Rabino Sacks Haazinu 5778 – Inteligencia emocional

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Inteligencia emocional

Haazinu 5778

Rabino Sacks Haazinu 5778 [PDF]

En marzo de 2015 tuve una conversación en público con el presidente de la Universidad de Yale, Peter Salovey. La ocasión era bastante emotiva. Se celebraba el sexuagésimo aniversario de las Becas Marshall, creadas por el parlamento británico como manera de expresar el agradecimiento a los Estados Unidos por el Plan Marshall, que contribuyó a reconstruir las economías de Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial. Las becas estaban dirigidas a jóvenes norteamericanos deseosos de estudiar en cualquier universidad de Gran Bretaña. Por ese motivo, el encuentro tenía que ver con los lazos entre Inglaterra y Estados Unidos, y el rol de las universidades en cultivar la generosidad del espíritu representado por el Plan Marshall, resaltando la necesidad de construir la paz, no sólo de librar batallas.

Pero tuvo otra resonancia emocional. La universidad de Yale es una de las más grandes del mundo. Pero hubo una época, entre 1920 y 1960, en la que primaba la reserva, por no decir hostilidad, ante la presencia de judíos entre los alumnos y miembros del profesorado. (1) Felizmente no fue el caso a partir de 1960, cuando el presidente A.Whitney Griswold dictaminó que la religión no debía influir en los procesos de admisión. En la actualidad, personas de todas las religiones y etnias son cálidamente bienvenidas. Haciendo énfasis en ese hecho, el presidente señaló que no sólo la universidad de Yale había invitado a un rabino, sino que también él – Salovey – era judío y descendiente de una gran dinastía rabínica. Salovey es la anglización del apellido Soloveichik.

Recordando esa ocasión, se me ocurrió reflexionar si no habría algo más que una mera conexión familiar entre el presidente de la universidad y su distinguido y distante pariente, el rabino Joseph Soloveitchik, hombre conocido por generaciones de discípulos de la Yeshiva University simplemente como “el Rav.” Habría algún lazo intelectual y espiritual entre ellos, aún remoto?

Sí lo hay, y es significativo. La gran contribución de Peter Salovey al pensamiento de nuestro tiempo es el concepto formulado junto con John Mayer en el trascendental artículo escrito en 1989 (2), la inteligencia emocional – popularizada en 1995 por el best seller de Daniel Goleman de idéntico título.

Por muchas décadas el IQ o coeficiente de inteligencia estuvo concentrado en una serie de pruebas cognitivas y de razonamiento como medida primaria de la inteligencia, considerada en sí como el mejor indicador para la aptitud para, por ejemplo, un puesto de comando militar. Le correspondió a otro psicólogo judío brillante de nuestro tiempo, Howard Gardner, (de Harvard) romper este paradigma y plantear la idea de las inteligencias múltiples. (3) Resolver un acertijo no es la única habilidad para tomar en cuenta.

Lo que hicieron Salovey y Mayer fue demostrar que nuestra capacidad de comprender y responder, no solo a nuestras emociones sino también a las de los demás, es un elemento esencial para el éxito en muchas disciplinas, especialmente en la de la interacción humana en general. Hay elementos fundamentales de nuestra humanidad que tienen que ver con cómo sentimos, no solo con cómo pensamos. Aún más importante, tenemos que comprender cómo siente el otro – el don de la empatía – para forjar un vínculo significativo con ellos. A eso se refiere la Torá cuando dice “No oprimas al extranjero porque tú sabes lo que se siente al ser extranjero” (Ex. 23:9).

Las emociones cuentan. Guían nuestras elecciones. Nos mueven a la acción. El intelecto solo no es capaz de hacerlo. Ha sido una falla de los intelectuales a través de toda la historia creer que todo lo que tenemos que hacer es pensar bien y entonces actuaremos bien. No es así. Sin capacidad para la simpatía y la empatía seremos más parecidos a una computadora que a un ser humano, y eso está plagado de peligros.

Fue precisamente sobre ese punto – la necesidad de inteligencia emocional – que habló el Rabino Soloveitchik en uno de sus discursos más emotivos, ‘Un tributo a la Rebbetzin de Talne.’ (4). La gente, dijo, se equivoca cuando cree que hay una sola Mesorá, una sola tradición transmitida de generación en generación. En realidad, hay dos: una transmitida por los padres, y otra por las madres. Citó el famoso versículo de Proverbios 1: 8, “Escucha, hijo, la instrucción de tu padre (musar abija) y no abandones las enseñanzas de tu madre (torat imeja).” Son dos facetas de la personalidad religiosa, distintas pero entrelazadas.

Del padre, dijo, aprendemos cómo leer un texto, comprenderlo, analizarlo, conceptualizarlo, clasificarlo, inferir y aplicar. También aprendemos cómo actuar: qué hacer y qué no. La tradición paterna es de tipo “intelectual-moral.” Con respecto a “las enseñanzas de la madre,” Soloveitchik citó un tema personal: habló de lo que aprendió de su propia madre. De ella, dijo:

Aprendí que el judaísmo se expresa no solo en un cumplimiento formal de la ley sino también en una experiencia de vida. Me enseñó que hay un sabor, un aroma y una calidez en las mitzvot. Aprendí de ella la cosa más importante de la vida – sentir la presencia del Todopoderoso, y la suave presión de Su mano sobre mis débiles hombros. Sin sus enseñanzas, muchas veces transmitidas en silencio, yo habría crecido como un ser sin alma, seco e insensible. (5)

           En otras palabras: torat imeja trata sobre la inteligencia emocional. Siempre he sentido que al lado de su gran ensayo, El hombre halájico había otro que podría haber escrito, intitulado La mujer hagádica. La halajá es un emprendimiento intelectual-moral. Pero la hagadá, la dimensión no halájica del judaísmo rabínico, está dirigida a aspectos más amplios de lo que significa ser judío. Está escrito en narrativa más que en términos legales. Nos invita a incursionar en las mentes y corazones de nuestros antepasados, sus experiencias y dilemas, sus logros y su dolor. Es la dimensión emocional de la vida de la fe.

En lo personal me resisto a pensar estos temas en términos de una dicotomía masculino-femenino. (6) Todos nosotros tendemos a desarrollar ambas sensibilidades. Pero son radicalmente diferentes. La halajá es parte de Torat Cohanim, la voz sacerdotal del judaísmo. En la Torá los verbos clave son le-havdil, distinguir, analizar, categorizar, y le-horot, instruir, guiar, emitir un dictamen. Pero en el judaísmo también existe la voz profética. Las palabras clave para el profeta son tzedek-u-mishpat, rectitud y justicia, y jesed-ve-rajamim, bondad y compasión. Estas son relaciones de yo y tú, entre seres humanos, y entre nosotros y Dios.

El sacerdote piensa en términos de reglas universales que son válidas eternamente. El profeta está conectado con las particularidades de una determinada situación y las relaciones entre los involucrados. El profeta tiene inteligencia emocional. El o ella (naturalmente, había mujeres profetas: Sara, Miriam, Débora, Jana, Abigail, Hulda y Esther) lee el clima del momento y cómo se conecta con relaciones perdurables. El profeta escucha el silencioso llanto del oprimido y la ira incipiente del Cielo. Sin la ley y el sacerdote, el judaísmo no habría tenido estructura ni continuidad. Pero sin la inteligencia emocional del profeta, se volvería, como dijo el Rav Soloveitchik, seco e insensible.

Lo cual nos lleva a nuestra parashá. En Haazinu, Moshé hace lo inesperado, pero necesario. Le enseña a los israelitas una canción. Se mueve entre poesía y prosa, entre música y discurso, de ley a literatura, de discurso llano a metáfora vívida.

Escuchen, cielos, que yo hablaré,

y que la tierra oiga las palabras de mi boca.

Que mis enseñanzas caigan como la lluvia,

           mi discurso fluya hacia abajo como el rocío;

Como suave lluvia sobre tiernas plantas,

           Como llovizna sobre el pasto (Deut. 32: 1-2)

           Por qué? Porque hacia el fin de sus días, el más grande de todos los profetas se volcó a la inteligencia emocional, sabiendo que si no lo hacía, sus enseñanzas podrían entrar en la mente de los israelitas pero no en sus corazones, sus pasiones, su ADN emocional. Son los sentimientos los que nos mueven a actuar, los que nos dan la energía para aspirar, el combustible para nuestra capacidad de trasladar nuestros compromisos a los que nos seguirán después de nosotros.

Sin la pasión profética de un Amós, un Isaías, un Jeremías, sin la música de los Salmos y las canciones de los levitas en el Templo, el judaísmo sería una planta sin agua ni luz: se habría marchitado y muerto. El intelecto sólo no nos inspira la pasión de cambiar el mundo. Para eso es necesario tomar el pensamiento y transformarlo en canción. Eso es Ha’azinu, el gran himno de Moshé al amor de Dios por Su pueblo y su rol de asegurar, como afirmó Martin Luther King “que el arco de la moral universal es largo, pero se inclina hacia la justicia.” En Ha’azinu, el hombre de intelecto y coraje moral se transforma en la figura de la inteligencia emocional, permitiéndole ser, en la hermosa imagen de Yehuda Halevi, el arpa de la canción de Dios.

Esta es la idea de transformación de vida: Si quieres cambiar vidas, háblale a los sentimientos de la persona y no solo a sus mentes. Penetra en sus temores y cálmalos. Comprende sus ansiedades y amortígualas. Estimula sus esperanzas e instrúyelos. Eleva sus miras y agrándalas. Los seres humanos son más que algoritmos. Somos seres movidos por emociones.

Habla de corazón a corazón, y la mente y los hechos seguirán.

 

SacksSignature

 

  1. Dan A. Oren, Joining the Club: A History of Jews and Yale, Yale University Press, 1988
  2. Salovey P., & Mayer, J.D. (1989). Emotional Intelligence. Imagination, Cognition and Personality, 9(3), 185-211.
  3. Howard Gardner, Frames of Mind: the theory of multiple intelligences, New York, Basic Books, 1983
  4. Joseph B. Soloveitchik, ‘A Tribute to the Rebbetzin of Talne,’ Tradition, !7: 2, 1978, 73-83
  5. ibid. 77
  6. Ciertamente, hay pensadores serios que han tenido la postura acerca de la superior inteligencia emocional de las mujeres. Ver Steven Pinker, The Blank Slate, Allen Lane, 2002; Simon Baron Cohen, The Essential Difference, Penguin 2004. Ver también el clásico de Carol Gilligan, In a Different Voice, Harvard University Press, 1982.

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