Celebrar (Vaiakel – Pekudé 5781)

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Si los líderes de hoy quisieran sacar lo mejor de sus liderados, deberían darles la oportunidad de mostrarles que son capaces de lograr grandes cosas y luego celebrar sus logros. Eso es lo que ocurrió en un momento clave sobre el final de nuestra parashá, el que lleva al libro de Éxodo a una conclusión sublime después de todo lo ocurrido.

Los israelitas finalmente han terminado la construcción del Tabernáculo. Leemos entonces:

Por lo tanto todo el trabajo del Tabernáculo, la Tienda de Reunión, fue completado. Los israelitas hicieron todo lo que Dios le había ordenado a Moshé… Moshé inspeccionó el trabajo y vio que habían hecho todo según lo ordenado por Dios. Entonces Moshé los bendijo. (Éxodo 39:32, 43)

El pasaje parece simple, pero para el oído aguzado recuerda otro texto bíblico sobre el final de la narrativa de la Creación en Génesis:

Los cielos y la tierra fueron completados en todo su vasto esplendor.  El séptimo día, Dios concluyó el trabajo que Él había hecho; entonces en el séptimo día Él descansó de todo su trabajo. Entonces Dios bendijo el séptimo día y lo hizo sagrado, porque en ese día descansó por todo el trabajo de creación que Él había hecho. (Génesis 2: 1-3)

Las tres palabras claves aparecen en ambos pasajes: “trabajo”, “completado” y “bendecido”. Los ecos verbales no son casuales. Es la forma en que la Torá señala la intertextualidad, sugiriendo que una ley o una historia deben ser leídas en el contexto de otra. En este caso, la Torá hace énfasis en que Éxodo concluye como comienza Génesis, con un trabajo de creación. Observen la diferencia, así como la semejanza. Génesis comienza con un acto de creación Divino. Éxodo concluye con un acto de creación humana.

Cuanto más minuciosamente examinamos ambos textos, más confirmamos cuán intrínseco es el paralelismo de la construcción. La descripción de la creación en Génesis está ligada rigurosamente a series de siete. Son siete los días de la Creación. La palabra “bueno” aparece siete veces. La palabra “Dios”, treinta y cinco y la palabra “tierra”, veintiún veces. El comienzo del versículo de Génesis contiene siete palabras, el segundo, catorce, y los tres versículos de la conclusión, 35 palabras. Siempre múltiplos de siete. El texto completo tiene 469  (7×67) palabras.

La descripción de la construcción del Tabernáculo en Vaiakel-Pekudé también está construida alrededor del número siete. La palabra “corazón” aparece siete veces en Éxodo 35:5-29, al especificar Moshé los materiales a ser utilizados en la construcción, y nuevamente siete veces en 35:34 – 36:8, en la descripción de cómo los artesanos Bezalel y Oholiav llevaron a cabo su tarea. La palabra terumá, “contribución”, aparece siete veces en esta sección. En el capítulo 39 que describe la confección de las vestimentas sacerdotales, la frase “como Dios Le ordenó a Moshé” se repite  siete veces. Y, nuevamente, otras siete más en el capítulo 40.

Se desarrolla un paralelo notable entre la creación del universo por parte de Dios y la creación del Santuario por los israelitas. Ahora comprendemos lo que representa el Santuario. Era un microcosmos, un universo en miniatura, construido con la misma precisión y “sabiduría” como el universo mismo, un espacio de orden contra la vasta falta de forma del desierto y contra el continuo caos amenazador del corazón del ser humano. El Santuario era un recordatorio visible de la presencia de Dios en el campamento, en sí una metáfora de la presencia de Dios en el Universo en su totalidad.

Una gran y trascendental idea está tomando forma. A los israelitas —que han sido retratados a lo largo de una buena parte del libro Éxodo como desagradecidos y tibios—  se les ha dado ahora la oportunidad, después del pecado del Becerro de Oro, de mostrar que no son irredimibles, y ellos abrazaron esa oportunidad. Han probado ser capaces de grandes cosas. Han mostrado que pueden ser creativos. Han utilizado su generosidad y su habilidad para construir un mini universo. Mediante este acto simbólico han demostrado ser capaces de transformarse, utilizando la frase rabínica, “socios de Dios en la tarea de la creación”.

Esto fue fundamental para la vuelta a la moralización y para su autoimagen como pueblo del pacto con Dios. El judaísmo no tiene una visión limitada de la posibilidad humana. No creemos estar mancillados por el pecado original. No somos incapaces de alcanzar grandeza moral. Por el contrario, el mero hecho de que fuimos creados a imagen del Creador significa que los humanos —a diferencia de otros seres vivientes — tenemos la capacidad de ser creativos. Al llegar a su culminación del primer logro creativo de Israel, Moshé los bendijo, diciendo, según los sabios, “Que sea la voluntad de Dios que Su presencia esté presente en la labor de vuestras manos[1]”. Nuestra grandeza potencial reside en que podemos crear estructuras, relaciones y vidas que constituyen hogares para la Presencia Divina.

