Rabino Sacks Beshalaj 5775 – La cara de la maldad

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

La cara de la maldad

Beshalaj – 2015 / 5775

Rabino Sacks Beshalaj 5775 [PDF] 

Después del 11 de septiembre, cuando el horror y el trauma habían cedido, los estadounidenses se preguntaron qué había pasado y por qué. ¿Fue un desastre? ¿Una tragedia? ¿Un crimen? ¿Un acto de guerra? No parecía entrar en los paradigmas pre-existentes. ¿Y por qué había pasado? La cuestión más a menudo preguntada sobre Al Qaeda fue ¿Por qué nos odian?

En el despertar de esos eventos un pensador estadounidense Lee Harris escribió dos libros: Civilización y sus Enemigos y El Suicidio de la Razón (1) que fueron entre las respuestas que más provocaron pensamiento en la década. La razón para las cuestiones y el fracaso en encontrar respuestas, dijo Harris, fue que nosotros en el Occidente habíamos olvidado el concepto de un enemigo. La democracia liberal y la economía de mercado crean un cierto tipo de sociedad, una forma específica de pensar y un tipo característico de personalidad. En su corazón está el concepto de actor racional, la persona que juzga los actos por sus consecuencias y elije la máxima opción. Él o ella creen que para cada problema hay una solución, y para cada conflicto una resolución. La forma de lograr esto es sentarse, negociar, y hacer balance sobre lo que es mejor para todos.

En tal mundo no hay enemigos, meramente conflictos de interés. Un enemigo, dice Harris, es simplemente “un amigo por el que no hemos hecho suficiente todavía”. En el mundo real, sin embargo, no todos son democráticos liberales. Un enemigo es “alguien que está dispuesto a morir para matarte. Y mientras es verdad que el enemigo siempre nos odia por una razón, es su razón, no la nuestra”. ¿Por qué nos odian? Responde Harris: “Nos odia porque somos su enemigo”.

Cualquiera de lo correcto y lo incorrecto de las especificaciones de Harris, el punto es verdad y profundo. Podemos convertirnos en ciegos de mente, pensando que nuestra forma – nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestra civilización – de ver las cosas es la única forma, o al menos esa es la forma que todos elegirían si se les diera la oportunidad. Solo un completo fracaso por entender la historia de ideas pueden explicar este error, y es uno peligroso. Cuando Montezuma, el gobernante de los aztecas, conoció a Cortés, el líder de la expedición española en 1520, asumió que estaba conociendo a un hombre civilizado de una nación civilizada. Ese error le costó su vida y en un año ya no había civilización azteca. No todos ven el mundo en la forma que lo hacemos nosotros, y, como Richard Weaver dijo alguna vez: “El problema con la humanidad es que se olvida de leer las actas de la última reunión”.

Esto explica el significado de un mandamiento inusual al final de la parsha de esta semana.  Los israelitas han escapado el aparentemente inexorable peligro de las carrozas del ejército egipcio, la alta tecnología militar de esa época. Milagrosamente el mar se dividió, los israelitas cruzaron, los egipcios, las ruedas de sus carrozas quedaron atrapadas en el barro, donde sin poder avanzar o retirarse fueron atrapados por la corriente

Los israelitas cantaron una canción y finalmente parecía que ya estaban libres, cuando algo adverso e inesperado sucedió. Fueron atacados por un nuevo enemigo, los amalaquitas, un grupo nómade viviendo en el desierto. Moisés instruyó a Josué para que liderara al pueblo a la batalla. Ellos pelearon y ganaron. Pero la Torah deja claro que esta no fue una batalla ordinaria:

Entonces el Señor dijo a Moisés, ‘Escribe esto sobre un rollo como algo a ser recordado y asegúrate que Josué lo escuche, porque yo borraré completamente el nombre de Amalek desde los cielos’. Moisés construyó un altar y lo llamó El Señor es mi Bandera. Él dijo, ‘La mano está sobre el trono del Señor. El Señor estará en guerra con Amalek por todas las generaciones’. (Ex. 17:14-16)

Esta es una declaración extraña, y se fundamenta sobre un marcado contraste a la forma en que la Torah habla sobre los egipcios. Los amalaquitas atacaron Israel durante la vida de Moisés solo una vez. Los egipcios oprimieron a los israelitas por un periodo extendido de tiempo, oprimiéndolos y esclavizándolos y empezando un lento genocidio matando a cada niño israelita. Todo el empuje de la narrativa sugeriría que si una nación se convertiría en el símbolo de la maldad, sería Egipto.

