Rabino Sacks Tazria-Metzora 5775 – La Circuncisión del Deseo

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

La Circuncisión del Deseo

Tazria-Metzora – 2015 / 5775

Rabino Sacks Tazria Metzora 5775 [PDF] 

Es difícil trazar con precisión el momento cuando una idea nueva aparece por primera vez en la escena humana, especialmente una tan amorfa como lo es el amor. Pero el amor tiene una historia (1). Está el contraste que encontramos en Grecia, y después el pensamiento Cristiano del eros y ágape: el deseo sexual y el altamente abstracto amor por la humanidad en general.

Está el concepto de caballería que hace su aparición en la era de las Cruzadas, el código de conducta que aprecia la gallardía y proezas de valentía para “ganar el corazón de una dama”. Está el amor romántico que hace su aparición en las novelas de Jane Austen, cubierto con la salvedad de que el joven o no tan joven destinado a la heroína debe tener la renta y el patrimonio adecuados, para ejemplificar la “verdad universalmente reconocida, que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna, debe estar en necesidad de una esposa” (2). Y está el momento en El Violinista en el Tejado donde, expuesto por sus hijas a las nuevas ideas en la Rusia pre-revolucionaria, Tevye se da vuelta a su esposa Golde, y tiene lugar la siguiente conversación:

Tevye: ¿Me amas?

Golde: ¡Soy tu esposa!

Tevye: ¡Lo sé! Pero, ¿me amas?

Golde: ¿Si lo amo? Por veinticinco años he vivido con él, peleando con él, pasando hambre con él. Veinticinco años, mi cama es su…

Tevye: ¡Shh!

Golde: Si eso no es amor, ¿qué es?

Tevye: ¡Entonces me amas!

Golde: ¡Supongo que sí, te amo!

La historia interna de la humanidad es parte de la historia de la idea del amor. Y en algún momento una nueva idea aparece en el Israel bíblico. Podemos rastrearlo mejor en un pasaje altamente sugerente en el libro de uno de los grandes profetas de la Biblia, Oseas.

Oseas vivió en el octavo siglo AC. El reino había sido dividido desde la muerte de Salomón. El reino del norte en particular, donde vivía Oseas, había transcurrido después de un periodo de paz y prosperidad a un caos descontrolado e idólatra. Entre 747 y 732 AC había no menos de cinco reyes, el resultado de una serie de intrigas y luchas sangrientas de poder. El pueblo, también, se había tornado laxo: “No hay fidelidad o amabilidad, y no hay conocimiento de Dios en la tierra; hay maldiciones, mentiras, matanzas, robos y actos de adulterio; se rompen todas las barreras y hay asesinato tras asesinato” (Hos. 4:1-2).

Como otros profetas, Oseas sabía que el destino de Israel dependía de su sentido de misión. Fiel a Dios, era capaz de hacer cosas extraordinarias: sobrevivir en la cara de imperios, y generar una sociedad única en el mundo antiguo, de igual dignidad que todos como conciudadanos bajo la soberanía del Creador del cielo y la tierra. Sin fe, sin embargo, era uno más de los poderes menores en el antiguo Oriente Cercano, cuyas chances de sobrevivir contra predadores políticos más grandes eran mínimas.

Lo que hace al libro de Oseas notable es el episodio con el que inicia. Dios le dice al profeta que se case con una prostituta, y vea lo que se siente tener un amor traicionado. Solo entonces Oseas tendrá una mirada del sentido de la traición del pueblo de Israel a Dios. Habiéndolos liberado de la esclavitud y trayéndolos hacia su tierra, Dios vio que se olvidaron del pasado, abandonaron el pacto, y rindieron culto a dioses extraños. Sin embargo Él no podía abandonarlos a pesar del hecho de que ellos lo abandonaron a Él. Es un pasaje poderoso, llevando la asombrosa afirmación de que más que el pueblo judío ama a Dios, Dios ama al pueblo judío. La historia de Israel es una historia de amor entre la fidelidad de Dios y su pueblo a menudo sin fe. Aunque Dios algunas veces enojado, Él no puede más que perdonar. Él los tomará y los llevará a una segunda luna de miel, y ellos renovarán sus votos matrimoniales.

“Por lo tanto ahora voy a seducirla;

La llevaré al desierto

Y le hablaré tiernamente. . .

te desposaré conmigo para siempre;

te desposaré en rectitud y justicia,

en amor y compasión.

Te desposaré en fidelidad,

y conoceréis al Señor” (Oseas 2: 16-22).

En esta última oración – con esta comparación explícita entre el pacto y un matrimonio – lo que dicen los hombres judíos cuando se ponen en la mano el tefillin, enrollando la tira alrededor del dedo como un anillo de compromiso.

Un verso en el medio de su profecía merece un escrutinio más cercano. Contiene dos metáforas complejas que deben ser reveladas hebra por hebra:

“En ese día”, declara el Señor,

“tú Me llamarás ‘mi esposo’ (ishí);

tú no Me volverás a llamar “mi maestro” (baali). (Oseas 2:18)

Este es un doble juego de palabras. Baal, en hebreo bíblico, quiere decir “un esposo”, pero en un sentido altamente específico – a saber, ‘maestro, dueño, posesor, controlador’. Señalaba un dominio físico, legal y económico. También es el nombre del dios cananeo – a quienes sus profetas retó Elías en la famosa confrontación del Monte Carmel. Baal (a menudo retratado como un toro) era el dios de la tormenta, que venció a Mot, el dios de la esterilidad y la muerte. Baal fue la lluvia que impregnó la tierra y la hizo fértil. La religión de Baal es el culto a un dios-como-poder.

Oseas contrasta esta clase de relación con la otra palabra en hebreo para marido, ish. Aquí él está recordando las palabras del primer hombre a la primera mujer:

“Esto es ahora hueso de mis huesos

Y carne de mi carne;

Ella será llamada Mujer (ishah),

Porque ella fue tomada del Hombre (ish)” (Gen. 2:23).

Aquí la relación masculino-femenino está predicada sobre algo más que poder y dominio, pertenencia y control. Hombre y mujer se confrontan uno al otro en igualdad y diferencia. Cada uno es imagen del otro, sin embargo cada uno está separado y es distinto. La única relación capaz de unirlos sin el uso de la fuerza es un matrimonio como pacto – un lazo de lealtad mutua y amor en el que cada uno hace una promesa al otro de servirse el uno al otro.

No solo es esta una forma radical de re conceptuar la relación entre el hombre y la mujer. También, implica Oseas, la forma en la que debemos pensar la relación entre los seres humanos y Dios. Dios se acerca a la humanidad no como poder – la tormenta, el trueno, la lluvia – sino como amor, y no un amor abstracto, filosófico, sino un amor profundo y permanente pasión que sobrevive todas las decepciones y traiciones. Israel puede no portarse siempre amorosamente hacia Dios, dice Oseas, pero Dios ama a Israel y nunca dejará de hacerlo.

Cómo nos relacionamos con Dios afecta a cómo nos relacionamos a otras personas. Ese es el mensaje de Oseas – y viceversa: cómo nos relacionamos con otras personas afecta la forma en que pensamos de Dios. El caos político de Israel en el siglo octavo AC estuvo íntimamente conectado al capricho religioso. Una sociedad construida sobre corrupción y explotación es una en la que el poder prevalece sobre lo justo. Eso no es judaísmo sino idolatría, el culto a Baal.

Ahora entendemos por qué el símbolo del pacto es la circuncisión, el mandamiento dado primeramente en la parshiot de esta semana, Tazria. Para que la fe sea más que el culto del poder, debe afectar lo más íntimamente la relación entre el hombre y la mujer. En una sociedad fundada en el pacto, las relaciones hombre-mujer se construyen sobre algo más y más suave que la dominación masculina, el poder masculino, el deseo sexual y el deseo de poseer, controlar y poseer. Baal debe convertirse en ish. El macho alfa debe convertirse en el esposo cariñoso. El sexo debe ser santificado y templado por el respeto mutuo. El impulso sexual debe ser circuncidado y circunscrito para que ya no busque poseer y en su lugar estar contenido en el amor.

Debe haber más que una conexión accidental entre el monoteísmo y la monogamia. Aunque la ley bíblica no domina la monogamia, la describe sin embargo como el estado normativo desde el comienzo de la historia humana: Adán y Eva, un hombre, una mujer. En el Génesis siempre que un patriarca se casa con más de una mujer vienen tensiones y angustia. El compromiso con un Dios es reflejado en el compromiso con una persona.

La palabra hebrea emunah, a menudo traducida como “fe”, de hecho significa fidelidad, fe, precisamente el compromiso que uno toma al hacer un matrimonio. A la inversa, para los profetas hay una conexión entre idolatría y adulterio. Así es como Dios describe Israel a Oseas. Dios se casó con los israelitas pero ellos, sirviendo a los ídolos, actuaron la parte de una mujer promiscua (Oseas. 1-2).

El amor de un esposo por su esposa – un amor que es a la vez personal y moral, apasionado y responsable – es lo más cerca que llegamos a entender el amor de Dios por nosotros y nuestro ideal de amor por Él. Cuando Oseas dice, “Tú conocerás al Señor” él no quiere decir conocimiento en un sentido abstracto. Quiere decir el conocimiento de la intimidad y la relación, el toque de dos seres a través del abismo metafísico que separa una conciencia de otra. Este es el tema del Cantar de Cantares, esa profundamente humana y al mismo tiempo profundamente mística expresión del eros, el amor entre la humanidad y Dios. También el significado de una de las sentencias definitivas del judaísmo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deut. 6:5).

El judaísmo desde el principio hizo una conexión entre la sexualidad y la violencia por un lado, y la fidelidad marital y el orden social por el otro. No es por casualidad que el matrimonio sea llamado kiddushin, “santificación”. Como el pacto en sí mismo, el matrimonio es una promesa solemne de lealtad entre dos partes, cada una reconociendo la integridad de la otra, honrando sus diferencias incluso cuando se unen para traer una vida nueva a ser. El matrimonio es a la sociedad lo que el pacto es a la fe religiosa: una decisión a hacer del amor – no del poder, riqueza o fuerzas mayores – el generativo principio de la vida.

Así como la espiritualidad es la relación más íntima entre nosotros y Dios, también lo es el sexo en su más íntima relación entre nosotros y otra persona. La circuncisión es el eterno signo de la fe judía porque une la vida del alma con la pasión del cuerpo, recordándonos que ambos deben ser gobernados por la humildad, la auto-restricción y el amor.

Brit milah ayuda a transformar lo masculino de Baal a Ish, del compañero dominante al esposo amoroso, así como Dios le dice a Oseas que esto es lo que Él busca en Su relación con el pueblo del pacto. La circuncisión convierte la biología a espiritualidad. El impulso instintivo masculino de reproducirse se convierte en un acto de alianza de mutuo acuerdo y afirmación mutua. Fue así un giro decisivo en la civilización humana como el monoteísmo abrahámico mismo. Ambos tratan sobre abandonar el poder como base de la relación, y a cambio, alinearnos con lo que Dante llamó “el amor que mueve el sol y otras estrellas” (3). La circuncisión es la expresión física de la fe que vive en el amor.

 

SacksSignature

(1) Ver, e.g., C. S. Lewis, Los Cuatro Amores – The Four Loves. New York: Harcourt, Brace, 1960. Simon May, Amor: Una Historia – Love: A History. New Haven: Yale UP, 2011.

(2) La famosa primera línea de Orgullo y Prejuicio.

(3) La Divina Comedia, 33: 143-45.

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