El manejo de la ira  (Jukat 5782)

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El Talmud dice que hay quienes logran su mundo en una hora y otros que lo pierden en una hora. Ningún ejemplo es más impactante y sorprendente que el famoso episodio de la parashá de esta semana. El pueblo pidió agua. Dios le dice a Moshé que tome su vara y que le hable a la roca, y el agua fluirá. Después ocurre lo siguiente:

Él y Aarón reunieron a la asamblea frente a la roca y Moshé les dijo, ‘Oigan, rebeldes, ¿debemos sacarle agua para ustedes de esta roca?’ Entonces Moshé alzó su brazo y golpeó la roca dos veces con su vara. El agua surgió y la comunidad y el ganado bebieron.

Pero el Señor dijo a Moshé y a Aarón, Ya que no confiaron en Mí lo suficiente para honrarme como santo ante los israelitas, ustedes no llevarán a esta comunidad a la tierra que Yo les otorgaré. (Números 20: 10-12)

Estamos tentados a preguntar: “¿esta es la Torá y esta la recompensa?” ¿Cuál fue el pecado de Moshé para merecer tal castigo? En años anteriores he expresado mi opinión de que Moshe no pecó ni había sido castigado. Simplemente, cada generación necesita sus propios líderes. Moshé era el adecuado, en realidad el único líder capaz de sacar a los israelitas de Egipto. Para llevar a la generación siguiente a la Tierra Prometida necesitaban otro tipo de líder, y un estilo de liderazgo distinto.

En el marco de las series de este año, al discutir la ética de la Biblia, parece más apropiado buscar una explicación distinta, la que da  Maimónides en  Shemoné Perakim, los “Ocho Capítulos” que constituyen el prefacio a su comentario sobre la Mishná, el Pirké Avot y la Ética de los Padres.

En el transcurso de estos capítulos Maimónides desarrolla un concepto sorprendentemente contemporáneo acerca del judaísmo como factor de entrenamiento de la inteligencia emocional. [1] Las emociones sanas son esenciales para una vida buena y feliz, pero el temperamento no es algo que uno elige. Algunas personas suelen ser más pacientes, calmas, de espíritu generoso u optimista que otras. Las emociones en algún tiempo eran denominadas “pasiones,” palabra que proviene de la misma raíz que “pasivo,” dando a entender que se trata de sentimientos que nos ocurren, más que reacciones elegidas. Pese a esto, Maimónides creía que con suficiente preparación era posible superar nuestras emociones destructivas y reconfigurar nuestra vida afectiva.

En general, tanto Maimónides como Aristóteles creían que la inteligencia emocional consistía en lograr un equilibrio entre exceso y defecto, entre demasiado y demasiado poco. El excesivo temor hace que sea cobarde; poco temor, que sea impulsivo y temerario, lo que puede llegar a tomar riesgos innecesarios. El camino medio de este ejemplo es el coraje. Sin embargo, Maimónides afirma que hay dos excepciones: el orgullo y el enojo. Aún un poco de orgullo (algunos sabios mencionan “el octavo de un octavo”) es demasiado. De la misma forma, aún un poco de enojo está mal. 

Fue por eso, dice Maimónides, que fue castigado Moshé, porque perdió el control de sí cuando le dijo a su pueblo: “Escuchen, rebeldes». También es cierto que tuvo una reacción parecida en otras ocasiones  (o por lo menos así lo aparentó).Su reacción frente al pecado del Becerro de Oro que concluyó con la rotura de las Tablas no fue tranquila ni relajada. Pero en ese caso fue diferente. Los israelitas habían cometido un pecado. Dios mismo estaba amenazando con destruir al pueblo. Moshé tuvo que actuar decisivamente y con la suficiente fuerza como para restaurar el orden ante un pueblo completamente fuera de control.

En este caso el pueblo no había pecado. Estaban sedientos. Necesitaban agua. Dios no estaba enojado con ellos. Por lo tanto, la reacción desmedida de Moshé estuvo mal, dice Maimónides. No hay duda de que el enojo es algo a lo que todos estamos sujetos. Pero Moshé era el líder, y un líder debe cumplir un rol ejemplar. Fue por eso que Moshé fue castigado tan duramente, por una falta que en el caso de otra persona común podría haber sido menor.

Además, dice Maimónides, al perder el control, Moshé le faltó el respeto al pueblo y podría haberlo desmoralizado. Sabiendo que Moshé era el emisario de Dios, el pueblo pudo haber concluido que si Moshé estaba enojado con él, también lo estaría Dios. Sin embargo, sólo había pedido que le diera agua. El hecho de dar la impresión de que Dios estaba enojado con el pueblo, concluyó en la no santificación de Su nombre. De tal forma, un momento de ira fue suficiente para privar a Moshé de la recompensa que seguramente era la más preciada para él, ver la culminación de su labor de conducción del pueblo a través del Jordán a la Tierra Prometida.

Los sabios fueron claros en su crítica al enojo. Hubieran estado completamente de acuerdo con el concepto moderno del manejo de la ira. El enojo no les gustaba para nada, y dedicaron el lenguaje más filoso para describirlo.

“La vida de los que no logran controlar su ira, no es vida,” dijeron. (Pesajim 113b)

Reish Lakish afirmó, “Cuando una persona se enoja, es como un sabio cuya sabiduría lo abandona; como un profeta cuya profecía lo deja” (Pesajim 66b). Maimónides dijo que cuando una persona se enoja es como si se volviera idólatra (Hiljot Deot 21: 3).

Lo peligroso de la ira es que nos hace perder el control. Activa la parte más primitiva del cerebro que evita el circuito neural, que es el que utilizamos cuando reflexionamos y tomamos decisiones sobre una base racional. Atrapados por la ira incontrolable, perdemos la capacidad de dar un paso hacia atrás y juzgar las posibles consecuencias de nuestras acciones. El resultado es que por un instante de ira podemos decir cosas qué sean la causa de arrepentimiento por el resto de nuestra vida.

Por ese motivo, dictamina Maimónides, no hay un “camino medio” cuando se trata de la cólera (Hiljot Deot 2: 3). En vez, debemos evitarla bajo cualquier circunstancia. Debemos ir aún hasta el extremo opuesto. Mismo cuando el enojo podría estar justificado, debemos evitarlo. Hay casos en los que debemos aparentar que estamos enojados. Eso es lo que hizo Moshé cuando vio a los israelitas adorando al Becerro de Oro, y procedió a romper las Tablas. Pero aun cuando mostramos ese enojo, internamente debemos mantenernos calmos.

El Orjot Tzadikim (un comentario del siglo XV) señala que la ira destruye las relaciones personales.[2] Las personas temperamentales atemorizan a los demás, que por lo tanto evitan acercarse a ellos. La ira rechaza los sentimientos positivos: el perdón,  la compasión, la empatía y  la sensibilidad. Como resultado, las personas temperamentales terminan solas, despreciadas y decepcionadas. Las personas malhumoradas no consiguen otra cosa que su mal humor (Kidushin 40b). Pierden todo lo demás.

El modelo clásico de paciencia frente a las provocaciones es el de Hillel. El Talmud nos dice que dos personas hicieron una apuesta:

“El que logre que Hillel se enoje recibirá cuatrocientos zuz”. Uno de ellos dijo “Iré a provocarlo”. Era Erev Shabat y Hillel estaba lavándose el cabello. El hombre se paró en la puerta y dijo: “ ¿Está aquí Hillel? ¿Está Hillel?” Hillel se vistió y salió diciendo, » ¿Hijo mío, qué deseas?”

“Tengo una pregunta para hacerte,” dijo. 

“Pregunta, hijo mío” contestó Hillel.

Preguntó: “ ¿Por qué son redondas las cabezas de los babilonios?”

“Mi hijo, has hecho una buena pregunta,” dijo Hillel. “El motivo es que no tienen parteras habilidosas”.

El hombre partió, se detuvo y volvió gritando, “¿Está Hillel aquí? ¿Está Hillel aquí ?”

Nuevamente Hillel dejó su baño, se vistió y preguntó, “¿Mi hijo, qué buscas?”

”Tengo otra pregunta”.

“Pregunta, mi hijo.”

“ ¿Por qué los palmirios  tienen los ojos borrosos?”

Hillel contestó: “Mi hijo, has hecho una muy buena pregunta. El motivo es porque habitan lugares muy arenosos”.

Se retiró y volvió por tercera vez diciendo “ ¿Está aquí Hillel? ¿Está aquí Hillel?”

Nuevamente Hillel se vistió y preguntó:

“ ¿Mi hijo, que deseas?”
“Tengo otra pregunta.”

“Pregunta, hijo.”

“ ¿Por qué son tan anchos los pies de los africanos?”

“Mi hijo, has hecho una buena pregunta. Porque viven en pantanos acuosos”.

“Tengo muchas preguntas para hacer” dijo el hombre, “pero temo que pueda enojarse”.

Hillel entonces se sentó y le  dijo: “Haz todas las preguntas que tengas que hacer”.

“ ¿Es usted el Hillel al que llaman el nasi (líder, príncipe) de Israel?”

“Si” dijo Hillel.

“En ese caso, dijo el hombre, ojalá no haya muchos como usted en Israel”.

“ ¿Por qué, hijo mío?”

“ ¡Porque por culpa suya acabo de perder cuatrocientos zuz!”

“Ten cuidado con tus humores” dijo Hillel.”Puedes perder otros cuatrocientos zuz y aún cuatrocientos más, pero Hillel no se enfadará”. [3]

Fue la cualidad de la paciencia ante la provocación lo que hizo que, entre otros factores según el Talmud (Eruvin 13b), los sabios hayan decidido mayoritariamente a favor de la Escuela de Hillel en lugar de la de Shammai.

La mejor manera de conquistar el enojo es mediante la pausa, el freno, la reflexión, contar hasta diez y respirar profundamente. Si fuera necesario, dejar la habitación, caminar, meditar o ventilar los sentimientos tóxicos en soledad. Se dice de uno de los Rebbes de Lubavitch, que cuando sentía enojo, tomaba el Shuljan Aruj para determinar si en esas condiciones su enojo estaba permitido. Cuando terminaba de estudiar, el enojo había desaparecido. 

Una vida moral es en la  que luchamos contra el enojo pero nunca dejamos que nos venza. El veredicto del judaísmo es simple: o vencemos al enojo o el enojo nos vencerá a nosotros.


  1. ¿Por qué crees que el enojo está permitido como manifestación externa pero no como sentimiento interno?
  2.  ¿Qué opinas del hecho de que Dios se enoje con el pueblo?
  3. ¿Qué métodos encuentras útiles cuando sientes que te enojas?

  1. Este concepto fue presentado por Peter Salovey y John Mayer, Ver Peter Salovey, Marc A. Brackett, and John D. Mayer, Emotional Intelligence: Key Readings on the Mayer and Salovey Model (Port Chester, NY: Dude Pub., 2004), popularizado mas tarde por Daniel Goleman en su libro Emotional Intelligence (New York: Bantam, 1995).
  2.  Orchot Tzaddikim, Shaar Kaas, “The Gate of Anger.”
  3. Shabbat 30b-31a.

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan