Rabino Sacks Toldot 5778 – Por qué Itzjak? Por qué Yaakov?

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Por qué Itzjak? Por qué Yaakov?

Toldot 5778

Rabino Sacks Toldot 5778 [PDF]

Por qué Itzjak y no Ishmael? Por qué Yaakov y no Esav? Estas son algunas de las preguntas más desgarradoras de todo el judaísmo.

Resulta imposible leer en Génesis 21 la descripción de cómo Hagar y su hijo fueron arrojados al desierto, cómo se quedaron sin agua, cómo Hagar colocó a Ishmael bajo un arbusto y se sentó lejos para no verlo morir, sin que todo esto nos produzca un intenso sentimiento de compasión hacia ambos, madre e hijo. Ambos están llorando. La Torá nos dice que Dios oyó el llanto de Ishmael y mandó a un ángel para reconfortar a Hagar, mostrarle el pozo de agua, y asegurarle que Dios haría de su hijo “una gran nación” (Gen.21: 18) – la misma promesa que le hizo a Abraham al comienzo de su misión (Gen. 12: 2).

Mismo caso que el de Esav. La culminación emotiva de la parashá queda registrada en el capítulo 27, en el momento en que Yaakov ya no está junto a Itzjak, luego del engaño de hacerse pasar por Esav. En ese momento entra Esav, y lentamente padre e hijo se dan cuenta de lo ocurrido. Esto es lo que leemos:

Entonces Itzjak tembló con un muy gran temblor, y dijo: “Entonces quién fue el cazador que me trajo la presa a mí y la comí antes de que entraras, y yo lo bendije? – y él será bendecido.” Cuando Esav oyó las palabras de su padre, lloró intensamente un fuerte y amargo llanto, y le dijo a su padre, “Bendíceme a mí también, padre mío!” (Gen. 27: 33-34)

Esta es una de las descripciones más emotivas de toda la Torá, y el resultado fue exactamente lo contrario de lo esperado. Podríamos suponer que la Torá incline nuestras simpatías hacia los elegidos: Itzjak y Yaakov. En cambio, casi nos obliga a simpatizar con los excluidos: Hagar, Ishmael y Esav. Sentimos su dolor y su sensación de pérdida.

Entonces, por qué Itzjak y no Ishmael? Por qué Yaakov y no Esav?

Para esto hay dos tipos de respuesta. La primera nos la da el midrash. En esta lectura Itzjak y Yaakov son los justos. Ishmael y Esav, no.

Ishmael adoraba ídolos.[1] Violó mujeres casadas.[2] Trató de matar a Itzjak con el arco y flecha para simular un accidente.[3] Esav se sentía atraído aún dentro del útero, por santuarios de ídolos.[4] Engañaba no sólo a los animales sino también a su padre Itzjak, simulando ser piadoso cuando en realidad no lo era.[5] Dios recortó la vida de Abraham cinco años para que no pudiera ver a su nieto violar a una mujer casada, cometer asesinato, negar a Dios, negar la resurrección de los muertos y despreciar su primogenitura.[6] Esa es la manera del midrash. Nos ayuda a ver a Itzjak y Yaakov como totalmente buenos y a Ishmael y Esav como peligrosos y malvados. Este es un aspecto importante de nuestra tradición.

Pero no es lo que está escrito en la Torá misma, al menos considerando lo que Rashbam llamó omek peshuto shel mikrá , el profundo y sencillo significado de las Escrituras.[7] La Torá no presenta a Ishmael y Esav como malvados. Lo peor que pudo decir de Ishmael es que Sará lo vió metzajek, (Gen. 21:9) palabra con múltiples significados, la mayoría de ellos no negativos. Literalmente significa “él se estaba riendo.” Pero Abraham y Sará también reían.[8] También lo hacía Itzjak.[9] Desde ya, el nombre de Itzjak, elegido por Dios mismo,[10] significa “él reirá.” No hay nada en la palabra en sí que implique una conducta inadecuada.[11]

En el caso de Esav, el versículo en el que Esav decide entregar su primogenitura por un plato de sopa, es el más demostrativo (Gen.25: 34). En una sucesión expresada en “stacatto” mediante cinco verbos consecutivos, la Torá cuenta que “comió, bebió, se levantó, caminó y despreció”su primogenitura. Esto nos indica que era impetuoso, nada más cuestionable que eso.

Si buscamos “el significado profundo y sencillo,” debemos basarnos en el testimonio explícito de la Torá misma – y lo que nos dice es fascinante. Ishmael será, le dijo un ángel a Hagar al nacer, “un hombre como asno salvaje, su mano contra todos, y todas las manos contra él” (Gen.16: 12). Se transformó en experto en tirar con arco y flecha (Gen. 21: 20). Por otra parte Esav, pelirrojo y maduro físicamente a temprana edad, era “un avezado cazador, un hombre del campo” (Gen. 25: 27). Ishmael y Esav se sentían como en casa en medio de la naturaleza. Eran fuertes, diestros y sin temor a lo salvaje. En cualquier otra cultura podrían ser considerados héroes.

Y ahí está la cuestión. Sólo podremos comprender a la Torá si recordamos que todas las religiones del mundo antiguo adoraban la naturaleza. Es ahí donde encontraban a Dios, o más precisamente a los dioses: en la luna, el sol, las estrellas, las tormentas, la lluvia que alimentaba a la tierra que a su vez producía alimentos.

Curiosamente, en pleno siglo XXI, los ateos, agnósticos y devotos del New Age aún “adoran” la naturaleza. Es para ellos la realidad última. Nosotros compartimos el 98 por ciento de nuestros genes con los chimpancés y los pigmeos. La selección natural insertó ciertos instintos y reflejos en nuestro cerebro. El arte en los humanos sería como las plumas del pavo real: una manera de atraer a las hembras para poder transmitir nuestros genes a la generación siguiente.

Nosotros somos productos de la naturaleza. Somos entes físicos, nada más que eso, porque no hay otra cosa. No hay alma; no hay una verdadera libertad; la vida humana no es sagrada, ni nos diferenciamos de otros animales. Todo lo que hay es naturaleza. Eso, a grandes rasgos, fue la visión de Spinoza (Dios es naturaleza vista bajo el aspecto de la eternidad). Era la visión de Lucrecio en la antigua Roma y de Epicuro en la Grecia pre cristiana, y es la filosofía secular predominante al día de hoy.

El Dios de Abraham estaba más allá de la naturaleza porque Él la creó. Y nosotros fuimos creados a la imagen de Dios porque, aunque somos como el polvo de la tierra, también albergamos en nosotros el hálito de Dios. Podemos concebir mundos posibles que aún no han existido y actuar para que aparezcan. Eso es lo que nos da libertad y nos transforma en únicos. Podemos distinguir entre lo que es y lo que debería ser. Podemos formular la pregunta “Por qué?”

Después del Diluvio, Dios se reconcilió con la especie humana y prometió nunca más destruir al mundo (Gen.8-9). Pero Él quiso que la humanidad supiera que hay algo más allá de la naturaleza. Por eso eligió a Abraham y sus descendientes para ser sus “testigos.”[12]

No es por azar que Abraham y Sará, Itzjak y Rebeca, y Yaakov y Rajel no pudieran tener hijos por la vía natural. Tampoco fue casualidad que Dios le prometió una tierra santa a un pueblo sin tierra. Él eligió a Moshé, el que dijo de sí mismo que no era hombre de palabras, para ser el portador de Su palabra. Moshé pensó que sería descalificado para la función de ser el portavoz de Dios. En realidad, fue precisamente eso mismo lo que lo consagró. Cuando enunció las palabras de Dios, la gente percibió que no eran de Moshé. Otros pueblos toman hijos y tierras – el imperativo darwiniano y el imperativo territorial – como naturales. Los judíos no lo hacen y tampoco pueden. Como dijo David Ben Gurion, “En Israel para ser realista hay que creer en los milagros.”

Itzjak y Yaakov no eran hombres de la naturaleza, del campo, de la caza, del juego de gladiadores de cazador y presa. No eran Ishmael y Esav, que podían sobrevivir en base a su fuerza y destreza. Eran hombres que necesitaban del espíritu de Dios para poder sobrevivir. Israel es el pueblo que en sí mismo puede ser testigo de algo que va más allá de sí mismo. Los judíos han demostrado de manera consistente que es posible hacer una contribución a la humanidad que esté fuera de toda proporción numérica, y que una pequeña nación puede sobrevivir a todo imperio que busque su destrucción. Han mostrado que una nación es fuerte cuando cuida a los débiles, y rica cuando cuida a los pobres. El judío es el pueblo a través del cual Dios ha demostrado que el espíritu humano puede alzarse por sobre la naturaleza, atestiguando que hay algo verdadero que trasciende a ella.

Esa es la idea que cambia la vida. Somos tan grandes como nuestros ideales. Si creemos realmente en algo que va más allá de nosotros, podremos trascender a nosotros mismos.

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  1. Bereshit Rabbah 53: 11. Shemot Rabbah 1: 1.
  2. Bereshit Rabbah 53: 11.
  3. Ibid
  4. Bereshit Rabbah 63: 6
  5. Tanhuma, Toledot 8.
  6. Baba Batra 16b
  7. Rashbam a Gen. 37:2, 28; Ex. 3: 14. 13: 9.
  8. Gen 17: 17; 18: 12
  9. 26: 8
  10. 17: 9
  11. Robert Alter plantea la sugerencia ingeniosa que Ishmael estaba “Itzjakeando”, imitando a su hermano menor (Robert Alter, The five books of Moses: a translation with commentary, Norton 2004, 103)
  12. Isaías 43:10-12  44:8

 

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