Mantenerse joven (Vezot HaBerajá 5781)

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Moshé no desapareció. Esa es la síntesis que le otorga la Torá, después de una larga e intensa vida:

Moshé tenía ciento veinte años cuando murió, pero sus ojos conservaron su agudeza y su fortaleza se mantuvo intacta. (Deuteronomio 34: 7)

De alguna manera, Moshé desafió las leyes de la entropía que dicen que todo sistema disminuye su energía con el paso del tiempo. La ley es aplicable también a las personas, sobre todo a los líderes. El tipo de liderazgo que emprendió Moshé (adaptativo, intentando que el pueblo cambie, al persuadirlo de que dejen de pensar y actuar como esclavos y en su lugar aceptar las responsabilidades inherentes a la libertad)  es estresante y extenuante. Hubo veces en las que Moshé estuvo cerca de la angustia y la desesperación. ¿Cuál fue, entonces, el secreto de haber podido mantener su energía hasta sus últimos días?

La Torá ofrece  una respuesta al emplear  las mismas palabras con las que describe el fenómeno. Yo pensaba que “sus ojos conservaron la agudeza» y que “su fortaleza se mantuvo intacta” eran simplemente descripciones, hasta que se me ocurrió que la primera era una explicación de la segunda. ¿Por qué mantuvo su fortaleza intacta? Porque sus ojos conservaron la capacidad de discernir. Él nunca perdió la visión de sus ideales de juventud. Se mantuvo tan apasionado hacia el fin de sus días como al comienzo. Su compromiso con la justicia, la compasión, la libertad y la responsabilidad se mantuvo intacto, a pesar de  las numerosas decepciones que sufrió a lo largo de sus cuarenta años de liderazgo. La moraleja es clara: si quieres mantenerte joven, no comprometas nunca tus ideales.

Recuerdo como si hubiera ocurrido ayer, una experiencia decepcionante que tuve hace casi cuarenta años, cuando estaba iniciando mis estudios rabínicos. Si alguna congregación necesitaba un voluntario para una prédica o  para dirigir un servicio (ya sea porque  el rabino titular estaba enfermo o de vacaciones) yo me ofrecía. Era un trabajo arduo y poco gratificante. Significaba estar lejos de casa para Shabat, predicando ante una sinagoga ocupada apenas por un cuarto de su capacidad, y muchas veces, sin apreciación alguna. En una oportunidad expresé mi protesta ante el rabino de la comunidad a la cual había remplazado temporariamente. “Ajá” dijo “¿tú eres un idealista? Vamos a ver adónde te lleva”.

Me dio pena ese hombre triste y amargado. Quizás el destino no fue bueno con él, y nunca supe por qué me contesto de esa manera. Pero en algún momento de su carrera aceptó la derrota. Seguía haciendo su rutina pero su corazón ya no estaba en ella. Para él, el idealismo era una ilusión de juventud, destinado a naufragar contra las rocas de la realidad.

Mi visión era, y es, que sin esa pasión no es posible ser un líder transformador. Si uno mismo no está inspirado, no puede inspirar a los demás. Moshé nunca perdió la visión de su primer encuentro con Dios en la zarza ardiente que quemaba pero no era consumida por el fuego. Es así como yo lo veo  a Moshé: como un hombre que se quema pero que no es consumido. Mientras permanecía con esa visión, cosa que ocurrió hasta sus últimos días, se mantuvo pleno de energía. Eso se percibe en el poder que mantuvo  a lo largo del libro de Debarim, la más grande secuencia de discursos del Tanaj.

Los ideales son los que mantienen vivo al espíritu humano. Lo hicieron bajo algunos de los regímenes más represivos de la historia: la Rusia de Stalin, China comunista. Apenas logran encender el corazón humano, tienen el poder de energizar la resistencia.

El lema entonces es: nunca renunciar a tus ideales. Si encuentras algún camino bloqueado, busca otro. Si descubres que un enfoque  falla, debe haber otro. Si tus esfuerzos no te llevan al    éxito, sigue intentando. Muchas veces, el éxito se logra  cuando estás por abandonar y creer que eres un fracaso. Así fue con Churchill. Y con Lincoln. Así resultó con tantos escritores cuyos libros fueron rechazados por el editor, y resultaron luego éxitos rotundos. Si los logros fueran simples, no nos generarían orgullo. La grandeza requiere persistencia. Los grandes líderes nunca se rinden. Siguen su camino, inspirados por la visión que se niegan a dejar.

Al rememorar su vida, Moshé seguramente se habrá preguntado si había logrado algo. Lideró al pueblo durante cuarenta años, solo para que le fuera denegada la posibilidad de llegar al destino ansiado, la tierra prometida. Les dio leyes que muchas veces violaron. Hizo milagros pero ellos siguieron con las protestas.

Sentimos ese desborde emocional cuando les dice: “Ustedes se han rebelado contra el Señor desde el día que los conocí”. (Deuteronomio 9: 24) y “Pues yo ya sé cuán rebeldes y tercos son ustedes. ¡Si se han rebelado contra el Señor mientras yo estoy en vida, como será después de que yo muera!” (Deuteronomio 31: 27). Pero Moshé nunca abandonó ni comprometió sus ideales. Es por eso que, aunque él falleció, sus palabras no murieron. Físicamente anciano, permaneció espiritualmente joven.

Los cínicos son idealistas fallidos. Comienzan con grandes expectativas. Después descubren que la vida no es fácil, que las cosas no ocurren como quisiéramos. Nuestros esfuerzos chocan contra obstáculos. Nuestros planes naufragan. No recibimos el reconocimiento o el honor que creemos merecer. Entonces nos refugiamos en nosotros mismos. Culpamos a otros por nuestros fracasos y nos enfocamos en las fallas ajenas. Nos decimos que lo hubiéramos hecho mejor.

Quizás lo podríamos haber hecho mejor. Entonces ¿por qué no lo hicimos? Porque abandonamos. Porque en algún momento dejamos de crecer.  Nos consolamos por no ser grandes al disminuir a los otros, menospreciando sus esfuerzos y burlándonos de sus ideales. Esa no es manera de vivir. Es una forma de muerte.

En mi función de Gran Rabino muchas veces visité geriátricos, y fue en una de esas visitas que conocí a Florencia, quien tenía 103 años, para los 104, pero tenía el aire de una mujer joven. Era brillante, ágil, llena de vida. Sus ojos brillaban por el-placer-de-estar-viva. Le pregunté cuál era el secreto de la eterna juventud. Con una sonrisa me dijo “Nunca tengas miedo de aprender algo nuevo”. Ahí aprendí que si estás preparado para aprender algo nuevo, puedes tener 103 años y seguir siendo joven[1]. Y si no estás dispuesto a prender algo nuevo, puedes tener 23 y ya ser anciano.

Moshé nunca dejo de aprender, crecer, enseñar, liderar. En el libro de Debarim, entregado en los últimos días de su vida, se elevó con una elocuencia, una visión y una pasión que exceden cualquier cosa que había dicho hasta entonces. Este es el hombre que nunca dejó de luchar. El diario The Times entrevistó en una oportunidad a un distinguido miembro de la comunidad judía al cumplir sus 92 años. El periodista dijo “La mayoría de las personas, cuando llegan a su edad empieza a bajar las revoluciones. Usted parece que estuviera haciendo lo contrario. ¿Por qué?  Contestó: “Cuando llegas a los 92, puedes ver que la puerta se comienza a cerrar. Tengo tantas cosas que hacer antes de que eso ocurra que cuanto más envejezco más debo trabajar”. Esa es también una receta para el arijut iamim, la larga vida que no desaparece.

El Salmo 92, la canción de Shabat, culmina con estas palabras: “Plantado en la casa del Señor, los justos florecen en los jardines de nuestro Dios. Todavía dan frutos en su vejez, se mantienen frescos y verdes, proclamando: ‘El Señor es elevado; Él es mi Roca, y no hay maldad alguna en Él’”.  ¿Cuál es la conexión entre los justos que dan los frutos en la vejez y su creencia de que “el Señor es elevado”? Los justos no culpan a Dios por los males y sufrimientos del mundo. Saben que Dios nos ha puesto como seres físicos en un universo físico, con todo el dolor que ello implica. Saben que nos corresponde hacer el bien y alentar a otros a hacer aún más. Aceptan la responsabilidad, sabiendo que incluso, debido a las pruebas y tormentos de la existencia humana, sigue siendo el mayor privilegio que existe. Es por eso que dan frutos a avanzada edad. Mantienen los ideales de la juventud.

Nunca comprometas tus ideales. Nunca cedas ante la desesperación o la derrota. Nunca dejes de transitar solo porque el camino es largo y duro. Siempre lo es. Los ojos de Moshé no perdieron el enfoque. No perdió la visión que lo hizo, en su juventud, un luchador por la justicia. No fue cínico. No se volvió triste ni amargo aun teniendo muchos motivos para hacerlo. Sabía que había cosas que no iba a poder lograr en vida, por lo que enseñó a la generación futura cómo hacerlo. Como resultado, su energía natural no disminuyó. Su cuerpo era anciano pero su mente y su alma permanecieron jóvenes. Moshé, aun mortal, logró la inmortalidad y de la misma forma nosotros, siguiendo sus pasos también lo podemos hacer.  Lo bueno que hacemos no muere. Las bendiciones que damos a la vida de los demás, tampoco.


  1. ¿Cómo se conectan las dos descripciones de Moshé “Sus ojos no perdieron agudeza” y “su fuerza natural no mermó”?
  2. ¿Por qué es fundamental para un líder tener visión clara y estar comprometido  con los ideales?
  3. ¿Cómo reflejó el Rabino Sacks estas cualidades?

[1] El Talmud (Shabat 30b) dice algo similar acerca del Rey David. Mientras él seguía aprendiendo, el ángel de la muerte no tenía poder sobre él.


Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan