Un palacio en llamas (Lej Lejá 5780)

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¿Por qué Abraham? Esa es la pregunta que nos carcome cuando leemos el comienzo de la parashá de esta semana. He aquí la figura clave de la historia de nuestra fe, el padre de nuestra nación, el héroe del monoteísmo, considerado sagrado no sólo por los judíos, sino también por cristianos y mahometanos. Sin embargo no parece haber ninguna descripción de su edad temprana que nos insinúe por qué fue señalado como la persona a la cual Dios le dijo “Haré de ti una gran nación…y en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. «

Esto es sumamente extraño. La Torá no nos deja duda alguna de por qué Dios eligió a Noaj: “Noaj era un hombre justo, sin mancha en su generación; Noaj caminó con Dios.” También nos da una clara indicación de por qué eligió a Moshé. Lo vemos como un joven, tanto en Egipto como en Midián, interviniendo ante cualquier injusticia, sea cual fuere el causante y contra quién. Dios le dijo a su profeta Jeremías: “Antes de gestarte en la matriz Yo te conocí; antes de que nacieras Yo te aparté; Yo te he nombrado profeta de las naciones.” Obviamente estas eran  personas extraordinarias. No hay información parecida en el caso de Abraham. Por lo tanto los sabios, estudiosos y filósofos se vieron en la obligación de especular, de llenar el hueco de la narrativa, presentando sus propias sugerencias de por qué  Abraham era distinto.

Existen tres explicaciones primarias. La primera es la de Abraham el iconoclasta, el destructor de ídolos. Esto está basado en el discurso del sucesor de Moshé, Yehoshúa, hacia el final del libro que lleva su nombre. Es un pasaje al que se le da preponderancia en la Hagadá en la noche del Seder: “Hace mucho tus ancestros, incluyendo a Teraj el padre de Abraham y Najor, vivieron más allá del río Éufrates y adoraron a otros dioses” (Yehoshúa 24:2). Teraj, el padre de Abraham, era un adorador de ídolos. Según el Midrash, él fabricaba y vendía ídolos. Un día, Abraham destruyó todos los ídolos y se fue, dejando el garrote que había utilizado en manos del ídolo más grande. Cuando volvió su padre y preguntó quién había roto sus dioses, Abraham culpó al ídolo más grande. “¿Te estás mofando de mí?” exclamó el padre. “Los ídolos no pueden hacer nada.” “Entonces,” preguntó el joven Abraham, “¿por qué los adoras?”

Según esta versión, Abraham fue la primera persona en desafiar a los ídolos de su época. Hay algo muy profundo en esta percepción. Los judíos, creyentes o no, muchas veces han sido iconoclastas. Algunos de los pensadores más revolucionarios – ciertamente en la era moderna – han sido judíos. Tuvieron el coraje de desafiar la sabiduría recibida, concebir nuevos pensamientos y ver el mundo de una forma sin precedentes, desde Einstein en física a Freud en psicoanálisis, Schoenberg en música, Marx en economía, Amos Tversky y Daniel Kahneman en economía conductual. Es como si, alojado en la profundidad de nuestro ADN cultural e intelectual, tuviéramos internalizado lo que los sabios dijeron acerca de Abraham ha-ivrí, “el hebreo,” que significaba que él estaba de un lado y el resto del mundo en el otro. (1)

La segunda visión fue expuesta por Maimónides en Mishné Torá: Abraham el filósofo. En una época en la que el pueblo había pasado de la fe original de la humanidad en un único Dios a la idolatría, una persona se opuso a esa tendencia, el joven Abraham, siendo aún un niño: “Apenas destetado, este gran hombre comenzó a activar su mente… Se preguntó: ¿cómo es posible que este planeta esté en continuo movimiento y que no haya un impulsor?… No tenía un maestro, ningún instructor que lo guiara, hasta que encontró el camino de la verdad… y supo que hay Un Único Dios… Cuando Abraham llegó a los cuarenta años reconoció a su Creador.” (2) De acuerdo a este relato, Abraham fue el primer aristotélico, el primer metafísico, la primera persona que a través de su pensamiento llegó a la conclusión que Dios es la fuerza que mueve al sol y las estrellas.

Esto es extraño ya que hay muy poca  filosofía en el Tanaj, con la excepción de libros de sabiduría como los Proverbios, Kohelet y Job. El Abraham de Maimónides puede parecerse más a Maimónides que a Abraham. Pero de todos los pensadores, Friedrich Nietzsche, no precisamente amigo de los judíos, escribió lo siguiente:

Europa les debe a los judíos un agradecimiento no menor por hacer que la gente piense más lógicamente y por establecer hábitos intelectuales más límpidos… En cualquier lugar en que los judíos hayan tenido alguna influencia, han enseñado a hacer distinciones más finas, inferencias más rigurosas, y a escribir de manera más limpia y luminosa; su tarea fue siempre la de llevar a la gente a “escuchar a la razón.”

