El Dios que actúa en la Historia (Vaerá 5779)

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Los israelitas estaban en su punto más bajo. Habían sido esclavizados. Un decreto ordenaba que cada hijo varón debía ser eliminado. Moisés fue enviado para liberarlos, pero en su primera intervención no mejoró la situación sino que la empeoró. La cuota de producción de ladrillos permaneció inalterada, y ahora, además, debían buscar su propia paja para fabricarlos. Inicialmente, creyeron en Moisés cuando les mostró las señales que Dios le había dado y cuando les dijo que Dios los iba a rescatar. Pero ahora se volvieron en contra de Moisés y de Aarón, acusándolos:

“¡Que el Señor los mire y los juzgue! Nos has convertido en la pestilencia del Faraón y sus oficiales tienen en sus manos la espada para matarnos.”

Éxodo 5:20-21

En esta instancia Moisés – que había mostrado reticencia en aceptar la misión – se tornó hacia Dios en protesta y angustia:

“Oh Señor, ¿Por qué has traído problemas a este pueblo? ¿Es para esto que me enviaste? Desde el momento en que me mandaste a hablar con el Faraón en tu nombre, él ha traído problemas al pueblo y Tú no has rescatado a Tu pueblo para nada.”

Éxodo 5:22

Nada de todo esto, sin embargo, fue accidental. La Torá está preparando el terreno para una de sus propuestas más monumentales: en la noche más oscura, Israel estaba por tener el encuentro más grande con Dios. La esperanza estaba por nacer desde el borde del abismo de la desesperación. No había nada natural en todo esto, nada inevitable. Ninguna lógica puede dar comienzo a la esperanza, ninguna ley histórica traza el camino desde la esclavitud a la redención. Toda la secuencia de eventos fue un preludio al momento singular más formativo de la historia de Israel: la intervención de Dios en la Historia – el Poder Supremo interviniendo a favor de los extremadamente carentes de poder, no (como en todas las demás culturas) manteniendo el status quo, sino alterándolo.

Dios le dice a Moisés: “Yo soy Hashem, y los sacaré del yugo de los egipcios. Los liberaré de ser esclavos de ellos, y los redimiré con brazo extendido y potentes actos de juzgamiento. Los tomaré como Mi propio pueblo y seré vuestro Dios” (Ex. 6: 6-7). Todo el discurso es de gran interés, pero lo que más nos concierne – como lo ha sido para las sucesivas generaciones de estudiosos – es lo que Dios le dice a Moisés desde el comienzo: “Yo me alcé ante Abraham, Ytzjak y Yaakov como el Dios Todopoderoso (E-l Shaddai) pero mi nombre, Hashem, no fue conocido por ellos” (Ex. 6: 3). Se está planteando una diferencia sustancial entre la experiencia de los patriarcas con Dios, y lo que estaban por experimentar los israelitas. Algo nuevo, sin precedentes, estaba por ocurrir. ¿Qué?

Claramente, tenía que ver con los nombres por los cuales Dios es conocido. El versículo distingue entre E-l Shaddai (Dios Todopoderoso) y el tetragrama del nombre de Dios, que, debido a su santidad, la tradición judía refiere simplemente como Hashem – El Nombre por excelencia.

Como señalan los comentaristas clásicos judíos, el versículo debe leerse con especial cuidado. No dice que los patriarcas “no conocían” este nombre; ni tampoco dice que Dios “no les hizo saber” el nombre. El nombre Hashem aparece no menos de 165 veces en el libro de Génesis. Dios mismo usa la frase “Yo soy Hashem” tanto con Abraham (Gen.15: 7) como con Yaakov (28: 13). ¿Qué tiene entonces de nuevo la revelación de Dios que estaba por ocurrir en tiempos de Moisés y que no se había dado anteriormente?

Los sabios propusieron varias explicaciones. Un midrash dice que Dios es conocido como Elokim cuando juzga a las personas, como El Shaddai cuando suspende el juzgamiento, y como Hashem cuando muestra misericordia. (1) Yehuda Halevi en El Kuzari y Rambam en su Comentario afirman que Dios es llamado Hashem cuando hace milagros que suspenden las leyes de la naturaleza. (2) Sin embargo, la explicación de Rashi es la más simple y la más elegante:

No está escrito aquí “(mi nombre, Hashem) no era conocido por ellos” sino que “(por el nombre Hashem) ellos no me conocían” – significando que Yo no era reconocido por ellos en Mi atributo de “guardar la fe”, razón por la cual Mi nombre es “Hashem”, o sea que soy fiel al cumplimiento de Mi palabra, pues les hice promesas a ellos que no cumplí (durante el período de sus vidas).

Rashi, comentario a Éxodo 6:3 (3)

Los patriarcas habían recibido promesas por parte de Dios. Se multiplicarían y convertirían en nación. Heredarían una tierra. Ninguna de esas promesas se cumplieron durante sus vidas. Por el contrario, al finalizar el libro de Génesis, la familia de los patriarcas ascendía a apenas setenta almas. Aún no habían adquirido la tierra. Estaban exiliados en Egipto. Pero ahora estaba por comenzar el cumplimiento de la promesa.
En el primer capítulo de Éxodo ya oímos, por primera vez, la frase am bnei Israel “el pueblo de los hijos de Israel” (Ex. 1: 9). Israel ya no era una familia sino un pueblo. Moisés, en la zarza ardiente, recibió el mensaje de Dios que estaba por conducir al pueblo a “una buena y espaciosa tierra, una tierra en la que fluye leche y miel” (Ex. 3: 8). Por eso, Hashem significa el Dios que actúa en la Historia y cumple con sus promesas

Esto era algo radicalmente novedoso – no solo para Israel sino para la humanidad entera. Dios (o los dioses) eran conocidos a través de la naturaleza. Dios estaba en el sol, en las estrellas, en la lluvia, en la tormenta, en la fertilidad de los campos y en la secuencia de las estaciones. Cuando había sequía y hambruna, los dioses estaban encolerizados. Cuando había abundancia de cosecha, los dioses mostraban favor. Los dioses eran la naturaleza personificada. Nunca antes había intervenido Dios en la Historia para rescatar al pueblo de la esclavitud, y ponerlo en camino a la libertad. Era una revolución, tanto política como intelectual.

