Rabino Sacks Koraj 5777 – Una lección de resolución de conflicto

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Una lección de resolución de conflicto

Koraj –  2017 / 5777

Rabino Sacks Koraj 5777 [PDF]

La rebelión de Koraj fue el desafío singular más peligroso que tuvo Moshé en los cuarenta años de liderazgo a través del desierto. El detalle preciso de los eventos es difícil de seguir porque fueron, en sí, tumultuosos y desordenados. La narrativa destaca sin embargo con toda claridad que los rebeldes provenían de distintos grupos, cada uno de los cuales tenía un motivo distinto de resentimiento:

            Ahora Koraj, hijo de Izhar, hijo de Levi decidió, junto con Datán y Abiram, hijos de Eliab y On, hijo de Pelet – descendientes de Reuben – alzarse contra Moshé junto con doscientos cincuenta israelitas, jefes de la comunidad, elegidos en la asamblea, hombres de reputación. Conspiraron contra Moshé y Aarón y les dijeron “Han ido demasiado lejos! Pues toda la comunidad es sagrada, toda ella, y el Señor está en su seno. Por qué entonces se alzan sobre la congregación del Señor?” (Num. 16: 1-3)

            Distinguiendo entre las diversas facciones, Rashi sugiere que Koraj, el principal promotor del levantamiento, se sentía agraviado porque Moshé había nombrado Sumo Sacerdote a Aarón. Moshé era hijo de Amram, el hijo mayor de Kohat. Koraj era el hijo mayor del segundo hijo de Kohat, Yizhar, y sintió que debía recibir ese nombramiento. El hecho de que Moshé eligiera a su propio hermano para la función le pareció a Koraj un favoritismo inaceptable.

Los Reubenitas, sugiere Ibn Ezra, sintieron que como descendientes del primogénito de Yaakov, tenían derecho a una posición de liderazgo. Ibn Ezra agrega que la gota que colmó el vaso puede haber sido el nombramiento de Yehoshua como su sucesor. Yehoshua provenía de la tribu de Efraim, el hijo de Yosef. Esto puede haber revivido la memoria de los viejos conflictos entre los hijos de Lea (cuyo primogénito era Reuben) y los de Rajel, cuyo primogénito era Yosef.

Los otros 250 rebeldes, conjetura Ibn Ezra, eran primogénitos, todavía no reconciliados con el hecho de que, después del pecado del becerro de oro, el rol especial del servicio a Dios pasó de los primogénitos a la tribu de Levi.

Cada facción tenía motivos para sentirs agraviados debido a la asignación de las posiciones de liderazgo. Lo irónico del desafío es indudable. Dicen ser democráticos, igualitarios: “Toda la comunidad es santa, toda ella…Por qué te elevas sobre la congregación del Señor?” Lo que dicen es que todos deben ser líderes. Lo que quieren decir es: el líder debería ser yo.

En cuanto a los tiempos de la revuelta, Ramban seguramente está en lo cierto al ubicarla inmediatamente después de la debacle de los espías, asegurando de esa forma que el pueblo no entraría a la tierra hasta la generación siguiente. Mientras los israelitas, a pesar de su descontento, sentían que estaban encaminándose hacia el destino final, Koraj y los demás rebeldes no tenían la posibilidad cierta de atraer al pueblo a la revuelta. Una vez que llegaran a la conclusión de que no vivirían para cruzar el Jordán, Koraj sabía que la rebelión era posible. La gente estaba desilusionada, no tenía nada que perder.

Hasta ahora, la historia de Koraj es muy realista. Se trata de un líder que logra movilizar a la población articulando una visión. Pero el camino de lo real a lo ideal, desde el punto de partida hasta el destino, está plagado de contratiempos y desilusiones. Es ahí donde los conductores corren el riesgo de ser depuestos o asesinados, y Koraj es el símbolo eterno de un estilo perenne: el hombre ambicioso, fríamente calculador, que fomenta el descontento en contra de un líder acusándolo de ser un tirano ególatra. Lo combate en nombre de la libertad, pero lo que desea es transformarse él mismo en tirano.

