Rabino Sacks Vaiejí 5777 – El Tiempo Judío

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

El Tiempo Judío  

Vaiejí – 14 de enero, 2017 / 16 Tevet 5777

Rabino Sacks Vaieji 5777 [PDF] 

Distintas culturas cuentan distintas historias. Los grandes novelistas del siglo XIX escribieron novelas de ficción esencialmente éticas. Jane Austen y George Eliot exploraron la conexión entre el carácter y la felicidad. Hay una continuidad palpable entre sus trabajos y el Libro de Ruth. Dickens, más cerca de la tradición de los profetas, escribió sobre la sociedad y sus instituciones, y de la manera en que ellas pueden fallar en honrar la dignidad humana y la justicia.

Como contraste, la fascinación que generan las historias como Star Wars o El Señor de los Anillos es conspicuamente dualista. El cosmos es un campo de batalla entre las fuerzas del bien y el mal. Esto se aproxima  mucho más a la literatura apocalíptica de la secta de Qumram o de los Rollos del Mar Muerto que al Tanaj, la Biblia hebrea. En estas narrativas antiguas y modernas la lucha está “ahí afuera” más que “aquí”: en el cosmos, más que en el alma humana. Esto las acerca más al mito que al monoteísmo.

Hay, sin embargo, un tipo de historia que en realidad es muy raro, y del cual el Tanaj es el ejemplo supremo. Es la historia inconclusa, que mira hacia adelante con un futuro abierto, más que llegar a un fin. Desafía la convención narrativa. Generalmente se espera que una historia genere una tensión que se resuelve en la última página. Eso es lo que le da al arte una sensación de completud. No podemos imaginar una escultura incompleta, un poema cortado o una novela que concluya por la mitad. La Sinfonía Inconclusa de Schubert es la excepción que confirma la regla.

Pero es eso lo que hace reiteradamente la Biblia. Tomemos el Jumash, los cinco libros de Moshé. La historia judía comienza con la repetida promesa de que Abraham heredará la tierra de Canaan. Pero cuando llegamos al final de Deuteronomio, los israelitas aún no han cruzado el Jordán. El Jumash termina con la escena conmovedora de Moshé en el monte Nabó (actualmente Jordania) contemplando esa tierra – hacia la cual ha viajado durante cuarenta años pero que está destinado a no entrar – desde lejos.

Nevi’im, la segunda parte del Tanaj, termina con la predicción de Malají del futuro lejano, que en la tradición judía interpreta como la era mesiánica:

“Mira, Yo enviaré al profeta Elías antes de la llegada del alucinante gran día del Señor. Tornará los corazones de los padres hacia sus hijos, y los de los hijos a sus padres…”

            Nevi’im, que incluye a los grandes libros tanto históricos como proféticos, concluye de esa forma sin presente ni pasado, pero mirando hacia adelante hacia un tiempo al que aún no se ha arribado. Ketubim, la tercera y última sección, concluye con el permiso del rey Ciro de Persia a los exiliados de Babilonia para que puedan retornar a su tierra y reconstruir el Templo.

Ninguno de estos capítulos tiene un cierre en el sentido convencional. Cada uno nos deja con una sensación de promesa incumplida, tarea no completada, y un futuro visto a lo lejos pero al que aún no se ha arribado. Y el caso paradigmático – el modelo en el que todos los demás se basan – es el final de la parashá de Bereshit de esta semana.

Recordemos que la historia del pueblo del pacto comienza con el llamado de Abraham de dejar su tierra, su lugar de nacimiento, la casa de su padre para ir “a un lugar que te indicaré”. Pero apenas llega, está obligado por la hambruna reinante a trasladarse a Egipto. Ese es el destino repetido de Yaakov y sus hijos. El libro de Génesis no concluye con una vida en Israel sino con una muerte en Egipto:

Entonces le dijo Yosef a sus hermanos, “Estoy por morir. Pero Dios seguramente acudirá a asistirlos y los elevará fuera de esta tierra, a la que le prometió bajo juramento a Abraham, Itzjak y Yaakov.” Entonces Yosef obligó a los hijos de Israel bajo juramento que cuando “Dios seguramente venga en vuestra ayuda, entonces deben sacar mis huesos de este lugar.” Yosef murió a la edad de ciento diez años. Y después de embalsamarlo, fue colocado en un féretro en Egipto.

Nuevamente, una esperanza no realizada, una travesía inconclusa, un destino apenas más allá del horizonte.

Hay alguna conexión entre esta forma de narrativa y el tema con que concluye la historia de Yosef, o sea, el perdón?

Debemos a Hanna Arendt en su Condición Humana la profunda introspección acerca de la conexión entre el perdón y el tiempo. La acción humana, argumenta, es potencialmente trágica. Nunca podemos predecir las consecuencias de nuestros actos, y una vez realizados, no es posible deshacerlos. Sabemos que el que actúa nunca sabe bien lo que hace, que siempre es “culpable” de consecuencias que no deseó ni siquiera previó, que no obstante lo desastroso de las consecuencias de sus actos, jamás podrá deshacerlos… Todo esto es razón suficiente para salir desesperadamente del ámbito de las cuestiones humanas y ver con desprecio la incapacidad del ser humano por la libertad.

Lo que transforma a la situación humana de tragedia en esperanza, argumenta, es la posibilidad de perdonar:

            Sin ser perdonados, liberados de las consecuencias de lo que hemos hecho, nuestra capacidad de acción podría, de alguna forma, estar confinada a un solo acto del cual nunca nos podríamos recuperar…

Perdonar, en otras palabras, es la única reacción que no es meramente una repetición sino que acciona de nuevo, inesperadamente, sin estar condicionada por el acto que lo provocó, liberándolo por consiguiente de sus consecuencias, tanto para el que perdona como para el perdonado.

La expiación y el perdón son las expresiones supremas de la libertad humana – la libertad de actuar en forma distinta en el futuro en relación a lo hecho en el pasado, y la libertad de no quedar atrapado en un ciclo de venganza y desquite. Sólo los que perdonan pueden ser libres. Sólo una civilización basada en el perdón puede construir un futuro que no es una repetición sin fin del pasado. Esa, seguramente, es la razón por la cual para el judaísmo la edad de oro es el futuro.

Fue este concepto revolucionario del tiempo – basado en la libertad humana –  la contribución del judaísmo al mundo. Muchas culturas antiguas creyeron en el tiempo cíclico, donde todas las cosas retornan al inicio. Los griegos desarrollaron un sentido trágico del tiempo, en el cual la nave de los sueños estaba destinada a chocar contra las duras rocas de la realidad. La Europa del Iluminismo introdujo la idea del tiempo lineal, con su primo hermano, el progreso. El judaísmo cree en el tiempo del pacto, bien descrito por Harold Fisch: “El pacto es una condición de nuestra existencia en el tiempo…Cooperamos con sus objetivos sin saber bien adónde nos llevará, pues “el estar listo, es todo.” En una hermosa frase, habla de la imaginación judía como si estuviera modelada  por “la inquieta memoria de un futuro que aún está por venir”.

La tragedia da origen al pesimismo. El tiempo cíclico, a la aceptación. El tiempo lineal, al optimismo. El tiempo del pacto, da origen a la esperanza. Estas no son solamente emociones diversas. Son formas radicalmente diferentes de relacionar la vida con el universo. Se manifiestan en las distintas historias que cuenta la gente. El tiempo judío siempre hace foco en un futuro abierto. El último capítulo aún no ha sido escrito. El Mesías aún no ha llegado. Hasta ese entonces la historia continúa – y nosotros, junto con Dios, somos sus co-autores.

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