Vezot Ha’Braja 5774 – Permaneciendo jóvenes

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias

Vezot Ha’Braja 5774 – Permaneciendo jóvenes

Moisés no se desvaneció. Ese es el reconocimiento que la Torah le da al final de su larga y memorable vida:

Moisés tenía ciento veintiún años cuando murió, sin embargo sus ojos no estaban menos brillantes y su fuerza natural no estaba menos vencida. (Deut. 34:7)

De alguna manera Moisés desafió la ley de la entropía que establece que todos los sistemas pierden energía con el tiempo. También lo hacen las personas, especialmente los líderes. El tipo de liderazgo que tomó Moisés – adaptativo, haciendo cambiar a la gente, persuadiéndolos de dejar de pensar y sentir como esclavos y en lugar de eso abrazar las responsabilidades de la libertad – es estresante y exhaustivo. Hubo momentos en los que Moisés estuvo al borde del colapso y la desesperación. ¿Cuál fue entonces el secreto de la energía sin merma de sus últimos años?

La Torah sugiere la respuesta en las propias palabras en las que describe el fenómeno. Yo solía pensar que “sus ojos no estaban menos brillantes” y “su fuerza natural no estaba menos vencida” eran simplemente dos descripciones, hasta que caí en la cuenta que la primera era una explicación de la segunda. ¿Por qué su energía no estaba vencida? Porque sus ojos aún brillaban. El nunca perdió la visión y los altos ideales de su juventud. El estaba tan apasionado al final como lo estuvo al principio. Su compromiso con la justicia, la compasión, la libertad y la responsabilidad era inflexible, a pensar de las muchas decepciones en sus cuarenta años como un líder.

La moral está clara: Si tú quieres permanecer joven, nunca comprometas tus ideales.

Aún recuerdo, tan claro como si hubiera pasado el día de ayer, una experiencia que me golpeó hace casi cuarenta años cuando yo empezaba mis estudios para convertirme en rabino. Cada vez que una congregación necesitaba de alguien para dar un sermón o tomar un servicio – su propio rabino estaba enfermo, o de vacaciones – yo me ofrecía como voluntario. A menudo era trabajo arduo e ingrato. Significaba estar fuera de casa en Shabat, dando un sermón a una sinagoga tres cuartos vacía, y más a menudo que no se daba por sentado. Una vez me di voz para quejarme con el rabino de una de estas comunidades donde había tomado un lugar temporal. “Entonces”, dijo, “¿eres un idealista, no? Bien, vamos a ver a dónde te lleva eso.”

Me sentí mal por este triste y amargado hombre. Quizá el destino no había sido gentil con él. Nunca supe por qué respondió como lo hizo. Pero en algún lugar a lo largo del camino él había aceptado la derrota. El aún pasaba a través de las emociones, pero su corazón no estaba más en lo que él estaba haciendo. El idealismo le parecía una ilusión de juventud, destinado a naufragar sobre las duras rocas de la realidad.

Mi propio punto de vista fue y es que sin pasión no puedes ser un líder transformativo. A menos que tú mismo estés inspirado no puedes inspirar a otros. Moisés nunca perdió la visión de su primer encuentro con Dios en el arbusto que ardía pero no se consumía. Así es como veo a Moisés: como el hombre que ardía pero no se consumía. Mientras la visión se quedó con él, como lo hizo hasta el final de su vida, el se quedó lleno de energía. Tú sientes esto en el poder sostenido del libro de Devarim, la más grande secuencia de discursos en el Tanaj.

Los ideales son lo que mantienen al espíritu vivo. Lo han hecho bajo los más represores regímenes de la historia: la Rusia stalinista, la China comunista. Cada vez que encienden el fuego dentro del corazón humano, tienen el poder de energizar la resistencia.

Entonces, la regla es: nunca comprometas tus ideales. Si tú encuentras un camino bloqueado, busca otro camino. Si tú encuentras que un camino falla, puede ser que haya algún otro. Si tus esfuerzos no encuentran éxito, entonces sigue tratando. Más a menudo que no, el éxito viene justo cuando crees que eres un fracaso. Así fue con Churchill. Así fue con Lincoln. Así fue con escritores cuyos libros fueron rechazados por un editor detrás de otro, sólo para continuar hacia una gran aclamación. Si el logro fuera sencillo, no tendríamos orgullo en alcanzarlo. La grandeza demanda persistencia. Los grandes líderes nunca se rindieron. Ellos siguen caminando, inspirados por una visión que se rehúsan a perder.

Al ver hacia atrás en la vida, Moisés muy seguramente se habrá preguntado si realmente alcanzó algo en absoluto. El había liderado al pueblo por cuarenta años solo para que le negaran la oportunidad de alcanzar el destino, la tierra prometida misma. El les dio leyes que rompían con frecuencia. El hizo milagros y aún continuaban quejándose.

