Rabino Sacks Nasó 5778 – Elevando cabezas

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Elevando cabezas

Nasó 5778

Rabino Sacks Naso 5778 [PDF]

La palabra Nasó, que le da el título a la parashá, es un verbo que tiene una extraordinaria cantidad de acepciones, entre ellas, levantar, cargar y perdonar. Aquí, sin embargo, y en otros sitios que corresponden a los años del desierto, es utilizado en conjunción con la frase et rosh (“la cabeza”) y por lo tanto significa “contar.”

Es una propuesta extraña, ya que el hebreo bíblico no carece de otras alternativas que significan lo mismo, como limnot, lispor, lifkod y lajshov. Por qué entonces, no utilizar alguno de estos verbos? Por qué no decir simplemente “contar” en vez de “levantar la cabeza?”

La respuesta nos conduce a una de las creencias más revolucionarias del judaísmo. Si cada uno de nosotros fue creado en la imagen de Dios, entonces cada uno tiene un valor infinito. Cada uno de nosotros es único. Hasta los gemelos genéticamente idénticos comparten sólo el 50 por ciento de sus atributos. Ninguna persona es sustituible por otra. Esta puede que sea la consecuencia singularmente más importante del monoteísmo. Descubriendo a Dios, solo y único, nuestros antepasados descubrieron al ser humano individual, solo y único.

Esto sencillamente no existía como factor de valoración en el mundo antiguo, como tampoco lo es en las sociedades tiránicas o totalitarias de hoy. El gobernante podía considerarse valorado infinitamente, como así también algunos de los miembros de la corte; pero ciertamente no lo eran las masas – como está implícito en la palabra misma “masa.” La mayoría de la gente era considerada meramente integrante de la masa: del ejército, de un grupo de trabajadores, de una cuadrilla de esclavos. Lo que importaba era el número, no las vidas individuales, sus esperanzas y temores, sus amores y sueños.

Esa es la imagen que tenemos de Egipto y de los faraones. Es, según entendieron los sabios, cómo eran los constructores de Babel. Decían que si se caía un ladrillo de la torre, lloraban. Pero si caía un hombre y moría, les resultaba indiferente. (1) Casi cien millones de personas murieron en Rusia durante la dictadura de Stalin en el siglo XX, en Camboya bajo los Khmer Rouge y en China comunista en la época de Mao. Decimos que en esos regímenes las personas eran “sólo números.” (2) Eso es lo que rechaza la Torá como principio religioso supremo. En el mismo momento en que se podría estar tentado de considerar al pueblo “sólo como números” – por ejemplo, en un censo – a los israelitas se les ordenó “elevar las cabezas”, levantar los ánimos, hacerles sentir que cuentan como individuos, no como números de masa o cifras de una muchedumbre.

Durante el transcurso de mi vida he tenido conversaciones profundas con cristianos, y hay un aspecto del judaísmo que encuentran muy difícil de entender. La conversación generalmente gira alrededor de la figura central del cristianismo, y me han preguntado muchas veces si yo creía que él era el hijo de Dios. “Efectivamente, lo creo”, contesté, “porque también creo que cada hombre o mujer es hijo o hija de Dios.” Lo que la fe cristiana aplica a una sola figura nosotros lo hacemos con todos. Donde el cristianismo trascendentaliza, nosotros democratizamos. Mis interlocutores muchas veces piensan que trato de evadir el tema buscando una forma elegante de no contestar la pregunta. Pero en realidad, es justo lo contrario.

Las primeras palabras que Dios le ordena a Moshé decirle al Faraón son: “Mi hijo, mi primogénito, Israel” (Ex. 4: 22). En Deuteronomio, Moshé le recuerda a los israelitas. “Ustedes son los hijos del Señor vuestro Dios” (Deut. 14: 1). “Amado es Israel” dijo el Rabí Akiva, “pues han sido nombrados hijos de Dios.” (3) Una de las frases centrales del rezo Avinu malkenu, “Nuestro Padre, nuestro Rey,” encapsula este concepto en dos simples palabras. Somos todos realeza. Somos los hijos del Rey.

Por cierto, esta no es la única metáfora de nuestra relación con Dios. Él es también el Soberano y nosotros sus servidores. Él es nuestro pastor y nosotros sus ovejas. Estas palabras transmiten más humildad que la imagen padre-hijo. Es más, cuando Dios vio al primer ser humano sin pareja dijo: “No es bueno que el hombre esté solo.” La Torá señaló en esa instancia una de las tensiones que definen la vida humana: somos independientes, pero también interdependientes. Nuestros pensamientos y sentimientos pertenecen al “yo” pero una gran parte de nuestra existencia es ser parte del “nosotros.” El judaísmo, pese a la caracterización sin precedentes del individuo, es simultánea e irreductiblemente una fe comunitaria. No existe el “yo” sin el “nosotros.”

El maestro Jasídico Rab Simja Bunim de Przysucha resumió elegantemente el enfoque judío sobre el valor de la vida. Dijo que cada uno de nosotros debía tener dos bolsillos. En uno colocamos una hoja de papel que diga: “El mundo fue creado para mi beneficio”(4) y en el otro: “No soy más que polvo y cenizas.”(5) Somos únicos. Cada uno de nosotros tiene una dignidad que no se negocia y derechos inalienables. Pero solo por nosotros mismos, no somos nada. Nuestra grandeza no proviene de nuestra persona sino de Dios. Esa es la dialéctica de la vida teniendo en cuenta la conciencia de nuestra mortalidad y la eternidad de Dios.

           El tema que trae la Torá, sin embargo, es que lo que importa no es cómo nos vemos a nosotros mismos sino cómo vemos, tratamos, y nos comportamos con los demás. El mundo no carece de personas que se creen importantes. Lo que no abundan son los que hacen que otra gente se sienta importante – que “eleven sus cabezas.”

Nunca olvidaré la ocasión en que el príncipe Carlos del Reino Unido, durante un banquete que ofreció la comunidad judía, destinó la misma cantidad de tiempo en charlar con los muchachos integrantes del coro que con los adultos grandes e importantes. O cuando fue a una escuela primaria judía y prendió las velas de Januca con los niños, dándoles a cada uno la oportunidad de que le cuente quién era cada uno y qué significaba la festividad para ellos. Eso, por lo menos en Inglaterra, es lo que es y lo que hace la realeza. Los integrantes de la familia real hacen que la gente se sienta importante. Ese es su trabajo, su servicio, su rol. Es el verdadero significado de la realeza. Viéndolos se entiende la fina introspección del Rabí Yohanan, que dijo: “la grandeza es humildad.” (6) También se entiende el axioma de Ben Zoma: “Quién es honrado? El que honra a los demás.” (7)

El desafío que emerge de la forma en que relata la Torá cómo hacer un censo, es que debemos “elevar la cabeza de la gente.” Nunca hacerlas sentir como meramente un número. Que sientan que son importantes, especialmente aquellos que por su función pueden pasar desapercibidos: los mozos de la mesa comunitaria; la persona que atiende el guardarropas; el shammas de la sinagoga; los encargados de seguridad; el portero; el empleado más joven de la oficina, etc. Hay que mirarlos a los ojos. Sonreír. Hacerles sentir que no nos resultan indiferentes. Que son apreciados. Que nos importan como individuos.

Esta es la idea que cambia la vida: somos tan importantes como lo que hacemos sentir lo mismo a los demás.

 

SacksSignature

(1) Pirkei de-Rabbi Eliezer,24

(2) Como los judíos en Auschwitz

(3) Mishná Avot 3: 14.

(4) Mishná Sanhedrin 4: 5

(5) Génesis 18: 27.

(6) Meguilá 31a

(7) Mishná Avot 4: 1.

 

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