El festival de luces que significa una fe inextinguible

Lo que encuentro fascinante de Januca, la fiesta judía de las luces que celebramos en esta época del año, es la forma en que su historia fue transformada por el tiempo.

Comenzó como la simple historia de una victoria militar, el éxito de Yehudá el Macabeo y sus seguidores en su lucha por la libertad religiosa contra el dominio represivo del emperador sirio-griego Antíoco IV. Antíoco, quien se llamaba a sí mismo modestamente, Epífanes, «Dios manifestado», había decidido helenizar por la fuerza a los judíos.

Hizo erigir una estatua de Zeus al interior del templo en Jerusalem, ordenó que se hicieran sacrificios a los dioses paganos y prohibió los ritos judíos bajo pena de muerte. Los macabeos se defendieron y en tres años habían reconquistado Jerusalén y reinaugurado el Templo a su uso debido. Así es como se cuenta la historia en el primer y segundo libro de Macabeos.

Sin embargo, las cosas no continuaron tan tranquilas de ahí en adelante. La nueva monarquía judía, conocida como reyes Jasmoneos, se helenizó. También provocaron la ira de la gente al romper uno de los principios del judaísmo: la separación entre religión y poder político. Se convirtieron no solo en reyes, sino también en sumos sacerdotes, algo que los monarcas anteriores nunca habían hecho.

Incluso en el ámbito militar, la victoria sobre los griegos resultó ser solo un respiro temporal. En el siguiente siglo, Pompeyo invadió Jerusalem e Israel quedó bajo el dominio romano. Luego vino la desastrosa rebelión contra Roma (66-73), resultando en la derrota de Israel y la destrucción del Templo. El trabajo de los Macabeos se encontraba ahora en ruinas.

Algunos rabinos de la época creían que la fiesta de Januca debería abolirse. ¿Por qué celebrar una libertad que se había perdido? Otros no estuvieron de acuerdo y su opinión prevaleció. Puede que se haya perdido la libertad, pero no la esperanza.

Fue entonces cuando salió a la luz otra historia, sobre cómo los Macabeos, al purificar el Templo, encontraron una única vasija de aceite, con su sello aún intacto, con la cual volvieron a encender la Menorá, el gran candelabro del Templo. Milagrosamente la luz duró ocho días y eso se convirtió en la narrativa central de Januca. Se convirtió en un festival de luz dentro del hogar judío que simbolizaba una fe que no podía extinguirse. Su mensaje fue capturado en una frase del profeta Zacarías: «No con ejército ni con fuerza, sino con mi espíritu, dice el Señor Todopoderoso».

A menudo me he preguntado si esa no es si no la historia humana, no solo la judía. Celebramos victorias militares. Contamos historias sobre los héroes del pasado. Conmemoramos a quienes dieron su vida en defensa de la libertad. Eso es como debe ser. Sin embargo, las verdaderas victorias que determinan el destino de las naciones no son militares sino culturales, morales y espirituales.

En Roma, el hermano de Tito, Domiciano, erigió el Arco de Tito para conmemorar la victoriosa rendición al asedio romano de Jerusalén en el año 70. Muestra a los soldados romanos llevándose el botín de guerra, el más famoso es la Menorá de siete brazos. Roma ganó ese conflicto militar. Sin embargo, su civilización decayó y cayó, mientras que los judíos y el judaísmo sobrevivieron.

Lo hicieron sobre todo al menos por la propia Januca. Este simple acto de familias que se unen para encender las luces, contar la historia y cantar las canciones, resultó más poderoso que los ejércitos y más duradero que los imperios. Lo que perduró no fue la narrativa histórica como se cuenta en los libros de los Macabeos, sino la historia más simple y más fuerte que hablaba de una sola vasija de aceite que sobrevivió a los escombros y la profanación, y la luz que irradió y que siguió ardiendo.

Algo en el espíritu humano sobrevive incluso a la peor de las tragedias, lo que nos permite reconstruir vidas destrozadas, instituciones quebradas y naciones heridas. Esa para mí es la historia judía. Los judíos sobrevivieron a todas las derrotas, expulsiones, persecuciones y pogroms, incluso al propio Holocausto, porque nunca abandonaron la fe de que algún día serían libres para vivir como judíos sin miedo. Cada vez que visito una escuela judía hoy veo en los rostros sonrientes de los niños el poder siempre renovado de esa fe cuyo símbolo es Januca y su luz de esperanza inextinguible.

Publicado por primera vez en The Times.

Traductor

Carlos Gómez