los filósofos cuya existencia necesariamente sostiene como fundamento nuestra contingencia. Ni el de los místicos, el Ein Sof, la Infinitud que enmarca nuestra finitud. El Dios de Israel es el Dios que nos ama y nos cuida como un padre o madre ama y cuida a su hijo o hija.

Algunas veces se describe a Dios como nuestro padre: “No tenemos todos un solo Padre? No nos creó a nosotros un Dios? “ (Malaquías 2: 10)

Algunas veces, sobre todo en algunos de los últimos capítulos del libro de Isaías, Dios es descripto como madre: “Como uno que es reconfortado por su madre, así te reconfortaré Yo” (Is. 66: 13) “ Puede una mujer olvidarse de amamantar a su niño y no tener compasión por el hijo en su matriz? Aun éstas pueden olvidar, pero Yo no los olvidaré.”(Is 49: 15). El principal atributo de Dios, sobre todo en la instancia en que se use el Tetragrama para nombrarlo, es la compasión, cuya palabra hebrea es rajamim que proviene de la raíz rejem, “matriz.”

Por lo tanto, nuestra relación con Dios está íntimamente ligada a la relación con nuestros padres, y nuestra comprensión de Dios se profundiza si hemos tenido la bendición de tener hijos. (Me encanta repetir el comentario de una joven madre judía norteamericana: “ahora que soy madre me doy cuenta de que puedo relacionarme mucho mejor con Dios: ahora sé lo que es crear algo que no se puede controlar”).

Esto hace que el relato de Abraham sea difícil de entender por dos motivos: El primero, porque Abraham fue el hijo al que Dios le indicó que dejara a su padre. “Deja tu tierra, tu lugar de nacimiento, la casa de tu padre.” El segundo motivo es que Abraham es el padre que Dios le dijo que sacrificara a su hijo: ” Entonces Dios dijo: toma tu hijo, tu único hijo, el que más amas – Isaac – y ve al monte Moriá, y sacrifícalo como holocausto en la montaña que Yo te indicaré.” Puede esto tener sentido? Ya es bastante difícil de comprender que Dios le ordene esto a cualquier persona. Más aún, ya que Dios eligió a Abraham específicamente como modelo paterno en la relación padre-hijo.

Acá la Torá nos enseña algo fundamental y contraintuitivo: debe haber separación antes de hacer conexión. Debemos hacernos un espacio propio si queremos ser buenos hijos para nuestros padres, y asimismo, debemos permitir que nuestros hijos hagan su espacio propio, si es que queremos ser buenos padres.

La semana pasada argumenté que Abraham continuaba un camino iniciado por su padre, Teraj. Esto, sin embargo, requiere de cierta madurez de nuestra parte antes de llegar a esta conclusión, ya que una primera lectura sugiere que Abraham estaba por iniciar un viaje por un camino completamente nuevo. Abraham, en la clásica tradición midráshica, era el iconoclasta que destruyó los ídolos de su padre con un martillo. Sólo más adelante en la vida podemos apreciar que, pese a nuestra rebeldía adolescente, hay más de nuestros padres en nosotros de lo que pensábamos cuando éramos jóvenes. Pero antes de llegar a esta apreciación debe haber un acto de separación.

De la misma forma, en el caso de las ligaduras de Isaac, hace tiempo que argumento que el tema central de este relato no es que Abraham amaba tanto a Dios que estaba dispuesto a sacrificar a su hijo por él, sino que Dios le estaba enseñando a Abraham que nuestros hijos no nos pertenecen por más que los amemos. El primer niño se llamó Cain porque Eva, su madre dijo “Con la ayuda de Dios yo he adquirido (kaniti) un hombre” (Gen. 4: 1). Cuando los padres creen que sus hijos les pertenecen, el resultado muchas veces puede ser trágico.

Primero debes separar, y luego juntar. Primero individualiza, después, relaciona. Este es uno de los fundamentos de la espiritualidad judía. Nosotros no somos Dios, ni Dios es nosotros. Los límites claros entre el cielo y la tierra nos permiten tener una relación sana con Dios. Es cierto que la mística judía habla de bittul ha-yesh, la anulación completa del ser en el abrazo de la infinita luz de Dios, pero esa no es la normativa de la corriente principal de la espiritualidad judía. Lo que más impacta de los héroes y de las heroínas de la Biblia hebrea es que cuando le hablan a Dios, siguen siendo ellos mismos. Dios no nos abruma. Ese es el principio que los cabalistas llaman tzim tzum, la autolimitación de Dios. Dios nos brinda el espacio para que seamos nosotros mismos.

Abraham debió separarse de su padre antes de poder apreciar – él y nosotros – cuánto le debió a su padre. Debió separarse de su hijo para que Isaac pudiera ser Isaac, y no un simple clon de su padre. El Rab Menahem Mendel, el Rab de Kotzk lo planteó maravillosamente cuando expresó:” Si yo soy yo porque soy yo, y tú eres tú porque eres tú, entonces yo soy yo y tú eres tú. Pero si yo soy yo porque tú eres tú y tú eres tú porque yo soy yo, entonces yo no soy yo ni tú eres tú!”

Dios nos ama como un padre ama a un hijo – pero un padre que realmente ama a su hijo le deja el espacio para que desarrolle su propia identidad. Es el espacio que creamos uno al otro lo que permite que el amor sea como la luz del sol es a la flor, no como el árbol a las plantas que crecen al pie. El rol del amor, humano o Divino, es el de, citando la frase del poeta irlandés John O´Donohue “bendecir el espacio entre nosotros.”

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