Pero ocurrió que lo opuesto fue lo que resultó ser verdad. En Deuteronomio la Torah declara, “No aborrezcas a un egipcio, porque fuiste un extranjero en su tierra” (Deut. 23:8). Muy pronto, después, Moisés repite el mandamiento sobre los amalaquitas, añadiendo un detalle significante:

Recuerda lo que los amalaquitas te hicieron a lo largo del camino cuando saliste de Egipto. Cuando tú estabas cansado y desgastado, te encontraron en el camino y atacaron a todos los que se quedaban atrás; no temían a Dios … borrarás el nombre de Amalek de debajo de los cielos. ¡No lo olvides! (Deut. 25:17-19).

Nosotros estamos mandados a no odiar a Egipto, pero nunca a olvidar a Amalek. ¿Por qué la diferencia? La respuesta más sencilla es recordar la declaración de los rabinos en la Ética de Nuestros Padres: “Si el amor depende de una causa específica, entonces la causa termina, y entonces termina el amor. Si el amor no depende de una causa específica, entonces nunca acaba” (2). Lo mismo aplica al odio. Cuando el odio depende de una causa específica, se acaba una vez que la causa desaparece. Sin causa, sin base el odio dura para siempre.

Los egipcios oprimieron a los israelitas porque, en palabras del faraón, “Los israelitas se estaban tornando demasiado numerosos y fuertes para nosotros” (Ex. 1:9). Su odio, en otras palabras, provenía del miedo. No era no irracional. Los egipcios habían sido atacados y conquistados antes por el grupo conocido como Hyksos, y la memoria de ese periodo estaba aún aguda y dolorosa. Los amalaquitas, sin embargo, no habían sido amenazados por los israelitas. Ellos atacaron al pueblo que estaba “cansado y desgastado” y específicamente a aquellos que “se quedaban atrás”. En corto: los egipcios temían a los israelitas porque eran fuertes. Los amalaquitas atacaron a los israelitas porque eran débiles.

En la terminología de hoy, los egipcios eran actores racionales, los amalaquitas no lo eran. Con actores racionales se puede negociar la paz. Los pueblos en conflicto eventualmente se dan cuenta que no solo están destruyendo a sus enemigos: se están destruyendo a sí mismos. Eso es lo que los consejeros del faraón le dicen al faraón después de siete plagas: “¿No te das cuenta que Egipto está arruinado?! (EX. 10:7). Ahí viene un punto en el que los actores racionales entienden que la búsqueda de los propios intereses se ha convertido autodestructivo, y aprenden a cooperar.

No es tan así, sin embargo, con actores no racionales. Emil Facknheim, uno de los más grandes teólogos después del Holocausto, notó que hacia el final de la Segunda Guerra Mundial los alemanes desviaban trenes llevando los suplementos de su propio ejército, para transportar judíos a los campos de exterminio. Tan llevados por el odio estaban que ellos estaban dispuestos a poner su propia victoria en riesgo para poder llevar a cabo el asesinato sistemático de los judíos de Europa. Esto fue, él dijo, el mal por el mal mismo (3).

Los amalaquitas funcionan en la memoria judía como “el enemigo” en el sentido de Lee Harris. La ley judía, sin embargo, especifica dos formas completamente diferentes de acción en relación a los amalaquitas. La primera es el mandato físico de hacer guerra contra ellos. Eso es lo que Samuel le dijo a Saúl que hiciera, un mandamiento que había fallado en cumplir. ¿Aún aplica hoy ese mandamiento?

La inequívoca respuesta de Rabbi Nachum Rabinovitch es No (4). Maimónides ordenó que el mandamiento de destruir a los amalaquitas solo aplicaba si se rehusaban a hacer la paz y a aceptar las siete leyes de Noé. Después declaró que ese mandamiento ya no era aplicable desde que Sennacherib, el asirio, había transportado y reasentado las naciones que conquistó porque ya no fuera posible identificar la etnicidad de cualquiera de las naciones originales contra las que los israelitas recibieron la orden de luchar. También dijo en La Guía de los Perplejos, que el mandamiento solo aplicaba al pueblo de una descendencia biológica específica. No debe ser aplicado en general a los enemigos o personas que odian al pueblo judío. Entonces el mandamiento de ir a la guerra contra los amalaquitas no aplica más.

