Rabino Sacks Shlaj Lejá 5777 – La libertad requiere paciencia

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

La libertad requiere paciencia

Shlaj Lejá –  2017 / 5777

Rabino Sacks Shelaj 5777 [PDF]

De quién fue la idea de enviar a los espías?

Según la parashá de esta semana, fue de Dios.

El Señor le dijo a Moshé: “Envía a hombres a explorar la tierra de Canaan que estoy dando a los israelitas. de cada tribu manda a uno de sus líderes.” Por lo que ante la orden de Dios, Moshé los mandó del desierto de Parán. (Num. 13: 1-3)

            Según Moshé en Deuteronomio, fue el pueblo:

Entonces todos ustedes se acercaron y me dijeron, “Vamos a enviar a unos hombres en vanguardia para espiar a la tierra por nosotros y que nos traigan un informe acerca de la ruta que debemos tomar y a las ciudades a las que iremos.” La idea me pareció buena; por lo que seleccioné a doce de ustedes, uno por cada tribu. (Deut. 1: 22-23)

            Rashi resuelve esta aparente contradicción. El pueblo se acercó a Moshé con su pedido. Moshé le preguntó a Dios qué hacer. Dios le dio permiso para mandar a los espías. No lo ordenó, simplemente no Se opuso. “Donde desea ir una persona, ahí será guiado” (Makkot 10b) – así decían los sabios. O sea, Dios no impide que las personas sigan por el camino o la acción que están decididos a hacer, aunque Él sabe que puede terminar en una tragedia. Es así la naturaleza de la libertad que Dios nos ha dado. Incluye la libertad de cometer errores.

Sin embargo Maimónides, (Guía para perplejos III: 32) propone una interpretación que nos da una perspectiva diferente de todo el episodio. Comienza señalando el versículo (Ex. 13:17) con el cual comienza el éxodo:

Cuando el Faraón permitió salir al pueblo, Dios no los guió por el camino que atraviesa el país de los filisteos, aunque era más corto. Porque Dios dijo, “Si se enfrentan con una guerra, podrían cambiar de parecer y volver a Egipto.” Entonces Dios los condujo a través del desierto hacia el Mar Rojo.

Maimónides comenta: “Aquí Dios los guió lejos de la ruta que había planeado originariamente, porque pensó que podían encontrarse con dificultades superiores a sus fuerzas. Entonces los llevó por una ruta distinta para lograr su objeto inicial.” Y luego agrega lo siguiente:

Es bien sabido que viajar por el desierto sin comodidades físicas como bañarse, genera coraje, mientras que lo opuesto produce debilidad. Además de esto, otra generación, no acostumbrada a la degradación y la esclavitud, se desarrolló durante la travesía.

Entonces, según Maimónides, era irrelevante quién fue el que mandó a los espías. Tampoco lo era el veredicto posterior al episodio – la condena a que ese pueblo vagara por el desierto durante cuarenta años y que serían sus hijos los que entrarían en la tierra, lo que fue en sí, un castigo. Fue una consecuencia inevitable de la naturaleza humana.

Lleva más de unos días o semanas transformar un pueblo de esclavos en una nación capaz de asumir las responsabilidades de la libertad. En el caso de los israelitas, fue necesaria una generación nacida en libertad, endurecida por la experiencia en el desierto, libre del hábito de la servidumbre. La libertad requiere tiempo, no hay atajos posibles. A veces lleva, efectivamente, mucho tiempo.