La mayoría de los humanos, y en casi todos los tiempos, no parece haber tenido el sentido de la historia. Vivimos, morimos, y es como si nunca hubiéramos existido. El universo no muestra ninguna señal de interés en nuestra existencia. Si aquello era cierto en una época en la que la gente creía en la existencia de dioses, cuánto más lo es en la actualidad para los neodarwinianos, para quienes la vida no es más que una operación de “azar y necesidad” (Jacques Monod) o del “relojero ciego” (Richard Dawkins).(4) El tiempo parece obliterar todo sentido. Nada permanece. Nada queda. (5)

Para el Israel de la antigüedad, como contraste, “por primera vez, los profetas dieron valor a la historia… Por primera vez encontramos la afirmación, mayormente aceptada, de que los eventos históricos tienen valor en sí en la medida que han sido determinados por la voluntad de Dios… Los hechos históricos se transforman en situaciones que conciernen al hombre con respecto a Dios, y como tales, adquieren un valor religioso que anteriormente no les había sido conferido. Puede decirse, entonces, que los hebreos fueron los primeros en descubrir el sentido de la historia como la epifanía de Dios.” (6) El judaísmo es el primer atisbo de la historia como algo más que una mera sucesión de hechos – algo que es nada menos que el drama de la redención en el cual el destino de una nación refleja su lealtad, o no, al pacto con Dios

Es difícil recrear este momento de quiebre en la imaginación humana, igual que nos resulta difícil imaginar lo que fue para la gente el descubrimiento de Copérnico de que la tierra gira alrededor del sol. Debe haber sido una amenaza terrible para todos los que creían en la inmovilidad de la Tierra; era el único punto estable de un universo en movimiento. También lo era con respecto al tiempo. En la antigüedad se creía que en realidad, nada cambiaba. Según una frase de Platón, el tiempo no era más que “la imagen móvil de la eternidad.” Era esa certeza la que le daba tranquilidad a la gente. Los tiempos pueden estar dislocados, pero eventualmente las cosas retornarán a su estado anterior.

Pensar en la Historia como un espacio de cambio es asimismo aterrador. Significa que lo que pasó una vez puede nunca más volver a pasar; que estamos embarcados en una travesía sin ninguna certeza de que volveremos al punto de partida. Es lo que Milan Kundera quiso decir con su frase “la insoportable levedad del ser.”(7) Solo una profunda fe – un nuevo tipo de fe, rompiendo con el mundo de la mitología antigua – pudo darle al pueblo el coraje de partir en un viaje a lo desconocido.

Ese es el significado de Hashem: el Dios que interviene en la historia. Como lo señala Yehuda Halevi, los Diez Mandamientos no comienzan con las palabras “Yo soy el Señor vuestro Dios que creé el cielo y la tierra,” sino “Yo soy el Señor vuestro Dios que los sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud.” Elokim es Dios como lo encontramos en la naturaleza y la creación, pero Hashem es el revelado en la Historia, en la liberación de los israelitas de la esclavitud y de Egipto.
Me parece conmovedor que sea precisamente esto lo que observadores no judíos han concluido. El siguiente es el veredicto del pensador ruso Nikolai Berdyaev:

Recuerdo cómo la interpretación materialista de la historia, cuando en mi juventud intenté aplicarla al destino de los pueblos, se quebró en el caso de los judíos, cuyo destino parecía absolutamente inexplicable desde el punto de vista materialista. Su supervivencia es un fenómeno magnífico y misterioso que demuestra que la vida de las personas está gobernada por una predeterminación especial, trascendiendo los procesos de adaptación propuestos por la interpretación materialista de la historia.

Nicolai Berdyaev, The Meaning of History (1936), 86–87 (8)

Esto es lo que Dios le dice a Moisés y está por revelar: Hashem, Dios interviniendo en función del tiempo “para que Mi nombre pueda ser aclamado por todo el mundo.” (Ex.9: 16) El guión de la historia llevaría la marca de una mano no humana, sino divina. Y comenzó con estas palabras: “Por lo tanto dile a los israelitas: Yo soy Hashem, y los sacaré de estar bajo el yugo de los egipcios.”

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Fuentes

  1. Shemot Raba 3:6
  2. Iehuda HaLevi, El Kuzari 2:2. Ramban, comentario a Éxodo 6:2.
  3. Rashi comentario a Éxodo 6:3.
  4. Jacques Monod, Chance and Necessity (New York: Vintage, 1972); Richard Dawkins, The Blind Watchmaker (New York: Norton, 1996)
  5. Este sentimiento lo encontramos incluso en un lugar en el Tanaj, en Kohelet (Eclesiastes): “El destino del hombre es como el de los animales, el mismo destino los espera a ambos, así como uno muere el otro tambien lo hace… Todo carece de sentido” (Eclesiastes 3:19).
  6. Mircea Eliade, Cosmos and History, New York, Harper & Row, 1959, 104.
  7. Milan Kundera, The Unbearable Lightness of Being (London: Faber, 1984)
  8. Nicolai Berdyaev, The Meaning of History (1936), 86–87

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Myriam Rozengurt