¿Poder o influencia? (Behaaloteja 5781)

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En un hermoso pasaje de la parashá de esta semana, Moshé revela la dimensión de su generosidad como líder. Aparece después de  uno de sus momentos de desesperación más profundos. El pueblo, como de costumbre, se había estado quejando esta vez por la comida. Estaban cansados del maná. Querían comer carne. Moshé, consternado porque ellos aún no habían comprendido que deben aceptar las dificultades  de la libertad, ruega morir. “Si es así como Tú me tratas,” le dice a Dios, “por favor mátame ya mismo – si he hallado favor en Tus ojos – y no me hagas enfrentar mi propia ruina”. (Números 11:15)

Dios le dice que nombre a setenta ancianos para que lo ayuden  a soportar el peso del liderazgo. Así lo hace, y el Espíritu Divino recae sobre ellos. Pero también lo hace sobre otros dos hombres, Eldad y Medad, que no estaban entre los setenta anteriores. Evidentemente, Moshé eligió seis hombres de cada tribu, lo cual daba un total de setenta y dos, y después quitó  a Eldad y Medad. Sin embargo, ellos dos fueron incluidos en el acto de la inspiración[1].

Ieoshúa, el asistente de Moshé, le advierte qué eso era una amenaza potencial, pero Moshé le responde con una magnanimidad espléndida: “¿Estas celoso por mí? ¡Desearía que todas las personas del Señor fueran profetas y que Él pudiera colocar Su Espíritu sobre ellos!” (Números 11:29)

Esto contrasta enormemente con su conducta posterior cuando su liderazgo es cuestionado por Koraj y sus seguidores. En esa ocasión, no mostró delicadeza ni generosidad. Por el contrario, ruega que los trague la tierra, y que “bajen vivos al ámbito de los muertos”. (Números 16:28-30). Allí tiene una actitud decisiva, fuerte y despiadada. ¿A qué se debe esta  respuesta distinta con respecto a Eldad y Medad por un lado, y a Koraj por el otro?

Para comprender esto, es esencial entender la diferencia entre dos conceptos que se confunden con frecuencia: el poder y la influencia. Tendemos a pensar que son similares, si no idénticos. Las personas con poder son influyentes. Pero estos dos conceptos son bastante distintos y operan con una lógica diferente, como lo demuestra este simple experimento.

Imagina que tienes un poder total. Todo lo que dices, se hace. Un día decides compartir tu poder con otras nueve personas. Ahora tienes, en el mejor de los casos, un décimo del poder que tenías antes. Ahora imagina que tienes una cierta medida de influencia. Decides compartir tu influencia con nueve personas más a quienes haces tus  socios. Ahora tienes diez veces más influencia que antes, porque en vez de estar solo, tienes nueve personas más que transmiten tu mensaje.

El poder funciona por división, la influencia por multiplicación. El poder, en otras palabras, es un juego de suma cero: cuanto más compartes, menos tienes. La influencia es lo contrario: cuanto más compartes, más tienes.

A lo largo de los cuarenta años como líder de la nación, Moshé mantuvo  dos roles de liderazgo diferentes. Fue Profeta,  Torá a los israelitas y comunicándose con Dios. También, fue el equivalente de un rey liderando al pueblo en sus travesías, dirigiendo su destino y proveyendo sus necesidades. El único rol que no asumió fue el de Sumo Sacerdote, que le correspondió a su hermano Aarón.

Esa dualidad la podemos ver más adelante en la narrativa cuando nombra a Ieoshúa como su sucesor. Dios le ordena: “Toma a Ieoshúa, hijo de Nun, hombre de espíritu, y posa tu mano sobre él…otórgale algo de tu honor (hod) para que toda la comunidad israelita le obedezca”. (Números 27:18-20)

Observen los dos actos distintos. En el primer acto: “posa tu mano (vesamajta) sobre él,” es el origen del término semijá, por la cual un Rabino ordena  a un discípulo, otorgándole  la autoridad para imponer reglas por mérito propio. Los rabinos vieron a su rol como la continuidad de la de los profetas (Moshé recibió la Torá en Sinaí y la transmitió a Ieoshúa; Ieoshúa a los mayores; los mayores a los Profetas, y los Profetas la entregaron a los integrantes de la Gran Asamblea”) (Mishná Avot 1: 1). Moshé, mediante este acto de semijá, le estaba otorgando a Ieoshúa su rol de Profeta.

En el otro acto, “otórgale algo de tu honor,” le estaba asignando el rol de rey. La palabra hebrea hod, honor, está asociada al reinado, como en la frase bíblica hod maljut, “el honor del reinado”. (Dan 11:21; Crónicas 29:25).

Los reyes tenían poder – incluyendo el de la vida y la muerte (ver Ieoshúa 1:18). Los profetas no lo tenían, pero tenían influencia, no solo en vida, sino en muchos casos hasta en nuestros días. Parafraseando a Kierkegaard: cuando un rey muere, su poder termina. Cuando un profeta muere, su influencia continúa.