Esa dimensión del tiempo es fundamental para la visión judía de la política y del progreso humano. Es por eso que en la Torá, Moshé enuncia repetidas veces que los adultos eduquen a sus niños, que reproduzcan la historia de su pasado, que  “recuerden”. Es por eso que el pacto mismo se ha extendido a través del tiempo – entregado de una generación a la siguiente. Es por eso que la historia de los israelitas es contada tan extensamente en el Tanaj: el tiempo transcurrido en la Biblia hebrea es de mil años, desde los días de Moshé hasta el último de los profetas. Y es por eso que Dios actúa dentro y a través de la historia. A diferencia del cristianismo o del Islam, en el judaísmo no hay una transformación súbita de la condición humana, ni un momento o una única generación en la que todo lo significativo es revelado. Por qué, pregunta Maimónides (Guía III: 32) no les adjudicó simplemente Dios a los israelitas la fuerza o la confianza que necesitaban para cruzar el Jordán y entrar en la tierra? Su respuesta: porque hubiera sido abandonar la idea de la libertad humana, la elección, la responsabilidad. Hasta Dios mismo, sugiere Maimónides, debe lidiar con la naturaleza humana y su muy lenta capacidad de cambio. No porque Dios no pueda cambiar a la gente: naturalmente que puede. Él los creó; Él los podría re-crear. La razón es que Dios elige no hacerlo. Practica lo que los cabalistas de Safed llamaron el tzim-tzum, la autolimitación. Desea que los seres humanos construyan una sociedad en libertad – y cómo podría hacerlo si, para poder materializarla tuviera que privarlos de la misma libertad que Él quería que ellos crearan. Hay ciertas cosas que un padre o madre no harían por su hijo o hija si es que quieren que se transformen en adultos. Hay algunas cosas que Dios elige no hacer por Su pueblo si es que quiere que madure moral y políticamente. En uno de mis libros denominé a esto imaginación cronológica, como contrapartida de la imaginación lógica de los griegos. La lógica carece de la dimensión del tiempo. Es por eso que los filósofos tienden a ser o rígidamente conservadores (Platón no quería poetas en su República; decía que amenazaban el orden social) o profundamente revolucionarios (Rousseau, Marx). El orden social actual es correcto o no lo es. En el primer caso, no es necesario cambiarlo. En el segundo, deberíamos reemplazarlo. El hecho de que el cambio lleva tiempo, aún muchas generaciones, no es una idea fácil de congeniar con la filosofía (aun con aquellos como Hegel y Marx que tomaban en cuenta el tiempo, pero lo hacían mecánicamente, hablando de la “inevitabilidad histórica”, más que del ejercicio impredecible de la libertad).

Uno de los factores inusuales de la civilización occidental en los siglos recientes es que los autores más elocuentes sobre la tradición – Edmund Burke, Michael Oakeshott, T.S. Eliot – han sido profundamente conservadores, defensores del status quo. Sin embargo, no hay ninguna razón por la cual la tradición deba serlo. Podemos transmitir a nuestros hijos, no sólo nuestro pasado sino también nuestros ideales incumplidos. Podemos desear que nos superen; que transiten en el camino de la libertad más allá de lo que pudimos hacer nosotros. Es así, por ejemplo, como comienza el servicio del Seder de Pésaj: “Este año, esclavos; el año que viene, libres; este año aquí; el año que viene, en Israel”. La tradición puede ser evolutiva sin ser revolucionaria.

Esa es la lección de los espías. Pese al enojo Divino, el pueblo no fue condenado al exilio permanente. Simplemente debieron confrontarse con el hecho de que sus hijos podrían lograr algo para lo cual ellos no estaban aún preparados.

La gente todavía se olvida de esto. Las guerras en Afganistán e Iraq se desarrollaron, por lo menos en parte, en nombre de la democracia y la libertad. Pero esa es labor de la educación, de la construcción de la sociedad, de la gradual aceptación de la responsabilidad, no de la guerra. Lleva generaciones lograrlo. En algunos casos no es posible. El pueblo – como los israelitas, desmoralizados por el informe de los espías – pierde el entusiasmo y quiere volver al pasado previsible (“Elijamos un líder y volvamos a Egipto”), y no el futuro no visible, exigente, azaroso. Es por eso que históricamente, ha habido más tiranías que democracias.

La política de la libertad requiere paciencia. Años de lucha sin abandonar la esperanza. Emmanuel Levinas hablaba de la “libertad difícil” – y la libertad es siempre difícil. La historia de los espías nos demuestra que la generación de los que salieron de Egipto aún no estaba preparada para ella. Esa fue su tragedia. Pero sus hijos sí lo estaban. Ese fue su consuelo.

 

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