Confianza (Shelaj Lejá 5781)

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Quizás se trate del mayor fracaso colectivo de liderazgo en la Torá. Diez de los espías que fueron enviados por Moshé para investigar la tierra, volvieron con un informe calculado para desmoralizar a la nación.

“Vinimos a la tierra que nos enviaste. Mana leche y miel, y acá están sus frutos. Pero los hombres que allí viven son fuertes, y sus ciudades son muy grandes y amuralladas… Nosotros no podremos enfrentar a ese pueblo pues son más fuertes que nosotros… La tierra a la cual hemos ido a espiar es una tierra que devora a sus habitantes, y todos los hombres que hemos visto son de gran altura. Nosotros nos veíamos como saltamontes, y así nos veían ellos a nosotros”. (Números 13: 27-33)

Esto no tenía sentido, y los espías lo deberían haberlo sabido. Habían salido de Egipto, el imperio más grande del mundo antiguo, después de una serie de plagas que puso a esa gran nación de rodillas. Habían cruzado la barrera, aparentemente impenetrable, del Mar Rojo. Habían luchado y vencido a los amalekitas, una nación guerrera feroz. Hasta habían cantado, junto con sus compañeros israelitas, la canción que contenía estas palabras:

Las naciones han escuchado; tiemblan

Espasmos han sufrido los habitantes de Filistea.

Ahora consternados están los jefes de Edom;

Temblores acosan a los líderes de Moab;

Todos los habitantes de Canaán se han dispersado. (Éxodo 15:14-15)

Debían haber sabido que los habitantes de la tierra les temían, no al revés. Y así fue, como relata Rahab a los espías enviados por Ieoshúa, cuarenta años más tarde:

Yo sabía que el Señor les había otorgado la tierra, el temor de ustedes nos había embargado y también sabía que todos los habitantes de la tierra se dispersan ante ustedes. Pues hemos oído cómo el Señor secó las aguas del Mar Rojo ante ustedes cuando salieron de Egipto, y lo qué les hicieron a los dos reyes amoritas que estaban más allá del Jordán, a Sihón y a Og a quienes destruyeron. Apenas lo supimos, nuestros corazones se derritieron, y no quedó espíritu en ningún hombre debido a ustedes, pues el Señor, vuestro Dios, es el Dios de los cielos y la tierra. (Ieoshúa 2:9-11).

Solo Ieoshúa y Caleb, entre los doce, mostraron liderazgo. Le dijeron al pueblo que la conquista de la tierra era eminentemente factible, ya que Dios estaba con ellos. El pueblo no quiso escuchar. Pero los dos líderes recibieron su recompensa. Solo ellos y su generación vivieron para entrar a  la tierra. Más aún: su declaración desafiante de fe y su valentía brillan tan intensamente ahora como hace treinta y tres siglos atrás. Son los héroes eternos de la fe.

Una de las tareas fundamentales de cualquier líder, ya sea presidente o padre de familia, es dar a su gente una sensación de confianza: confianza en sí mismos, en el grupo del que forman parte, y en la misión en sí. Un líder debe tener fe en las personas que lidera, e inspirar la fe en ellos. Como escribió Rosabeth Moss Kanter del Harvard Business School en su libro Confidence (Confianza) “El liderazgo no tiene que ver con el líder, sino con cómo construye la confianza en todos los demás[1]”. Además, la palabra  “Confianza” en latín significa “teniendo fe juntos.”

La realidad es que en gran medida la ley de profecía auto cumplida se aplica en el ámbito humano. Tanto los que dicen “no lo podemos hacer” así como los que dicen lo contrario, probablemente tengan razón. Si careces de confianza, perderás. Si la tienes (sólida y justificada, basada en una preparación y performances pasadas), ganarás. No siempre, pero lo suficiente como para superar contratiempos y fracasos. Sobre eso, como mencionamos en nuestro estudio de la parashá Beshalaj, es de lo que trata la historia de Moshé durante la batalla contra los amalekitas. Cuando los israelitas miran hacia arriba, ganan. Cuando miran hacia abajo, comienzan a perder.

Es por eso que la opinión negativa de la identidad judía ha prevalecido con tanta frecuencia en los tiempos actuales (los judíos son los odiados, Israel es la nación aislada, ser judío es negarle a Hitler la victoria póstuma) es tan mal interpretada, y por qué una de cada dos personas de ascendencia judía, que han sido educadas bajo esta concepción, elige casarse con una no judía, interrumpiendo la continuidad del judaísmo[2].

El historiador económico de Harvard, David Landes, en su libro The Wealth and Poverty of Nations (La riqueza y la pobreza de las naciones) analiza la cuestión de por qué algunos países no son capaces de crecer en el plano económico mientras que otros lo hacen espectacularmente. Después de más de 500 páginas de un de un detallado análisis, llega a la siguiente conclusión:

En este mundo triunfan los optimistas, no porque siempre tengan razón, sino porque tienen una actitud positiva. Aunque se equivoquen, son positivos, y ese es el camino de los logros: corrección, mejora y éxito. El optimismo bien regulado, mirado con ojos bien abiertos, triunfa. Al pesimismo solo le queda el consuelo vacío de tener la razón[3].

