Rabino Sacks Vezot Haberajá 5778 – Sinfonía inconclusa

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Sinfonía inconclusa

Vezot Haberajá 5778

Rabino Sacks Vezot Haberaja 5778 [PDF]

Cada año, al aproximarnos al final de los libros de Moshé y también de su vida, me pregunto: realmente debía terminar de esa manera, sin la posibilidad de poner un pie en la tierra a la que condujo a su pueblo durante cuarenta tumultuosos años? En el Tribunal Celestial, no podría la Justicia haber cedido el paso a la Misericordia por los escasos días que le habrían llevado a Moshé cruzar el Jordán y ver su tarea cumplida? Y por qué motivo estaba siendo castigado Moshé? Por un momento de ira cuando habló en forma intempestiva a los israelitas que protestaban por la falta de agua? No puede ser perdonado un líder por haber cometido una sola falta en cuarenta años? En boca de los sabios: es esta la Torá y es esta la recompensa? (1)

La escena en la que Moshé asciende al Monte Nebo para ver desde la distancia la tierra a la cual nunca entraría, es una de las más conmovedoras de todo el Tanaj. Hay una vasta literatura midráshica en la que el ruego de Moshé, “Déjame cruzar para ver la buena tierra que está más allá del Jordán,” (Deut. 3: 25) escena dramática en la que Moshé enuncia argumento tras argumento en su defensa sólo para recibir una negativa rotunda del Cielo: “Basta ya, no Me hables más de este tema”. (Deut. 3 26). Por qué?

Se trata del hombre que dieciocho veces es llamado en el Tanaj “El servidor de Dios”. Ningún otro mereció está descripción salvo Joshua, dos veces. Su propio epitafio en la Torá menciona “Nunca más nació profeta en Israel como Moshé” (Deut. 34: 19) Por qué fue tratado aparentemente con tanta dureza por Dios, cuando entre Sus atributos se cuentan el perdón y la compasión?

Claramente, la Torá nos está diciendo algo fundamental. Pero, qué es? Hay muchas explicaciones pero creo que la más simple y profunda nos lleva al comienzo de los tiempos: “En el comienzo Dios creó el Cielo y la Tierra.” Hay un Cielo y hay una Tierra, y no son la misma cosa.

En la historia de la civilización una pregunta se ha revelado como la más difícil de todas, en palabras del Salmo 8: “qué es el hombre, para que  de él te ocupes”? Qué significa ser humano? Somos una pizca infinitesimal en un universo casi infinito de cien billones de galaxias cada una de las cuales tiene cien billones de estrellas. Sabemos que nuestras vidas son como apenas de un microsegundo frente a la casi eternidad del cosmos. Somos terriblemente pequeños. Pero a la vez somos tremendamente grandes. Dominamos el planeta. Tenemos un creciente control sobre la naturaleza. Somos la única forma de vida conocida hasta ahora capaz de hacer la pregunta: por qué?

De ahí las dos tentaciones que han acosado al Homo Sapiens desde el comienzo de los tiempos: pensarnos más pequeños de lo que realmente somos o más grandes de lo que somos. Cómo habríamos de entender la relación entre nuestra mortalidad y falibilidad y la casi infinitud del tiempo y el espacio?

Las civilizaciones frecuentemente han borrado la línea divisoria entre lo humano y lo divino. En la mitología, los dioses se comportan como humanos, discutiendo, peleando y luchando por el poder, mientras que algunos humanos – los héroes – son considerados como semidioses. Los egipcios creían que los faraones se unían a los dioses después de la muerte y algunos de ellos eran considerados dioses aún en vida. Los romanos declararon a Julio César como dios después de su muerte. Otras religiones creen que Dios ha adquirido la forma humana.

Se ha comprobado que es extraordinariamente difícil evitar adorar al ser humano fundador de una fe. En la era moderna, la supresión de los límites se ha democratizado. Nietzsche argumentó que debíamos ser como dioses para reivindicar el haber destronado a Dios mismo. El antropólogo Edmund Leach comenzó su conferencia Reith con estas palabras: “Los hombres se han vuelto como dioses. No es hora de que comprendamos nuestra divinidad? Como judíos creemos que es una estimación demasiado elevada de nuestra o de cualquier humanidad.

En un sentido opuesto, los humanos han sido considerados, en el mito y más recientemente en la ciencia, como cercanos a la nada. En el Rey Lear, Shakespeare hace que Gloucester afirme: “Como moscas con los jóvenes lascivos somos nosotros para los dioses. Ellos nos matan por deporte.” Somos juguetes descartables de los dioses, carentes de poder frente a las fuerzas que están más allá de nuestro control. Como señalé en un escrito anterior, algunos científicos contemporáneos han tenido posturas seculares equivalentes. Dicen que no hay nada que distinga al Homo Sapiens de otros animales. No hay alma. No hay yo. No hay libre voluntad.