Friedrich Nietzsche, The Gay Science (3)

La explicación que propuso es fascinante. Afirma que sólo en el terreno de la razón los judíos estaban posicionados de igual a igual con los demás. En cualquier otra situación se encontraban con prejuicios de raza y de clase. “Nada,” escribió, “es más democrático que la lógica.” Por lo tanto los judíos se transformaron en adeptos a la lógica, y según Maimónides, todo comenzó con Abraham.

Pero según el Midrash, hay una tercera visión en el versículo inicial de la parashá:

“El Señor le dijo a Abram: Deja tu tierra, tu lugar de nacimiento, la casa de tu padre.” ¿Con qué puede compararse esto? Con un hombre  que viaja de un lugar a otro,  y ve un palacio en llamas. Se pregunta: “¿Es posible que este palacio no tenga dueño?” El dueño del palacio miró y dijo: “Yo soy el dueño del palacio.” Así, Abraham nuestro padre dijo: “¿Es posible que este mundo no tenga quien lo gobierne?” El Santo, Bendito sea, miró y le dijo: “Yo soy El que gobierna, el Soberano del universo.”

Este Midrash es enigmático. Su significado dista de ser obvio. En mi libro A Letter in the Scroll (Una letra en el rollo) (publicado en Gran Bretaña bajo el título de Radical then, Radical Now [Radical entonces, radical ahora]) argumenté que Abraham estaba impactado por la contradicción existente entre el orden del universo – el palacio – y el desorden de la humanidad – las llamas. ¿Cómo puede ser que en un mundo creado por un Dios bueno, pueda existir tanta maldad? Si alguien se toma el trabajo de construir un palacio, ¿lo deja a merced de las llamas? Si alguien se toma el trabajo de crear el universo, ¿lo deja para ser desfigurado por Sus propias creaciones? Según esta lectura, lo que movilizó a Abraham no fue la armonía filosófica sino lo discordante de la moral. Para Abraham, la fe comenzó con una disonancia cognitiva. Hay una sola forma de resolver está disonancia: protestando y luchando contra la maldad.

Ese es el significado pertinente del Midrash cuando dice que el dueño del palacio manifiesta: “Yo soy el dueño del palacio.” Es como si Dios le estuviera diciendo a Abraham: Te necesito para que Me ayudes a apagar las llamas.

¿Cómo es posible esto? Dios es todopoderoso. Los humanos carecen de poder. ¿Cómo es posible que Dios le diga a Abraham “Necesito que Me ayudes a apagar las llamas”?

La respuesta es que la maldad existe porque Dios le dio a los humanos el don de la libertad. Sin libre albedrío, no podríamos desobedecer las leyes de Dios. Pero al mismo tiempo, no seríamos más que robots, programados para hacer lo que el Creador desee de nosotros. La libertad y su mal uso son el tema de Adán y Eva, Caín y Abel y la generación del Diluvio.

¿Por qué no intervino Dios? ¿Por qué no impidió que los primeros humanos comieran el fruto prohibido o evitó que Caín asesinara a Abel? ¿Por qué no apagó el fuego el dueño del palacio?

Porque al darnos el libre albedrío, Él evitó estar obligado a intervenir en la situación de los humanos. Si Él actuara para impedir cada situación equivocada que estuviéramos por hacer, no tendríamos libertad. Nunca maduraríamos, nunca aprenderíamos de nuestros errores, nunca nos convertiríamos en la imagen de Dios. Existimos como agentes libres sólo por el tzimtzum de Dios, Su autolimitación. Es por eso que, dentro de los términos en los cuales Él creó la humanidad, Él no puede apagar las llamas de la maldad humana.

Él necesita nuestra ayuda. Por eso eligió a Abraham. Abraham fue la primera persona que registra la historia en protestar por la injusticia en el mundo en nombre de Dios, más que aceptarla en el nombre de Dios. Abraham fue el hombre que dijo: “¿Será el Juez de toda la tierra El que no actúe con justicia?” Mientras que Noaj aceptó, Abraham no lo hizo. Abraham es el hombre del cual Dios dijo: “Yo lo he elegido para que lleve a sus hijos y a su familia por la senda del Señor haciendo lo correcto y lo justo.” Abraham fue el padre de una nación, de una fe, de una civilización, marcada a través de los tiempos por lo que Albert Einstein llamó “un amor casi fanático por la justicia.”

Yo creo que Abraham es el padre de la fe, no como ejemplo de aceptación sino como protesta – protesta contra las llamas que incendian el palacio, contra la maldad que amenaza el mundo de la gracia de Dios. Combatimos esas llamas mediante actos de justicia y compasión que niegan la victoria del mal y acercan al mundo un poco más a lo que el mundo debería ser.

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Fuentes

  1. Bereshit Rabá (Vilna), 42:8.
  2. Mishné Torá, Leyes de Idolatría, capítulo 1.
  3. Friedrich Nietzsche, The Gay Science (La Gaya ciencia), traducido con comentarios por Walter Kaufmann, Nueva York, Vintage, 1974, 291.

Traductores

Carlos Betesh