Rabino Sacks Vayikra 5775 – ¿Por qué nos sacrificamos?

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

¿Por qué nos sacrificamos?

Vayikra – 2015 / 5775

Rabino Sacks Vayikra 5775 [PDF] 

 

Las leyes de los sacrificios que dominan los primeros capítulos del libro del Levítico, están entre los más difíciles de la Torah para relacionarlos con el presente. Han sido casi 2000 años desde que el Templo fue destruido y el sistema de sacrificios llegó a su fin. Pero los pensadores judíos, especialmente los más místicos entre ellos, lucharon por entender el significado interior de los sacrificios y la declaración que hacen sobre la relación entre la humanidad y Dios. Fueron entonces capaces de rescatar el espíritu de los sacrificios, incluso cuando realizarlos físicamente no fuera posible.

Entre los más simples, sin embargo más profundo, estaba el comentario hecho por R. Shneor Zalman de Ladi, el primer Rebe de Lubavitch. Él notó una extrañeza gramatical sobre la segunda línea de la parsha de hoy:

Habla a los hijos de Israel y diles: cuando uno de ustedes ofrece un sacrificio al Señor, el sacrificio debe ser tomado del ganado, ovejas o cabras. (Lev. 1:2)

O algo así el verso debería leerse si fuera construido de acuerdo a las reglas normales de gramática. Sin embargo, en hebreo el orden de las palabras de esta oración es extraño e inesperado. Deberíamos esperar que se leyera: adam mikem ki yakriv, “cuando uno de ustedes ofrece un sacrificio”. En su lugar lo que dice es adam ki yakriv mikem, “cuando uno ofrece un sacrificio de ustedes”. La esencia del sacrificio, dice R. Shneor Zalman, es que nosotros nos ofrecemos a nosotros mismos. Llevamos a Dios nuestras facultades, nuestras energías, nuestros pensamientos y emociones. La forma física del sacrificio – un animal ofrecido en el altar – es solo una manifestación externa de un acto interno. El real sacrificio es mikem, “de ti”. Nosotros damos a Dios algo de nosotros mismos (i).

¿Qué es exactamente lo que le damos a Dios cuando ofrecemos un sacrificio? Los místicos judíos, entre ellos R. Shneor Zalman, hablan sobre dos almas que cada uno de nosotros tiene – el alma animal (nefesh ha-behamit) y el alma Piadosa. Por un lado somos seres físicos. Somos parte de la naturaleza. Tenemos necesidades físicas: alimento, bebida, cobijo. Nacemos, vivimos, morimos. Como lo pone el Eclesiástico:

El destino del hombre es como el de los animales; el mismo destino les espera: Mientras uno muere, así también muere el otro. Ambos tiene el mismo aliento; el hombre no tiene ventaja sobre el animal. Todo es una mera respiración fugaz. (Eclesiástico 3:19)

Sin embargo no somos simplemente animales. Tenemos dentro de nosotros añoranzas inmortales. Podemos pensar, hablar y comunicarnos. Podemos, por actos de hablar y escuchar, alcanzar a otros. Somos la única forma de vida conocida a nosotros en el universo que puede preguntar “¿Por qué?” Podemos formular ideas y movilizarnos por altos ideales. No somos gobernados solamente por impulsos biológicos. El salmo 8 es un himno sobre este tema:

Cuando contemplo tus cielos,

la obra de Tus dedos,

la luna y las estrellas que Tú has fijado,

¿qué es el hombre para que Tú lo tengas presente,

el hijo del hombre para Tú lo cuides?

Sin embargo, Tú lo has hecho apenas un poco por debajo de los ángeles

y lo has coronado con gloria y honor.

Le has dado dominio sobre la obra de Tus manos;

lo has puesto todo debajo de sus pies…(Salmo 8: 4-7)

Físicamente, somos casi nada; espiritualmente, estamos cepillados por las alas de la eternidad. Tenemos un alma Piadosa. La naturaleza del sacrificio, entendido psicológicamente está, entonces así, claro. Lo que le ofrecemos a Dios es (no solo un animal sino) el nefesh ha-behamit, el alma animal dentro de notros.

¿Cómo entonces funciona esto en detalle? Un indicio está dado por los tres tipos de animales mencionados en el verso: behemah (animal), bakar (ganado) y tzon (rebaño). Cada uno representa una característica tipo-animal de la personalidad humana.

Behemah representa el instinto animal en sí mismo. La palabra se refiere a los animales domesticados. No implica el instinto salvaje del predador. Lo que significa es más que domesticar. Los animales pasan su tiempo buscando comida. Sus vidas están atadas por la lucha para sobrevivir. El sacrificio del animal dentro de notros es motivarnos por algo más que la mera supervivencia.

A Wittgenstein, cuando se le preguntó cuál era la tarea de la filosofía respondió, “Mostrarle a la mosca el camino de salida de la botella de la mosca” (ii). La mosca, atrapada en la botella, choca su cabeza contra el vidrio, tratando de encontrar un camino de salida. La única cosa que no hace es mirar hacia arriba. El alma Piadosa dentro de notros es la fuerza que nos hace mirar hacia arriba, más allá del mundo físico, más allá de la mera sobrevivencia, en la búsqueda de un significado, propósito, meta.

