Un llamado del futuro (Jaie Sara 5783)

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Tenía 137 años. Le habían sucedido dos hechos traumáticos que involucraron a sus dos  seres más queridos en el mundo. El primero,  era el hijo que había esperado toda su vida.  Él y Sara ya habían perdido las esperanzas pero Dios les dijo que iban a tener un hijo, y  que iba a ser el continuador del pacto. Los años pasaban y Sara no concebía. Ya había  envejecido, y sin embargo,  Dios insistía con que tendrían un hijo.  

Eventualmente se produjo, y hubo regocijo. Sara dijo: “Dios me ha causado risa, y  todos los que escuchen esto reirán conmigo”. Después vino el momento terrible en que  Dios le dijo a Abraham: “Toma a tu hijo, tu único hijo, al que amas,” y ofrécelo como  sacrificio. Abraham no se negó, no protestó ni se demoró. Padre e hijo caminaron  juntos, y sólo en el último momento llegó la orden de detener el sacrificio. ¿Cómo hace  un padre, y ni hablemos de un hijo, para sobrevivir a un trauma como éste?  

Después de esto vino el duelo. Sara, la amada esposa de Abraham, murió. Había sido  su compañera constante, compartiendo la travesía en la que dejaron atrás todo lo  conocido: su tierra, lugar de nacimiento, familias. Dos veces ella le salvó la vida,  pretendiendo ser su hermana.  

¿Qué hace un hombre de 137 años – la Torá lo describe como “viejo, avanzado en  años” – después de tal trauma y semejante dolor? No nos sorprendería que pasara el  resto de sus días rememorando su pena. Había hecho lo que Dios le pidió, y sin embargo  no puede decirse que Dios haya cumplido con lo prometido. Le aseguró siete veces la  tierra de Canaán, y sin embargo cuando murió Sara, no tenía ni un centímetro cuadrado  de esa tierra, ni un lugar donde enterrar a su esposa. Dios le había prometido muchos  hijos, una gran nación, muchas naciones, tantos como los granos de arena de la costa del  mar o las estrellas del firmamento. Sin embargo, tenía un solo hijo del pacto, Isaac, al  que casi pierde, y que a la edad de 37 años aún no se había desposado. Abraham tenía  amplios motivos para  afligirse.

Sin embargo, no lo hizo. En una de las secuencias más extraordinarias de la Torá, su  dolor está descripto en hebreo en sólo cinco palabras: “Abraham vino a lamentarse y a  llorar por ella.” E inmediatamente leemos “Y Abraham se elevó de su dolor”. Después  de lo cual desarrolló una intensa actividad con dos objetivos en vista: primero,  conseguir una parcela para enterrar a Sara, y segundo, encontrar una esposa para su hijo.  

Observemos que estos corresponden a las dos bendiciones divinas: la de la tierra y la de  la descendencia. Abraham no esperó que Dios actuara: comprendió que una de las  verdades más profundas del judaísmo es que Dios está esperando que actuemos  nosotros. 

¿Cómo hizo Abraham para superar su trauma y su dolor? ¿Cómo se hace para  sobrevivir a la casi pérdida de un único hijo y a la pérdida real de la compañera de toda  la vida, y tener la energía para continuar? ¿Qué fue lo que le dio a Abraham esa  resiliencia, esa capacidad para sobrevivir, ese espíritu intacto?  

La respuesta la aprendí de las personas que resultaron ser mis mentores en coraje  moral: los sobrevivientes de la Shoá, que tuve el privilegio de conocer. Me pregunté:  ¿cómo hicieron para seguir adelante, sabiendo lo que supieron, habiendo visto lo que  vieron? Sabemos que los militares ingleses y norteamericanos nunca pudieron olvidar lo  que vieron. Según la nueva biografía de Henry Kissinger[1],  escrita por Niall Ferguson, él  ingresó en los campos como soldado norteamericano, y esa imagen le cambió la vida. Si  esto es cierto de los que meramente vieron lo de Bergen-Belsen y otros campos, cuan  infinitamente mayor debía ser para los que estuvieron y vieron a tantos morir allí. Y sin  embargo, los que yo conocí tenían un apego tenaz a la vida, y quise entender cómo  hicieron.  

Eventualmente,  descubrí que la mayoría no quería hablar del pasado, ni a sus parejas  ni a sus hijos. Se dedicaron a crear una nueva vida en un país nuevo. Aprendieron su  lenguaje y sus costumbres. Consiguieron trabajo. Desarrollaron carreras. Se casaron y  tuvieron hijos. Habiendo perdido a sus familias, los sobrevivientes constituyeron una  familia extendida con una y otra. Miraron hacia adelante y no hacia atrás. Primero  construyeron el futuro y después – a veces cuarenta o cincuenta años más tarde –  decidieron hablar del pasado. Ahí fue cuando contaron su historia, primero a sus  familias y después al mundo. Primero, construir un futuro, sólo después hacer el duelo  por el pasado. 

