La corona que todos se pueden poner (Pinjas 5779)

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Moshé le dijo al Señor: “Que el Señor, Dios de todos los espíritus de todo cuerpo, designe a un hombre por sobre esta comunidad para que salga delante de ellos, uno que los lidere y que los haga entrar, para que el pueblo del Señor no sea como ovejas sin pastor.”

Números 27:15-17

Moshé estaba en la mira del Ángel de la Muerte. Miriam había muerto. También Aarón. Y Dios le había dicho a Moshé “tú también te reunirás con tu gente, como lo hizo tu hermano Aarón.” (Números 27:12-13), por lo cual él sabía que no estaba destinado a vivir el tiempo suficiente como para cruzar el Jordán y entrar en la tierra. ¿Quién sería su sucesor? ¿No tenía ninguna idea al respecto?

Con profunda observación, los sabios notaron el pasaje inmediatamente anterior. Es la historia de las hijas de Zelofejad, que reclaman sus derechos sobre la herencia de la tierra, a pesar de que la herencia pasó por la descendencia masculina y su padre no tuvo hijos varones. Moshé elevó el pedido a Dios, que contestó que la herencia debía ser otorgada.

Con este antecedente, el Midrash interpreta los pensamientos de Moshé al elevar su pedido a Dios para que nombre a su sucesor:

¿Cuál fue la razón por la cual Moshé hizo el pedido después de comunicar el orden de la herencia? Sólo esto, que cuando las hijas de Zelofejad heredaron de su padre, Moshé razonó: es el tiempo justo para que yo haga mi petición. Si las hijas heredan, ciertamente con razón mis hijos deberían heredar mi gloria.

El Santo, Bendito Sea, le dijo: “El que cuida la higuera comerá su fruto” (Proverbios 27:18) Tus hijos permanecieron ociosos y no estudiaron Torá. Ieoshúa te sirvió lealmente y te otorgó gran honor. Fue él el quien se levantaba temprano a la mañana y permanecía hasta avanzada la noche en tu Tienda de Reunión. Él ordenaba los bancos y tendía las esteras. Viendo que él te sirvió con toda su fuerza, él es digno de servir a Israel, pues él no perderá su recompensa.

Bamidbar Rabá 21:14 (1)

Aquí está el drama no hablado de este capítulo. No sólo fue el destino de Moshé no entrar en la tierra, sino que también fue su destino ver que sus hijos no fueran tomados en cuenta para la búsqueda de su sucesor. Esa fue su segunda tragedia personal.

Pero es precisamente aquí que encontramos, por primera vez, una de las propuestas más potentes del judaísmo. El Israel bíblico tenía sus dinastías. Tanto el sacerdocio como en tiempos posteriores el reinado, eran legados de padre a hijo. Pero desde sus inicios hubo una característica igualitaria manifiesta en el judaísmo. Irónicamente, fue expresada de la forma más concluyente por boca del rebelde, Koraj: “Toda la congregación es santa y el Señor está en su seno. ¿Por qué motivo entonces tú (Moshé) te elevas por encima de la congregación?” (Números 16:3)

Pero no solamente fue Koraj el que expresó ese sentimiento. Lo escuchamos en las propias palabras de Moshé: “Ojalá todo el pueblo del Señor fuese profeta y que el Señor coloque Su espíritu sobre él.” (Números 11:29)

Lo escuchamos nuevamente en la voz de Jana cuando da las gracias por el nacimiento de su hijo:

El Señor envía pobreza y riqueza;

Él humilla y exalta.

Él eleva al pobre del polvo y levanta al necesitado de las cenizas

Él los sienta con príncipes y les otorga el trono de honor.

Samuel I 2:7-8

Está implícito en la gran orden de santidad: “El Señor le dijo a Moshé, ‘Habla a toda la asamblea de Israel y diles: Sean santos, porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.’” (Levítico 19: 2)

Este no es un llamado a los sacerdotes o a los profetas – una élite sagrada – sino a todo el pueblo. Ahí, en el núcleo del judaísmo, hay un instinto profundamente igualitario: el concepto de una nación de individuos erguidos, con igual dignidad, ante la presencia de Dios.

Koraj se equivocó menos por lo que dijo que por qué lo dijo. Era un demagogo intentando apropiarse del poder. Pero tocó un punto sensible del sentimiento y de la religiosidad popular. Los judíos no son fáciles de conducir porque cada uno está llamado a ser líder. Lo que olvidó Koraj es que para ser líder también es necesario ser seguidor. El liderazgo presupone haber sido discípulo. Eso es lo que sabía Ieoshúa, y fue lo que lo llevó a ser el sucesor de Moshé.

La tradición se resume en el famoso dictamen de Maimónides que vimos anteriormente:

Con tres coronas fue honrado Israel – con la corona de la Torá, la corona del Sacerdocio y la corona del Reino. La corona del Sacerdocio fue otorgada a Aarón y sus descendientes. La corona del Reino fue conferida a David y sus descendientes. Pero la corona de la Torá es para todo Israel. Cualquiera que lo desee, que venga y la tome. No crean que las otras dos coronas son más grandes que la de la Torá… La corona de la Torá es más grande que las otras dos.

Maimónides, Mishé Torá, Hiljot Talmud Torá 3:1 (2)

Esto tuvo consecuencias sociales y políticas inmensas. A lo largo de la mayor parte de la época bíblica las tres coronas estaban operativas. Además de los Profetas, Israel tenía reyes y un sacerdocio activo que funcionaba en el Templo. El principio dinástico – el liderazgo que pasaba de padre a hijo – aún dominaba en dos de los tres roles. Pero con la destrucción del Segundo Templo, el Reino y la función del sacerdocio cesaron. El liderazgo se trasladó a los Sabios que se vieron a sí mismos como herederos de los Profetas. Esto lo vemos en el famoso resumen de la historia judía dicha en una sola frase, con la que se inicia el Tratado de Avot (Ética de los Padres): “Moshé recibió la Torá del Sinaí y la entregó a Ieoshúa que se la dio a los ancianos, los ancianos a los Profetas y los Profetas a los hombres de la Gran Asamblea” (Mishná Avot 1:1).

Los rabinos se ven a sí mismos como herederos de los Profetas más que de los sacerdotes. En el Israel de la época bíblica, los sacerdotes eran los principales guardianes y maestros de la Torá. ¿Por qué motivo no se veían los Rabinos como herederos de Aarón y del sacerdocio? La respuesta puede ser la siguiente: El sacerdocio era una dinastía. En cambio, el liderazgo profético nunca podía ser predicho. La prueba de esto fue Moshé. El mismo hecho de que sus hijos no lo sucedieron como líderes del pueblo puede haberle generado una gran decepción a él, pero fue un profundo consuelo para todos los demás. Significó que cualquiera, al ser un discípulo y con dedicación, podía aspirar al liderazgo rabínico y a la corona de la Torá.

Por lo tanto nos encontramos con una paradoja en las fuentes. Por un lado, la Torá es descrita como una herencia: “Moshé nos ordenó la Torá como heredad (morashá) de la congregación de Yaakov” (Deuteronomio 33:4). Por el otro, los Sabios insistían que la Torá no era una herencia: “R. Yose dijo: Prepárense para aprender Torá, porque no les fue dada como herencia (yerushá).” (Mishná Avot 2:12)

La resolución más simple de esta contradicción es que hay dos tipos de herencia. La Biblia hebrea tiene dos términos para denominar lo que recibimos como herencia: yerushá/morashá y najalá. Najalá está relacionada con la palabra najal, “un río.” Es algo que desciende automáticamente a través de las generaciones, como el agua de un río que fluye hacia la desembocadura. Yerushá viene de la palabra yarash, que significa “tomar posesión.” Se refiere a algo de lo cual se tiene un título legítimo, pero requiere una acción concreta para poseerlo.

Un título hereditario, como ser el de un duque o un conde se pasa de padre a hijo. También ocurre con los emprendimientos familiares. La diferencia es que la primera no requiere ningún esfuerzo por parte del heredero, mientras que el segundo necesita mucho trabajo si es que la empresa va a continuar con su valor inicial. La Torá es como el emprendimiento, no como el título. Debe ser ganado para ser sostenido.

