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La Declaración de Independencia de los Estados Unidos habla de los derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Recientemente, siguiendo el trabajo pionero de Martin Seligman, el fundador de la Psicología
Positiva, se han publicado centenares de libros sobre el tema de la felicidad. Pero hay algo más fundamental aún para la consideración de una vida bien vivida, el sentido. Los dos parecen similares. Es fácil suponer que las personas que encuentran el sentido son felices, y que cuando son felices es porque encontraron el sentido. Pero estos dos conceptos son iguales, y no siempre se superponen.
En gran medida, la felicidad es un tema de satisfacción de los deseos y las necesidades. El sentido, por el contrario, trata del propósito de la vida, especialmente el de hacer contribuciones positivas para la vida de los demás. La felicidad consiste, en gran medida, en cómo se siente uno en el presente. El sentido, es cómo juzgas tu vida en su totalidad: el pasado, presente y futuro.
La felicidad se asocia con tomar, el sentido, con dar. Los individuos que sufren estrés, preocupación o ansiedad no son felices, pero pueden vivir una vida plena de sentido. Las desgracias del pasado reducen la felicidad del presente, pero las personas frecuentemente conectan esos momentos con el descubrimiento del sentido. Además, la felicidad no es solamente de los seres humanos. Los animales manifiestan su contento cuando sus deseos y necesidades son satisfechos. Pero el sentido es un fenómeno esencialmente humano. No tiene que ver con la naturaleza sino con la cultura. No se trata de lo que nos ocurre a nosotros, sino cómo interpretamos nosotros lo que nos ocurre. Puede haber felicidad sin sentido y puede haber sentido en ausencia de felicidad, aun en medio de la oscuridad y dolor. (1)
En un fascinante artículo de The Atlantic “Existe algo más en la vida que ser feliz,” (2) Emily Smith plantea que la búsqueda de la felicidad puede resultar en una vida relativamente superficial, auto absorbente, hasta egoísta. Lo que hace que la búsqueda de sentido sea diferente es que se trata de algo más grande que el ser.
Nadie hizo más que el fallecido Viktor Frankl para poner la cuestión del sentido en el discurso de la modernidad. En los tres años que pasó en Auschwitz, Frankl sobrevivió y ayudó a otros a hacerlo, inspirándolos a buscar una finalidad de sus vidas, aun en ese infierno sobre la tierra. Fue ahí que formuló sus ideas que luego transformó en un nuevo tipo de psicoterapia basado en lo que llamó “El hombre en busca del sentido”. Su libro, con el mismo título, fue escrito en nueve días en 1946, vendió más de diez millones de ejemplares en todo el mundo, y se posiciona como uno de los libros de mayor influencia del siglo XX.
Frankl sabía que en los campos de concentración, los que perdían la voluntad de vivir, morían. Cuenta cómo ayudó a dos prisioneros a encontrar una razón para vivir. La primera, una mujer, tenía un hijo que la esperaba en otro país. Otro había escrito el primer volumen de una serie de libros de viajes y tenía dos series más que debía concluir. Por lo tanto, ambos tenían un motivo para vivir.
Frankl solía decir que la forma de encontrar un sentido para la vida no es preguntarnos qué es lo que queremos de ella. En vez, debemos preguntarnos qué es lo que la vida demanda de nosotros. Somos cada uno de nosotros únicos en cuanto a nuestros dones, nuestras habilidades, destrezas y talentos, y en las circunstancias de nuestra vida. Para cada uno, entonces, hay una tarea que solo nosotros podemos realizar. Esto no significa que seamos mejores que otros. Pero si creemos que estamos acá por un motivo, entonces hay un tikkun, una reparación, que solo nosotros podemos hacer, un fragmento de luz que solo nosotros podemos redimir, un acto de bondad, o de coraje, generosidad u hospitalidad, hasta una palabra de aliento o una sonrisa que solo nosotros podemos hacer o dar, porque estamos acá, en este lugar, en este tiempo, enfrentado a esta persona en este momento de su vida.
“La vida es una tarea” solía decir, y agregó: “El hombre religioso se diferencia del que no lo es solo por experimentar su existencia no simplemente como una tarea, sino como una misión”. La persona es consciente de ser llamada, convocada por una Fuente. “Por miles de años esa fuente ha sido llamada Dios”. (4)
Ese es el significado de la palabra que da el nombre a nuestra parashá, y al tercer libro de la Torá, Vaikrá: “Y Él llamó.” El sentido preciso del versículo de apertura es difícil de comprender.Traducido literalmente sería: “Y Él llamó a Moshé y Dios le habló desde la Tienda de Reunión, diciendo…” La primera frase parecería redundante. Si nos dice que Dios le habló a Moshé por qué agregar “Y Él llamó?” Rashi lo explica de la siguiente forma:
Y Él llamó a Moshé: Cada vez que Dios se comunicó con Moshé, ya sea por la expresión “Y Él habló o “y Él ordenó” siempre estaba precedido por Dios llamándolo a Moshé por su nombre. (5) “Llamar” es una expresión de cariño. Es la que utilizan los ángeles cuando dicen “Y uno llamó al otro…” (Isaías 6: 3)
Vaikrá, nos está diciendo Rashi, significa ser llamado a una tarea por amor. Esta es la fuente de una de las ideas clave del pensamiento de Occidente, sobre todo, el concepto de la vocación o el llamado, o sea, la elección de una carrera o forma de vida no solo por la simple voluntad de hacerlo porque ofrece ciertos beneficios sino porque te sientes convocado a ello. Sientes que este es tu propósito y tu misión en la vida. Este es el motivo por el cual has sido puesto sobre la tierra.