La palabra bakar, ganado, en hebreo nos recuerda la palabra boker, “amanecer”, literalmente para “atravesar” como los primeros rayos del sol atraviesan la oscuridad de la noche. Ganado, en estampida, atraviesa a través de barreras. Si no está constreñido por cercas, el ganado no respeta fronteras. El sacrificio de bakar es aprender a reconocer y respetar fronteras – entre lo santo y lo profano, puro e impuro, permitido y prohibido. Las barreras de la mente pueden algunas veces ser más fuertes que las paredes.

Finalmente, tzon, rebaños, representa el instinto de la manada – el poder que nos mueve en una dirección porque otros están haciendo lo mismo (iii). Las grandes figuras del judaísmo – Abraham, Moisés, los profetas – fueron distinguidos precisamente por su habilidad de estar aparte de la manada; de ser diferentes, de retar a los ídolos de la época, de reusarse a capitular a las modas intelectuales del momento. Eso ultimadamente es el significado de santidad en el judaísmo. Kadosh, lo santo, es algo que se pone aparte, diferente, separado, distintivo. Los judíos fueron la única minoría en la historia que consistentemente se reusaron a asimilarse a la cultura dominante o convertirse a la fe dominante.

El sujeto korban, “sacrificio” y el verbo le-hakriv, “ofrecer algo como sacrificio” actualmente significan “eso que se acerca” y “el acto de acercar”. El elemento clave no es tanto dejar algo (el significado usual de sacrificio) sino más bien llevar algo cerca de Dios. Le-hakriv es llevar el elemento animal dentro de nosotros a ser transformado a través del fuego Divino que alguna vez ardió en el altar, y que aún arde en el corazón de las oraciones si realmente buscamos la cercanía con Dios.

Por una de las ironías de la historia, la antigua idea se ha convertido repentinamente en contemporánea. El darwinismo, la decodificación del genoma humano, el materialismo científico (la idea de que lo material es todo lo que hay) nos ha llevado a extender la conclusión de que somos animales, nada más, nada menos. Compartimos el 98 por ciento de nuestros genes con los primates. Somos, como solía ponerlo Desmond Morris, “el simio desnudo” (iv). Sobre este punto de vista, el Homo Sapiens existe meramente por accidente. Somos el resultado de una serie aleatoria de mutaciones genéticas que sucedió que se adaptaron más a la sobrevivencia que otras especies. La nefesh ha be-hamit, el alma animal, es todo lo que hay.

La refutación de esta idea – y es seguramente una de las más reductivas que jamás hayan tenido las mentes inteligentes – yace en el propio acto del sacrificio mismo como los místicos lo entendieron. Podemos redirigir nuestros instintos animales. Podemos levantarnos sobre la mera sobrevivencia. Somos capaces de honrar barreras. Podemos salir de nuestro ambiente. Como el neurocientífico de Harvard Steven Pinker lo puso: “La naturaleza no dicta lo que debemos aceptar o cómo debemos vivir”, añadiendo “y si a mis genes no les gusta pueden brincar al lago” (v). O como Katherine Hepburn majestuosamente le dice a Humphrey Bogart en La Reina Africana “La naturaleza, Sr. Allnut, es lo que nos pusieron en la tierra para elevarnos por encima”.

Nosotros trascendemos el behemah, el bakar, el tzon. Ningún animal es capaz de auto-transformarse, solo notros. La poesía, la música, el amor, el asombro – las cosas que no tienen valor de sobrevivencia sino que hablar de nuestro más profundo sentido del ser – todo nos dice que no somos meramente animales, ensamblaje egoísta de genes. Al llevar eso que es animal dentro de nosotros cerca de Dios, nosotros permitimos que el material sea impregnado con lo espiritual y nos convertimos en algo más: no somos más esclavos de la naturaleza sino sirvientes del Dios vivo.

SacksSignature

(i) R. Shneor Zalman of Ladi, Likkutei Torah, Brooklyn, N.Y., 1984, Vayikra 2aff.

(ii) Ludwig Wittgenstein, Philosophical Investigations, New York: Macmillan, 1953, 309.

(iii) Los trabajos clásicos sobre el comportamiento en masa del instinto de la manada son, Delirios Populares Extraordinarios y la Locura de las MultitudesExtraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds, 1841; Gustav le Bon, La Multitud: Un Estudio de la Mente Popular – The Crowd: A Study of the Popular Mind, 1897; Wilfred Trotter, Instintos de la manada en la guerra y en la paz – Instincts of the herd in peace and war, 1914; and Elias Canetti, Crowds and Power, New York, Viking Press, 1962.

(iv) Desmond Morris, El Simio Desnudo – The Naked Ape. New York: Dell Pub., 1984.

(v) Steven Pinker, Como Trabaja la Mente – How the Mind Works, New York, W.W. Norton, 1997, 54.

 

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