Eikev 5774 – Liderar es escuchar

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias

Eikev 5774 – Liderar es escuchar

Si tan solo ustedes escucharan estas leyes….”(Deut. 7:12). Estas palabras con las que empieza nuestra parsha contienen un verbo que es motivo fundamental del libro Deuteronomio. El verbo es sh-m-a. Ocurrió en la parsha de la semana pasada en la línea más famosa del judaísmo, Shema Yisrael. Ocurre después en la parsha de esta semana en el segundo párrafo del Shema, “Será que ustedes seguramente escucharán [shamoa tishme’u]…(Deut. 11:13). Aparece no menos de 92 veces en el Deuteronimio como un todo.

Muy a menudo perdemos el significado de esta palabra por lo que yo llamo la falacia de la traducibilidad: asumir que una lengua es completamente traducible a otra. Nosotros escuchamos una palabra traducida de un lenguaje a otro y asumimos que significa lo mismo en ambos. Pero a menudo no es así. Los lenguajes son solo parcialmente traducibles del uno al otro. [1] Los términos clave de una civilización no son completamente reproducibles en otra. La palabra griega megalopsychos, por ejemplo, el “hombre magnánimo” de Aristóteles, alguien que es grande y sabe que lo es, y se maneja a sí mismo con orgullo aristocrático, es intraducible a un sistema moral como el judaísmo en el cuál la humildad es una virtud. En español la palabra “tacto” no tiene precisamente un equivalente en hebreo. Y así sigue.

Esto es particularmente en el caso del verbo en hebreo sh-m-a. Escuchen, por ejemplo, la forma que las palabras de apertura de la parsha de esta semana han sido traducidas:

Si han escuchado estos preceptos …

Si han obedecido completamente estas leyes

Si han prestado atención a estas leyes

Si ustedes han tenido en cuenta estas ordenanzas…

Por cuanto ustedes escuchan estos juicios …

No hay una sola palabra en español que signifique escuchar, oir, prestar atención, poner atención, obedecer. Sh-m-a también significa “entender”, como en la historia de las torre de Bable, cuando Dios dice, “Vamos, vayamos abajo y confundamos su lenguaje para que ellos no se puedan entender [yishme’u] el uno al otro” (Gen.11:7).

Como yo he argumentado en otro lugar, uno de los más llamativos hechos de la Torah es que, aunque contiene 613 mandamientos, no contiene una palabra que signifique “obedecer”. Cuando una palabra así fue necesitada en el hebreo moderno, el verbo le-tzayet se tomó prestado del arameo. El verbo usado por la Torah en lugar de “obedecer” es sh-m-a. Esto es uno de los más importantes significados. Significa que la obediencia ciega no es una virtud en el judaísmo. Dios quiere que nosotros entendamos las leyes como Él quiere que nosotros nos reflejemos sobre por qué esta ley, y no aquella. El quiere que nosotros escuchemos, que nos reflejemos, que busquemos entender, que internalicemos y que respondamos. El quiere que seamos un pueblo escuchando.

El antiguo griego fue una cultura visual, una cultura de arte, arquitectura, teatro y espectáculo. Por lo que los griegos generalmente, y Platón específicamente, el saber era una forma de ver. El judaísmo, como Freud lo apuntó en Moisés y Monoteísmo, es una cultura no visual. Nosotros adoramos a un Dios que no puede ser visto; y hacer imágenes sagradas, íconos, está absolutamente prohibido. En el judaísmo nosotros no vemos a Dios; escuchamos a Dios. El saber es una forma de escuchar. Irónicamente, Freud mismo, profundamente ambivalente como lo era sobre el judaísmo, en psicoanálisis inventó la cura de escuchar: escuchar como terapia. [2]

Sigue lo que en el judaísmo es un acto profundamente espiritual. Escuchar a Dios es estar abierto a Dios. Eso es lo que Moisés está diciendo en el transcurso del Deuteronomio: “Si tan sólo ustedes escucharan”. Lo mismo ocurre con el liderazgo – sin duda con todas las formas de relación interpersonal. A menudo el regalo más grandioso que podemos darle a alguien es escucharlos.

Viktor Frankl, quien sobrevivió Auschwitz y siguió adelante creando una nueva forma de psicoterapia se basó más en “el hombre en búsqueda de sentido”, una vez contó la historia de un paciente suyo que lo había llamado por teléfono en medio de la noche para decirle, calmadamente, que ella estaba por suicidarse. El la mantuvo en el teléfono durante dos horas, dándole cada razón concebible para vivir. Eventualmente ella dijo que había cambiado de opinión y que no terminaría su vida. Cuando él vio a la mujer le preguntó cuál de todas las razones la habían persuadido de cambiar su opinión. “Ninguno”, respondió ella. “¿Entonces por qué decidiste no suicidarte?” Ella respondió que el hecho era que alguien estaba preparado para escucharla por dos horas en medio de la noche la convencieron que vivir valía la pena después de todo. [3]

Como Gran Rabino estuve involucrado en resolver numerosos, intratables y muy importantes casos de agunah: situaciones en las que un esposo no tenía la voluntad de darle a su esposa un get para que ella pudiera casarse otra vez. Resolvimos todos los casos no solo por medios legales sino por el simple acto de escuchar: escucha profunda, en la que éramos capaces de convencer a ambas partes que nosotros habíamos escuchado su dolor y su sentido de injusticia. Esto tomó muchas horas de total concentración y una ausencia de juicio y dirección como principio. Eventualmente nuestra escucha absorbió la acritud y la pareja fue capaz de resolver sus diferencias juntos. Escuchar es intensamente terapéutico.

