Ki Tetzei 5774 – Contra el odio

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias

 

Ki Tetzei 5774 – Contra el odio

Ki Tetzei contiene más leyes que cualquier otra parsha en la Torah, y es posible estar abrumado por su confusa abundancia de detalle. Un verso, sin embargo, sobresale por ser tan contra-intuitivo:

No desprecies al edomita, porque él es tu hermano.

No desprecies al egipcio, porque tú fuiste un extraño en su tierra. (Deut. 23:8)

Estos son mandatos muy inesperados. Entenderlos nos enseñará una importante lección sobre liderazgo.

Primero, un punto general. Los judíos han estado sujetos al racismo más y por mayor tiempo que cualquier otra nación sobre la tierra. Entonces nosotros debemos ser doblemente cuidadosos de nunca ser culpables de eso nosotros mismos. Nosotros creemos que Dios nos ha creado a cada uno de nosotros, independientemente del color, clase, cultura o credo, en Su imagen. Si menospreciamos a otras personas por su raza, entonces estamos degradando la imagen de Dios y fallamos de respetar kavod ha-briyot, la dignidad humana.

Si nosotros pensamos menos de una persona por su color o su piel, estamos repitiendo el pecado de Aarón y Miriam – “Miriam y Aaron hablaron contra Moisés por la causa de la mujer cusita con quien él se había casado, pues él se había casado con la mujer cusita” (Num. 12:1). Hay interpretaciones midráshicas que leen este pasaje de manera diferente pero el pleno sentido es que ellos menospreciaron a la esposa de Moisés porque, como las mujeres cusitas generalmente, tenía la piel oscura, haciendo de éste la primera instancia registrada de prejuicio por color. Por este pecado Miriam fue castigada con lepra.

En lugar deberíamos recordar la hermosa línea del Cantar de Cantares: “Soy negra pero hermosa, Oh hijas de Jerusalén, como las tiendas de Kedar, como las cortinas de Salomón. No me vean porque soy oscura, porque el sol ha mirado sobre mi” (Cantar 1:5)

Los judíos no se pueden quejar que otros tienen actitudes racistas contra ellos si ellos tienen actitudes racistas contra otros. “Primero corrígete a ti mismo después [busca] corregir a otros”, dice el Talmud.[1] El Tanaj contiene evaluaciones negativas de algunas otras naciones, pero siempre y sólo por sus fallas morales, nunca por etnicidad o color de piel.

Ahora a los dos mandamientos de Moisés contra el odio,[2] que ambos son sorprendentes. “No desprecies al egipcio, porque tú fuiste un extraño en su tierra” Esto es extraordinario. Los egipcios esclavizaron a los israelitas, planearon un programa de genocidio lento contra ellos, y después se negaron a dejarlos ir a pesar de las plagas que devastaron la tierra. ¿Estas son razones para no odiar?

Verdad: pero los egipcios inicialmente proveyeron un refugio para los israelitas en el tiempo de hambruna. Ellos habían honrado a José y lo habían hecho el segundo al mando. Las maldades que cometieron en contra de ellos bajo “un nuevo rey que no conoció a José” (Ex. 1:8) fueron por la instigación del mismo faraón, no del pueblo como un todo. Además fue la hija de ese faraón la que rescató a Moisés y lo adoptó.

La Torah hace una clara distinción entre los egipcios y los amalecitas. Los últimos fueron destinados a ser enemigos perennes de Israel, pero no los primeros. En una era después Isaías haría una importante profecía, que un día llegaría cuando los egipcios sufrirían su propia opresión. Ellos llorarían a Dios, quien los rescataría como había rescatado a los israelitas:

Cuando ellos lloraron al Señor por causa de sus opresores, el les enviará a un salvador y defensor, y el los rescatará. Entonces el Señor se hará conocido a los egipcios, y en ese día ellos reconocerán al Señor. (Isaías 19:20-21)

La sabiduría del mandato de Moisés de no despreciar a los egipcios aún brilla a través del día de hoy. Si el pueblo continúa odiando a sus antiguos opresores, Moisés habría sacado a los israelitas de Egipto pero habría fallado en sacar Egipto de los israelitas. Ellos serían esclavos todavía, no físicamente pero psicológicamente. Ellos habrían sido esclavos del pasado, habrían sido cautivos de las cadenas del resentimiento, incapaces de construir el futuro. Para ser libre, debes dejar ir el odio. Esa es la difícil verdad pero una verdad necesaria.

No es menos sorprendente la insistencia de Moisés: “No desprecies al edomita, porque él es tu hermano”. Edom era, desde luego, el otro nombre de Esaú. Hubo un tiempo en el que Esaú odiaba a Jacob e hizo votos de matarlo. Además, antes de que los hermanos gemelos nacieran, Rebeca recibió un oráculo que le dijo, “Dos naciones están en tu vientre, y los dos pueblos dentro de ti serán separados; un pueblo será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor” (Gen. 25:23). Cualquiera que sea el significado de estas palabras, parecen implicar que habrá un eterno conflicto entre los dos hermanos y sus descendientes.

En una era mucho después, durante el periodo del Segundo Templo, el profeta Malaquías dijo: “¿Acaso no era Esaú hermano de Jacob? Declara el Señor. ‘Aún yo he amado a Jacob, pero a Esaú lo he odiado….” (Malaquías 1:2-3). Siglos después, Rabbi Shimon bar Yojai dijo “Es halaja [regla, let, verdad inescapable] que Esaú odia a Jacob.”[3] ¿Por qué entonces Moisés nos dice que no despreciemos a los descendientes de Esaú?

