Liderando una nación de individuos (Bamidbar 5779)

Descarga aquí el ensayo en PDF.

Bamidbar comienza con un censo de los israelitas. Es por eso que el libro es conocido en inglés (y en español) como Números. ¿Cuál es el significado de esta acción de contar? ¿Y por qué está al comienzo del libro? Además, ya se habían hecho dos censos de los israelitas anteriormente, y esta sería la tercera en el lapso de un año. Por cierto, uno solo podría haber sido suficiente. Y el hecho de contar, ¿tiene algo que ver con el liderazgo?

Para comenzar, es necesario notar que parece haber una contradicción. Por un lado Rashi dice que el acto de contar en la Torá es un gesto de amor de Dios:

Porque ellos (los hijos de Israel) son queridos por Él, Dios los cuenta con frecuencia. Los contó cuando estaban por salir de Egipto. Los contó después del episodio del Becerro de Oro para ver cuántos quedaban. Y ahora que estaba por establecer Su presencia para estar en medio de ellos (con la inauguración del Santuario) los contó nuevamente.

Rashi a Bamidbar 1: 1

De esta forma aprendemos que cuando Dios inicia un censo de los israelitas es para mostrar que Él los ama.

Cuando, siglos más tarde el rey David contó la población, la ira Divina se manifestó y murieron 70,000 personas. (1) ¿Cómo puede ser eso, si contar es una expresión de amor?

La Torá es explícita al decir que hacer un censo está rodeado de peligros:

Entonces Dios le dijo a Moshé: Cuando haces un censo para contar a los israelitas, cada uno debe dar un rescate a Dios por su vida en el momento en que está siendo contado. De esa forma ninguna plaga les vendrá cuando los numeras.

Éxodo 30: 11-12

La respuesta a la aparente contradicción está en la frase que la Torá emplea para describir el acto de censar: se’u et rosh, literalmente, “levantar la cabeza.” Esta expresión, un circunloquio, es extraña. El hebreo bíblico posee muchos verbos para “contar”: limnot, lifkod, lispor, lajshov. ¿Por qué no utiliza la Torá esas palabras simples y elige en su lugar una expresión retorcida, “levantar las cabezas” del pueblo?

Brevemente, la respuesta es esta: en cualquier censo, al contar o pasar lista hay una tendencia a enfocarse en el total: la población, la multitud, la masa. Ya sea una nación de 60 millones de habitantes, una empresa de 100.000 empleados o un estadio con 60,000 espectadores. Cualquiera sea el total, se tiende a valorar el grupo o nación por la sumatoria. Cuanto mayor la cifra, mayor poderío militar, más popular el equipo, más exitosa la empresa.

Al contar se devalúa al individuo y se tiende a hacerlo reemplazable. Si un soldado muere en una batalla, otro ocupará su lugar. Si una persona deja una organización, otra puede ser incorporada para hacer su trabajo.

También, notoriamente, las multitudes tienen el efecto de hacer que el individuo deje su criterio propio y siga lo que hacen los demás. A eso lo llamamos “conducta de masa,” que en ocasiones conduce a la locura colectiva. En 1841 Charles MacKay publicó su estudio clásico, Extraordinary Popular Delusions and The Madness of Crowds, (Delirios populares extraordinarios y la locura de las masas) que cuenta acerca de la South Sea Bubble (burbuja del Mar del Sur) que a miles de personas les costó todo su dinero en 1720; y la manía de los tulipanes en Holanda, donde se gastaron fortunas para comprar un solo tulipán. La gran crisis económica de 1929 y 2008 tuvieron la misma psicología de masas.

Otra gran obra, The Crowd: A Study of the Popular Mind, (La multitud: un estudio de la mentalidad popular) de Gustav Le Bon, muestra cómo las masas ejercitan una influencia magnética “que transmuta el comportamiento de individuos en una ‘mentalidad de grupo’” colectiva. Como él lo señaló, “Un individuo en una multitud es un grano de arena entre otros, que el viento mueve a voluntad.” Las personas en una masa se vuelven anónimas. Su conciencia es silenciada. Pierden el sentido de la responsabilidad personal. Las multitudes tienen una curiosa tendencia a una conducta regresiva, a reacciones primitivas y a un comportamiento instintivo. Pueden ser conducidas fácilmente por figuras demagógicas, que perciben los temores de la gente y su sentido de victimización. Esos líderes, dijo, son “reclutados de entre las filas de personas mórbidamente nerviosas, excitables y semi desequilibradas que bordean la locura,” (2) una notable predicción de Hitler. No es casual que la obra de Le Bon fuera publicada en Francia en el tiempo del antisemitismo creciente y del caso Dreyfus.

