Rabino Sacks Pinjás 5777 – Influencia y poder

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Influencia y poder

Pinjás –  2017 / 5777

Rabino Sacks Pinjas 5777 [PDF]

Sabiendo que está por morir, Moshé se dirige a Dios y le pide que nombre a un sucesor: Moshé dijo al Señor: “Que el Señor, Dios de los espíritus de la humanidad, nombre a un hombre por sobre esta comunidad para que entre delante de ellos, los lidere al salir y entrar, para que el pueblo del Señor no sea como rebaño de ovejas sin pastor” (Num. 27- 15: 17).

Es un gesto clarividente, desprovisto de egoísmo. Como comenta Rashi: “Esto es para expresar el elogio de los justos – que cuando estén por dejar a este mundo, dejen de lado sus necesidades personales y se preocupen por las de la comunidad.” Grandes líderes piensan en el futuro a largo plazo. Se preocupan por la sucesión y la continuidad. Fue así con Moshé. Dios le dice a Moshé que nombre a Yoshua, ‘un hombre en el que hay espíritu’. Le da instrucciones precisas de cómo proceder con la sucesión:

            “Toma a Yoshua hijo de Nun, un hombre en el que hay espíritu, y posa tu mano sobre él. Dile que se pare frente a Eleazar el sacerdote y de toda la comunidad y invístelo en su presencia. Dale parte de tu autoridad para que toda la comunidad de los israelitas le obedezca…Bajo su mando él y toda la comunidad de los israelitas saldrá, y bajo su mando, entrará.” (Num. 27: 18-21).

            Aquí se presentan tres acciones: 1. Moshé posa su mano sobre Yoshúa, 2. Debe pararse frente a Eleazar el sacerdote y toda la comunidad y 3. Darle “una parte de tu autoridad (me-hodeja)”. Cual es la significación de este triple procedimiento? Qué nos dice acerca de la naturaleza del liderazgo en el judaísmo?

Existe además un midrash fascinante acerca de la primera y la tercera de estas acciones: Y posa tu mano sobre él – es como prender una vela con otra. Dale una parte de tu autoridad – es como vaciar un receptáculo en otro. (Bamidbar Rabbai 21: 15) Detrás de estas palabras enigmáticas hay una verdad fundamental sobre el liderazgo.

En L’Espirit Des Lois (1748) Montesquieu, uno de los grandes filósofos políticos del Iluminismo, propuso su teoría de la “separación de poderes” en tres ramas: la legislativa, la ejecutiva y la judicial. Detrás de esto estaba su preocupación por el futuro de la libertad en el caso que el poder estuviera concentrado en una sola fuente:

La libertad no florece debido a que los hombres tienen derechos naturales, o porque se rebelan contra los líderes que les exigen demasiado. Florece porque el poder está distribuido y organizado de tal forma que el que esté tentado a abusarlo encontrará restricciones legales en el camino.

La fuente de Montesquieu no fue la Biblia – pero en un verso de Isaías hay una idea sorprendentemente similar:

Pues el Señor es nuestro juez; el Señor es nuestro dador de leyes; el Señor es nuestro Rey; Él nos salvará. (Isaías 33: 22)

Esta división tripartita también puede encontrarse en Devarim/Deuteronomio 17-18 en el pasaje que trata de los roles de liderazgo en el Israel antiguo: el rey, el sacerdote y el profeta. Los sabios luego hablaron de las “tres coronas” – la corona de la Torá, la de los sacerdotes y la del rey. Stuart Cohen, que escribió un elegante libro sobre el tema, Las Tres Coronas, nota que “lo que emerge del texto (bíblico) no es la democracia a través del sistema político, sino una noción clara del hecho de compartir el poder en los niveles más altos. Ni las Escrituras ni los tratados rabínicos más antiguos manifiestan simpatía alguna hacia cualquier sistema de gobierno en el cual un solo cuerpo o grupo posea el monopolio de la autoridad política.”

Las tres vías por las cuales Yoshúa fue propuesto para la función de líder tenían que ver con los tres tipos de liderazgo. Especialmente el segundo de ellos – “Hazlo pararse frente a Eleazar el sacerdote y toda la asamblea y conságralo en su presencia” –  tenía que ver con el hecho de que Moshé no era sacerdote. Su sucesor debía ser formalmente reconocido por el representante del sacerdocio, Eleazar el Sumo Sacerdote.

Poder e influencia frecuentemente se consideran como equivalentes: los que tienen poder tienen influencia y viceversa. En realidad, son bastante distintos. Si tengo el poder total y se me ocurre compartirlo con otras nueve personas, quedo con un décimo del poder anterior. En cambio, si tengo cierta medida de influencia y lo comparto con otras nueve personas, no tengo menos. Tengo más. En lugar de que una sola persona ejerza influencia, ahora hay diez. El poder funciona por división, la influencia por multiplicación.

Moshé tuvo dos roles. Por una parte era equivalente a un rey. Tomaba decisiones clave vinculadas con el pueblo: cómo debían organizarse, qué ruta tomar para las travesías, cuándo y con quién debían ir a la guerra. Pero también era el más grande de los profetas. Transmitía la palabra de Dios.

El rey tenía poder. Gobernaba. Tomaba decisiones políticas, económicas y militares. Los que le desobedecían podían ser ajusticiados. El profeta no tenía ningún poder. No comandaba batallones. No tenía cómo imponer sus ideas. Pero tenía una influencia masiva. Hoy en día, apenas recordamos los nombres de la mayoría de los reyes de Judá y de Israel. Pero las palabras de los profetas nos siguen inspirando por la fuerza de su visión y de sus ideales. Como mencionó Kierkegaard en una oportunidad: Cuando muere un rey, termina su poder; cuando muere un profeta, allí comienza su influencia.

Moshé debía ceder ambas funciones a su sucesor, Yoshúa. “Posa tu mano sobre él” significa: concédele tu rol de profeta, el intermediario a través del cual la palabra de Dios es transmitida al pueblo. Aún en estos días utilizamos la misma palabra, smijá (posar las manos) para describir el proceso mediante el cual el rabino ordena a sus discípulos. “Dale parte de tu autoridad (mehodeja)” se refiere al segundo rol. Significa investirlo del poder que posee como rey. Ahora comprendemos el midrash: la influencia es como encender una vela con otra. Compartir la influencia con otra persona no indica que se tiene menos, sino más. Cuando se utiliza una vela para encender otra, la luz de la primera no disminuye. Ahora simplemente, hay más luz.

Transferir el poder, sin embargo, es como vaciar un recipiente en otro. Cuanto más poder cedes, menos tienes. El poder de Moshé finalizó con su muerte. Su influencia, sin embargo, persiste hasta hoy en día.

El judaísmo tiene una postura ambivalente con respecto al poder. Es necesario. Sin él, como expresó el Rab Hanina, segundo del Sumo Sacerdote, “La gente se comería viva” (Avot 3: 2). Pero el judaísmo hace tiempo reconoció que (parafraseando a Lord Acton), el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. La influencia – la relación del profeta con el pueblo, o del maestro con el discípulo – es ciertamente diferente. Es una situación de sumatoria cero. Tanto maestro como discípulo crecen. Ambos se enriquecen.

Moshé le otorgó a Yoshúa poder e influencia. El primero era esencial para las tareas políticas y militares que se avecinaban. Pero fue la segunda la que transformó a Yoshúa en una de las grandes figuras de nuestra tradición.

Dicho simplemente, la influencia perdura más que el poder.

 

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