Ahora podemos ver con exactitud por qué la reacción de Moshé fue tan diferente en el caso de Eldad y Medad y en el de Koraj y sus seguidores. Eldad y Medad no buscaron ni recibieron poder alguno. Obtuvieron la misma influencia: el Espíritu Divino que emanaba de Moshé. Se transformaron en Profetas. Es por eso que Moshé dijo: “Ojalá que todas las personas de Profetas y que Él pudiera colocar su espíritu sobre ellas”. La profecía no es un juego de suma cero. Cuando se trata de liderazgo como influencia, cuanto más compartimos más tenemos.

Koraj, o al menos algunos de sus seguidores, buscaban poder, y el poder es un juego de suma cero.  Cuando se trata de maljut, el liderazgo del poder, la regla es: “Hay un líder por generación, no dos[2]”.  En el reinado, el deseo de poder equivale a un golpe de estado y debe ser resistido por la fuerza. De lo contrario, el resultado es la  división de la nación en dos, como ocurrió con la muerte del Rey Salomón. Moshé no podía permitir que el desafío de Koraj quedara sin respuesta sin comprometer fatalmente su propia autoridad.

Por lo tanto, el judaísmo delimita con claridad el límite entre el liderazgo por influencia y el liderazgo por poder. Es un apoyo sin limitación al primero y es profundamente ambivalente con respecto al segundo. El Tanaj presenta una polémica sostenida contra el uso del poder. Todo poder, según la Torá, le corresponde a Dios. La Torá reconoce la necesidad, en un mundo imperfecto, del uso coercitivo de la fuerza para sostener la vigencia de la ley y la defensa del reino. De ahí, la aceptación de la elección de un Rey, si ese fuera el deseo del pueblo[3].  Pero es claramente una concesión, no lo ideal[4].

El verdadero liderazgo propuesto por el Tanaj y por el judaísmo rabínico es el de la influencia, sobre todo la de los Profetas y maestros. Como hemos mencionado en muchas oportunidades, este es el máximo elogio dado por la tradición a Moshé. Lo conocemos como Moshé Rabenu, Moshé, nuestro maestro. Moshé fue el primero de una larga lista de personajes de la historia judía  (entre ellos Ezra, Hillel, Rabán Iojanán ben Zakai, Rabí Akiva, los estudiosos de la Edad Media), que representa una de las ideas más revolucionarias del judaísmo: el maestro como héroe.

El judaísmo fue la primera y más grande civilización en promover su supervivencia a través de la educación, las casas de estudio y el aprendizaje como experiencia religiosa, aún más que el rezo[5]. La razón es la siguiente: los líderes son personas que pueden movilizar a otras para que actúen de determinada manera. Si lo logran, es porque tiene poder sobre ellos, o sea, tratan a los individuos como medio, no como fin: como cosas, no personas. No por casualidad, el escritor más grande sobre el liderazgo como poder fue  Maquiavelo.

El otro enfoque es el de hablar de las necesidades y aspiraciones del pueblo, enseñar cómo lograrlas juntos como grupo. Esto se logra a través del poder como visión, la fuerza de la personalidad, la capacidad de compartir ideales en un lenguaje con el que las personas puedan identificarse, y la capacidad de “formar muchos discípulos”, que puedan continuar ese trabajo en el futuro. El poder disminuye a aquellos sobre quienes se ejerce. La influencia y la educación los agranda y eleva.

El judaísmo constituye una protesta constante contra lo que Hobbes llama “la inclinación generalizada de toda la humanidad,” o sea, “un inquieto y perpetuo deseo de poder tras poder, que cesa solo con la muerte[6]”. Ese puede  ser el motivo por el cual los judíos, raramente, han ejercido el poder por períodos prolongados, pero han tenido una influencia en el mundo fuera de toda proporción a su número.

No todos  tenemos poder, pero todos tenemos influencia. Es por eso que cada uno de nosotros puede ser líder. Las formas más importantes de liderazgo provienen no de la posición, título o vestimentas del oficio, ni  por prestigio y poder, sino por la voluntad de trabajar con otros para lograr lo que solos no podríamos hacer:   hablar, escuchar, enseñar, aprender, tratar las opiniones de los demás respetuosamente aun cuando no estamos de acuerdo, explicar pacientemente y con convicción  lo que creemos y por qué hacemos lo que hacemos; así también al alentar a los otros, elogiar sus mejores logros y desafiarlos para mejorar aún más. Elige siempre la influencia antes que el poder. Ayuda a cambiar a personas que pueden cambiar el mundo.


  1. ¿Cuál era la preocupación de Ieoshúa sobre Eldad y Medad?
  2. ¿Por qué Moshé le contestó a Ieoshúa que deseaba que toda persona fuera profeta?
  3. Según el Rabino Sacks, todos tenemos influencia. ¿Cómo puedes aplicar tu influencia para producir un impacto positivo en el mundo?

[1] Ver Sanedrín 17a.

[2] Sanedrín 8a.

[3] Deuteronomio 17:15-2-; Samuel I 8.

[4] Es la opinión de Ibn Ezra, Rabenu Bachya y Abarbanel.

[5] Ver Shabat 10a.

[6] Hobbes, The Leviathan, part 1, cap.. 11


Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan