Rabino Sacks Behar/Bejukotai 5775 – La Política de Responsabilidad

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

La Política de Responsabilidad

Behar/Bejukotai – 2015 / 5775

Rabino Sacks BeharBejukotai 5775 [PDF] 

El 26º capítulo de Vayikra se presenta con una claridad maravillosa en los términos de la vida judía bajo el pacto. Por un lado, hay una imagen idílica de la bendición del divino favor. Si Israel sigue los decretos de Dios y mantiene sus mandamientos, habrá lluvia, la tierra dará su fruto, habrá paz, el pueblo florecerá, tendrán hijos y la Divina presencia estará en medio del pueblo. Dios los hace libres “Rompí las barras de tu yugo y te permití caminar llevando la cabeza en alto”.

Por el otro lado de la ecuación, es terrorífica: la maldición que caerá en la nación si los israelitas fallaban al honrar su misión como una nación santa:

“Pero si no me oyereis, ni hiciereis todos estos mis mandamientos….traeré sobre ti terror repentino, enfermedades debilitantes y fiebre y destruiré tu visión y haré languidecer tu vida. Plantarás semillas en vano, será para alimentar a tus enemigos…Si después de todo esto sigues sin escucharme, te castigaré por tus pecados siete veces más. Romperé tu obstinado orgullo y haré que el cielo sobre ti sea como hierro y la tierra debajo de ti como bronce…convertiré tus ciudades en ruinas y dejaré en ruinas tus santuarios, y no me deleitaré con los placenteros aromas de tus ofrendas. Asolaré tu tierra, para que tus enemigos que viven en ellas se repugnen…Para aquellos que queden, haré sus corazones tan temerosos en las tierras de sus enemigos que el sonido de una hoja al viento los hará huir. Correrán como si escaparan de la espada, y caerán, aunque nadie los esté persiguiendo. (Lev. 26:14-36)

Al leerlo completo, este pasaje es más como literatura del Holocausto que cualquier otra cosa. La repetición de las frases – “Si después de esto….Si a pesar de esto…Si a pesar de todo” – vienen como golpes de martillo al destino. Es un pasaje aplastante en su impacto, sobre todo porque se hizo realidad en varias ocasiones en la historia judía. Sin embargo, las maldiciones terminan con la más profunda promesa de consuelo definitivo. A pesar de todo, Dios no romperá Su pacto con el pueblo judío. Colectivamente el pueblo será eterno. Pueden sufrir, pero nunca será destruido. Se someterá al exilio, pero eventualmente regresará.

Dicho con el mayor drama, esta es la lógica del pacto. Diferente a otras concepciones de historia o de política, el pacto ve nada inevitable o incluso natural sobre el destino del pueblo. Israel no seguirá las leyes usuales de lo que levanta y tira a las civilizaciones. El pueblo judío no vería su existencia nacional en términos de cosmología, escrita en la estructura del universo, inmutable y fijada por todos los tiempos, como lo hicieron los antiguos mesopotámicos y egipcios. Ni tampoco verían su historia como cíclica, un asunto de crecimiento y declive. En su lugar sería absolutamente dependiente sobre consideraciones morales. Si Israel era fiel a su misión, florecería. Si se desviaba de su vocación, sufriría derrota tras derrota.

Solo una otra nación en la historia ha visto consistentemente su destino en términos similares, a saber, los Estados Unidos. La influencia de la Biblia hebrea en la historia americana – llevada por los Padres Peregrinos y reiterada en la retórica presidencial desde entonces – fue decisiva. Aquí está como un escritor describió la fe de Abraham Lincoln:

Somos una nación formada por un pacto, por dedicación a un conjunto de principios y un intercambio de promesas para sostener un avance y ciertos compromisos entre nosotros mismos y a través del mundo. Esos principios y compromisos son el centro de la identidad americana, el alma de un cuerpo político. Son los que hacen a la nación americana única, y únicamente valiosa, entre las otras naciones. Pero el otro lado de la concepción contiene una advertencia muy parecida a las advertencias dichas por los profetas a Israel: si nosotros fallamos en nuestra promesa del uno al otro, y perdemos los principios del pacto, entonces perdemos todo por lo que somos (1).

Las políticas de pacto son políticas morales, llevan a una conexión elemental entre el destino de una nación y su vocación. Este es la categoría del estado como un asunto no de poder sino de responsabilidad ética.

Uno pudo haber pensado que esta clase de políticas roba a la nación de su libertad. Spinoza argumentaba justo esto. “Esto, entonces, fue el objeto de la ley ceremonial”, escribió, “que los hombres no deben hacer nada con su propia libertad, sino deben siempre actuar bajo una autoridad externa, y deben continuamente confesar por sus acciones y pensamientos que ellos no eran sus propios amos” (2). Sin embargo, en este aspecto, Spinoza estaba equivocado. La teología del pacto es empática con las políticas de libertad.

Lo que está pasando en Vayikra 26 es una aplicación a una nación como un todo de la propuesta de Dios escrita a individuos al inicio de la historia humana:

Entonces el Señor dijo a Caín, “¿Por qué estás enojado? ¿Por qué está tu cara alicaída? Si has hecho lo que es justo, ¿acaso no serás aceptado? Pero si no has hecho lo que es justo, el pecado está agazapado en tu puerta, desea tenerte, pero tú debes dominarlo”. (Gen. 4:6-7).

La elección- está diciendo Dios – está en tus manos. Eres libre de hacer lo que elijas. Pero las acciones tienen consecuencias. No puedes excederte en la comida y no hacer ejercicio, y al mismo tiempo estar sano. No puedes actuar de forma egoísta y ganarte el respeto de otras personas. No puedes permitir que las injusticias prevalezcan y sostener la cohesión social. No puedes permitir a los gobernantes usar el poder de sus propios fines sin destruir la base de un orden social. No hay nada místico sobre estas ideas. Son eminentemente inteligibles. Pero también son, e inescapablemente, morales.

Los saqué de la esclavitud – dice Dios – y los empoderé para ser libres. Pero no puedo abandonarles. No intervendré en sus elecciones, pero les instruiré sobre qué elecciones deberían tomar. Les enseñaré la constitución de la libertad.

El primer y más importante principio es: Una nación no puede adorarse a sí misma y sobrevivir. Antes o después, el poder corromperá a aquellos que la esgriman. Si la fortuna la favorece y crece rica, será indulgente y eventualmente decadente. Sus ciudadanos no tendrán el valor de pelear por su libertad, y caerá hacia otro poder más espartano.

Si hay grandes inequidades, el pueblo carecerá de un sentido común del bien. Si el gobierno es arbitrario e irresponsable, fracasará en ordenar la lealtad del pueblo. Nada de esto se lleva su libertad. Es simplemente el panorama en el que la libertad es ejercida. Puedes elegir esta forma o la otra, pero no todos los caminos llevan al mismo destino.

Para quedar libre, una nación debe rendir culto a algo más grande que ella misma, nada menos que a Dios, junto con la creencia de que los seres humanos son creados a Su imagen. La auto-adoración a escala nacional lleva al totalitarismo y la extinción de la libertad. Tomó la pérdida de 100 millones de vidas en el siglo XX para recordarnos esta verdad.

En la cara del sufrimiento y la pérdida, hay dos preguntas fundamentalmente diferentes que una nación o individuo puede preguntar, y llevan a dos resultados diferentes. La primera es “¿Qué hice, o hicimos, mal?” La segunda es, “¿Quién hizo esto?”. No es una exageración decir que esta es la elección fundamental gobernando los destinos de la gente.

Lo ultimo lleva inescapablemente a lo que hoy se conoce como la cultura víctima. Localiza la fuente del mal fuera de uno mismo. Se culpa a alguien más. No es que yo o nosotros este/estemos en falta, sino es una causa externa. La atracción de esta lógica puede ser abrumadora. Genera simpatía. Llama, y a menudo invoca, compasión. Es, sin embargo, profundamente destructiva. Lleva a las personas a verse a sí mismas como objetos, no como sujetos. Las personas se convierten en hechas para, no en hacedoras; pasivas, no activas. Los resultados son ira, resentimiento, rabia y un flameante sentido de injusticia. Ninguno de estos, sin embargo, lleva a la libertad, ya que por su propia lógica la mentalidad abdica de la responsabilidad por las circunstancias actuales en las que uno se encuentra a uno mismo. Culpar a otros es el suicidio de la libertad.

Culpar a uno mismo, por contraste, es difícil. Significa vivir con auto-crítica constante. No es una ruta de paz mental. Sin embargo empodera profundamente. Implica que, precisamente porque aceptamos nuestra responsabilidad por las cosas malas que han pasado, también tenemos la habilidad de trazar un curso diferente en el futuro. Dentro de los términos puestos por el pacto, el resultado depende de nosotros. Esa es la lógica de la geografía de la esperanza, y se apoya sobre la elección que Moisés definiría más tarde con estas palabras:

Este día he llamado a los cielos y a la tierra como un testigo contra ti, que yo he puesto ante ti vida y muerte, bendiciones y maldiciones. Ahora elige la vida, para que tú y tus hijos puedan vivir. (Deut. 30:19)

Una de las más profundas contribuciones que la Torá hizo a la civilización de Occidente es esta: que el destino de las naciones descansa no en las externalidades del poder, destino o circunstancia, sino en la responsabilidad moral: la responsabilidad por crear y sostener una sociedad que honre la imagen de Dios en cada ciudadano, ricos y pobres, poderosos y no poderosos, todos al mismo tiempo.

La política de la responsabilidad no es sencilla. Las maldiciones de Vayikra 26 son el opuesto del alivio. Sin embargo las profundas consolaciones con las que terminan no son accidentales ni son pensamientos de ilusión. Son testimonio del poder del espíritu humano cuando es llamado a su más grande vocación. Una nación que se ve a sí misma como responsable por los males que le acontecen, es también una nación que tiene un poder inextinguible de recuperación y retorno.

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(1) John Schaar, Legitimidad y el Estado Moderno – Legitimacy and the Modern State, 291.

(2) Spinoza, Tratado Teológico – Político – Theologico-Political Treatise, ch. 5.

 

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