Rabino Sacks Shoftim 5777 – El consentimiento de los gobernados

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

El consentimiento de los gobernados

 Shoftim –  2017 / 5777 

Rabino Sacks Shoftim 5777 [PDF]

La contribución del Tanaj, la Biblia Hebrea, al pensamiento político es fundamental, y no bien conocido. En este trabajo quiero dedicarme a la institución de la monarquía. Qué nos dice la Torá acerca de la naturaleza del gobierno? El mandato respecto a un rey comienza con estas palabras:

Cuando entres a la tierra que el Señor tu Dios te está concediendo y hayas tomado posesión de ella, y dirás, “Pongamos un rey por sobre nosotros, como las naciones que nos rodean,” ten la certeza de nombrar al rey que el Señor tu Dios elija …(Deut. 17: 14-15)

            El texto continúa advirtiendo contra un rey que adquiere “un gran número de caballos para sí”. Tampoco “debe tomar muchas esposas” ni “acumular gran cantidad de plata y oro.” Deberá escribir un Sefer Torá y “debe leerlo todos los días de su vida para aprender a adorar al Señor su Dios… no considerarse mejor que sus hermanos, ni torcer la ley hacia la izquierda ni hacia la derecha.”

Todo este pasaje está plagado de ambivalencias. Los peligros están claramente expuestos. Hay riesgo de que el rey se aproveche de su poder, usándolo para adquirir bienes, esposas o caballos (uno de los símbolos de status del mundo antiguo). El Libro de Reyes describe precisamente lo que estaba haciendo Salomón. Su corazón “puede perder su rumbo”. Puede tener la tentación de dominar al pueblo y considerarse “mejor que sus hermanos”.

El llamado de alerta más resonante resuena de inmediato. Más que ordenar la elección de un rey, la Torá contempla que el pueblo desea un rey para ser “como las demás naciones”. Esto es contrario a todo el espíritu de la Torá. Los israelitas se les ordenó ser diferentes, estar aparte, tener una visión contracultural. Desear ser como todos los demás no es, para la Torá, un deseo noble, sino una falta de imaginación y de fibra. No sorprende entonces que un buen número de comentaristas medievales haya considerado que la monarquía no era un imperativo bíblico. Ibn Ezra sostuvo que la Torá no la ordenó sino que la permitió. Abarbanel – que prefería un gobierno republicano a la monarquía – lo vio como una concesión al sentimiento popular.

Sin embargo, el pasaje clave no está aquí sino en 1 Samuel 8 (1). Tal como fue advertido en Deuteronomio, el pueblo eventualmente pide un rey. Se acerca a Samuel, el profeta-juez, y le dice: “Tú eres anciano, y tus hijos no transitan por tu mismo camino; ahora designa un rey que nos guíe, como ocurre con todas las demás naciones.”

Samuel se disgustó. Dios entonces le dice: “Escucha todo lo que el pueblo te está diciendo; no es a ti que han rechazado, sino que me han rechazado a Mí como su rey.” Esto parece ser el quid de la cuestión. Idealmente, Israel no debería tener otro soberano que Dios.

Pero Dios no rechaza ese pedido. Por el contrario, Él ya había señalado a través de Moshé que ese pedido sería aceptado. Por eso le dice a Samuel: “Escúchalos; pero debes advertirles solemnemente que deben saber qué hará el rey que los gobierne.” El pueblo puede elegir al rey, pero no sin haber sido advertidos acerca de cuáles pueden ser las probables consecuencias. Samuel lo advierte mediante estas palabras:

“Esto es lo que hará el rey que los gobierne: tomará a vuestros hijos y los hará servir con sus carruajes y caballos, y correrán delante de los carruajes…Tomará a vuestras hijas para ser perfumistas, cocineras y panaderas. Tomará lo mejor de vuestros campos, viñedos y olivares y se los dará a sus asistentes… y ustedes mismos serán sus esclavos. Cuando llegue ese día, llorarán en desesperación por el rey que han elegido, y el Señor, ese día, no les contestará.”

Pese a esa advertencia el pueblo no vaciló.

“No!’ dijeron. ‘Queremos un rey sobre nosotros. Entonces seremos como las demás naciones, con un rey que nos conduzca y que vaya al frente para librar nuestras batallas.’ Cuando Samuel escuchó todo lo que había dicho el pueblo, lo repitió ante el Señor. El Señor lo oyó y le contestó: ‘Escúchalos y otórgales un rey.’”

Qué es lo que está pasando aquí? Los sabios están divididos en cuanto a si Samuel estaba exponiendo los poderes del rey, o si simplemente estaba tratando de disuadirlos de todo el proyecto (Sanhedrin 20b). Todo el pasaje, como el de Deuteronomio, es profundamente ambivalente. Dios está a favor o en contra de la monarquía? Si está a favor, por qué dijo que el pedido del pueblo era equivalente a un rechazo a Él? Y si estaba en contra, por qué no le ordenó sencillamente a Samuel que diga que no?

El mejor análisis del tema se debe a uno de los grandes rabinos del siglo XIX, R. Zvi Hirsch Chajes, en su Torat Nevi’im. Su tesis es que la institución de la monarquía de la época de Samuel tomó la forma de un contrato social – como fue expuesto en los escritos de Locke y Rousseau, y sobre todo por Hobbes. La gente reconoce que no puede funcionar a nivel individual sin alguien que tenga el poder de asegurar el cumplimiento de la ley y la defensa de la nación. Sin eso, están en lo que llamó Hobbes el “estado natural”. Hay anarquía, caos. Nadie está seguro. Por el contrario, según la famosa frase de Hobbes, hay “un miedo constante, el peligro de una muerte violenta; y la vida del hombre será solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.” (esto fue escrito por Hobbes al terminar la guerra civil en Inglaterra). Este es el equivalente hobbesiano de la última línea del Libro de Jueces:

“En esos días en Israel no había rey: cada uno hacía lo que le parecía.”

La única forma de huir de la anarquía, es que cada uno acceda a ceder alguno de sus derechos – especialmente el uso de la fuerza coercitiva – a un humano soberano. El gobierno trae consigo un alto precio. Consiste en transferir al gobernante el derecho de sus propiedades y su persona. El rey está autorizado a tomar propiedades, crear impuestos, y ordenar la conscripción al ejército si fuera necesario establecer la regla de la ley y la seguridad nacional. La gente accede a esto porque calcula que el precio de no hacerlo sería aún más alto – anarquía total y conquista por un poder extranjero.

Eso, según Chajes es lo que estaba haciendo Samuel por orden de Dios: proponiendo un contrato social y exponiendo los resultados de esa acción. Si esto fuera así, muchas otras cosas seguirían de allí. Lo primero es que tanto Ibn Ezra como Abarbanel estaban en lo cierto. Dios le dio al pueblo la capacidad de elegir o no a un rey. No fue un hecho compulsivo sino opcional. Lo segundo – y esta es la característica fundamental de las teorías de contrato social – es que el poder finalmente recae en el pueblo. Es cierto que hay límites morales al poder. Aún en el caso de un rey humano, éste está sometido a la soberanía de Dios. Dios nos da reglas que son eternas.

La política trata sobre leyes que son temporarias: para este tiempo, para este lugar, para estas circunstancias. Lo que hace que la política del contrato social sea particular es su insistencia en que el gobierno es la elección libre de una nación libre. La expresión más famosa de este concepto proviene de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos: “para asegurar estos derechos (a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad) los gobiernos están instituidos entre los hombres, derivando su justo poder del consentimiento de los gobernados.” Eso es lo que Dios le estaba diciendo a Samuel. Si el pueblo quiere un rey, dales un rey. Israel tiene el derecho de elegir la forma de gobierno que desee, dentro de los parámetros fijados por la ley de la Torá.

Sigue otra cosa – desarrollada por el R. Abraham Itzjak haCohen Kook (Responsa Mishpat Cohen, no. 143-4 pags. 336-337): “Como las leyes de la monarquía abarcan la situación general de la población, estos derechos legales retornan (en ausencia de un rey) a todo el pueblo. Específicamente podría parecer que cualquier líder (shofet) que surge en Israel tiene el status de rey (din melej iesh lo) en muchos aspectos, especialmente en lo concerniente a la conducta del pueblo… Cualquiera sea el que conduzca al pueblo puede gobernar de acuerdo a las leyes de la monarquía, ya que estas abarcan las necesidades de la gente para ese tiempo y esa situación.”

En otras palabras, en ausencia de un rey de la descendencia de David, el pueblo puede elegir ser gobernado por un rey no Davídico como se hizo en la época de los Hasmoneos, o alternativamente, por un Parlamento elegido democráticamente, como en el actual Estado de Israel.

La cuestión central, como lo considera la Torá, no es entre monarquía y democracia, sino entre el gobierno que es o no es elegido libremente por los gobernados. Ciertamente, la Torá es escéptica con respecto a la política. En un mundo ideal, Israel sería gobernada solo por Dios. Pero como naturalmente este no es un mundo ideal, debe haber un poder humano con la autoridad necesaria para asegurar que se cumplan las leyes y que los enemigos sean repelidos. Pero el poder nunca es ilimitado. Viene con dos límites: el primero, es estar sujeto a la autoridad suprema de Dios y de Sus leyes; el segundo, estar regido por el objetivo genuino de los intereses del pueblo. Cualquier intento de un gobernante de usar el poder para su ventaja personal (como el caso del rey Ahab y el viñedo de Nabot: 1 Reyes 21) es ilegítimo.

La sociedad libre nace con la Biblia hebrea. Lejos de un mandato de apartarse de la sociedad, la Torá es un bosquejo de la sociedad – una sociedad construida sobre la base de la libertad y la dignidad humanas, cuyos elevados ideales siguen siendo vigentes al día de hoy.

 

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  1. Para consultar un brillante estudio reciente que no trata los temas vistos anteriormente, ver Moshé Halbertal y Stephen Holmes en The beginning of Politics: Power in the Biblical Book of Samuel, Princeton University Press, 2017

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