Por qué Januca es la fiesta ideal de libertad religiosa

Publicado originalmente el 7 de Diciembre de 2015

Januca es la festividad en la que los judíos celebran su triunfo en la lucha por la libertad religiosa hace más de dos mil años. De manera trágica, esa lucha no es menos importante hoy en día – y no sólo para los judíos, sino para personas de todas las creencias.

La historia judía es sencilla. Alrededor del 165 a.e.C., Antíoco IV, el gobernador de la rama siria del imperio alejandrino, comenzó a imponer la cultura griega a los judíos de la Tierra de Israel. Se desviaron fondos del Templo a juegos públicos y concursos de teatro. Se erigió una estatua de Zeus en Jerusalem. Se prohibieron rituales judíos religiosos como la circunsición y la observancia del Shabbat. Aquellos que los cumplían eran perseguidos. Fue una de las grandes crisis en la historia judía. La destrucción del judaísmo, el primer monoteísmo del mundo, era una posibilidad real.

Un grupo de judíos piadosos se rebeló. Liderados por un sacerdote, Matatías de Modiin, y su hijo, Yehuda, el Macabeo, comenzaron a luchar por la libertad. Superados numéricamente, sufrieron enormes pérdidas, pero, luego de tres años, lograron asegurar una victoria decisiva. Jerusalem fue recuperada a manos judías. Se reinauguró el Templo. Los festejos duraron ocho días. Januca, que significa “reinauguración”, se estableció como una fiesta que perpetúa la memoria de aquellos días.

Han pasado casi veintidós siglos desde entonces. Sin embargo, la libertad religiosa, consagrada en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, sigue en peligro en muchas partes del mundo. Los cristianos son perseguidos a lo largo de Medio Oriente y partes de Asia. En Mosul, la segunda ciudad de Irak, se tortura, crucifica y decapita a cristianos. Se expulsó a la comunidad cristiana, una de las más antiguas del mundo. Los yazidíes, miembros de una antigua secta religiosa, sufren la amenaza del genocidio.

En Nigeria, Boko Haram, un grupo islamista, captura niños cristianos y los vende como esclavos. En Madagali, secuestran y decapitan a hombres cristianos, y sus mujeres son convertidas a la fuerza al Islam y tomadas como esposas por los terroristas. Boko Haram no se limita a perseguir cristianos: también apunta al Islam moderado, y probablemente es el responsable del ataque a la Mezquita Central de Kano.

La violencia religiosa sectaria en la República Centroafricana provocó la destrucción de prácticamente todas sus 436 mezquitas. En Myanmar, 140.000 musulmanes rohinyás y 100.000 cristianos de Kachin fueron obligados a dejar sus hogares. No resulta sorprendente que el informe del 2015 de la Comisión Estadounidense de Libertad Religiosa Internacional hable de “crisis humanitarias agravadas por olas de terror, intimidación y violencia”.

Los países donde la crisis recrudece incluyen Myanmar, China, Eritrea, Irán, Corea del Norte, Arabia Saudita, Sudán, Turkmenistán, Nigeria, la República Centroafricana, Egipto, Irak, Pakistán, Tayikistán y Vietnam. Solamente en Siria, donde se están cometiendo algunos de los peores crímenes de lesa humanidad, hay 6,5 millones de desplazados internos, y otros 3.3 millones de refugiados.

La violencia no se limita a esos lugares. Como resultó evidente en el reciente atentado terrorista en París en el que 130 personas fueron asesinadas, la globalización significa que un conflicto de cualquier lugar puede exportarse a cualquier otro. Es difícil encontrar un precedente en la historia reciente de esta ola creciente de caos y barbarie. El final de la Guerra Fría no resultó ser el comienzo de una era de paz, sino una era de proliferación de conflictos tribales, étnicos y religiosos. Región tras región se ha ido asimilando a lo que Thomas Hobbes llamó “la guerra de todos contra todos”, en la que la vida se vuelve “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”.

¿Hay alguna forma de salir del laberinto? Hace más de medio siglo, el filósofo de Oxford John Plamenatz señaló que la libertad religiosa nació en Europa luego de una serie devastadora de guerras religiosas. Todo lo que se necesitó fue un simple cambio: de la creencia de que “la fe es lo más importante; por lo tanto, todos deben honrar la única fe verdadera” a la creencia de que “la fe es lo más importante; por lo tanto, todos deben ser libres de honrar su propia fe”.

Esto significaba que, sin importar qué religión sea la predominante, las personas de todas las creencias tenían libertad de obedecer a su propia conciencia. La conclusión más sorprendente de Plamenatz era que “la libertad de conciencia no nació de la indiferencia, el escepticismo o de la mera apertura mental, sino de la propia fe”. El mismo hecho de que mi religión me resulte importante me permite apreciar que tu religión – tan distinta a la mía- no es menos importante para ti.

Se necesitó mucho derramamiento de sangre antes que la gente esté preparada para reconocer esta verdad sencilla. Por eso, nunca debemos olvidar las lecciones del pasado si queremos evitar repetir los mismos errores. Januca nos recuerda que la gente siempre lucha por la libertad religiosa, y que los intentos de privarla de ella siempre terminan en fracaso.

El símbolo de Januca es la Menorá que encendemos durante ocho años en recuerdo del candelabro del Templo, purificado y reinaugurado por los Macabeos hace tantos siglos. La fe es como una llama: cuidada apropiadamente, da luz y calidez; pero, librada al viento, puede arder y destruir. En el siglo veintiuno, necesitamos un Januca global: una fiesta de libertad para todas las religiones del mundo. Porque aunque mi fe no sea la tuya y tu fe no sea la mía, si los dos somos libres de encender nuestra propia llama, juntos podemos remover las tinieblas del mundo.

TRADUCTOR

Ezequiel Antebi Sacca

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