Lo que es excepcionalmente inusual es cómo termina la historia. Moshé inicialmente había propuesto una simple prueba. Los rebeldes, y Aarón, debían preparar incienso para el día siguiente. Dios daría la señal de cuál ofrenda aceptaría. Pero antes de que esto ocurra, Moshé se encontró con la actitud de desprecio y provocación intolerable por parte de Datán y Abiram. Al percibir que la situación podía salirse de control, buscó una solución inmediata mediante una resolución dramática:

Moshé dijo: “Con esto sabrán si fue el Señor el que me mandó a hacer estas cosas; que no son de mi propia voluntad: si estos hombres mueren como lo hacen todos, si su destino es el compartido por toda la humanidad, no fue el Señor el que me envió. Pero si el Señor trajera algo inesperado, algo que la tierra se abra y los trague a ellos y a todos sus bienes, y que descienden vivos al Sheol, sabrán que estos hombres han despreciado al Señor.” (Num. 16: 28-30)

Apenas terminó de hablar, se abrió la tierra tragándose a los rebeldes. El milagro con el que había contado Moshé, ocurrió. Según cualquier convención narrativa se supondría que con esto acabaría la rebelión y Moshé quedaría reivindicado. El Cielo respondió a su llamado de la forma más dramática. Demostró que tenía razón. Fin de la revuelta. Fin del episodio.

Esto es precisamente lo que no ocurrió – un indudable ejemplo de lo que hace que la Torá sea tan especial y su mensaje tan inesperado. En lugar de aplastar la revuelta, leemos lo siguiente: Al día siguiente, toda la comunidad de los israelitas comenzó a murmurar contra Moshé y Aarón. “Han matado a la gente del Señor” dijeron.

Esta vez es Dios mismo el que interviene. Le dice a Moshé que tome doce varas, una por cada tribu, y que las deposite durante la noche en la Tienda de Reunión. A la mañana siguiente la vara que llevaba el nombre de Aarón y el de la tribu de Leví había brotado, florecido y dado almendras. Sólo entonces cesó la rebelión.

Este es un desenlace sorprendente – y lo que nos transmite es profundo. El uso de la fuerza nunca resuelve un conflicto. Sólo agrega agravio a la injuria. Aún el milagro de que se abriera la tierra y se tragase a sus oponentes no le aseguró a Moshé la reivindicación buscada. Lo que terminó con el conflicto fue un factor totalmente distinto: el símbolo evidente de que Aarón era el elegido del Dios de la vida. El milagro sutil de una vara seca que renace dando flores y frutos anticipa las famosas palabras del libro de Proverbios sobre la Torá:

Es árbol de vida para quienes la abrazan;

y los que la tengan consigo serán bendecidos (Prov. 3: 18)

Moshé y Aarón fueron acusados de fallar en su misión. Sacaron al pueblo de Egipto para llevarlo a la tierra de Israel. Después de la debacle de los espías había muerto la esperanza. La vara que revivió (como la visión de Ezequiel del valle de los huesos secos) fue un símbolo de que la esperanza no había muerto, sólo había sido diferida. La generación siguiente viviría y llegaría a su destino. Dios es el Dios de la vida. Lo que Él toca, no muere.

El episodio de Koraj nos enseña que hay dos maneras de resolver un conflicto: por la fuerza o mediante persuasión. La primera niega al oponente. La segunda lo toma en cuenta, aceptando su desafío y enfrentándolo.

La fuerza nunca soluciona el conflicto – ni aún en el caso de Moshé, ni cuando la fuerza es milagrosa. Nunca hubo una intervención más decisiva que la del milagro que tragó a Koraj y sus colegas rebeldes. Sin embargo no resolvió el conflicto. Lo intensificó. Después de lo ocurrido, toda la comunidad de los israelitas – los que no habían tomado parte de la rebelión – se quejaron. “Ustedes mataron al pueblo del Señor.” Lo que lo resolvió fue el silencioso, sutil milagro que demostró que Aarón era el verdadero emisario del Dios de la vida. No es casual que el versículo que llame a la Torá “el árbol de la vida”, esté precedido por estas palabras:

Sus caminos son caminos placenteros,

            Y todos sus senderos son de paz (Prov. 3:17)

Esa es la manera del judaísmo de resolución de conflictos – no por la fuerza, sino por la amabilidad y la paz.

 

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