Nitzavim 5774 – Venciendo a la muerte

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias

Nitzavim 5774 – Venciendo a la muerte

Solo ahora, alcanzando Nitzavim-Vayalej, podemos empezar a tener un sentido del vasto proyecto que cambió al mundo en el corazón del encuentro de lo Divino-humano que tuvo lugar en la vida de Moisés y el nacimiento de los judíos/hebreos/Israel como nación.

Para entenderlo, recordamos la famosa observación de Sherlock Holmes. “Llama tu atención”, le dijo al Dr. Watson, “para el curioso incidente del perro en la noche.” “Pero el perro no hizo nada en la noche”, dijo Watson. “Eso”, dijo Holmes. “es el curioso incidente.” Algunas veces para saber de qué se trata un libro necesitas enfocarte en qué es lo que no dice, no sólo en lo que dice.

Lo que falta en la Torah, casi inexplicablemente así dado en el contexto contra el cual está puesta, es una fijación con la muerte. Los antiguos egipcios estaban obsesionados con la muerte. Sus monumentales construcciones eran un intento de desafiarla. Las pirámides eran mausoleos gigantes. Más precisamente, eran portales a través de los cuales el alma de un faraón fallecido podría ascender al cielo y reunirse con los inmortales. El más famoso texto egipcio que ha venido a nosotros es El Libro de la Muerte. Solo la vida después de la muerte es real: la vida es una preparación para la muerte.

No hay nada de esto en la Torah, al menos no explícitamente. Los judíos creían en olam haba, el mundo por venir, vida después de la muerte. Ellos creían en tejiyat hametim, la resurrección de los muertos. Hay seis referencias a esto en el segundo párrafo de la Amida solamente. Pero no sólo están estas ideas casi completamente ausentes del Tanaj. Están básicamente ausentes en los muchos puntos donde deberíamos esperarlas.

El libro Kohelet/Eclesiastés es una extensión del lamento de la moralidad humana. Havel havalim hakol havel: todo es sin sentido porque la vida es un mero aliento fugaz. ¿Por qué el autor del Eclesiastés no menciona el mundo por venir y la vida-después-de la- muerte? El libro de Job es una protesta sostenida contra el aparente mundo injusto. ¿Por qué nadie respondió a Job: “Tú y otras personas inocentes quienes sufren serán recompensadas en la vida después de la muerte”? Creemos en la vida después de la muerte. ¿Por qué entonces no es mencionado – meramente insinuado – en la Torah? Ese es el curioso incidente.

La simple respuesta es que esa obsesión con la muerte ultimadamente devalúa la vida. ¿Por qué pelear contra el mal y las injusticias del mundo si esta vida es sólo la preparación para el mundo por venir? Ernest Becker en su clásico La negación de la muerte (The Denial of Death) argumenta que el miedo de nuestra propia moralidad ha sido una de las fuerzas que manejan a la civilización. Es lo que llevó al mundo antiguo a esclavizar a las masas, convertirlos en gigantes fuerzas laborales para construir monumentales edificios que estarían de pie tanto como el tiempo mismo. Llevó al culto antiguo del héroe, el hombre que se volvía inmortal por hacer hazañas atrevidas en el campo de batalla. Le tememos a la muerte; tenemos una relación amor-odio con ella. Freud llamaba a esto thanatos, el instinto de la muerte, y dijo que era una de las dos fuerzas que mueven a la vida, la otra es eros.

El judaísmo es una protesta sostenida contra esta visión del mundo. Por eso “Nadie sabe dónde está enterrado Moisés” (Deut. 34:6) para que su tumba nunca se convirtiera en un lugar de peregrinaje y culto. Por eso en el lugar de una pirámide o un templo como el de Ramses II construido en Abu Simbel, todos los israelitas tuvieron por casi cinco siglos hasta los días de Salomón el mishkan, un santuario portable, más como una carpa que un templo. Eso, porque, en el judaísmo, la muerte contamina y el por qué del rito de la Vaca Roja era necesario para purificar a la gente del contacto con la muerte. Es por eso que entre más santo tu eres – si eres un cohen, más si eres el Sumo Sacerdote – lo menos que puedes estar en contacto o bajo el mismo techo que una persona muerta. Dios no esta en la muerte sino en la vida.

Solo contra este contexto egipcio es que podemos sentir completamente el drama detrás de las palabras que se han convertido en familiares para nosotros que ya no nos sorprendemos por ellas, las grandes palabras en las que Moisés enmarca la opción para todo el tiempo:

Mirad, he puesto ante ustedes vida y bien, muerte y maldad…. llamo a los cielos y a la tierra como testigos aquí contra ustedes, que yo he puesto ante ustedes la vida y la muerte, la bendición y la maldición; por lo tanto elijan la vida, que ustedes y sus hijos puedan vivir. (Deut. 30:15,19)

La vida es buena, la muerte es mala. La vida es una bendición, la muerte una maldición. Estas son obviedades para nosotros. ¿Por qué si quiera las mencionamos? Porque no fueron ideas comunes en el mundo antiguo. Son revolucionarias. Lo siguen siendo.

¿Cómo entonces vences a la muerte? Sí hay una vida después de la muerte. Sí hay techiyat hametim, resurrección, Pero Moisés no se enfoca en estas ideas obvias. Nos dice algo diferente todo junto. Tú puedes alcanzar la inmortalidad siendo parte de un pacto – un pacto con la eternidad en sí misma, eso es por decir, un pacto con Dios.

Cuando tú vives tu vida dentro de un pacto algo extraordinario pasa. Tus padres y abuelos viven contigo. Tú vives con tus hijos y tus nietos. Son parte de tu vida. Tú eres parte de la suya. Eso es lo que Moisés quiso decir cuando el dijo, cerca del inicio de la parsha de esta semana:

No es con vosotros solos que yo estoy haciendo este pacto y juramento, pero con quien sea que esté con nosotros aquí el día de hoy ante el Señor nuestro Dios así como aquellos que no están con nosotros aquí el día de hoy. (Deut. 29: 13-14)

En los días de Moisés la última frase quiere decir “tus hijos que aún no nacen”. El no necesitó incluir “tus padres, que ya no viven más” porque sus padres habían hecho por sí mismos un pacto con Dios cuarenta años antes en el Monte Sinaí. Pero lo que Moisés quiso decir en un sentido más amplio es que cuando nosotros renovamos el pacto, cuando dedicamos nuestras vidas a la fe y a una forma de vida de nuestros ancestros, ellos se convierten en inmortales en nosotros, como nosotros nos convertimos en inmortales en nuestros hijos.

Es precisamente porque el judaísmo se enfoca en este mundo, no el siguiente, es la más hijo-céntrica de todas las religiones. Son nuestra inmortalidad. Eso es lo que Raquel quiso decir cuando dijo, “Dame hijos, o de otra forma estoy como un muerto” (Gen. 30:1). Es lo que Abraham quiso decir cuando dijo: “Señor, Dios, ¿qué me darás si me quedo sin hijos?” (Gen. 15:2). No todos estamos destinados a tener hijos. Los rabinos dicen que el bien que hacemos constituye nuestra toledot, nuestra posteridad. Pero honrando la memoria de nuestros padres y criando hijos que dan continuidad a la historia judía es que alcanzamos una forma de inmortalidad que permanece de este lado de la tumba, en este mundo que Dios pronunció bueno.

Ahora consideremos los dos últimos mandamientos en la Torah, puestos sobre la parshat Vayelej, los que Moisés da ya en el final de su vida. Una es hakhel, el mandamiento que el rey llamará a la nación a una asamblea cada siete años:

Al final de cada siete años….Haz una asamblea con el pueblo – hombres, mujeres y niños, y el extraño viviendo en tus ciudades – para que ellos puedan escuchar y aprender a temer al Señor tu Dios y a seguir cuidadosamente todas las palabras de su ley. (Deut. 31:12)

El significado de este mandamiento es simple. Moisés está diciendo: No es suficiente que tus padres hayan hecho un pacto con Dios en el Monte Sinaí o que ustedes mismos lo hayan renovado conmigo aquí en las planicies del Moab. El pacto debe ser perpetuamente renovado, cada siente años, para que nunca se convierta en historia. Eso siempre queda en la memoria. Nunca se convierte en algo viejo porque cada siete años se convierte en algo nuevo otra vez.

¿Y el último mandamiento? “Ahora escribe esta canción y enséñasela a los israelitas y hazlos cantarla, para que puedan ser un testigo para mi contra ellos” (Deut. 31:19). Esto, de acuerdo a la tradición, es el mandamiento de escribir (al menos la última parte de) un Sefer Torah. Como Maimónides lo pone: “Incluso si tus ancestros te han dejado un Sefer Torah, no obstante tú tienes el mandato de escribir uno por ti mismo.”

Lo que Moisés está diciendo en esto, la última carga para el pueblo que lideró por cuarenta años, fue: No es suficiente con decir, nuestros ancestros recibieron la Torah de Moisés, o de Dios. Tú tienes que tomarla y hacerla nueva en cada generación. Tú debes hacer la Torah no solo la fe de tus padres o abuelos pero la tuya propia. Si tú la escribes, ella escribirá sobre ti. El mundo eterno del eterno Dios es tu parte en la eternidad.

Ahora sentimos la fuerza completa del drama de los últimos días de la vida de Moisés. Moisés sabía que él estaba por morir, sabía que no cruzaría el Jordán y entraría en la tierra que él había pasado su vida entera liderando a un pueblo para que llegaran. Moisés confrontando su propia moralidad, nos pide en cada generación que confrontemos la nuestra.

Nuestra fe – nos dice Moisés – no es como aquella de los egipcios, los griegos, los romanos, o virtualmente todas las otras civilizaciones conocidas a la historia. Nosotros no encontramos a Dios en un reino más allá de la vida – en el cielo, o después de la muerte, en una retirada mística del mundo o en contemplación filosófica. Nosotros encontramos a Dios en la vida. Encontramos a Dios en (palabras clave del Deuteronomio) amor y alegría. Encontrar a Dios, dice en la parsha de esta semana, tú no tienes que escalar al cielo o cruzar el mar (Deut. 30:12-13). Dios está aquí. Dios es ahora. Dios es vida.

Y esa vida, aunque terminará algún día, en verdad no termina. Pues si te quedas dentro del pacto, entonces tus ancestros vivirán en ti, y tú seguirás viviendo en tus hijos (o tus discípulos o los que reciban tu bondad). Cada siete años el pacto se hará nuevo. Cada generación escribirá su propio Sefer Torah. La puerta a la eternidad no es la muerte: es en esta vida viviendo dentro de un pacto que se renueva sin fin, en palabras gravadas sobre nuestros corazones y en los corazones de nuestros hijos.

Y entonces Moisés, el más grande líder que hayamos tenido, se vuelve inmortal. No por vivir para siempre. No por construir una tumba y un templo para su gloria. Nosotros ni siquiera sabemos dónde está enterrado. La única estructura física que nos dejó era portable porque la vida en sí misma es un viaje. Moisés no se convirtió en inmortal de la misma manera que lo hizo Aarón, viendo a sus hijos convertirse en sus sucesores. El se hizo inmortal haciéndonos sus discípulos. Y en una de sus primeras expresiones recordadas, los rabinos igual dijeron: Críen muchos discípulos.

Para ser un líder, tú no necesitas una corona o túnicas de oficio. Todo lo que necesitas hacer es escribir tu capítulo en la historia, haz tratos que curen algunos de los dolores de este mundo, y actúa para que otros sean un poquito mejores por haberte conocido. Vive para que a través de tu antiguo pacto con Dios se renueve en la única manera que importa: en la vida. Moisés dejó un testamento para nosotros justo al final de sus días, cuando su mente podría haberse fácilmente entregado a la muerte, fue: Elije la vida.

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