Los Sabios lo expresan más bellamente: “‘Moshé nos ordenó la Torá como heredad (morashá) de la congregación de Yaakov’ – no leas ‘heredad (morashá)’ sino ‘desposado (me’orasa)’” (Berajot 57a). Mediante un simple cambio de pronunciación – convertir una shin (=“sh”) en una sin (=“s”), se cambia “heredad” por “desposado” – los Rabinos señalan que efectivamente hay una relación hereditaria entre la Torá y el judío, pero la primera debe ser amada para ser ganada.

Los Sabios eran perfectamente conscientes de las implicancias sociales del dictamen del R. Yose de que la Torá “no les ha sido dada como heredad.” Significa que el aprendizaje y la lectura nunca deben ser privilegios de una élite.

¿Y por qué no es común que los estudiosos tengan hijos que sean estudiosos? R. Yosef dijo: Para que no se diga que la Torá es su heredad. (Nedarim 81a)

Los Sabios estaban constantemente en guardia contra las actitudes exclusivistas con la Torá. La igualdad nunca se preserva sin vigilancia – y hay de hecho tendencias contrarias. Vemos esto en los debates entre las escuelas de Hillel y Shammai.

“Educa muchos discípulos” – La escuela de Shammai dice: Una persona debe enseñar solamente a otra que sea sabia, humilde, de buena familia y rica.

Pero la escuela de Hillel dice: Debe enseñarse a todos. Porque hubo muchos transgresores en Israel que fueron atraídos por el estudio de la Torá, y de ellos surgieron hombres piadosos, rectos y valiosos. ¿Con qué puede ser comparado? “Con una mujer que pone a una gallina a empollar sus huevos – de muchos huevos podrán salir solo unos pocos pollitos, pero de pocos (huevos), no saldrá ninguno.”

Avot deRabbi Natán, versión 2, capítulo 4 (3)

No se puede predecir quién logrará la grandeza. Por lo tanto la Torá se debe enseñar a todos. Un episodio posterior ilustra la virtud de la enseñanza generalizada.

Una vez un Rav llegó a cierto lugar donde, aunque él había decretado un ayuno (por la lluvia), no cayó ninguna lluvia. Finalmente alguien pasó al frente delante del Rav frente al Arca y rezó, “Quien hace que sople el viento” – y el viento sopló. Luego rezó, “Quien hace que caiga la lluvia” – y llovió.

El Rav le preguntó: ¿Cuál es tu ocupación? (o sea, cuál es la virtud especial que tienes, por la que Dios contesta tus rezos) Él le contestó: soy maestro de niños. Les enseño Torá a los hijos de los pobres y a los hijos de los ricos. De los que no tienen medios no recibo pago alguno. Además tengo un estanque con peces, y ofrezco un pez a cualquier niño que se niega a estudiar, para que venga.

Ta’anit 24a

Sería equivocado suponer que estas actitudes prevalecen en todos lados y en todos los tiempos. Ninguna nación logra la perfección. La capacidad de aprendizaje no se distribuye por igual en ningún grupo. Siempre existe la tendencia del más inteligente y estudioso a verse más dotado que otros, y la de los ricos de intentar adquirir una mejor educación para sus hijos que los pobres. Pero en un grado impresionante – y hasta notable – los judíos cuidaron que ninguna persona fuera excluida de la educación y que los maestros fueron pagados con fondos públicos. Durante siglos, en realidad milenios, los judíos fueron los primeros en democratizar la educación. La corona de la Torá efectivamente estaba disponible para todos.

La tragedia de Moshé resultó el consuelo de Israel. “La Torá es su herencia.” El hecho de que su sucesor no fuera su hijo sino Ieoshúa, su discípulo, significó que una forma de liderazgo – histórica y espiritualmente la más importante de las tres coronas – podía estar al alcance de todos. La dignidad no es un privilegio de nacimiento. El honor no está destinado a los que tienen los padres rectos. En el mundo definido y creado por la Torá, todos son líderes potenciales. Todos podemos ganarnos el derecho a ponernos la corona.

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Fuentes

  1. Bamidbar Rabá 21:14
  2. Maimónides, Mishé Torá, Hiljot Talmud Torá 3:1
  3. Avot deRabbi Natán, versión 2, capítulo 4.

Traductores

Carlos Betesh