Hay muchos de estos llamados en el Tanaj. Está el que recibió Abraham, para abandonar su tierra y su familia. El de Moshé ante la zarza ardiente (Ex. 3: 4). Y el que experimentó Isaías cuando vio una imagen mística de Dios en Su trono rodeado de ángeles:
Entonces escuché la voz del Señor diciendo: “¿A quién debo enviar? ¿Y quién irá por nosotros?” Y yo dije: “Aquí estoy, ¡envíame a mí!” (Is. 6: 8)
Una de las historias más movilizadoras es la del joven Samuel, destinado por su madre Jana a servir en el santuario de Shiloh donde fue asistente de Eli el sacerdote. De noche en su cama, escuchó una voz que lo llamaba. Supuso que era Eli. Corrió a ver que necesitaba pero éste le dijo que no lo había llamado. Lo mismo ocurrió una segunda y tercera vez, y entonces Eli percibió que era Dios el que llamaba al niño. Le instruyó a Samuel que si volviera a ocurrir que le conteste “Habla Señor, tu servidor Te está escuchando.” No imaginó el niño que podría ser Dios el que lo estaba convocando a una misión, pero así fue. Así comenzó su carrera como profeta, juez y responsable de la consagración de los dos primeros reyes de Israel, Saúl y David (1 Samuel 3).
Cuando vemos lo malo a ser reparado, la enfermedad a ser curada, la necesidad a ser resuelta, y sentimos que nos habla a nosotros, es ahí que nos acercamos al máximo, en una era post profética, a escuchar Vaikrá, el llamado de Dios. ¿Y cuál es el motivo por el cual aparece aquí, al comienzo del libro central, el tercero de la Torá? Porque el libro de Vaikrá trata sobre los sacrificios, y la vocación trata sobre sacrificios.Tenemos la voluntad de hacer sacrificios cuando sentimos que son parte de la tarea que hemos sido llamados a realizar.
Desde la perspectiva de la eternidad a veces podemos sentirnos abrumados al tomar conciencia de nuestra propia insignificancia. No somos más que una ola en el océano, un grano de arena en la costa, una partícula de polvo en la superficie de la infinitud. Pero estamos aquí porque Dios así lo quiso, porque hay una tarea qué Él quiere que realicemos. La búsqueda del sentido es la misión que constituye esta tarea.
Cada uno de nosotros es único. Incluso gemelos genéticamente idénticos son distintos. Hay cosas que podemos hacer, nosotros, que somos lo que somos, en este tiempo, en este lugar y en estas circunstancias. Para cada uno de nosotros Dios tiene una tarea: una labor a realizar, una muestra de bondad a efectuar, un obsequio a dar, un amor a compartir, una soledad a paliar, un dolor a mitigar, una vida truncada a ayudar a reparar. Discernir cuál es la tarea, escuchar el llamado de Dios, es uno de los grandes desafíos para cada uno de nosotros. ¿Cómo sabremos lo que es? Hace unos años, en To Heal a Fractured World (Para sanar un mundo fracturado) sugerí esto como guía, y aún ahora creo que tiene sentido: Cuando lo que nosotros queremos hacer coincide con lo que es necesario que se haga, es ahí donde Dios quiere que estemos.

- ¿Quién decide cuál es tu llamado a hacer?
- ¿Sabes cuál es tu tarea a realizar? ¿Cómo lo sabes?
- ¿Puedes pensar en otros momentos claves del Tanaj en los que Dios llamó a alguien a una tarea?
Fuentes
- Ver Roy F. Baumeister, Kathleen D. Vohs, Jennifer Aaker, and Emily N. Garbinsky, “Some Key Differences between a Happy Life and a Meaningful Life,” Journal of Positive Psychology, vol. 8, issue 6 (2013): pp. 505–16.
- Emily Smith, “There’s More to Life Than Being Happy,” The Atlantic, 9 January 2013.
- Ver, particularmente, el ensayo previo a esta serie denominado “Refraiming”.
- Viktor Frankl, The Doctor and the Soul: from Psychotherapy to Logotherapy (New York: A. A. Knopf, 1965), p. 13.
- Rashi a Levítico 1:1.
Traductores
Carlos Betesh
Editores
Michelle Lahan
