La luz en el arca (Noaj 5780)

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Entre el drama del diluvio inminente y la destrucción de casi toda la creación, ponemos el foco en la construcción del arca por parte de Noaj y oímos una instrucción detallada:

Haz un tzohar para el arca y colócalo a un codo del techo (Génesis 6: 16)

Acá se plantea un problema obvio que es comprender lo que significa la palabra tzohar, ya que no aparece en ningún otro lugar en el Tanaj. Todos están de acuerdo en que se refiere a una fuente de iluminación. Es la que dará luz dentro del arca. Pero, ¿qué era exactamente? Rashi cita un Midrash en el que dos rabinos no se ponen de acuerdo con el significado de la palabra:

Algunos dicen que era una ventana, otros que era una piedra preciosa de la que emanaba luz. (1)

Dicha piedra preciosa tenía la cualidad milagrosa de generar luz en la oscuridad.

Bartenura sugiere que lo que está en juego entre las dos interpretaciones es la etimología en sí de la palabra tzohar. Uno lo conecta con la palabra tzahoraim, que significa “mediodía». En tal caso la luz provendría del sol, del cielo, de afuera. Por lo tanto tzohar significa “ventana, tragaluz.” La otra versión es que tzohar está relacionada con zohar, “radiación,” que implica algo que irradia una luz propia, de ahí la idea de la piedra milagrosa.

Jizkuni y otros sugieren que Noaj tenía ambas, una ventana, (a través de la cual liberó más adelante la cuervo, Génesis 8:6) y alguna forma de luz artificial que durara a lo largo del prolongado período del diluvio, cuando el sol estaba totalmente cubierto por la nube y el mundo estaba envuelto en la oscuridad.

Sigue siendo fascinante preguntar por qué los rabinos del Midrash y Rashi mismo destinarían tanto tiempo a un tema que no tiene ninguna relevancia práctica. No habrá – Dios lo prometió en la parashá de esta semana – más diluvios. No habrá un nuevo Noaj. Ante cualquier otra amenaza a la existencia del planeta, un arca flotando en el agua no será suficiente para salvar a la humanidad. Entonces, ¿por qué importaría la fuente de iluminación que tenía Noaj durante esos días tempestuosos? ¿Cuál es la lección para las generaciones futuras?

Yo quisiera aportar una especulación midráshica. La respuesta, propongo, está en la historia de la lengua hebrea. A través de la época bíblica la palabra tevah significó arca – grande, como en el caso de Noaj y el diluvio, pequeña, en el caso de la canasta de papiro recubierta de brea en la que Iojeved colocó al niño Moshé al impulsarlo a flotar en el Nilo. (Éxodo 2:3). En términos generales, significa “caja.” Sin embargo, en los tiempos del Midrash, tevah también significó “palabra.”

A mí me parece que los rabinos del Midrash no estaban comentando acerca de Noaj y el arca sino reflexionando sobre una pregunta fundamental de Torá. ¿Dónde y qué es el tzohar, la luminosidad, la fuente de iluminación para la tevah, la Palabra? ¿Proviene solamente de dentro o también de afuera? ¿La Torá viene con una ventana o con una piedra preciosa?

Ciertamente había quienes creían que la Torá era autosuficiente. Si hay alguna dificultad en la Torá, es porque las palabras son pobres en un sector pero ricas en otro. (2) En otras palabras, la respuesta a cualquier pregunta de la Torá puede hallarse en otro sector de la misma. Puede darse vuelta en un sentido o en otro, pero todo está en la Torá. (3) Esta es probablemente la visión mayoritaria desde el punto de vista histórico. No hay nada para aprender fuera de ella. La Torá está iluminada por una piedra preciosa que genera su propia luz. Esto está incluso insinuado en el título de la obra más grande del misticismo judío, el Zohar (ver Bartenura, anteriormente).

Hubo, sin embargo, otras visiones. Llamativamente, Maimónides creía que el conocimiento de la ciencia y la filosofía – una ventana hacia el mundo exterior – era esencial para comprender la Palabra de Dios. Hizo una propuesta radical, en Mishná Torá (Hiljot Yesodé ha-Torah 2:2), de que eran precisamente esas formas de estudio las que llevaban al camino del amor y temor a Dios. A través de la ciencia – el conocimiento de “Él que habló y llevó a la existencia el universo” – podemos percibir el sentido de la majestuosidad y la belleza, la casi infinita visión y el cuidadoso detalle de la creación, y por ende, del Creador. Esa es la fuente del amor. Entonces, al darnos cuenta cuán pequeños somos y cuán breves son nuestras vidas en el esquema total de las cosas, ese es el origen del temor.

Tal como expuso Maimónides en el siglo XII, mucho antes del desarrollo de la ciencia, se ha multiplicado mil veces nuestro acelerado conocimiento de la naturaleza del universo. Cada nuevo descubrimiento de la vastedad del cosmos y de las maravillas del microcosmos llenan la mente de asombro. “Alza tus ojos y mira los cielos: ¿Quien creó todo esto? (Isaías 40:26).

Para Maimónides la ciencia y la filosofía no eran disciplinas seculares. Él creía que eran formas antiguas de sabiduría judía que los griegos habían adquirido de los judíos y que las sostuvieron en el tiempo en que el pueblo judío, por el exilio y la dispersión, las habían olvidado. Por lo tanto no eran conocimientos foráneos prestados. Maimónides reivindicaba una tradición que había nacido propiamente en Israel. Tampoco eran fuentes de iluminación independientes. Era simplemente una ventana a través de la cual la luz del universo creado por Dios podía ayudar a decodificar la Torá. Comprender el mundo de Dios nos ayuda a comprender Su palabra.

Esto resultó ser una manera significativamente diferente con la que pudo transmitir Maimónides la verdad de la Torá. Así, por ejemplo, el conocimiento de prácticas religiosas antiguas – aun cuando estuvieran basadas en fuentes no del todo confiables – le aportó la visión profunda (en su Guía de los Perplejos) de que muchos jukim, estatutos, las leyes que parecieran no tener razón alguna, en realidad estaban dirigidas específicamente contra ciertas prácticas idolátricas.

Su conocimiento de la filosofía de Aristóteles le permitió formular una idea que existe tanto a través del Tanaj como de la literatura rabínica, pero que no había sido articulada anteriormente con tanta claridad: principalmente, que el judaísmo tiene una virtud ética. Está interesado no sólo en lo que hacemos sino en lo que somos, en la clase de persona en la que nos convertimos. Esa es la base de su revolucionario Hiljot De’ot, “Leyes del carácter ético.”

Cuanto más comprendemos cómo es el mundo, más entenderemos por qué la Torá es como es. Es nuestro guía a través de la realidad. Es como si el conocimiento científico y secular fueran el mapa, y la Torá la ruta.

Está visión articulada por Maimónides fue desarrollada en una edad moderna en una variedad de formas. Devotos del Rab Samson Raphael Hirsch lo llamaron Torah im derej eretz, «Torá con cultura general.” En la Yeshiva University se llegó a conocer como “Torah u-Madda, “Torá y ciencia.” Junto con el fallecido Aaron Lichtenstein, zt”l, yo prefiero la frase “Torah ve-Jojmá, “Torá y sabiduría,” porque la sabiduría es una categoría bíblica.

 Recientemente el escritor sobre temas científicos David Epstein, publicó un libro fascinante llamado Range, subtitulado How Generalists Triumph in a Specialised World.” (Rango –  Cómo los generalistas triunfan en un mundo especializado) (4) El libro plantea que la excesiva concentración en un solo tema especializado es bueno para la eficiencia pero malo para la creatividad. Los seres verdaderamente creativos, los ganadores de los premios Nobel, son con frecuencia los que tienen otros intereses, los que conocen otras disciplinas o han tenido hobbies o pasiones distintos de su tema principal. Aún en el mundo del deporte, por cada Tiger Woods, que sentía el golf antes de que aprendiera a hablar, hay un Roger Federer, que practicó muchos otros deportes antes de dedicarse en su tardía juventud al tenis.

Lehavdil (guardando las distancias), fue precisamente la amplitud de conocimientos de Maimónides en medicina, ciencia, psicología, astronomía, lógica, filosofía y muchas otras disciplinas lo que le permitió ser tan creativo en todo lo que escribió; desde sus Cartas, su Comentario a la Mishná, a la misma Mishná Torá, estructurada en forma diferente de cualquier otro código de ley judía, hasta su Guía para los Perplejos. Maimónides dijo cosas que muchos otros pueden haber sentido antes, pero que nadie expresó en forma tan coherente y potente. Mostró que es perfectamente posible estar dedicado a la ley judía y a la ley, y al mismo tiempo ser creativo, mostrando a la gente profundidades intelectuales desconocidas hasta el momento. Esa fue su manera de hacer un tzohar, una ventana para la tevah, la palabra divina.

Por otra parte, el Zohar concibe la Torá como una piedra preciosa que da luz por sí misma y no necesita nada de afuera. Su mundo es un sistema cerrado, muy profundo, apasionado, emotivo, una búsqueda sostenida de intimidad con lo Divino que vive en el universo y en el alma humana.

Por lo tanto, no estamos obligados a elegir entre uno y otro. Recordemos lo que dijo Jizkuni, que Noaj tenía una piedra preciosa para los días oscuros y una ventana cuando el sol brillara nuevamente. Algo parecido también ocurrió con la Torá. Durante los días oscuros de la persecución, la mística judía floreció y la Torá se iluminó desde dentro. En los días benévolos en los que el mundo estuvo más abierto a los judíos, tuvieron una ventana al exterior y emergieron figuras como Maimónides en la Edad Media y Samson Raphael Hirsch en el siglo XIX.

Yo creo que el desafío de nuestro tiempo es abrir una serie de ventanas para que el mundo ilumine nuestra comprensión de la Torá y que la Torá nos guíe en la tarea de encontrar nuestro camino por el mundo.

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Fuentes

  1. Génesis Rabá 31:11.
  2. Ierushalmi Rosh HaShaná 3:5.
  3. Mishná Avot 5:22.
  4. David Epstein, Range, Macmillan, 2019.

Traductores

Carlos Betesh