De ahí lo significativo de una característica notable del judaísmo: su insistencia, por principio – como ninguna otra civilización anterior – en la dignidad y en la integridad del individuo. Nosotros creemos que cada ser humano fue creado a la imagen y semejanza de Dios. Los sabios afirmaron que cada vida es como si fuera un universo entero. (3) Maimónides dice que cada uno de nosotros debe verse a sí mismo como si su acción a realizar pudiera cambiar el destino del mundo. (4) Cada visión disidente está cuidadosamente registrada en la Mishná, aún en el caso de que la ley dictamine lo contrario. Cada versículo de la Torá es capaz de ser interpretado, de acuerdo a los sabios, de setenta formas distintas. Ninguna voz, ninguna visión es silenciada. El judaísmo nunca permite que perdamos nuestra individualidad en la masa.

Hay una magnífica bendición mencionada en el Talmud que se pronuncia al ver a 600.000 israelitas juntos en un lugar. Es: “Bendito seas Oh Señor… que disciernes secretos.”(5) El Talmud explica que cada persona es diferente. Cada uno de nosotros tiene sus atributos. Todos tenemos nuestros propios pensamientos. Sólo Dios puede penetrar la mente de cada uno de nosotros, saber qué estamos pensando, y es esto a lo que se refiere la bendición. En otras palabras, aun en una multitud donde, a los ojos humanos se borran las caras en medio de la masa, Dios todavía se relaciona con nosotros como individuos, no como parte de la multitud.

Este es el sentido de la frase “levantar la cabeza” usada en el contexto del censo. Dios le dice a Moshé que existe el peligro de que cuando se cuenta una nación, cada individuo se sienta insignificante. “¿Qué soy yo? ¿Qué diferencia puedo hacer? Soy sólo uno entre millones, una mera ola en el océano, un grano de arena en la costa, polvo en la superficie del infinito.”

Contra eso, Dios le dice a Moshé que levante las cabezas de la gente mostrando que cada uno de ellos es importante, que cuentan como individuos. Ciertamente en la ley judía un davar she-be-minián, algo que es contado, vendido individualmente más que por peso, nunca se anula, aun mezclado en mil o un millón de unidades. (6) En el judaísmo un censo debe realizarse de tal forma que se señale siempre nuestro valor como individuos. Cada uno de nosotros tiene sus atributos particulares. Hay una contribución que solo yo puedo realizar. Levantar la cabeza de alguien equivale a mostrarle favor, a reconocerlo. Es un gesto de amor.

Existe, sin embargo, toda la diferencia del mundo entre individualidad e individualismo. Individualidad significa que yo soy único y un miembro valorado del equipo. Individualismo es que no soy parte del equipo. Estoy interesado en mí mismo, no en el grupo. El sociólogo de Harvard, Robert Putnam, le asignó a esta característica un nombre famoso, viendo que había cada vez más personas en Estados Unidos jugando en forma individual al bowling y cada vez menos jugando en equipo. Lo llamó “Bowling alone” (jugando al bowling solo). (7) La profesora de MIT Sherry Turkle llama a nuestra era de Twitter, Facebook y amistades on-line (más que de cara a cara), “Solos juntos.” (8) El judaísmo valora la individualidad, no el individualismo. Como dijo Hillel: “Si yo soy sólo para mí, ¿qué soy?” (9)

Todo esto tiene implicancias en el liderazgo judío. No estamos en el negocio de contar números. El pueblo judío siempre fue pequeño en número y sin embargo logró grandes cosas. El judaísmo desconfía profundamente de los líderes demagógicos que manipulan las emociones de las multitudes. Moshé en la zarza ardiente habló de su falta de elocuencia. “No soy hombre de palabras.” Él pensó que eso era una falencia, una cualidad necesaria para ser líder. De hecho fue lo opuesto. Moshé no encendió al pueblo por su oratoria. Más bien, lo elevó por sus enseñanzas.

Un líder judío debe respetar a los individuos. Debe “levantar sus cabezas.” Cualquiera sea la magnitud del grupo a liderar, siempre es posible comunicar el valor que se asigna a todos los integrantes. Nunca se debe intentar cautivar a una multitud apelando a sus emociones primitivas de temor o de odio. Nunca debe elevarse menospreciando las opiniones de otros.

Es difícil guiar una nación de individuos, pero es el más desafiante, inspirador y fortalecedor de todos los liderazgos.

Descarga aquí el ensayo en PDF.

Fuentes

  1. Samuel II 24, Crónicas I 21.
  2. Gustav Le Bon, The Crowd, London, Fisher Unwin 1896, 134.
  3. Mishná Sanedrín 4:4.
  4. Maimónides, Hiljot Teshuvá 3:4.
  5. Berajot 58a.
  6. Beitzá 3b.
  7. Robert Putnam, Bowling Alone, Nueva York, Simon & Schuster, 2000.
  8. Sherry Turkle, Alone TOgether: why we expect more from technology and less from each other, Nueva York, Basic Books, 2011.
  9. Mishná Avot 1:14.

Traductores

Carlos Betesh