Al bendecirlos y celebrar sus logros, Moshé les mostró lo que podían llegar a ser. Esa es una experiencia potencialmente transformadora de vida. Acá tenemos un ejemplo contemporáneo:

En el año 2001, poco después del 11 de septiembre, recibí una carta de una mujer en Londres cuyo nombre no reconocí de inmediato. Me contó que en la mañana del ataque de las Torres Gemelas, yo estaba dando una conferencia sobre las formas de elevar el nivel de la profesión educativa, y que ella había leído un informe al respecto en los medios. Eso la impulsó a escribirme para recordar el encuentro que habíamos tenido ocho años atrás.

En ese entonces, en el año 1993, ella era  la Directora de una escuela que estaba en franca decadencia. Escuchó algunas de mis charlas radiales, sintió una identificación con lo que yo pensaba y decía, y consideró que podía ser una solución a su problema. La invité a ella y a dos de sus colaboradoras a mi casa.  La historia que me contó fue la siguiente: El ánimo en la escuela, tanto de los maestros, como de los alumnos y los padres, estaba en su nivel más bajo. Los padres estaban retirando a sus hijos. La cantidad de alumnos inscriptos había bajado de 1000 a 500. Los resultados de los exámenes eran malos: sólo el 8 por ciento sacó buenas notas. Estaba claro que si no se producía un cambio dramático la escuela debía cerrar.

Hablamos durante más o menos una hora sobre temas generales: la escuela como comunidad, cómo crear una ética, etc. De repente, me di cuenta que estábamos yendo por un camino equivocado. El problema que ella enfrentaba era práctico, no filosófico. Dije: “Debes adoptar una palabra: celebrar”. Me miró y me dijo suspirando, “Usted no entiende, no tenemos nada para celebrar. En la escuela todo anda mal”. “En tal caso”, repliqué entonces “busca algo para celebrar. Si un solo alumno le va mejor esta semana que la anterior, celebra. Si hay un cumpleaños, celébralo. Si es martes, celébralo”. No parecía estar muy convencida, pero decidió intentarlo.

Ahora, ocho años más tarde, me escribió para contarme lo que ocurrió desde ese entonces. Los resultados de los exámenes exitosos pasaron del 8 al 65 por ciento. La cantidad de alumnos aumentó de 500 a 1000. Y dejando la mejor noticia para el final, me informó que la habían honrado con el título de Dama del Imperio Británico (uno de los mayores honores que otorga la Reina) por su contribución a la educación.  Finalizó diciendo cómo una sola palabra había cambiado su escuela y su vida.

Era una educadora magnífica, y seguramente no necesitaba mi consejo. Podría, de cualquier manera,  haber encontrado esa respuesta por las suyas. Pero yo nunca dudé de que la estrategia tuviera éxito ya que todos crecemos para cumplir con las expectativas que otros tienen sobre nosotros. Si son bajas, permanecemos pequeños. Si son altas, caminaremos erguidos.

La idea de que cada uno de nosotros tiene un nivel determinado de inteligencia, virtud, capacidad académica, motivación y potencia, es absurda. No todos podemos pintar como Monet o componer como Mozart. Pero cada uno de nosotros tiene sus dones, capacidades, que pueden permanecer adormecidas hasta que alguien las despierta. Podemos arribar a alturas que nunca pensábamos que serían posibles. Todo lo que se requiere es encontrar a alguien que crea en nosotros, que nos desafíe, y que una vez que hemos respondido a ese desafío, bendiga y celebre nuestros logros. Eso fue lo que hizo Moshé por los israelitas después del pecado del Becerro de Oro. En primer lugar los hizo crear, y luego los bendijo, junto con su creación, mediante una de las bendiciones más sencillas y movilizantes: que la Shejiná viva en el trabajo de sus manos.

La celebración es una parte esencial de la motivación. Dio vuelta a una escuela. En una era más antigua y en un contexto más sagrado, dio vuelta a los israelitas. Por lo tanto, celebremos.

Cuando celebramos los logros de otros, cambiamos vidas.


  1. ¿Por qué crees que estos pasajes de la creación están estructurados por múltiplos de siete?
  2. ¿Por qué tuvo el consejo del Rabino Sacks un impacto tan profundo en la escuela del relato?
  3. ¿Puedes aplicar esta idea de la celebración al grupo de personas con las cuales trabajas o te relacionas?

[1] Sifri, Bamidbar, Pinjás, 143.


Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan