Palabras que sanan (Tazria-Metzorá 5780)

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En A Beautiful day in the neighborhood (Un hermoso día en el barrio) Tom Hanks actúa como el adorado productor y presentador de programas infantiles de televisión Fred Rogers, una figura legendaria para varias generaciones de jóvenes norteamericanos,  famoso por su tema musical “¿Quieres ser mi vecino?”

Lo inusual de esta película es que es una audaz representación del poder de la bondad humana para sanar corazones partidos. Hoy ese tipo de mensajes morales directos están limitados a películas para niños (algunas, desde ya, geniales). Es tal el poder y la sutileza de este film, que cuesta descartarlo por simple o ingenuo.

El guión está basado en una historia real. Una revista decidió publicar una serie de notas personales sobre el tema del heroísmo y asignó la tarea de escribir la nota sobre Rogers a uno de sus periodistas más destacados. Sin embargo, el redactor era un alma conflictuada. Había terminado mal la relación con su padre. Se habían  peleado físicamente durante el casamiento de su hermana. El padre intentó reconciliarse con él, pero el periodista se negó.

La naturaleza agresiva de su personalidad se notaba en sus artículos.  En todo momento reflejaba en su trabajo la satisfacción de destrozar la imagen que el público tenía de sus entrevistados. Dada su reputación, le sorprendió que el astro de la televisión infantil accediera a encontrarse con él. ¿No había leído ninguno de sus artículos? ¿No sabía que correría el riesgo cierto de que describiera una negativa, y quizás, devastadora? Resultó que no solo Rogers había leído todo lo que pudo encontrar, sino que fue la única personalidad que accedió a conversar con él. Todos los demás “héroes” declinaron la invitación.

El periodista se encuentra con Rogers, habiendo visto previamente un episodio completo del espectáculo, con sus títeres, trencitos y ciudades miniatura. Momento ideal para un comentario cínico típico  de personaje de la gran ciudad. Pero Rogers, cuando comienza a hablar, rompe todo estereotipo convencional y cambia el foco de las preguntas de su persona hacia el periodista, detectando casi de inmediato su núcleo de tristeza, cambiando toda pregunta negativa por una afirmación positiva, transmitiendo calma y quietud, el silencio de escuchar, lo que alienta al periodista a hablar sobre sí mismo. 

Es una experiencia notable ver cómo la calma de Hanks, inmóvil pese a la presión, permite gradualmente al periodista – que al fin y al cabo había venido solamente a escribir un resumen de 400 palabras – reconocer sus propios sentimientos con respecto a su padre, le da la fortaleza emocional para perdonarlo y poder reconciliarse con él en el breve tiempo restante antes de su muerte. Este es un fragmento de la conversación, que les dará una idea del tono de la relación:

Periodista: Tú amas a personas como yo.

Fred Rogers: ¿Quiénes son personas como tú? Yo nunca conocí una persona como tú en toda mi vida.

Periodista: Personas quebradas.

Fred Rogers: No creo que estés quebrado. Sé que eres una persona con convicciones. Una persona que sabe la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Trata de recordar que la relación con tu padre también te permitió modelar esa capacidad. Te ayudó a ser la persona que eres.

Observen como con pocas frases breves Rogers ayuda a re enmarcar la autoimagen del periodista, así como la relación con su padre. La misma capacidad de argumentación que lo llevó a pelearse con él era algo que le debía a su padre. La película (aunque no todos los detalles del guión) está basada en una historia real entre Fred Rogers y el periodista Tom Junod. Junod, igual que el personaje de la película, fue a mofarse de él pero terminó inspirado. Dijo sobre su experiencia: “¿En qué consiste la gracia? No estoy seguro; todo lo que sé es que mi corazón pegó un salto, y después, en esa habitación, se abrió como un paraguas.” La película es, como lo expresó un crítico, “una oda a la bondad perfectamente pensada y actuada.”[1]

El tema de esta larga introducción es que el film es una rara y convincente ilustración del poder de la palabra para sanar o herir. Esto, según los Sabios es de lo que trata Tazria y Metzorá. Tsara’at, la enfermedad de la piel cuyo diagnóstico y purificación constituyen el núcleo de las parashiot, es el castigo por lashon hará, maledicencias, y la palabra metzorá, el que padece de ese mal, era, dijeron los sabios, una síntesis de la frase motzi shem ra, el que calumnia a otra persona. El texto clave refiere al caso de Miriam que habló mal de Moshé, y como consecuencia fue castigada con tsara’at (Números 12). Moshé vuelve sobre este incidente muchos años más tarde urgiendo a los israelitas a tomarlo en cuenta: “Recuerden lo que el Señor vuestro Dios hizo a Miriam en el camino de la salida de Egipto.” (Deuteronomio 24:9)

He argumentado que el judaísmo es una religión de palabras y silencios, de hablar y escuchar, comunicar y recibir. Dios creó el universo mediante palabras – “Y Él habló…y así fue” – y nosotros creamos el universo social mediante palabras, con las promesas con las cuales nos obligamos a cumplir las obligaciones con los demás. La revelación de Dios en el Sinaí fue mediante palabras – “Ustedes escucharon palabras pero no vieron forma alguna; solo hubo una voz” (Deuteronomio 4:12). Toda religión de la antigüedad tuvo sus monumentos de ladrillo y piedra; los judíos, exiliados, tenían solamente palabras, la Torá que llevaban consigo a todo lugar que iban. La mitzvá suprema del judaísmo es Shemá Israel, “Oye Israel.” Pues Dios es invisible y nosotros no  construimos íconos. No podemos ver a Dios; no podemos oler a Dios; no podemos tocar a Dios; no podemos saborear a Dios. Lo único que podemos hacer es oír, con la esperanza de poder escuchar a Dios. En el judaísmo, escuchar es un gran arte religioso.

O lo debería ser. Lo que Tom Hanks nos muestra en su representación de Fred Rogers es un hombre capaz de asistir a otras personas, escuchándolas, hablándoles suavemente pero de manera contundente, sin un momento de flaqueza, ni haciendo suponer que todo está bien con ellos o en el mundo. El motivo por el cual es tan interesante como importante, es que es difícil saber cómo escuchar a Dios si no sabemos cómo escuchar a otras personas. ¿Y cómo podemos esperar que Dios nos escuche si no somos capaces de escuchar a los demás?

Todo el tema del habla y el efecto sobre las personas se ha amplificado masivamente por el uso de los celulares inteligentes y las redes sociales y su impacto especialmente entre los jóvenes, y sobre todo en el tono de la conversación pública. Los abusos online son la plaga de nuestra era. Han ocurrido por la facilidad y por el anonimato de la conversación. Da lugar a lo que se ha llamado el efecto de la desinhibición: la gente se siente más libre de ser más grosera y cruel que si la situación hubiera sido cara a cara. En presencia física de otra persona, es difícil olvidar que el otro es un ser viviente como uno mismo, con sentimientos como los propios y vulnerabilidad como la propia. Pero cuando no es así, todo el veneno que uno tiene dentro puede salir, con efectos a veces devastadores. El número de suicidios e intentos de suicidio entre los jóvenes se ha duplicado en los últimos diez años, en la mayoría de los casos atribuidos a las redes sociales. Pocas veces ha sido más necesario y oportuno que las leyes de lashon hará sean cumplidas.

Con el riesgo de adelantar el final, A Beautiful Day in the Neighborhood es un comentario fascinante sobre el antiguo debate del judaísmo, discutido por Maimónides en el sexto de sus Ocho Capítulos, sobre quién es más grande, el jasid, el santo, la persona que es naturalmente buena o el ha-moshel- be-nafshó, el que no es para nada naturalmente santo pero que practica la autorrestricción y suprime los elementos negativos de su personalidad. Es precisamente esa pregunta, cuya respuesta no es  nada obvia, lo que da al film su especial carácter.

Los Rabinos dijeron cosas muy severas sobre lashon hará. Es peor que los tres pecados cardinales – idolatría, adulterio y derramamiento de sangre – combinados. Mata a tres personas: el que lo dice, el destinatario de la maledicencia, y el que lo recibe.[2] Iosef fue víctima del odio de sus hermanos porque habló mal de algunos de ellos. A la generación que salió de Egipto le fue negada la posibilidad de entrar a la tierra prometida porque hablaron mal de ella. El que  practica esto es como si fuera ateo.[3]

Yo creo que necesitamos las leyes de lashon hará más que nunca. Las redes sociales están dominadas por el odio. El lenguaje de la política se ha vuelto ad hominem y vil. Parecemos haber olvidado lo que Tazria-Metzorá nos quiere recordar: que la maledicencia es una plaga. Destruye las relaciones, daña los sentimientos de la gente, rebaja el debate político transformándolo en una contienda entre egos de los contrincantes e impurifica todo lo sagrado de nuestra vida diaria. No es necesario que sea así.


[1] Ian Freer, Empire, 27 January 2020.

[2] Arajin 16b

[3] Arajin 15b

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Traductores

Carlos Betesh