Dos personajes de la Torá miraron hacia atrás, uno explícitamente, el otro no. Noaj,  el más justo de su generación, acabó su vida fabricando vino y emborrachándose. La  Torá no dice por qué, pero lo podemos suponer. Había perdido a un mundo entero.  Mientras él y su familia estaban a salvo dentro del arca, todos los demás – todos sus  contemporáneos – se ahogaron. No es difícil imaginar que este hombre recto, abrumado  por el dolor mientras recreaba en su mente todo lo ocurrido, se preguntara si podría  haber hecho algo para salvar algunas vidas o para evitar la catástrofe.  

La mujer de Lot, contrariando la instrucción de los ángeles, literalmente se dio vuelta  para mirar cómo las ciudades de la llanura, por la ira de Dios, desaparecían bajo la  lluvia de azufre y fuego. Inmediatamente se transformó en una estatua de sal, una  descripción gráfica de la Torá de una mujer tan abrumada por la conmoción y el dolor  que no pudo seguir adelante.  

Es el trasfondo de estas historias lo que nos permite entender a Abraham después de  la muerte de Sara. Él marcó el precedente: primero, construir el futuro, sólo después,  lamentar el pasado. Si se invierte el orden, quedarán cautivos del pasado. Se convertirán  en la esposa de Lot.  

Algo de esta profunda verdad inspiró el trabajo de uno de los más destacados  sobrevivientes de la Shoá, el psicoterapeuta Viktor Frankl. Frankl sobrevivió a  Auschwitz, donde se dedicó a infundir en los otros prisioneros la voluntad de vivir.  Cuenta su historia en varios libros, siendo el más famoso Man’s Search For Meaning[2]  (El hombre en busca del sentido). Él lo logró encontrando para cada uno de ellos una tarea, algo que no habían hecho pero que sólo ellos podían hacer. Lo que hizo fue  darles un futuro. Eso les permitió sobrevivir en el presente y desviar sus mentes del  pasado.  

Frankl vivió acorde con sus enseñanzas. Después de su liberación de Auschwitz creó  una escuela de psicoterapia que llamó Logoterapia, basado en la búsqueda del hombre  del sentido de la vida. Era casi una inversión de la obra de Freud. El psicoanálisis  freudiano indujo a rememorar el pasado lejano. Frankl enseñó a construir un futuro, o  más precisamente a escuchar el llamado del futuro. Como Abraham, Frankl vivió una  buena y larga vida, obtuvo el reconocimiento mundial y falleció a los 92 años.  

Abraham oyó el llamado del futuro. Sara había muerto, Isaac era soltero. Abraham  no tenía tierra ni descendencia. Pero no clamó a Dios con ira o angustia. En vez,  escuchó una pequeña y suave voz que le decía: “”El próximo paso depende de ti. Debes  crear un futuro que llenaré de Mi espíritu.” Fue así como Abraham superó el impacto y  el dolor. Quiera Dios que no experimentemos nada parecido, pero si ocurriera, ésta es la  manera de sobrevivir.  

Dios penetra en nuestras vidas como un llamado del futuro. Es como si lo  estuviéramos escuchando desde el horizonte del tiempo, urgiéndonos a seguir por un  camino y a asumir una tarea para la que, de una forma que no alcanzamos a  comprender, fuimos creados. Ese es el significado de la palabra vocación, literalmente  “un llamado,” una misión, una tarea a la cual hemos sido convocados.  

No estamos accidentalmente aquí. Estamos aquí porque Dios así lo quiso, y porque  hay una tarea que hemos sido destinados a cumplir. Descubrir cuál es no es fácil,  muchas veces lleva años, y quizás con comienzos fallidos. Pero para cada uno de  nosotros hay una tarea que Dios nos llama a hacer, un futuro aún no realizado que  aguarda nuestra creación. Es la orientación al futuro la que define al judaísmo como fe,  como explico en el último capítulo de mi libro Future Tense[3] (Tiempo Futuro).  

Mucho de la ira, del odio y del resentimiento de este mundo proviene de gente  obsesionada por el pasado que, como la esposa de Lot, está imposibilitada de ir hacia  adelante. No hay final feliz para este tipo de relato, sólo más tragedia y lágrimas. El  camino de Abraham en Jaié Sará es distinto: primero se construye un futuro, sólo  después se podrá lamentar el pasado.


  1. ¿Cómo puede ayudarte la construcción del futuro a superar un evento pasado?
  2. ¿Puedes pensar en personas judías que hayan seguido el ejemplo de  Abraham y hayan construido un futuro, a pesar del trauma del pasado?
  3. ¿Qué ves como tu propio TafkidK (misión) ¿ Qué crees que es lo que te pide Dios que hagas?

Notas

  1. Niall Fergusson, Kissinger: 1923–1968: The Idealist (London: Penguin Books, 2015).
  2. Viktor E. Frankl, Man’s Search for Meaning: An Introduction to Logotherapy, traducido por Ilse Lasch (Boston: Beacon Press, 1992).
  3. Jonathan Sacks, Future Tense: Jews, Judaism, and Israel in the Twenty-first Century (New York: Schocken Books, 2012).

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michele Lahan