Voltaire habla de los humanos como “insectos que se devoran los unos a los otros en un átomo de barro.” Stephen Hawking dijo que “la raza humana es solo una basura química puesta en un planeta de tamaño medio, que orbita alrededor de una estrella promedio, en un lejano suburbio de una de las billones de galaxias.” El filósofo John Gray escribió que “la vida humana no tiene más sentido que la baba de un moho.” En Homo Deus, Yuval Harari plantea que “Mirando hacia atrás, la humanidad será considerada solo como una pequeña onda en el flujo de datos cósmicos.” (2)

El judaísmo es la protesta de la humanidad contra ambas posturas. No somos dioses. Y no somos basura cósmica. Somos el polvo de la tierra, pero existe dentro de nosotros el hálito de Dios. Lo esencial es no borrar nunca el límite entre el Cielo y la Tierra. La Torá habla solamente en forma oblicua sobre este tema. Nos dice que hubo una época anterior al Diluvio en que los hijos de Dios vieron que las hijas del hombre eran hermosas y se casaron con cualquiera de ellas que eligieran.” (Gen. 6: 2). También nos dice que después del Diluvio los humanos se reunieron en el llano de Shinar diciendo; “Vengan, vamos a construirnos una ciudad y una torre que llegue hasta el cielo, para hacernos un nombre para nosotros.” (Gen. 11: 4) Independientemente de lo que signifiquen estas historias, lo cierto es que hablan de borrar la línea divisoria entre Cielo y Tierra – “hijos de Dios” comportándose como humanos, y humanos aspirando a vivir entre los dioses.

Cuando Dios es Dios, los humanos pueden ser humanos. Primero separar, luego relacionarse. Esa es la manera judía.

Para nosotros, como judíos, la humanidad en su punto más alto sigue siendo humana. Somos mortales. Somos criaturas de carne y sangre. Nacemos, crecemos, aprendemos, maduramos, y abrimos nuestro camino en el mundo. Si hemos sido afortunados, encontramos el amor. Si hemos sido bendecidos, tendremos hijos. Pero también envejecemos. El cuerpo se avejenta aun cuando el espíritu siga siendo juvenil. Sabemos que el regalo de la vida no permanece para siempre, porque en este universo físico nada dura eternamente, ni siquiera los planetas o las estrellas.

Para cada uno de nosotros por lo tanto, hay un río que no podremos cruzar, una tierra prometida en la que no podremos entrar y una destinación inalcanzable. Hasta la vida más grande es una sinfonía inconclusa. La muerte de Moshé del lado lejano del Jordán es un consuelo para todos nosotros. Nadie debe sentirse culpable, frustrado, enojado o derrotado en la vida por cosas que esperábamos lograr y que no resultó posible.  Es eso lo que significa ser humano.

Tampoco debemos quedar atrapado por nuestros errores. Creo que ese es el motivo por el cual la Torá nos dice que Moshé pecó. Realmente, debía incluir el episodio del agua, la vara, la roca y la ira de Moshé? Ocurrió, pero debía la Torá decirnos que ocurrió? Pasaron más de treinta y ocho de los cuarenta años en el desierto en silencio. No nos reportó cada incidente, solo los que son una lección para la posteridad. Por qué no en este caso, mantener el silencio y cuidar el buen nombre de Moshé? Qué otra literatura religiosa ha sido tan franca acerca de las falencias de sus más grandes héroes?

Porque eso es lo que significa ser humano. Hasta los más grandes de los seres humanos han cometido errores, han fallado tantas veces como triunfaron, han tenido momentos de intensa desesperación. Lo que los hizo grandes no fue que eran perfectos sino que siguieron intentando. Aprendieron de cada error, se negaron a perder las esperanzas, y eventualmente lograron la mayor virtud que solo el fracaso puede dar: la humildad. Comprendieron que en la vida se trata de fracasar cien veces y volver a levantarse. Se trata de no perder nunca los ideales aun sabiendo incluso que es muy difícil cambiar el mundo. Se trata de levantarse todas las mañanas y caminar un día más hacia la Tierra Prometida aún sabiendo que es posible que nunca llegues, pero también sabiendo que has ayudado a otros a llegar hasta allí.

Maimónides escribió en su código legal que “Cada ser humano puede llegar a ser recto como nuestro maestro Moshé o malvado como Jeroboam.” (3) Esa es una frase sorprendente. Hubo un solo Moshé. Lo dice la Torá. Pero lo que dice Maimónides está claro. Proféticamente, hubo un solo Moshé. Pero moralmente, la elección yace frente a nosotros cada vez que tomamos una decisión que pueda afectar la vida de los demás. Ese Moshé que fue mortal, el más grande de los líderes que vivió sin haber visto cumplida su misión, que hasta pudo haber sido capaz de cometer un error, es el don más profundo que pudo habernos dado Dios a cada uno de nosotros.

Y aquí están las tres ideas transformadoras de vida con las que concluye la Torá. Somos mortales, por lo cual haz que cada día cuente. Somos falibles, por lo cual aprende de cada error que cometas. No completamos nuestra travesía, por lo cual inspira a otros a continuar lo que has iniciado.

 

SacksSignature

  1. Berajot 61b.
  2. Covenant and Conversation, Chukkat 5778
  3. Hiljot Teshuvá 5: 2.

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