Sentimos sus emociones reprimidas mientras dijo: “Ustedes han sido rebeldes contra el Señor desde el día que los conocí.” (Deut 9:24), y “Porque sé cómo eres de rebelde y cabeza dura tú eres. ¡Si has sido rebelde contra el Señor mientras yo aún estoy vivo y contigo, cuánto más te rebelarás después que muera!” (31:27). Aún así Moisés nunca se rindió o comprometió sus ideales. Esto es por qué, aunque él murió, sus palabras no murieron. Físicamente viejo, el se conservaba espiritualmente joven.

Los cínicos son idealistas con caducidad. Ellos inician con grandes expectativas. Entonces descubren que la vida no es sencilla, que las cosas no van como ellos esperaban que fueran. Nuestros esfuerzos golpean obstáculos. Nuestros planes son desviados. Nosotros no recibimos el reconocimiento y el honor que merecemos. Entonces nos retiramos hacia nosotros mismos. Culpamos a otros por nuestros fracasos, y nos enfocamos en los fracasos de otros. Nos decimos a nosotros mismos que lo hubiéramos podido hacer mejor.

Quizá lo hubiéramos podido hacer. ¿Por qué entonces no lo hicimos? Porque nos dimos por vencidos. Porque, en determinado momento en el tiempo, dejamos de crecer. Nos consolamos a nosotros mismos por no haber sido grandes al tratar a otros como pequeños, ridiculizando sus esfuerzos y burlándonos de sus ideales. Esa no es forma de vivir. Esa es una manera de muerte,

Como Gran Rabino visitaba con frecuencia hogares de personas mayores, y fue en una de esas visitas que conocí a Florence. Ella tenía 103, por cumplir 104, y aún tenía sobre ella el aire de una mujer joven. Ella era brillante, con voluntad, llena de vida. Sus ojos brillaban con un deleite-en-estar-viva. Le pregunté por el secreto de la eterna juventud. Con una sonrisa ella dijo, “Nunca tengas miedo de aprender algo nuevo.” Entonces fue cuando descubrí que si estás preparado para aprender algo nuevo, entonces puedes tener 103 y ser aún joven.[1] Si tú no estás preparado para aprender algo nuevo, tú puedes tener 23 y ya estar viejo.

Moisés nunca dejó de aprender, crecer, enseñar, liderar. En el libro de Devarim, entregado en mismo final de su vida, él se levanta a una elocuencia, una visión, una pasión que excede cualquier cosa que haya dicho antes. Este fue un hombre que nunca se dio por vencido en la lucha. The Times una vez entrevistó a un distinguido miembro de la comunidad judía en su cumpleaños de 92. El entrevistado dijo, “La mayoría de las personas, cuando alcanzan la edad de 92, empiezan a desacelerar. Usted parece estar acelerando. ¿Por qué?” Él respondió, “Cuando tú alcanzas la edad de 92, ves que la puerta se empieza a cerrar. Tengo mucho por hacer antes de que la puerta se cierre ya que entre más viejo me pongo, es más difícil y tengo trabajo que hacer.” Eso también es una receta para arijut yamim, una larga vida que no se desvanece.

El salmo 92, la canción de Shabat, termina con estas palabras, “Plantados en la casa del Señor, florecerán en los atrios de nuestro Dios. Darán fruto aún en su vejez; estarán colmados de savia y frescura, proclamando, ‘El Señor es recto; él es mi Roca, y no hay maldad en el.” ¿Cuál es la conexión entre los justos dando fruto en la vejez, y su creencia que “el Señor es recto”? Los justos no culpan a Dios por los males y el sufrimiento del mundo. Ellos saben que Dios nos ha plantado a nosotros seres físicos en un universo físico, con todos los dolores que eso implica. Ellos saben que depende de nosotros hacer el bien que podemos y alentar a otros a hacer más. Ellos aceptan la responsabilidad, sabiendo que por todos los tormentos y juicios de la existencia humana, aún es el más grande privilegio que hay. Por eso es que ellos dan fruto en la vejez. Ellos mantienen sus ideales de juventud.

Nunca comprometas tus ideales. Nunca te rindas a la derrota o desesperación. Nunca dejes de viajar meramente porque el camino es largo y duro. Siempre lo es. Los ojos de Moisés no perdieron su brillo. El no perdió la visión que lo hizo, como hombre joven, un luchador por la justicia. El no se convirtió en un cínico. El no se convirtió en un amargado o triste, aunque tenían razón suficiente para serlo. El supo que había cosas que no viviría para alcanzar, entonces le enseñó a la siguiente generación cómo alcanzarlas. El resultado fue que su fuerza natural no estaba menos vencida. Su cuerpo era viejo pero su mente y alma se mantuvieron jóvenes. Moisés, mortal, alcanzó inmortalidad, y así, siguiendo sus huellas, también la podemos alcanzar nosotros. El bien que hacemos sigue viviendo. Las bendiciones que traemos a las vidas de otros nunca mueren.

 

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[1] El Talmud (Shabat 30b) dice algo similar sobre el Rey David. Mientras él siga aprendiendo, el ángel de la muerte no tendrá poder sobre él.

 

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