Noaj 5779 – Drama en cuatro actos

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Myriam Rozengurt

 

Drama en cuatro actos

Noaj 5779

Rabino Sacks Noaj 5779 [PDF]

Con la parashá de Noaj concluyen los once capítulos que preceden al llamado de Abraham, y su relación especial y la de sus descendientes con Dios.

A lo largo de estos once capítulos, la Torá da preeminencia a cuatro historias: la de Adán y Eva; la de Caín y Abel; la de Noaj y la generación del Diluvio y la de la Torre de Babel. Cada una de ellas presenta una interacción entre Dios y la humanidad. Si trazamos el curso de estos relatos, descubriremos una conexión más profunda que la cronología, una línea de desarrollo de la narrativa de la evolución de la humanidad.

La primera historia es la de Adán y Eva y el fruto prohibido. Una vez que lo comieron y descubren la vergüenza, Dios les pregunta qué habían hecho:

Él les dijo, “¿Quién les dijo que estaban desnudos? ¿Ustedes comieron del árbol del que Yo les ordené no comer?”

El hombre dijo: “La mujer que Tú has puesto aquí conmigo – ella me dio el fruto de un árbol, y yo lo comí.”

Entonces el Señor le dijo a la mujer: “¿Qué es esto que has hecho?”

La mujer dijo: “La serpiente me engañó, y yo comí.” (3: 11-13)

Enfrentado a este fracaso esencial, el hombre culpa a la mujer, y ella culpa a la serpiente. Ambos niegan su responsabilidad personal: yo no fui, no fue culpa mía. Esto da lugar al nacimiento de lo que hoy llamamos la cultura de la víctima.

El segundo drama es el de Caín y Abel. Ambos llevan ofrendas. La de Abel es aceptada, la de Caín, no – ¿por qué motivo?, no es relevante en esta instancia. (1) Furioso, Caín mata a Abel. Nuevamente hay un intercambio de palabras entre un ser humano y Dios:

           Entonces Dios le dijo a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?”

“No sé”, le replicó. “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”

El Señor dijo: “¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano Me clama a Mí desde la tierra” (49: 9-10)

Una vez más aparece el tema de la responsabilidad, pero en un sentido distinto. Caín no niega su responsabilidad personal. No dice “Yo no fui.” Niega su responsabilidad moral. “Yo no soy el guardián de mi hermano.” Yo no soy responsable por su seguridad. Sí, lo hice porque tenía ganas. Caín no ha aprendido aún la diferencia entre “poder” y “tener permiso”. (N. del T. La diferencia entre “can” y “may” no tiene traducción exacta al español).

La tercera es la historia de Noaj, que es presentado con grandes expectativas: “Él nos traerá bienestar.” (5: 29)  Nos traerá confort, dice su padre Lamej al darle el nombre. Es el que traerá la redención por los fracasos del hombre, traerá bienestar por “la tierra que Dios ha maldecido.” Pero aunque Noaj es un hombre justo, no es un héroe. Noaj no salva a la humanidad. Se salva solo a sí mismo, a su familia y a los animales que lleva consigo en el arca. El Zohar lo contrasta desfavorablemente con Moisés: Moisés rogó por su generación, Noaj no. Sobre el final, su incapacidad de asumir la responsabilidad por los demás lo disminuyó a él también: en la última escena se lo ve alcoholizado y expuesto sin ropa en su tienda. En la versión del Midrash, “se profanó a sí mismo y terminó profanado.”(2) Uno no puede ser el único sobreviviente y aún sobrevivir. Sauve-qui-peut, (N.del T: en francés en el original) sálvese quien pueda, no es un principio del judaísmo. Debemos hacer lo posible para salvar a los demás, no solo a nosotros mismos. Noaj no aprobó el test de la responsabilidad colectiva.

La cuarta historia es la del enigmático relato de la Torre de Babel. Cuál fue el pecado de sus constructores no queda claro, pero está insinuado mediante dos palabras claves del texto. La historia está enmarcada desde el principio al fin, por la frase kol ha’aretz, “el mundo entero.” (11: 1,8). Entre líneas, hay una serie de palabras de sonido parecido: sham (ahí), shem (nombre) y shamayim (cielo). Lo dramático de la historia de Babel gira alrededor de las dos palabras clave de la primera frase de la Torá: “En el comienzo creó Dios el cielo (shamayim) y la tierra (aretz)” (1: 1). El cielo es del dominio de Dios; la tierra, es del hombre. Al intentar construir una torre que “llegue hasta el cielo”, los constructores de Babel querían ser como dioses.

La historia pareciera tener poco que ver con la responsabilidad, al enfocarse en un tema distinto al de los otros tres. Sin embargo, no es casual que la palabra responsabilidad sugiere respons-abilidad. La palabra hebrea equivalente, ajrayut, proviene de ajer, que significa “un otro.” La responsabilidad es siempre una respuesta a algo o alguien. En el judaísmo significa una responsa, una respuesta al precepto de Dios. Al intentar llegar al cielo, los constructores de Babel estaban efectivamente diciendo: vamos a ocupar el lugar de Dios. No vamos a acatar Sus leyes, a respetar Sus límites ni a aceptar Su Otredad. Vamos a crear un ámbito en el cual reinaremos nosotros, no Él, donde el Otro es reemplazado por el Yo. Babel es el fracaso de la responsabilidad ontológica – la idea de que algo del más allá nos llama.

Lo que vemos en Génesis 1-11 es un drama en cuatro actos construido en forma excepcionalmente compacta sobre el tema de la responsabilidad y el desarrollo moral, presentando la maduración de la humanidad como eco de la maduración del individuo. Lo primero que aprendemos como niños es que nuestros actos están bajo nuestro control (responsabilidad personal). Lo siguiente es que no todo lo que podemos hacer estamos autorizados a hacerlo (en el original, can y may) (responsabilidad moral). En la etapa siguiente está la percepción de que tenemos una obligación no sólo hacia nosotros mismos, sino con los que están bajo nuestra influencia (responsabilidad colectiva). Por último aprendemos que la moralidad no es una mera convención humana sino que está escrita en la estructura de la existencia. Hay un Autor del ser, y por lo tanto una Autoridad que va más allá de lo humano a quien respondemos cuando actuamos moralmente (responsabilidad ontológica).

Esto es psicología del desarrollo, que hemos conocido a través de los trabajos de Jean Piaget, Erik Erikson, Lawrence Kohlberg y Abraham Maslow. La sutileza y la profundidad de la Torá son admirables. Fue el primero, y aún sigue siendo el más grande de los textos sobre la condición humana y nuestro crecimiento psicológico desde el instinto a la conciencia, desde “el polvo de la tierra” al agente moralmente responsable que la Torá denomina “la imagen de Dios.”

 

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  1. Para más sobre Caín y Abel, ver el ensayo “Violence in the Name of God”, Covenant and Conversation: Genesis p29.
  2. Bereshit Rabá 36: 3.

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