Antes de ser Gran Rabino fui la cabeza de nuestro seminario de enseñanza rabínica Jews’ Collage. Ahí en los 1980`s contábamos con el programa más avanzado de prácticas rabínicas alguna vez concebido. Incluía un programa de tres años en consejería. Los profesionales que contratamos para llevar a cabo el curso nos dijeron que ellos tenían una precondición. Teníamos que acordar llevar a los participantes lejos a una locación cerrada por dos días. Solo aquellos que tuvieran la voluntad de hacer esto serían admitidos al curso.

Nosotros no sabíamos qué era lo que los consejeros estaban planeando hacer, pero pronto lo descubrimos. Ellos planeaban enseñarnos métodos piloto por Carl Rogers conocidos como terapia no-directiva concentrada en la persona. Esto implicaba escucha activa y cuestionamientos reflexivos, pero sin guía por parte del terapeuta.

Al tiempo que la naturaleza del método se hizo clara, los rabinos empezaron a objetar. Parecía que se oponían a todo lo que defendían. Ser rabino es enseñar, dirigir, decirle a las personas qué hacer. La tensión entre los consejeros y los rabinos creció casi al punto de la crisis, tanto así que tuvimos que parar el curso durante una hora mientras buscábamos una manera de reconciliar a los consejeros con lo que estábamos haciendo y lo que la Torah parecía estar diciendo. Entonces fue que empezamos a reflexionar, por primera vez como un grupo, sobre la dimensión espiritual de escuchar, de sh-m-a Yisrael.

La profunda verdad detrás de la terapia centrada en la persona es que escuchar es la virtud clave de la vida religiosa. Eso es lo que Moisés estaba diciendo a lo largo del Deuteronomio. Si nosotros queremos que Dios nos escuche nosotros tenemos que estar preparados para escucharlo a Él. Y si nosotros aprendemos a escuchar a Dios, entonces nosotros eventualmente aprenderemos a escuchar a nuestro prójimo humano: el llanto silencioso del que está solo, del pobre, del débil, del vulnerable, de las personas con dolor existencial.

Cuando Dios se apareció al Rey Salomón en un sueño y le preguntó qué le gustaría que le dieran, Salomón respondió: lev shome’a literalmente “un corazón que escuche” para juzgar al pueblo (1 Reyes 3:9). La elección de palabras es significativa. La sabiduría de Salomón estaba, al menos en parte, en su habilidad para escuchar, de escuchar la emoción detrás de las palabras, de sentir qué era lo que no se estaba diciendo y también lo que se estaba diciendo. Pero escuchar a menudo hace la diferencia.

Escuchar importa en un ambiente moral tan insistente como la dignidad humana como lo es en el judaísmo. El acto de escuchar es una forma de respeto. La familia real británica es conocida por llegar a tiempo e irse a tiempo. Yo nunca olvidaré la ocasión – sus asistentes me dijeron que ellos nunca lo habían presenciado – cuando la Reina se quedó dos horas extra a su tiempo en agenda para retirarse. El día fue el 27 de enero de 2005, la ocasión, el sexagésimo aniversario de la liberación de Auschwitz. La Reina había invitado sobrevivientes a una recepción en el palacio de Saint James. Cada uno tenía una historia para contar, y la Reina se tomó el tiempo de escuchar a cada uno de ellos. Uno detrás del otro vinieron conmigo y decía “Hace sesenta años no sabía si al día siguiente viviría, y aquí estoy hablando con la Reina”. Ese acto de escuchar fue uno de los actos reales de bondad que he presenciado. Escuchar es una profunda afirmación de la humanidad del otro.

En el encuentro de la zarza ardiente, cuando Dios llamó a Moisés a ser el líder, Moisés respondió “Yo no soy un hombre de palabras, no ayer, no el día antes, no desde la primera vez que Tú me hablaste para ser tu siervo. Yo soy tardo en el habla y en la lengua” (Ex. 4:10). ¿Por qué Dios elegiría para liderar al pueblo judío a un hombre que encontraba difícil hablar? Quizá porque alguien que no pueda hablar aprenda cómo escuchar. Un líder es alguien que sabe cómo escuchar: el grito silencioso de los demás y a la suave y apacible voz de Dios.

SacksSignature

[1] Robert Frost dijo: “Poesía es lo que te pierde en la traducción”. Cervantes comparó la traducción como el otro lado de un tapiz. Como lo mejor, vemos un esbozo del patrón y sabemos qué existe en el otro lado, pero carece de definición y está lleno de hilos sueltos.

[2] Anna O. (Bertha Pappenheim) famosamente describió el psicoanálisis freudiano como “la charla que cura”, pero es un hecho que escuchar cura. Solo a través de la escucha activa del analista puede haber una charla terapéutica o catártica del paciente.

[3] Anna Redsand, Viktor Frankl, A life worth living, Houghton Mifflin Harcourt, 2006, 113-14.

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