Yo prefiero utilizar la palabra “esperanza” en lugar de “optimismo.”  El optimismo es creer que las cosas pueden mejorar; la esperanza es la convicción de que juntos podemos mejorar las cosas. Ningún judío que conozca la historia de su pueblo puede ser optimista, pero ningún judío que se precie de serlo abandonará la esperanza. Los más pesimistas de los Profetas, desde Amós hasta Jeremías, fueron sin embargo voces de esperanza. Por su derrotismo, los espías fracasaron como líderes y como judíos. Ser judío es ser agente de la esperanza.

Sin duda, el más notable de todos los comentaristas del episodio de los espías ha sido el Lubavitcher Rebe, Rabí Menajem Mendel Schneerson. Él planteó la pregunta obvia. La Torá señala enfáticamente que los espías eran todos líderes, príncipes, cabezas de sus tribus. Sabían que Dios estaba con ellos y que con su sostén no había nada que no pudieran lograr. Sabían que Dios no les habría prometido la tierra si no la pudieran conquistar. ¿Por qué, entonces, volvieron con un informe negativo?

Su respuesta revierte totalmente la versión convencional de los espías. Dijo que tuvieron miedo del éxito, no de la derrota. Lo que le dijeron al pueblo fue una cosa, lo que les llevó a decir eso fue otra.

¿Cuál era la situación en ese momento en el desierto? Vivían en una cercana y continua proximidad con Dios. Tomaban agua de una roca. Comían el maná del cielo. Estaban rodeados por las Nubes de Gloria. Los milagros los acompañaban a lo largo del camino.

¿Cuál hubiera sido la situación en la tierra? Deberían librar batallas, arar la tierra, plantar semillas, cosechar, crear y sostener un ejército, una economía y un sistema de bienestar social. Tendrían que hacer lo que toda nación hace: vivir el mundo real del espacio empírico. ¿En qué se transformaría, entonces, su relación con Dios? Claro, Él seguiría estando  presente en la lluvia necesaria para el crecimiento de los granos, en las bendiciones de los campos y las ciudades, y en el Templo de Jerusalem al que concurrirían tres veces por año, pero nunca visible, ni íntima ni milagrosamente como en el desierto. Eso es lo que temían los espías: no la derrota sino el éxito.

Esto, dijo el Rebe, fue un pecado noble, pero pecado al fin. Dios quiere que vivamos en el mundo real de las naciones, con economía y ejércitos. Dios quiere, como Él dijo, que procedamos a crear “un lugar para habitar en el mundo inferior”. Él quiere traernos la Shejiná, la Divina Presencia, al mundo de todos los días. Es fácil encontrar a Dios desde el encierro total, al escapar de las responsabilidades. Es más difícil encontrar a Dios en la oficina, en el negocio, en los campos, las fábricas y financieras. Pero ese es el duro desafío al cual nos ha convocado: crear un espacio para  Dios en medio del mundo físico que Él creó y que siete veces calificó como bueno. Eso fue lo que no lograron comprender los diez espías y que resultó en fue una falla espiritual que condenó a toda una generación a errar inútilmente durante cuarenta años.

Las palabras del Rebe resuenan hoy con mayor intensidad que cuando las pronunció por primera vez. Se trata de una declaración profunda de lo que es la tarea judía. También representa una fina analogía con un concepto que ha entrado en la psicología en un tiempo relativamente reciente: el temor al éxito[4].  Ya estamos familiarizados con la idea del temor al fracaso. Es lo que muchas veces nos impide asumir riesgos, y nos  hace quedaren la zona de confort.

No menos real, sin embargo, es el temor al éxito. Deseamos tener éxito, así nos lo decimos a nosotros mismos y a los demás. Pero, inconscientemente, tememos que nos pueda traer nuevas responsabilidades y expectativas lo que encontramos resultar difícil de cumplir. Entonces, no logramos ser lo que pudiéramos haber sido, si alguien nos hubiera generado confianza en nosotros mismos.

El antídoto contra el temor, tanto al fracaso como al éxito, yace en el pasaje con el que concluye la parashá: el precepto de los tzitzit (Números 15: 38-41).  Se nos ordena colocar los flecos sobre nuestra vestimenta, con una hilacha de color azul. El azul es el color del cielo y del firmamento. También, es el color que vemos cuando miramos hacia arriba (por lo menos en Israel, en Inglaterra más frecuentemente vemos nubes). Cuando aprendemos a mirar hacia arriba, nuestros temores son superados. Los líderes dan confianza a las personas mirar hacia arriba. No somos saltamontes, a no ser que creamos serlo.

  1. ¿Cómo podemos pensar que  los tzitzit son como un antídoto contra los temores descritos en este texto?
  2. ¿Puedes imaginarte el atractivo que tenía el estilo de vida que los diez espías temían dejar?
  3. ¿Cómo podemos traer la Shejiná a nuestra vida práctica de todos los días?

[1] Rosabeth Moss Kanter, Confidence, Random House, 2005, 325.

[2] National Jewish Population Survey 1990: A Portrait of Jewish Americans, Pew Research Center, October 1, 2013.

[3] David Landes, The Wealth and Poverty of Nations, London, Little, Brown, 1998, 524.

[4] A veces denominada el “la complejidad Ioná”, por el Profeta. Ver Abraham Maslow, The Farther Reaches of Human Nature, Harmondsworth, Penguin Books, 1977, 35-40.


Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan