Derrotando la muerte (Nitzavim 5781)

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Solo ahora que hemos llegado a Nitzavim podemos tener una idea del vasto y revolucionario proyecto alojado en el corazón de la relación hombre-Divinidad. Fue en el encuentro que ocurrió en el tiempo de Moshé y el nacimiento de los judíos/Israel como nación.

Para comprenderlo, recordemos la famosa frase de Sherlock Holmes: “Debo llamarte la atención” le dijo al Dr. Watson, “sobre el extraño incidente del perro de anoche,” a lo que contestó Watson, “pero el perro no hizo nada anoche”. “Eso,” dijo Holmes, “es lo extraño del incidente[1]”. A veces, para saber de qué se trata un libro, hay que enfocarse en lo que no dice, no solo en lo que dice.

Lo que está ausente en la Torá, casi inexplicablemente dado el contexto en el que está planteado, es la fijación con la muerte. Los egipcios de la antigüedad estaban obsesionados con la muerte. Sus monumentales construcciones eran un intento de desafiar a la muerte. Las pirámides eran mausoleos gigantes. Más precisamente, portales a través de los cuales el alma del faraón difunto  ascendería al cielo para reunirse con los inmortales. El texto más famoso que nos ha llegado es el Libro de los Muertos. Solo la vida del más allá era real; la vida era una preparación para la muerte.

No hay nada de esto en la Torá, al menos no en  forma explícita. Los judíos creían en el Olam HaBá, en el Mundo Venidero, la vida después de la muerte. Creían en tejiat hametim, la resurrección de los muertos[2].  Hay seis referencias al respecto sólo en el segundo párrafo de la Amidá. Pero no sólo están ausentes estas ideas del Tanaj, sino que tampoco  figuran en los lugares en los que era de esperarse que estuvieran.

El libro de Kohelet (Eclesiastés) es un lamento prolongado sobre la mortalidad humana. Havel havelim…hakol havel: Todo carece de valor porque la vida es un mero suspiro fugaz (Eclesiastés 1:2) ¿Por qué no mencionó el autor de Eclesiastés el Mundo Venidero, la vida después de la muerte? Otro ejemplo: el libro de Job es una protesta constante contra la aparente injusticia del mundo. ¿Por qué nadie le contestó a Job “Tú y todas las personas inocentes que sufren serán recompensados después de la vida”? Nosotros creemos en la vida tras la muerte. ¿Por qué no hay ninguna mención (solo una mera insinuación) en la Torá? Ese es el extraño incidente.

La respuesta simple es que la obsesión con la muerte en última instancia devalúa la vida. ¿Por qué luchar contra las maldades e injusticias del mundo si esta vida es sólo una preparación para el mundo venidero? Ernest Becker en su clásico texto Denial of Death (La negación de la muerte) plantea que el temor a nuestra propia muerte ha sido uno de los motores de nuestra civilización[3]. Es lo que condujo al mundo antiguo a esclavizar a las masas, transformándolas en gigantescas fuentes de mano de obra para la construcción de edificios monumentales, que permanecerían en pie tanto como el tiempo mismo. Lo que llevó  al antiguo culto del héroe, el hombre que se vuelve inmortal mediante hechos audaces en el campo de batalla. Tememos a la muerte; tenemos con ella una relación de amor-odio. Freud lo llamó thanatos, el instinto de muerte, y afirmó que, junto con eros, son las dos fuerzas propulsoras de la vida.

El judaísmo es una protesta sostenida contra este enfoque. Es por eso que “Nadie sabe dónde fue enterrado Moshé” (Deuteronomio 34:6) para que su tumba no se transforme en lugar de peregrinaje y adoración. Es por eso que en lugar de una pirámide o un templo como el que construyó Ramsés II en Abu Simbel, todo lo que tuvieron los israelitas durante cinco siglos hasta los días de Salomón fue el mishkán, el santuario portátil, más una tienda que un templo.

Por esto, en el judaísmo, la muerte impurifica y el motivo por el que el rito de la Vaca Roja era necesario para que el pueblo se purificara del contacto con ella. Cuanto más santo eres (si eres un Cohen y aún más si eres el Sumo Sacerdote) menos puedes entrar en contacto o estar bajo el mismo techo con una persona muerta. Dios no está en la muerte sino en la vida.

Solo con este trasfondo egipcio podemos captar el drama de las palabras que por resultarnos tan familiares ya no nos sorprenden, las grandes palabras enmarcadas por Moshé para todas las generaciones:

Miren, presento ante ustedes hoy la vida y lo bueno, la muerte y lo malo… Convoco hoy al cielo y a la tierra como testigos contra ustedes, de que les he presentado la vida y la muerte, la bendición y la maldición; por lo tanto, elijan la vida, para que ustedes y vuestros hijos puedan vivir (Deuteronomio 30:15,19)

La vida es buena, la muerte, mala. La vida es bendición, la muerte, maldición. Estas son verdades para nosotros. ¿Por qué mencionarlas? Porque no eran ideas habituales en el mundo antiguo. Eran revolucionarias. Las siguen siendo.

Entonces ¿cómo vencer a la muerte? Sí hay un mundo venidero. Sí, hay tejiat hametim, resurrección. Pero Moshé no hace foco en estas ideas obvias. Nos dice algo completamente distinto. Se logra la inmortalidad por ser parte de un pacto: un pacto con la eternidad misma, o sea, un pacto con Dios.

Cuando vives tu vida dentro del pacto ocurre algo extraordinario. Tus padres y tus abuelos viven en ti. Tú vives en tus hijos y en tus nietos. Son parte de tu vida. Eres parte de la de ellos. Eso es lo que quiso decir Moshé cuando afirmó, cerca del comienzo de la parashá de esta semana:

No es con ustedes solamente que estoy haciendo este pacto y este juramento, sino con todos los que están con nosotros hoy ante el Señor nuestro Dios, así como los que no están con nosotros hoy. (Deuteronomio 29:13-14)

En el tiempo de Moshé esa última frase quería decir “vuestros hijos que aún no han nacido”. No necesitó incluir a “vuestros padres que ya no están vivos” ya que ellos ya habían hecho el pacto con Dios cuarenta años antes en el Monte Sinaí. Pero lo que quiso decir Moshé, en un sentido más amplio, era que cuando renovamos el pacto, cuando dedicamos nuestra vida a la fe y a la modalidad de vida de nuestros antepasados, ellos se vuelven inmortales en nosotros y nosotros lo hacemos en nuestros hijos.   

Esto, es precisamente, porque el judaísmo se concentra en este mundo y no en el siguiente que, de todas las grandes religiones, es el que más se enfoca en la niñez. Ella constituye nuestra inmortalidad. Eso es lo que quiso decir Rajel cuando clamó: “Dadme hijos, si no seré como muerta” (Génesis 30:1). Es lo que dijo Abraham cuando exclamó, “Señor, Dios, ¿qué es lo que me darás si permanezco sin descendencia?” (Génesis 15:2). No todos estamos destinados a tener hijos. Los rabinos afirman que lo bueno que hacemos hace a nuestras toldot, nuestra posteridad. Pero al honrar la memoria de nuestros padres y educar a los niños a continuar con la historia judía, logramos el tipo de inmortalidad que está de este lado de la tumba, en el mundo que Dios pronunció como bueno.

Consideremos ahora los últimos dos preceptos de la Torá expuestos en la parashá Vayelej, los que Moshé nos entregó al final de sus días. Una es hajel, la orden que el Rey convoque a la nación a reunirse cada siete años:

Al finalizar cada periodo de siete años…reúne al pueblo, hombres, mujeres y niños y el extranjero que more en tus ciudades – para que puedan escuchar y aprender a temer al Señor vuestro Dios y cumplir cuidadosamente con todas las palabras de esta ley. (Deuteronomio 31:12)

El significado de esta orden es simple. Moshé está diciendo: no es suficiente que tus padres hayan hecho un pacto con Dios en el Monte Sinaí o que ustedes lo hayan renovado conmigo en las llanuras  de Moab. El pacto debe ser renovado perpetuamente, cada siete años, para que nunca se transforme en historia. Debe ser para siempre memoria. Nunca envejecerá porque se renueva cada siete años.

