La paralabra más difícil de escuchar (Balak 5786)

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La historia de Bilam, el profeta pagano, comienza con una desconcertante serie de acontecimientos aparentemente inconexos. Se trata de una secuencia de eventos que parece carecer de lógica.

Primero, el contexto. Los israelitas se acercan al final de sus cuarenta años en el desierto. Ya han librado y ganado guerras contra Sijón, rey de los amorreos, y Og, rey de Bashán. Han llegado a las llanuras de Moav – la actual Jordania meridional, en el punto donde limita con el Mar Muerto. Balak, rey de Moav, está preocupado y comparte su angustia con los ancianos de Midián. El lenguaje que utiliza la Torá en este punto recuerda de manera precisa la reacción de los egipcios al comienzo del libro del Éxodo.

[El faraón de Egipto] dijo a su pueblo: «He aquí que el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y más fuerte que nosotros…» y sintió repulsión por los hijos de Israel. (Éx. 1:9-12)

[Balak, rey de Moav] tuvo mucho miedo del pueblo porque era numeroso, y Moav sintió repulsión por los hijos de Israel. (Núm. 22:3)

La estrategia que adopta Balak es buscar la ayuda del famoso vidente y adivino Bilam. Nuevamente encontramos una evocación literaria, esta vez de las palabras de Dios a Abraham:

Dios a Abraham: «Bendeciré a quienes te bendigan, y a quienes te maldigan maldeciré.» (Gén. 12:3)

Balak a Bilam: «Sé que aquel a quien bendigas será bendecido, y aquel a quien maldigas será maldecido.» (Núm. 22:6)

Esta vez el paralelismo es irónico (de hecho, la historia de Bilam está llena de ironías). En el caso de Abraham, era Dios quien bendecía. En el caso de Bilam, se pensaba que el poder residía en el propio Bilam. En realidad, la declaración anterior de Dios a Abraham ya anticipaba el destino de Moav: quien intente maldecir a Israel terminará siendo maldecido.

El trasfondo histórico de la narrativa de Bilam está bien documentado. Se han hallado varios fragmentos de cerámica egipcia que datan del segundo milenio antes de la era común y que contienen textos de execración – maldiciones – dirigidos contra ciudades cananeas. Era costumbre entre los árabes preislámicos contratar poetas considerados bajo influencia divina para componer maldiciones contra sus enemigos. En cuanto al propio Bilam, en 1967 se realizó un descubrimiento importante. Una inscripción en yeso sobre la pared de un templo en Deir Alla, Jordania, hacía referencia a la visión nocturna de un vidente llamado Bilam – la referencia arqueológica más antigua a una persona mencionada por nombre en la Torá. Así, aunque la historia contiene elementos de parábola, pertenece a un contexto definido de tiempo y lugar.

El carácter de Bilam sigue siendo ambiguo, tanto en la Torá como en la tradición judía posterior. ¿Era un adivino (que interpretaba presagios y señales) o un hechicero (que practicaba artes ocultas)? ¿Era un profeta auténtico o un impostor? ¿Aceptó las bendiciones divinas puestas en su boca o deseaba maldecir a Israel? Según algunas interpretaciones midráshicas, fue un gran profeta, igual en estatura a Moshé. Según otras, fue un pseudo-profeta con un «mal de ojo» que buscaba la caída de Israel. Lo que quiero examinar aquí no es ni a Bilam ni sus bendiciones, sino el preámbulo de la historia, porque es allí donde surge uno de los problemas más profundos: ¿qué quería Dios que hiciera Bilam? Es un drama en tres escenas.

En la primera, llegan emisarios de Moav y Midián. Exponen su misión. Quieren que Bilam maldiga a los israelitas. La respuesta de Bilam es un modelo de corrección: quédense esta noche, dice, mientras consulto con Dios. La respuesta divina es inequívoca:

Pero Dios dijo a Bilam: «No vayas con ellos. No debes maldecir a ese pueblo, porque está bendecido.» (Núm. 22:12)

Obedientemente, Bilam rechaza a los emisarios. Balak entonces redobla sus esfuerzos. Quizás emisarios más distinguidos y la promesa de una gran recompensa persuadan a Bilam a cambiar de opinión. Envía un segundo grupo de emisarios con regalos. La respuesta de Bilam es ejemplar:

«Aunque Balak me diera su palacio lleno de plata y oro, no podría hacer nada, grande o pequeño, que exceda el mandato del Señor, mi Dios.» (Núm. 22:18)

Sin embargo, añade una observación fatídica:

«Ahora quédense aquí esta noche, como los otros, y averiguaré qué más me dirá el Señor.» (Núm. 22:19)

La implicación es clara. Bilam está sugiriendo que Dios podría cambiar de opinión. Pero eso es imposible. No es así como actúa Dios. Sin embargo, para nuestra sorpresa, eso parece ser exactamente lo que ocurre:

Aquella noche Dios vino a Bilam y le dijo: «Ya que estos hombres han venido a llamarte, ve con ellos, pero haz solamente lo que yo te diga.» (Núm. 22:20)

Problema número uno: primero Dios había dicho «No vayas». Ahora dice «Ve». El segundo problema aparece inmediatamente:

Bilam se levantó por la mañana, ensilló su asno y fue con los príncipes de Moav. Pero Dios se enfureció porque él fue, y el ángel del Señor se interpuso en el camino para oponérsele. Bilam iba montado en su asno y sus dos sirvientes estaban con él. (Núm. 22:21-22)

Dios dice: «Ve». Bilam va. Entonces Dios se enfurece. ¿Cambia Dios de opinión – no una sino dos veces dentro de una misma narración? La mente se desconcierta. ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Qué se supone que debe hacer Bilam? ¿Qué quiere Dios? No se ofrece ninguna explicación. En cambio, la narración pasa a la famosa escena del asno de Bilam, que también es un misterio que requiere interpretación:

Cuando el asno vio al ángel del Señor de pie en el camino con una espada desenvainada en la mano, se apartó del camino y entró en un campo. Bilam la golpeó para hacerla volver al camino.

Entonces el ángel del Señor se colocó en un sendero estrecho entre dos viñedos, con muros a ambos lados. Cuando el asno vio al ángel del Señor, se apretó contra el muro y aplastó el pie de Bilam contra él. Entonces él volvió a golpearla.

El ángel del Señor avanzó y se colocó en un lugar estrecho donde no había espacio para desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Cuando el asno vio al ángel del Señor, se echó debajo de Bilam, y él se enfureció y la golpeó con su bastón. Entonces el Señor abrió la boca del asno, y ella dijo a Bilam: «¿Qué te he hecho para que me golpees estas tres veces?»

Bilam respondió al asno: «Te has burlado de mí. Si tuviera una espada en la mano, te mataría ahora mismo.»

El asno dijo a Bilam: «¿No soy yo tu propio asno, sobre el que siempre has montado hasta el día de hoy? ¿Acaso tengo la costumbre de comportarme así contigo?»

«No», respondió él.

Entonces el Señor abrió los ojos de Bilam, y vio al ángel del Señor de pie en el camino con su espada desenvainada. Así que inclinó la cabeza y cayó rostro en tierra. (Núm. 22:23-31)

Los comentaristas ofrecen distintas formas de resolver las aparentes contradicciones entre la primera y la segunda respuesta de Dios. Según Najmánides, la primera declaración divina, «No vayas con ellos», significaba: «No maldigas a los israelitas». La segunda – «Ve con ellos» – significaba: «Ve, pero deja claro que solo dirás las palabras que yo pondré en tu boca, aunque sean palabras de bendición». Dios estaba enojado con Bilam, no porque hubiera ido, sino porque no informó a los emisarios sobre esa condición.

En el siglo XIX, Malbim y el Rabino Zvi Hirsch Mecklenberg propusieron una respuesta diferente basada en un análisis textual minucioso. El texto hebreo utiliza dos palabras distintas para «con ellos» en la primera y la segunda respuesta divina. Cuando Dios dice «No vayas con ellos», el hebreo utiliza imajem. Cuando posteriormente dice «Ve con ellos», la palabra correspondiente es itam. Las dos preposiciones tienen significados sutilmente diferentes. Imajem significa «con ellos mentalmente además de físicamente», es decir, compartir sus planes. Itam significa «con ellos físicamente, pero no mentalmente»; en otras palabras, Bilam podía acompañarlos, pero no compartir su propósito o intención. Dios se enfurece cuando Bilam va porque el texto afirma que fue im – con – ellos – es decir, se identificó con su misión. Esta es una solución ingeniosa. La única dificultad es el versículo 35, donde el ángel de Dios, después de abrir los ojos de Bilam, finalmente le dice: «Ve con los hombres». Según Malbim y Mecklenberg, esto es precisamente lo que Dios no quería que Bilam hiciera.

La respuesta más profunda es también la más simple. La palabra más difícil de escuchar en cualquier idioma es la palabra «No». Bilam había preguntado a Dios una vez. Dios había dicho «No». Eso debería haber sido suficiente. Sin embargo, Bilam preguntó una segunda vez. En ese acto residía su debilidad fatal de carácter. Sabía que Dios no quería que fuera. Sin embargo, invitó al segundo grupo de emisarios a quedarse durante la noche por si acaso Dios hubiera cambiado de opinión.

Dios no cambia de opinión. Por lo tanto, la demora de Bilam decía algo no sobre Dios sino sobre él mismo. No había aceptado la negativa divina. Quería escuchar la respuesta «Sí» – y eso fue precisamente lo que escuchó. No porque Dios quisiera que fuera, sino porque Dios habla una vez, y si nos negamos a aceptar lo que dice, Dios no impone Su voluntad sobre nosotros. Como expresaron los Sabios en el Midrash: «Al hombre se le conduce por el camino que elige recorrer».

El verdadero significado de la segunda respuesta divina, «Ve con ellos», es: «Si insistes, no puedo impedirte que vayas – pero estoy enojado porque hayas preguntado una segunda vez». Dios no cambió de opinión en ningún momento de los acontecimientos. En las escenas 1, 2 y 3, Dios no quería que Bilam fuera. Su «Sí» en la escena 2 significaba «No» – pero era un «No» que Bilam no podía escuchar y no estaba dispuesto a escuchar. Cuando Dios habla y nosotros no escuchamos, Él no interviene para salvarnos de nuestras decisiones. «Al hombre se le conduce por el camino que elige recorrer». Pero Dios no estaba dispuesto a permitir que Bilam procediera como si contara con consentimiento divino. En cambio, organizó la demostración más elegante posible de la diferencia entre la profecía verdadera y la falsa. El falso profeta habla. El verdadero profeta escucha. El falso profeta dice a la gente lo que quiere oír. El verdadero profeta les dice lo que necesitan oír. El falso profeta cree en sus propios poderes. El verdadero profeta sabe que no tiene ningún poder. El falso profeta habla con su propia voz. El verdadero profeta habla con una voz que no es la suya («No soy hombre de palabras», dice Moshé; «No sé hablar porque soy un niño», dice Irmiahu).

El episodio de Bilam y el asno parlante es puro humor y, como he señalado antes, solo una cosa provoca la risa divina: la pretensión humana. Bilam había alcanzado renombre como el mayor profeta de su época. Su fama se había extendido hasta Moav y Midián. Era conocido como el hombre que dominaba los secretos de la bendición y la maldición. Dios procede ahora a mostrarle que, cuando Él así lo decide, incluso su asno es un profeta más grande que él. El asno ve lo que Bilam no puede ver: el ángel que bloquea el camino. Dios humilla a los arrogantes, así como da importancia a los humildes. Cuando los seres humanos creen que pueden dictar lo que Dios dirá, Dios se ríe. Y, en esta ocasión, nosotros también.

Hace algunos años estaba realizando un programa de televisión para la BBC. El problema que enfrentaba era el siguiente. Quería hacer un documental sobre la teshuvá, el arrepentimiento, pero debía hacerlo de una manera comprensible tanto para judíos como para no judíos, e incluso para personas sin creencias religiosas. ¿Qué ejemplo podía elegir para ilustrar la idea?

Decidí que una manera de hacerlo era analizar la adicción a las drogas y la recuperación. Los adictos desarrollan comportamientos que saben que son autodestructivos, pero que forman parte de su estilo de vida. Romper esos hábitos exige enormes reservas de voluntad. Un adicto que busca enfrentar estos comportamientos destructivos debe reconocer que la vida que ha llevado es perjudicial para sí mismo y para los demás, y que necesita cambiar. Me pareció un equivalente secular de la teshuvá que podía ilustrar el mensaje para los espectadores.

Pasé un día en un centro de rehabilitación, y fue desgarrador. Los jóvenes allí – tenían entre 16 y 18 años – provenían de familias desestructuradas. Muchos habían sufrido abusos. Aparte de los trabajadores del centro, no tenían redes de apoyo. El personal era extraordinario. Su tarea era increíblemente difícil. Conseguían que los adictos abandonaran el hábito durante días o semanas, hasta que recaían y todo el proceso debía comenzar de nuevo. Comencé a comprender que su paciencia era poco menos que una contraparte humana de la paciencia de Dios con nosotros. Por muchas veces que fracasemos y tengamos que empezar de nuevo, Dios no pierde la fe en nosotros, y eso nos da fuerza. Aquellas personas estaban realizando la obra de Dios.

Pregunté a la directora del centro – una trabajadora social – qué era lo que ofrecían a esos jóvenes para marcar una diferencia en sus vidas y darles la posibilidad de cambiar. Nunca olvidaré su respuesta, porque fue una de las más hermosas que he escuchado. «Probablemente somos las primeras personas que han conocido que se preocupan por ellos de manera incondicional. Y somos las primeras personas en sus vidas que se preocuparon lo suficiente como para decirles ‘No’.»

«No» es la palabra más difícil de escuchar, pero también suele ser la más importante – y la señal de que alguien realmente se preocupa. Eso fue lo que Bilam, humillado, finalmente aprendió, y lo que nosotros también debemos descubrir si queremos estar abiertos a la Voz de Dios.


PREGUNTAS PARA PENSAR

  1. ¿Por qué es más fácil escuchar a las personas que nos dicen lo que queremos oír que a aquellas que nos dicen lo que necesitamos oír?
  2. Pensando en alguna ocasión en la que recibiste un «no» cuando realmente querías un «sí», ¿te ayudó de alguna manera esa negativa?
  3. ¿Cuál es la forma más elegante de aceptar un «no»?

Traductores

Abraham Maravankin