Violencia y lo sagrado (Tzav 5782)

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¿Por qué los sacrificios? Ciertamente, no han formado parte de la vida judaica desde la destrucción del Segundo Templo hace casi dos mil años. Pero, sí constituyen un medio para un fin, ¿por qué eligió Dios este fin? Esta es, naturalmente, una de las preguntas más profundas del judaísmo, y hay muchas respuestas. Yo quiero aquí explorar una sola, formulada a principios del siglo XV por el pensador Rabí Iosef Albo en su Sefer HaIkkarim.

La teoría de Albo parte, no de los sacrificios sino de otras dos preguntas. La primera: ¿Por qué después del Diluvio Dios permitió a los humanos comer carne? (Génesis 9: 3-5). Inicialmente tanto los seres humanos como los animales no eran carnívoros (Génesis 1: 29-30) ¿Qué fue lo que hizo que, digamos, Dios cambiara su opinión? La segunda: ¿Qué estuvo mal  en el primer acto de sacrificio, la ofrenda de Caín de “algunos frutos de la tierra”(Génesis 4: 3-5)? El rechazo de esa ofrenda derivó en el primer asesinato, cuando Caín mató a Abel. ¿Qué es lo que estaba en juego en la diferencia entre las ofrendas que Caín y Abel llevaron a Dios?

Albo creía que matar animales para comerlos estaba inherentemente mal. Consiste en quitar la vida de un ser viviente para satisfacer nuestras necesidades. Caín también sabía que esto era así. Creía que había un fuerte vínculo entre los seres humanos y los animales. Por eso entregó una ofrenda vegetal, no animal. Su error, según Albo, fue que debía haber llevado frutos, no legumbres – las más elevadas y no las menos valiosas de las ofrendas no cárneas. Abel, por el contrario, creyó que había una diferencia cualitativa entre humanos y animales. ¿No había afirmado Dios que los humanos debían “reinar sobre los peces en el mar, sobre las aves en el cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la faz de la tierra”? Fue por eso que Abel llevó la ofrenda animal.

Cuando Caín vio que el sacrificio de Abel había sido aceptado y el suyo no, supuso esto: Si Dios, que nos prohíbe matar animales para comer, permite, y aún estimula matar un animal como sacrificio, y si, como creía Caín, no había  mayor diferencia entre seres humanos y animales, entonces ofreció  la vida más elevada como sacrificio a Dios, o sea, su hermano Abel. De acuerdo a este razonamiento, dice Rabí Albo, Caín mató a Abel como sacrificio humano.

Fue por eso que Dios permitió comer carne después del Diluvio. Después del Diluvio el mundo «estaba lleno de violencia.» Quizás la violencia fuera inherente al ser humano. Si la humanidad habría de existir, Dios debía bajar Sus exigencias. Que los humanos maten animales, dijo, en vez de matar a otros seres humanos – la particular forma de creación que no solo es obra de Dios, sino que fue hecha a Su imagen. De ahí la casi ininteligible secuencia de versículos después de que Noaj y su familia aparecen en tierra firme:

Entonces Noaj construyó un altar al Señor y, tomando algunos de los animales puros y aves puras, realizó sacrificios ígneos sobre el altar. El Señor olió el aroma placentero y dijo en Su corazón: “Nunca más maldeciré la tierra por culpa del hombre, porque toda inclinación de su corazón es malvada desde su niñez…”

Entonces Dios bendijo a Noaj y a sus hijos diciéndoles…

“Todo lo que vive y se mueve será alimento para ustedes. Así como les he dado las plantas verdes, ahora les doy todo…

El que derrame la sangre del hombre, por el hombre su sangre será derramada; pues a la imagen de Dios, Dios ha creado a la humanidad.”

