Rabino Sacks Haazinu 5775 – El arco del universo moral

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

El arco del universo moral

Haazinu – 26 de septiembre, 2015 / 13 Tishrei 5776

Rabino Sacks Haazinu 5775 [PDF] 

Con lenguaje majestuoso, Moshé irrumpe en canto, invistiendo a su testamento final para los israelitas de todo el poder y pasión a su alcance. Comienza dramáticamente pero con suavidad, llamando al cielo y a la tierra como testigos de lo que está por pronunciar, que irónicamente suena muy  parecido a “La cualidad de la clemencia es que no sea forzada” del monólogo de Porcia  en El Mercader de Venecia.

Prestad oídos, cielos, y voy a hablar;

Y que escuche la tierra los dichos de mi boca.

Goteará cual lluvia mi enseñanza,

Fluirá cual rocío mi dicho;

Cual llovizna sobre el césped

Y cual lluvia sobre la hierba.

Pero este es un mero preludio del mensaje central que Moshé quiere transmitir. Es la idea del tzidduk ha-din que reivindica la justicia de Dios. Moshé lo expresa de esta forma:

El Creador, perfecta es Su obra,

Ya que todas Sus senda son justicia

Esta es una doctrina fundamental del judaísmo para la comprensión de la maldad y el sufrimiento en el mundo – una doctrina difícil, pero necesaria. Dios es justo. Por qué ocurren cosas malas?

Se ha dañado Él? – los que no son Sus hijos –

De ellos es su deformación, generación tortuosa y retorcida.

     Dios premia bondad con bondad, maldad con maldad. Cuando nos ocurren cosas  malas es porque nosotros mismos somos culpables de haber hecho algo malo. La culpa no yace en nuestra estrella sino en nosotros.

Expresado proféticamente, Moshé prevé lo que él ya había anunciado, aun antes de cruzar el Jordán y entrar en la Tierra Prometida. A todo lo largo del libro de Deuteronomio había advertido acerca del peligro que en su tierra, una vez vencidas las penurias del desierto y olvidados los sufrimientos de las batallas, el pueblo se volvería cómodo y complaciente. Atribuirían sus éxitos a ellos mismos y se apartarían de su fe. Al ocurrir esto, sería para ellos un desastre.

     Empero engordó Yeshurun y coceó

Engordaste, engrosaste y te recubriste.

Abandonó Dios que lo había creado

Y envileció al Creador: su salvación.

Al Creador que te ha dado nacimiento, has olvidado

Olvidaste a Dios, que te hizo nacer.

Esta es la primera vez que aparece la palabra Yeshurun en la Torá – proviene de la raíz Yashar, rectitud, y es deliberadamente irónica. Israel supo alguna vez lo que era ser recto, pero abandonará ese camino eligiendo una combinación de riqueza, seguridad y asimilación a las costumbres de sus vecinos. Traicionará los términos del pacto, y cuando esto ocurra encontrará que Dios no está más con él.  Descubrirá que la historia es un lobo hambriento. Separado de su fuente de fortaleza, será vencido por sus enemigos. Todo lo que disfrutó la nación se perderá. Es un mensaje duro y aterrador.

Pero aun así Moshé está llevando a la Torá a un cierre con un tema que ha estado presente desde el comienzo. Dios, creador del universo, hizo un mundo que es fundamentalmente bueno: palabra que se repite siete veces en el primer capítulo de Génesis. Son los humanos, receptores de libre albedrío a la imagen y semejanza de Dios los que introducen la maldad en el mundo, y después sufren las consecuencias. De ahí la insistencia de Moshé de que cuando aparecen problemas y tragedias, debemos buscar las causas en nosotros mismos, y no acusar a Dios. Él es recto y justo, el defecto está en nosotros, Sus hijos.

Este es quizás el concepto más difícil de todo el judaísmo. Está expuesto a la más simple de las objeciones, una que ha sonado en casi todas las generaciones. Si Dios es justo, por qué le ocurren cosas malas a gente buena? Esta no es una pregunta planteada por los escépticos ni por los dubitativos, sino por los auténticos héroes de la fe. Lo oímos en boca de Abraham, “Será que el Juez de toda la tierra no hará justicia?” Lo escuchamos en el desafío de Moshé, “Por qué le has hecho el mal a este pueblo?” Y también resuena en Jeremías: “Señor, siempre has tenido razón en mis disputas Contigo. Pero debo plantear mi caso frente a Ti: Por qué los malvados son tan prósperos, y por qué lo perversos, tan felices?” (Jer. 12:1)

Es una discusión que nunca ha cesado. Continúa a través de la literatura rabínica, los kinot, las lamentaciones, marcada por la persecución de los judíos en la Edad Media. Suena en la literatura producida en la era de la expulsión de España, y sus ecos se sienten cuando rememoramos el Holocausto.

El Talmud agrega que de todas las preguntas que le hizo Moshé a Dios, ésta es la que no recibió ninguna respuesta.[1]  La interpretación más simple y profunda está dada en el Salmo 92, “La canción del día Sábado.” Aunque “los malvados florecen como la hierba,” eventualmente serán destruidos. Los justos, en cambio, “Florecen como la palmera y crecen a la altura de los cedros del Líbano.” La maldad triunfa en el corto plazo, pero nunca a la larga. Los malvados son como la hierba, los justos como el árbol.  El pasto crece de la noche a la mañana, pero le lleva años al árbol  llegar a plena altura. A la larga, las tiranías son derrotadas, los imperios declinan y sucumben. Los buenos y los justos ganan la batalla final. Como dijo Martin Luther King, recreando el espíritu del Salmo, “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”

Este compromiso de ver justicia en la historia bajo la soberanía de Dios es de difícil convicción. Pero veamos las alternativas, que son tres: la primera es decir que no hay en absoluto ningún sentido en la historia. Homo hominis lupus est, “El hombre es lobo del hombre.” Como le dijo Tucídides a los atenienses: “Los poderosos hacen lo que quieren, los débiles sufren lo que deben.” La Historia es una lucha darwiniana para sobrevivir, y la justicia no es más que el nombre dado al deseo del más poderoso.

La segunda, que es el tema de mi nuevo libro Not in God´s Name, es el dualismo, la idea de que la maldad no proviene de Dios sino de otra fuerza independiente: Satán, el Diablo, el Anticristo, Lucifer, el Príncipe de las Tinieblas, y muchos otros nombres dados a una fuerza que no es Dios sino que se opone a Él y a Sus seguidores. Esta idea, que ha aparecido en forma sectaria en cada uno de los monoteísmos abrahámicos así como en los totalitarismos seculares modernos, es uno de los más peligrosos de toda la historia. Divide a la humanidad entre los invariablemente buenos y los irremediablemente malos, dando comienzo a una larga historia de barbarie y derramamiento de sangre del tipo que vemos hoy en muchas partes del mundo en nombre de una guerra santa contra el Gran Satán, y el Pequeño Satán. Esto es dualismo, no monoteísmo y los sabios, que lo denominaron shtei reshuyot,  “dos potencias o dominios”[2] estuvieron acertados en rechazarlo de plano.

El tercero, debatido extensamente en la literatura rabínica, es decir que la justicia existirá en última instancia en el mundo venidero, en la vida después de la muerte. Aunque este es un elemento esencial del judaísmo, es llamativo lo poco que ha acudido a él, reconociendo que el tema central del Tanaj es en este mundo, en la vida antes de la muerte. Porque es aquí que debemos trabajar para la justicia, la igualdad, la compasión, la decencia, aliviar la pobreza, y lograr la perfección en la medida de nuestras posibilidades, de la sociedad y de nuestra vida individual.  El Tanaj casi nunca elige esta opción. Dios no le dice a Jeremías o a Job que las respuestas a sus preguntas están en el cielo, y las tendrán que ver cuando finalice su estadía en la tierra. La pasión por la justicia, tan característica del judaísmo, se disiparía completamente si esta fuera la respuesta.

Aun siendo difícil la fe judía, ha producido el efecto de hacernos decir, a lo largo de la historia, que si ocurren cosas malas que no culpemos a nadie más que a nosotros, y que trabajemos para mejorarlas. Esto fue lo que llevó a los judíos una y otra vez, a emerger de las tragedias; golpeados, heridos, cojeando como Jacob después de su lucha con el Ángel, pero resueltos a recomenzar, a dedicarse nuevamente a su misión y a su fe, atribuyendo sus logros a Dios y sus derrotas a ellos mismos.

De esa humildad, nace una fuerza trascendental.

SacksSignature

[1] Berajot 7a.

[2] Berajot 33b.

 

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