¿Y el último precepto? “Ahora escribe esta canción y enséñala a los israelitas y haz que ellos la canten, para que sean mis testigos ante ellos” (Deuteronomio 31:19) Este, según la tradición, es el precepto de escribir (aunque sea una parte de)  un Sefer Torá. Como lo señaló Maimónides: “Aun si tus ancestros te han legado un Sefer Torá, de igual forma tienes la obligación de escribir uno para ti”.

Lo que está diciendo Moshé aquí, su última instrucción al pueblo al que lideró durante cuarenta años es: no es suficiente decir, nuestros antepasados recibieron la Torá de Moshé, o de Dios. Deben tomarla y hacerla de nuevo para cada generación. Debes hacer que la Torá no corresponda a la fe de tus padres o la de tus abuelos, sino a la tuya. Si tú la escribes, la Torá  te escribirá. La palabra eterna del Dios eterno es tu porción de eternidad.

Percibimos ahora la fuerza dramática de los últimos días de vida de Moshé. Sabía que estaba por morir, que no iba a poder cruzar el Jordán para entrar en la tierra hacia la cual había liderado a su pueblo durante toda su vida. Moshé, confrontado con su propia mortalidad, nos pide que en cada generación nos confrontemos con la nuestra.

Nuestra fe, nos dice Moshé,  no es como la de los egipcios, la de los griegos, los romanos, ni como prácticamente cualquier otra civilización de la historia.  Nosotros no hallamos a Dios en el más allá, en el cielo, o después de la muerte, en una desconexión mística del mundo o en una contemplación filosófica. Hallamos a Dios en la vida. Hallamos a Dios (palabras clave de Devarim) en el amor y en la felicidad. Para hallar a Dios, nos dice en esta parashá, no es necesario subir hasta el cielo ni cruzar los mares (Deuteronomio 30:12-13) Dios es aquí. Dios es ahora. Dios es vida.

Y esa vida, aunque algún día concluirá, en realidad no termina.  Ya que, si llevas a cabo el pacto, tus antepasados vivirán en ti, y tú vivirás en tus hijos (o en tus discípulos o en los receptores de tu bondad). Cada siete años el pacto se renovará.  Cada generación escribirá su Sefer Torá. La puerta a la eternidad no es la muerte: es la vida que se vive en un pacto renovado eternamente, en palabras grabadas en nuestros corazones y en los corazones de nuestros hijos.

Y de esa forma Moshé, el líder más grande que hemos tenido, se volvió inmortal. No por vivir eternamente. No por construir una tumba o un templo a su gloria. Ni siquiera sabemos dónde fue enterrado. La única estructura física que nos legó es portátil, porque la vida misma es una travesía. Ni siquiera se volvió inmortal a la manera de Aarón, al ver a sus hijos convertirse en sus sucesores. Es inmortal al hacernos sus discípulos. Y en una de sus primeras exclamaciones registradas, los rabinos dijeron lo mismo: Hazte muchos discípulos.

Para ser líder, no necesitas una corona ni ropaje de oficio. Todo lo que necesitas es escribir tu capítulo en la historia, hacer cosas que alivien en algo el dolor del mundo, y actuar de forma tal que los demás puedan ser un poco mejor por haberte conocido. Vive de manera que, a través de ti, nuestro antiguo pacto con Dios se renueve de la única forma que importa: en vida. El último  testamento de Moshé para nosotros en el final de sus días, cuando su mente podría haberse  tornado fácilmente hacia la muerte fue: elige la vida.


  1. Según el judaísmo, ¿cómo podemos alcanzar la inmortalidad? ¿Puedes pensar en alguna idea específica?
  2. ¿Cuál es el problema en estar preocupado con la muerte? ¿Por qué el judaísmo está en contra de esto?
  3. ¿Es común que la gente tenga una fijación con la muerte?

[1] Arthur Conan Doyle, “The Adventure of Silver Blaze”. (Traducción: Estrella de Plata)

[2] La Mishná en Sanedrín 10:1 dice que creer que la resurrección de los muertos está establecida en la Tora es una parte fundamental de la fe judía. Sin embargo, de acuerdo a cualquier interpretación, la declaración es implícita, no explicita.

[3] New York: Free Press, 1973.


Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan