Traductor: Carlos Betesh
Editor: Ben-Tzion Spitz
La segunda montaña
Vayelej 5778
Rabino Sacks Vayelej 5778 [PDF]
Qué haces cuando has logrado todo? Cuando te has elevado a las alturas de la carrera que el destino o la providencia te han asignado? Qué haces cuando la edad alarga tu sombra, cae el sol, y el cuerpo ya no tiene la resiliencia o la mente tan aguda como alguna vez la tuvo?
Al incrementarse la expectativa de vida esto se ha convertido en un gran problema en una gran parte del mundo. No ha ocurrido nada parecido en la historia. En Estados Unidos, en 1900 el promedio de expectativa de vida era de alrededor de 41 años, en Europa, 42.5. Hoy en Gran Bretaña es de 79 para los hombres, 83 para las mujeres. En gran parte se debe a la reducción de la mortalidad infantil. Sin embargo, el fuerte incremento de la longevidad – en cada década desde 1900 ha avanzado aproximadamente tres años – ha sido notable. Qué es lo que te mantendrá joven de espíritu aun cuando el cuerpo no siempre acompañe?
El caso bíblico a estudiar es el de Moshé, de quien nos han dicho que incluso hasta el final de sus días “su ojo permanecía intacto y su energía natural sin merma.” En el comienzo de la parshá de hoy dice “Ya tengo ciento veinte años. Ya no puedo ir y volver, y el Señor me ha dicho: ‘No cruzarás el Jordán.’”
Rashi señala que el “ya no puedo” no significa que carecía de fuerzas, sino que ya no tenía permiso. Había llegado el momento de nombrar a su discípulo y sucesor, Joshua. Él mismo estaba pleno de vigor como lo atestigua la pasión de sus discursos en el libro de Debarim dados en su último mes de vida.
Para comprender qué es lo que encarna Moshé en el final de su vida, nos asisten dos ejemplos muy relacionados. El primero es el concepto de Erik Erikson de la generatividad, la séptima de sus ocho etapas de su vida. A una edad relativamente avanzada, postula, las perspectivas de mucha gente cambian. Comienzan a pensar en el legado, en lo que lo sobrevivirá. Su foco frecuentemente se traslada de lo propio a los demás. Pueden asignar más tiempo a la familia, a la comunidad o al trabajo voluntario. Algunos entrenan a jóvenes para seguir sus pasos profesionales. Se comprometen con otros. Se preguntan, qué hacer para contribuir al mundo? Qué huella dejaré para los que me sobrevivan? Qué es lo que mejoró en el mundo gracias a mí?
El segundo ejemplo e idea relacionada es el concepto de David Brooks de la segunda montaña. Hablando con personas de más de 70 años, se encontró con que en la primera etapa de sus vidas identificaron la montaña que querían escalar. Tenían aspiraciones específicas acerca de su familia y sus carreras. Tenían una visión de la persona que aspiraban ser. A los 70, algunos habían arribado a la meta y eran felices. Otros llegaron a la conclusión de que su vida no había sido enteramente satisfactoria. A otros, por último, el infortunio los habían hecho desbarrancar de la montaña.
A cierta edad, sin embargo, muchos identificaron la segunda montaña que deseaban escalar. Esa montaña no era la de lograr sino la de dar. Tenía menos que ver con logros externos (éxito, fama) y más sobre logros internos. Era espiritual, moral; era sobre la dedicación a una causa o la devolución a la comunidad. Frecuentemente, dice, es ansiar la rectitud, una voz interna que anuncia: “Quiero hacer algo verdaderamente bueno en mi vida.” Este segundo pico, asociado a una edad madura, puede resultar más significativo para nuestro sentido de autoestima que el ascenso a la primera montaña regido por el ego.
El caso de Moshé pone este tema en una perspectiva dramática. Qué se debe hacer si ya has obtenido lo que ningún otro ser humano ha logrado ni logrará en el futuro? Moshé pudo hablar con Dios cara a cara. Se convirtió en Su fiel servidor. Condujo al pueblo de la esclavitud a la libertad, soportó sus protestas, resistió a sus rebeliones y rogó – y logró – por su perdón en los ojos de Dios. Fue el agente a través del cual Dios produjo Sus milagros y transmitió Su palabra. Qué más queda por hacer después de una vida como esta?
Sus amigos más cercanos y aliados, su hermana Miriam y su hermano Aarón ya habían fallecido. Sabía que el decreto por el cual no cruzaría el Jordán conduciendo al pueblo en la última etapa de la travesía, estaba sellado. Él no pondría un pie sobre la Tierra Prometida. A diferencia de Aarón, cuyos hijos heredarían el sacerdocio hasta la eternidad, Moshé debía aceptar la realidad de que ninguno de sus hijos, Gershon y Eliezer, podría ser su sucesor. Ese rol recaería en su fiel asistente y servidor, Joshua. Estas seguramente eran grandes decepciones, al lado de sus grandes logros.
Así, al encontrarse Moshé en el fin de sus días, qué más le restaba hacer? El libro de Debarim contiene y da la respuesta. Como señala en el capítulo inicial: “En el cuadragésimo año, el primer día del onceavo mes, Moshé habló a los israelitas diciendo…En la ribera oriental del Jordán, en la tierra de Moab, Moshé comenzó exponiendo esta ley…” Ya no era el libertador, o el hacedor de milagros. Se convirtió en Rabbenu, “nuestro maestro,” el hombre que enseñó la Torá a la generación siguiente.
La forma en que lo realiza en Debarim es impactante. Ya no, como antes, articula simplemente la ley. Ahora explica la teología que sustenta la ley. Habla acerca del amor de Dios por Israel y el amor que debe profesar Israel por Dios. Habla con fuerza equivalente acerca del pasado y el futuro, reviviendo los años en el desierto y anticipando los desafíos por venir.
Sobre todo, enfrentando el tema desde todas las direcciones concebibles, advierte a los jóvenes que entrarán y heredarán la tierra que el verdadero desafío no será el fracaso sino el éxito; no la esclavitud, sino la libertad; no el pan de la aflicción sino las tentaciones de la abundancia. Recuerda, dice repetidas veces; escucha la voz de Dios; regocíjate con lo que Él te ha dado. Estos son los verbos clave del libro, y sigue siendo el sistema inmunológico más potente que se ha desarrollado contra la decadencia-y-declinación que ha afectado a toda civilización desde los comienzos del tiempo.
Ese último mes de la vida de Moshé, que culmina con la parashá de hoy al entregar finalmente el mando en manos de Joshua, es una de las instancias supremas del Tanaj de la generatividad: hablar, no a tus contemporáneos sino a los que vivirán cuando ya no estés. Fue la segunda montaña de Moshé.
Y quizás las mismas cosas que a primera vista parecían decepcionantes, terminaron siendo el factor modelador del último capítulo de una gran vida. El hecho de saber que no acompañaría al pueblo a entrar en la tierra, y que no sería sucedido por sus hijos, lo llevó a la necesidad de ser el maestro de la generación siguiente. Tenía que transmitirles su percepción del futuro. Tenía que transformar al pueblo en sus discípulos – y hemos sido todos sus discípulos desde entonces.
Todo esto sugiere un mensaje poderoso y potencialmente transformador de vida para todos nosotros. Sea lo que fuere lo que haya transcurrido en nuestra vida hasta ahora, hay otro capítulo a ser escrito, enfocado en ser una bendición para los demás, compartiendo cualesquiera que sean los dones que tengamos con los que menos tienen, entregando nuestros valores a través de las generaciones, usando nuestra experiencia para ayudar a otros a vencer sus dificultades, algo que tiene poco que ver con nuestra ambición personal y mucho que ver con el deseo de dejar un legado de bondad para mejorar la vida de por lo menos alguna persona en la tierra.
Está es la idea transformadora de vida. Cualquiera sean tus logros, siempre hay una segunda montaña a escalar, y puede resultar tu mayor legado para el futuro.