La respuesta es simple. Esaú puede odiar a Jacob. Eso no sugiere que Jacob debería odiar a Esaú. Para responder odio con odio es dejarse arrastrar hacia el nivel de tu oponente. Cuando, durante un programa de televisión, le pregunté a Judea Pearl, padre del periodista asesinado Daniel Pearl, por qué él estaba trabajando en la reconciliación entre judíos y musulmanes, el respondió con una desgarradora lucidez: “El odio mató a mi hijo. Por ello me comprometo a luchar odio”. Como dijo Martin Luther King: “La oscuridad no puede sacar de la oscuridad; sólo la luz puede hacer eso. El odio no puede sacarnos del odio; solo el amor puede hacer eso”. O como dijo Kohelet hay “un tiempo para amar y otro para odiar, un tiempo para la guerra y otro tiempo para la paz” (Ecc. 3:8)

No fue nadie más que Rabbi Shimon bar Yojai quien dijo que cuando Esaú vio a Jacob por última vez, el lo besó y lo abrazó “con un corazón lleno.”[4] El odio, especialmente entre hermanos, no es eterno e inexorable. Siempre hay que estar preparados, Moisés parece haber implicado, para la reconciliación entre enemigos.

La contemporánea teoría de juego sugiere lo mismo. El programa de Martin Nowak “Generoso toma y daca” es una estrategia ganadora dentro del escenario conocido como El dilema del prisionero iterado. Toma y daca dice: empieza por ser educado con tu oponente, entonces hazle lo que él te haga (En hebreo, middah kneged middah). Generoso toma y daca dice, no siempre le hagas a tu oponente lo que él te hace o te encontrarás encerrado en un mutuo ciclo destructivo de represalias. Cada tanto ignora (i.e perdona) el último movimiento dañino de tu oponente. Eso, aproximadamente hablando, es lo que los sabios quieren decir cuando ellos dicen que Dios originalmente creí al mundo bajo el atributo de estricta justicia pero vio que no podría sobrevivir. Entonces Él le construyó el principio de la compasión.[5]

Los dos mandamientos de Moisés contra el odio son testimonio de su grandeza como líder. Es la forma más sencilla en el mundo de convertirse en líder por movilizar las fuerzas del odio. Eso es lo que Radovan Karadzic y Slobodan Milosevic hicieron en la antigua Yugoslavia y aminoró los asesinatos en masa y la limpieza étnica. Es lo que los medios controlados por el estado hicieron – describir a los Tutsis como inyenzi “cucarachas” – antes del genocidio en Ruanda en 1994. Eso es lo que docenas de predicadores del odio están haciendo el día de hoy, muy a menudo usando Internet para comunicar paranoia e incitar actos de terror.

Esta fue la técnica masterizada por Hitler como un preludio al más atroz crimen del hombre contra el hombre. El lenguaje de odio es capaz de crear enemistad entre personas de diferentes creencias y etnias que han vivido pacíficamente juntas por siglos. Eso ha sido consistentemente la fuerza más destructiva en la historia, e incluso el conocimiento del Holocausto no le ha puesto un final, incluyendo en Europa. Es sin duda una marca de liderazgo tóxico.

En su trabajo clásico, Liderazgo¸ James MacGregor Burns distingue entre líderes transaccionales y transformacionales. El primero se dirige a los intereses del pueblo. El segundo intenta levantar su visión. “El liderazgo transformacional eleva. Es moral pero no moralista. Los líderes se comprometen con su seguidores, pero desde niveles morales más altos; en el engrane de metas y valores, ambos, líderes y seguidores son levantados a niveles más altos de principios de juicio”.[6]

Liderazgo en su máximo transforma a aquellos quienes lo ejercitan y aquellos que son influenciados por éste. Los grandes líderes hacen un mejor pueblo, más gentil, más noble de lo que serían de otra forma. Ese fue el logro de Washington, Lincoln, Churchill, Gandhi y Mandela. El caso paradigmático fue Moisés, el hombre quien tuvo la influencia más larga que cualquier otro líder en la historia.

El lo hizo enseñando a los israelitas a no odiar. Odia el pecado pero no al pecador. No olvides el pasado pero no seas cautivo por él. Se voluntarioso para luchar con tus enemigos pero no te dejes definir por ellos o convertirte como ellos. Aprende a amar y a perdonar. Reconoce el mal que hacen los hombres, pero quédate enfocado en lo bueno, eso está en nuestro poder para hacer. Sólo así podremos levantar la visión moral de la humanidad y ayudar a redimir el mundo que compartimos.

SacksSignature

[1] Baba Metsia 107b.

[2] Cada vez que me refiero, aquí y en otros lugares, a “los mandatos de Moisés” me refiero, desde luego, para implicar que estos fueron dados por instrucción Divina y revelación. Esto, en un sentido profundo, es por lo qué Dios elije a Moisés, un hombre que repetidamente decía de sí mismo que no es hombre de palabras. Las palabras que él habló eran aquellas palabras de Dios. Eso, y eso nada más, es lo que les da autoridad eterna para el pueblo del pacto.

[3] Sifri, Bamidbar, Behaalotecha, 69.

[4] Sifri ad loc.

[5] Ver Rashi al Génesis 1: 1, s.v. bara.

[6] James MacGregor Burns, Leadership, Harper Perennial, 2010, 455.

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