Génesis 8: 29 / 9: 6

Según Albo, la lógica del pasaje está  clara. Noaj ofrece un sacrificio animal en agradecimiento por haber sobrevivido al Diluvio. Dios ve que los seres humanos necesitan esa forma de expresarse. Están genéticamente predispuestos a la violencia (“la inclinación del corazón es malvada desde la niñez”). Para que la sociedad pueda sobrevivir, los humanos deben poder dirigir su violencia hacia los animales no-humanos, ya sea como alimento o como ofrenda sacrificial. Lo crucial es trazar la línea divisoria entre humanos y no-humanos. La autorización de matar animales está acompañada por una prohibición absoluta de matar seres humanos, “puesto que a imagen de Dios Él creó la humanidad.”

No es que Dios apruebe matar animales, ya sea para sacrificios o como alimento, pero prohibirlo a los seres humanos dada su predisposición al derramamiento de sangre, habría sido utópico.Y no es para ahora sino hasta el fin de los días. Hasta entonces, la solución menos mala es permitir la matanza de animales más que matar a seres humanos. Los sacrificios animales son una concesión a la naturaleza humana. [1] Los sacrificios son un sustituto de la violencia dirigida a la humanidad.

El pensador contemporáneo que más ha contribuido a profundizar la comprensión de este tema es el crítico literario franconorteamericano y antropólogo filosófico René Girard, en libros tales como La Violencia y lo Sagrado, El Chivo Emisario, y Cosas Ocultas desde la Fundación del Mundo. El común denominador, argumenta, en los sacrificios es:

…la violencia intrasocial – en todas sus dimensiones, rivalidades, celos y reyertas, son lo que la comunidad procede a suprimir mediante los sacrificios. La finalidad del sacrificio es restaurar la armonía de la comunidad, reforzar el tejido social. Todo lo demás deriva de esto. [2]

La peor forma de violencia dentro y entre las sociedades es la venganza, “un proceso infinitamente repetitivo e interminable.” Esto va en línea con el dicho de Hillel al ver el cráneo de un ser humano flotando en el agua: “Porque has ahogado a otros, ellos te ahogaron a ti, y los que así lo hicieron contigo también ellos terminarán ahogados.” (Mishná Avot 2:7).

No existe manera natural de cortar el ciclo de retribución y venganza. Los Montescos siguen matando y siendo asesinados por los Capuletos, igual que los Tattaglias y los Corleone y tantos otros rivales de la ficción y la historia. Es un ciclo destructivo que ha devastado a comunidades enteras. Según Girard, este era el problema que el ritual religioso debía resolver. El acto religioso primario, dice Girard es el sacrificio, y el sacrificio primario es el chivo expiatorio. Si las tribus A y B que han estado luchando, pueden sacrificar a un miembro de la tribu C, ambos habrán satisfecho su sed de sangre sin provocar una venganza, especialmente si la tribu C no está capacitada para contraatacar. Los sacrificios desvían la energía destructiva de la reciprocidad violenta.

Entonces, si la violencia está encastrada en la naturaleza humana, ¿por qué los sacrificios aparecen vigentes en las sociedades antiguas y no en las actuales? Porque, dice Girard, existe otra manera más efectiva de terminar con la venganza:

La venganza es un círculo vicioso cuyo efecto sobre las sociedades primitivas sólo podemos imaginar. Para nosotros, es necesario romper el círculo. Tenemos la fortuna de contar con nuestras instituciones sociales, sobre todo la judicial, que sirve para desviar la amenaza de la venganza. El sistema no suprime la venganza, sino que lo limita a un único acto de represalia puesto en ejecución por una autoridad soberana especializada en esta función en particular. Las decisiones judiciales se presentan invariablemente como la palabra final en cuanto a la venganza. [3]

La terminología de Girard en este texto no es algo que podemos suscribir. La justicia no es venganza. La retribución no es venganza. La venganza es inherentemente relaciones de Yo-Tú o Nosotros-Ellos. Es personal. La retribución es impersonal. Ya no se trata de los Montescos contra los Capuletos, sino que ambos están sometidos al juicio imparcial de la ley. Pero el punto sustancial de Girard es correcto y esencial. El único antídoto contra la violencia es el imperio de la ley.

La teoría de Girard confirma la de Albo. El sacrificio (así como comer carne) ingresó al judaísmo como sustituto de la violencia. También nos ayuda a entender la profunda percepción de los Profetas de que los sacrificios no son un fin en sí mismo sino parte del programa de la Torá para crear un mundo redimido de los interminables ciclos de venganza. La otra parte del programa, y es el mayor deseo de Dios, es un mundo gobernado por la justicia. Eso, recordemos, fue Su primera indicación a Abraham, “enseña a tus hijos y a tu familia a mantener el camino del Señor haciendo lo correcto y lo justo.” (Génesis 18:19)

Entonces, ¿hemos ido más allá de la etapa en la cual los sacrificios animales tenían una finalidad? ¿La justicia se ha transformado en una realidad tan poderosa que ya no necesitamos más de los rituales religiosos para encauzar la violencia entre los seres humanos? Lamentablemente no es así. El colapso de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría llevó a algunos pensadores a la conclusión de que habíamos arribado al “fin de la historia”’. No habrá más guerras ideológicas. En su lugar, el mundo se transformará en una gran economía de mercado y una democracia liberal. [4]

La realidad resultó dramáticamente diferente. Hubo oleadas de conflictos étnicos y violencia en Bosnia, Kosovo, Chechenia y Ruanda, seguidas por conflictos aún más sangrientos en el Medio Oriente, África subsahariana y partes de Asia. En su libro, The Warrior’s Honor (El honor del guerrero) Michael Ignatieff ofrece una explicación del por qué de estos hechos:

El mayor obstáculo moral del camino de la reconciliación es el deseo de venganza. En la actualidad la venganza está considerada generalmente como una emoción baja y despreciable, y por tal motivo, su profundo anclaje moral en la gente  es raramente comprendido. Pero la venganza – considerada moralmente – es el deseo de ser fiel a los muertos, honrar su memoria tomando la causa en el lugar dejado por ellos. La venganza mantiene la fidelidad entre las generaciones…

Este ciclo de recriminación intergeneracional no tiene un final lógico… Pero es la verdadera imposibilidad de venganza intergeneracional la que conduce a las comunidades a la compulsión a la repetición…

La reconciliación no tiene ninguna posibilidad de éxito contra la venganza salvo que respete las emociones que sostienen la venganza, y que reemplacen el respeto inherente a la venganza  por rituales en los cuales las comunidades alguna vez en guerra entre sí puedan aprender a honrar juntos a sus muertos. [5]

Lejos de hablar de una época pasada y largamente olvidada, las leyes sacrificiales nos dicen tres cosas, tan importantes entonces como ahora:

Primero, la violencia forma aún parte de la naturaleza humana y nunca es más peligrosa que cuando se combina con una ética de venganza.

Segundo, más que negar su existencia, debemos hallar las formas de redireccionarla de tal forma que no cause más víctimas humanas.

Tercero, La única alternativa final a los sacrificios, animales o humanos, es la propuesta hecha por primera vez hace mil años por los Profetas del Israel antiguo, y de ellos, ninguno más impactante que Amós:

Aunque Me traigas ofrendas quemadas y ofrendas de granos, 

Yo no las aceptaré…

Pero sí que la justicia fluya como un río,

Y la rectitud como arroyo constante. (Amós 5: 23-24)


  1. Después de haber leído este ensayo, ¿piensas que ser vegetariano es un valor judío?
  2. Después de leer este ensayo,¿ dirías que el pacifismo (la creencia que toda violencia es injustificable) es un valor judío?
  3. ¿Es relevante el ritual sacrificial hoy en día? Si no, ¿sigue transmitiendonos un mensaje en la actualidad?

  1.  Acerca de por que Dios elige no cambiar la naturaleza humana, ver Rambam, Guia de los Perplejos, III:32.
  2.  Rene Girard, Violence and the Sacred (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1977), p. 8.
  3. Ibid., p. 15.
  4.  Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (New York: Free Press, 1992).
  5.  Michael Ignatieff, The Warrior’s Honor: Ethnic War and the Modern Conscience (Toronto: Penguin, 2006), 188–190.

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Abraham Maravankin