Sin embargo, hay un mandamiento diferente, “recordar” y “no olvidar” a Amalek, lo que nosotros cumplimos anualmente al leer el pasaje de los amalaquitas que aparece en el Deuteronomio en el Shabbat previo a Purim, Shabbat Zajor (la conexión con Purim es que Haman el “Agagita” se asume es descendiente de Agag, rey de los amalaquitas). Aquí Amalek se ha convertido en un símbolo más que en realidad.

Al dividir la respuesta de esta forma, el judaísmo marca una clara distinción entre un antiguo enemigo que ya no existe más, y el mal que el enemigo encarnó, que puede irrumpir en cualquier lugar y en cualquier momento. Es sencillo en tiempos de paz olvidar el mal que yace justo bajo la superficie del corazón humano. Nunca fue esto más verdad que en los pasados tres siglos. El nacimiento de la Ilustración, la tolerancia, emancipación, liberalismo y derechos humanos persuadieron a muchos, judíos entre ellos, que el mal colectivo estaba extinto como los amalaquitas. El mal era entonces, no ahora. Esa era eventualmente engendró el nacionalismo, el fascismo, el comunismo, las dos guerras mundiales, algunas de las brutales tiranías que hemos conocido, y el peor crimen del hombre contra el hombre.

Ahora, el gran peligro es el terror. Aquí las palabras del filósofo político de Princeton Michael Walzer que son particularmente aptas:

Donde sea que vemos terrorismo, debemos buscar tiranía y opresión…Los terroristas buscan gobernar, y asesinar es su método. Tienen su propia policía interna, escuadrones de la muerte, desapariciones. Empiezan matando o intimidando aquellos camaradas que se ponen en su camino, y proceden y hacen lo mismo, si pueden, entre el pueblo que dicen representar. Si los terroristas son exitosos, gobiernan tiránicamente y su pueblo carga, sin consentimiento, los costos del gobierno terrorista (5).

El mal nunca muere, y como la libertad, demanda constante vigilancia. Estamos mandados a recordar, no por el pasado sino por el bien del futuro, y no por la venganza sino por lo opuesto: un mundo libre de venganza y otras formas de violencia.

Lee Harris empezó La Civilización y sus Enemigos con las palabras “El sujeto de este libro es el olvido”, y termina con una pregunta “¿Puede el Occidente superar el olvido de lo que es la némesis de cada civilización exitosa?” Por esto es que somos mandados a recordar y nunca olvidar a Amalek, no porque el pueblo histórico aún exista, sino porque una sociedad de actores racionales puede algunas veces creer que el mundo está lleno de actores racionales con quienes puede negociar la paz. No siempre es así,

Raramente un mensaje bíblico fue tan relevante para el futuro de Occidente y la libertad en sí misma. La paz es posible, implica Moisés, incluso cuando un Egipto esclavizó y trató de destruirnos. Pero la paz no es posible con aquellos que atacan al pueblo que ven como débil y que niegan a su propio pueblo la libertad por la que claman están luchando. La libertad depende de nuestra habilidad de recordar y cuando sea necesario confrontar «la eterna pandilla de hombres despiadados», el rostro de Amalek a lo largo de la historia.

SacksSignature

(1) Lee Harris, La Civilización y sus Enemigos – Civilization and Its Enemies: The next Stage of History. New York: Free Press, 2004. El Suicidio de la Razón – The Suicide of Reason, New York: Basic Books, 2008.

(2) Mishnah Avot 5: 16.

(3) Fakenheim, Emil L., and Michael L. Morgan. The Jewish Thought of Emil Fackenheim: A Reader. Detroit: Wayne State UP, 1987, 126.

(4) Rabbi N L Rabinovitch, Responsa Melomdei Milchamah, Maaleh Adumim, Maaliyot, 1993, 22-25.

(5) Michael Walzer, Arguing about War, Yale University Press, 2004, 64-65.

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